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NUEVA ÉPOCA NÚM. 157 MARZO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Tres edades de Beethoven


Eusebio Ruvalcaba
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 157| Marzo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Ruvalcaba, Eusebio , "Tres edades de Beethoven" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2017, No. 157 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=811&art=17657&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Autor de una obra amplia y de muy diversas inquietudes, Eusebio Ruvalcaba falleció el pasado 7 de febrero en la Ciudad de México. Destacó como poeta, cuentista, novelista y ensayista y fue, además, maestro de varias generaciones de escritores. En este texto inédito, el autor de Un hilito de sangre, quien fue hijo de una pianista y un violinista, demuestra su conocimiento y sensibilidad para hablar de una de sus grandes pasiones: la música.

Para Jaime Aljure

 

BEETHOVEN NIÑO

Beethoven entró a la taberna. Entre los hombres que iban de un lado a otro persiguiendo a las mujeres, entre los gritos que sacudían aún más aquel ambiente nocturno, al chico músico le resultaba doblemente arduo distinguir a su padre.

Pero de pronto lo vio.

Allí estaba, con la cabeza recargada en la mesa y una copa de vino en la mano. Su estado de ebriedad era evidente. Más que otras veces, Beethoven ya había tenido que lidiar con ese espectro. Cuando menos desde sus once años, un par de años atrás. Gracias a su fornida constitución, aunque era bajo de estatura, podía arengar a su progenitor y obligarlo a caminar a su lado. Pero esta vez, el vino tomado en grandes cantidades tornaría más difícil la tarea.

Precisamente iba de la cocina al teclado, cuando los llantos de su madre lo obligaron a acercarse.

—Tu padre está en la taberna, me han venido a decir —musitó en un tono de voz apenas audible—. No sé cuánto tiempo lleva ahí; pero me dijeron que está perdido de borracho. Y como no lleva un florín encima, tendré que ir a pagar sus deudas. Gran Dios.

—Voy por él, madre —repuso Beethoven, y salió de su casa.

La nieve en la cara lo hizo reflexionar. Para cualquiera era claro que aquella situación jamás cambiaría. Pero esta no era una situación de ahora, sino ya longeva. Su abuela paterna había sido una dipsómana incorregible. Solía caminar por su casa y los alrededores dando traspiés. Se tropezaba en un mueble… una diligencia estaba a punto de arrollarla… se atascaba en el fango… Como fuera, no había modo de sosegarla. Hasta que la familia decidió encerrarla en un manicomio. Cuando se presentaron los empleados del manicomio en su casa, se suscitó una lamentable escena, de la cual el niño Beethoven fue testigo. La abuela opuso una resistencia feroz. Lanzaba golpes y patadas a diestra y siniestra, y hubo necesidad de atarla con una cuerda sucia y rasposa. Beethoven vio eso y se lanzó a morder a los intrusos. Pero, ¿qué podía hacer un pequeño que aún no cumplía los cinco años?

 

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Eusebio Ruvalcaba
© Canal 22

 

Llevaba este recuerdo en la cabeza cuando abrió las puertas de la taberna. Era un adolescente precoz, y aún no bullía en su cabeza juicio de valor alguno. Simplemente las cosas eran como eran. Lo único que tenía claro era que no le gustaba ver sufrir a su madre.

Se aproximó a la mesa. Allí estaba Johan van Beethoven. Su padre. Nadie reparó en él. Vio de lejos a Christopher Ernest Kok, el dueño de la taberna. Se acercó a él.

—Señor —le dijo—, vengo por mi padre. Pero me disculpo por anticipado porque no traigo suministros para pagar el consumo.

—No te preocupes, hijo. Dile a tu madre que venga a visitarme el día de mañana y ajustamos la cuenta. Le voy a pedir que me confeccione una casaca —acotó el hombre. En su rostro sólo había comprensión.

—Gracias, señor Christopher Ernest Kok. Mi madre se detendrá en su negocio rumbo al mercado y hará un trato con usted. Yo mismo la acompañaré.

—¿Qué instrumento estás tocando ahora, muchacho? Todo mundo habla de tus habilidades. Tu padre también las tuvo. Como tu abuelo Ludwig. A quien traté, y que me honró con su amistad.

