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NUEVA ÉPOCA NÚM. 157 MARZO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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El sabor de la frambuesa


Margarita Peña
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 157| Marzo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Peña, Margarita , "El sabor de la frambuesa" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2017, No. 157 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=811&art=17661&sec=Creaci%C3%B3n > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Una fotógrafa brasileña realiza una estancia creativa en una ciudad extranjera. Para enriquecer su portafolio, propone a un famoso poeta local hacerle unas tomas. El episodio, sin embargo, los conduce a una relación de pareja. O eso parecía. Este relato de Margarita Peña, la autora de Éxtasis y reencuentros, se centra en el tema de las ilusiones y confusiones detrás del amor contemporáneo.

 

Esa tarde, en la que el brillo del Sol volvía más intenso el color verde de las hojas de los árboles de la plaza junto a los autos que circulaban lentamente, demorándose con cualquier pretexto, como si el mundo todo rindiera homenaje al verano, Sonia llegó al pequeño bar sintiendo que había obtenido un triunfo: lograr que, en principio, el poeta le concediera una cita de la que podría derivar una sesión de fotografía. Cámara en ristre se acercó a una de las diminutas mesas vacías, colocó sobre ella cámara, portafolio y se dispuso a esperar. En el exterior había muchos transeúntes. Pudo ver de reojo a Guy bajando la cortina de varillas de acero sobre los cristales de la vitrina de la agencia de viajes. Tenía ella a algunos conocidos en el barrio, pero en