—Mi abuelo y mi padre descubrieron mi talento.

—Llevas el talento en la sangre.

—Sí, señor. Ahora iré por mi padre.

El dueño de la taberna hizo un gesto de asentimiento, y Beethoven se dio media vuelta. Llegó hasta la mesa de su progenitor, y lo sacudió de la manga.

—¡Vete a tu casa! —carraspeó el hombre.

—No, padre, vengo por usted —suplicó el hijo—. Y no me iré sin usted.

 

BEETHOVEN SORDO

“¡Hombres que me creen rencoroso, loco o misántropo, qué injustos son conmigo! ¡Ustedes ignoran la razón oculta de estas apariencias! Desde mi infancia, mi alma se mostró inclinada al dulce sentimiento de la bondad y siempre me encontré dispuesto a realizar las más grandes acciones. Pero tengan en cuenta la horrorosa situación en que vivo desde hace seis años, agravada por médicos ignorantes que me engañan con la esperanza de una ilusoria mejoría”, escribió Beethoven en las primeras líneas de su testamento, se tapó los oídos y tosió. Retumbó un trueno. Y enseguida sobrevino un relámpago que iluminó las calles de Heiligenstadt, aquella pequeña población en la que el compositor solía pasar temporadas a la espera de una cura que aliviara no su sordera, pero sí los dolores que hacían estallar su cabeza. No vio ante sus ojos el fulgor del rayo inclemente. Lloró. No era dado a dejarse llevar por los resplandores de rayo alguno. Plutarco, Marco Aurelio y Cicerón lo habían ayudado a cavilar sobre el devenir trágico. Pero quizás ahora era el momento de hincar el diente en el hueso de la muerte. Llenó su copa de vino. La idea del suicidio revoloteaba en su cabeza.

Prosiguió su diatriba. Dejo a la muerte esto y a la vida esto otro. Había escrito en el ínter de un ajuste de cuentas luminoso. Tenía a su lado el legajo de papel pautado. No había escrito una sola nota. Para qué. El ímpetu por la música había desaparecido. Pero lo que más le dolía es que ninguna mujer podría reclamarle su decisión. A sus 32 años se le consideraba el más grande pianista de Europa. Así como el compositor con más futuro. Y no estaba dispuesto a que nadie lo sucediera en semejante trono. Si no era de por medio su dimisión total. Es decir, su muerte.

Bebió. No pudo recordar el brindis de la víspera. Alguien había dicho: “Beethoven contra el mundo”. Alguien que ni siquiera conocía. Pero con quien se había topado en la taberna. La gente creía conocerlo. Beethoven bajó la mano en una suerte de complacencia mórbida. Estaba solo. No había nadie a quien complacer. Ni a hombres ni a mujeres. Ningún ser humano. Mucho menos a seres advenedizos del infierno. Entre más solo estuviera, mejor; a mayor aislamiento, mayor concentración. Contaba los días, las semanas, los meses que llevaba oculto. Cada día encerrado en su ostracismo. Él, que había encarnado la amistad por antonomasia. Que se enamoraba del encanto femenino. De su pluma brotaban las dedicatorias a las mujeres que deseaba. Pero estaba visto que la dicha no era lo suyo. Quizá porque siempre ponía los ojos en mujeres de la aristocracia. Era el círculo en el que se movía. Los miembros de la nobleza le habían abierto las puertas. Entraba y salía de los palacios como si fueran su propia casa. Algo que ni Mozart ni Haydn habían hecho. A él, a Ludwig van Beethoven, no había nadie que le dijera que los músicos entran por donde entran los criados. Pero justo esas mujeres estaban reservadas para los nobles, los hombres que ostentaban la riqueza.

Interrumpió su testamento. Lo arrojó lejos de sí. En medio del terrible dolor de cabeza, distinguió el mensaje de la música. Tomó el papel pautado y trazó una frase musical. La música venía colmada de melodía, de cuadros armónicos, de estructura. Él tenía un destino. Que no había mujer con quien compartirlo era lo de menos. La gente aclamaba su música. Escribió en el papel, a modo de título: Sinfonía Heroica. Para Napoleón Bonaparte. Y un relámpago vino a su cabeza.

 

BEETHOVEN VIEJO

Salió apesadumbrado de aquel concierto. Seguramente era el último al que iría en su vida. Sus 57 años parecían pesarle más allá de lo soportable. El dolor del hígado le impedía caminar como era su costumbre. Y no había médico capaz de quitárselo. El doctor que lo tenía bajo tratamiento le aseguró que primero intentaría detener la diarrea que lo estaba consumiendo día con día. Que enseguida atacaría los terribles dolores de cabeza, y cuando todo estuviera bajo control se ocuparía del hígado. En fin. Cómo despreciaba a los médicos. Cada vez que visitaba a alguno lo insultaba, y de advenedizo de mierda no lo bajaba.

Se quedó mirando los árboles que delimitaban la calzada. El follaje se agitaba al ritmo de un viento que sacudía su melena. Era una de las muchas cosas que la gente le criticaba, y que a él, Ludwig van Beethoven, le daba exactamente lo mismo: su melena indomable. Siempre le había parecido parte de su personalidad. Mientras tuviera esa abundante y desaliñada cabellera, los comentarios de quienes lo rodeaban podían venirse abajo.

Echó a andar dificultosamente. Con las manos en la espalda. Su paso era lento pero firme. Iba contra el viento. Le gustaba sentir esa oleada estrellarse en su cara. ¿De dónde provenía ese viento?, se preguntó. No lo sabía. Era una de esas preguntas que solían inquietarlo. Como si fuera un niño. Muchas preguntas revoloteaban en su cabeza. Preguntas sin respuesta: ¿Quién soy? ¿Quién es Dios? ¿Qué es el hombre? Un frío para él premonitorio recorrió su columna vertebral. La naturaleza lo atraía en cualquiera de sus manifestaciones. En la naturaleza y en sus amigos depositaba todo su amor. A la inversa de las mujeres, la naturaleza nunca lo había traicionado. La naturaleza le había tendido la mano y él le había correspondido. A modo de ofrenda, había compuesto su Sinfonía Pastoral. Todo un homenaje para lo que la madre naturaleza le daba. Vino a su mente la melodía que se desparramaba a lo largo de aquella sinfonía, y que de pronto los alientos le disputaban a las cuerdas. Sonrió. Era una hermosa melodía.

En cambio no le resultaba tan asequible el tema de su cuarteto que ahora mismo acababa de estrenar Ignaz Schuppanzigh, con el ya famoso cuarteto que se nombraba precisamente Schuppanzigh y que había estrenado los cuartetos de Beethoven. El viejo sordo bromeaba constantemente con los miembros del cuarteto. Les había conferido grados militares. Ignaz, su amigo, era el mariscal en jefe. Cuando lo veía, le propinaba tremendas palmadas en la espalda. Beethoven llevaba consigo su cuaderno de conversaciones. No tenía ni el humor ni la paciencia para platicar así con cualquier mortal. Con Schuppanzigh lo hacía porque lo consideraba su amigo de toda la vida. Cuánto bien le hacían sus amigos. La amistad para él era tan valiosa como el honor y como la libertad. Aunque el ejercicio de la bondad también gozaba de un valor muy alto en su cuadro de virtudes.

El concierto había sido un fracaso. La escasa gente comenzó a abandonar el recinto apenas hubo terminado el primer tiempo. El propio Schuppanzigh se lo había dicho: “No puedo garantizarte que estos últimos cuartetos tuyos resulten del agrado del público, y menos de la crítica. Ya se habla de que son incomprensibles. La maldita crítica siempre cree que tiene la razón”. A lo que Beethoven había respondido: “Yo compongo para el público que escuchará mi música dentro de cincuenta años, y en cuanto a la crítica no sé qué daño le puede causar un piquete de mosco a un caballo de carreras”.

Pasó una diligencia, y Beethoven la detuvo. No podría ir a pie. No resistía más el dolor.


   
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Eusebio Ruvalcaba

Nació en Guadalajara, Jalisco, en 1951. Escritor. Ha publicado varios títulos que incluyen novela (Un hilito de sangre, Los ojos de los hombres, Desde la tersa noche), cuento (¿Nunca te amarraron las manos...


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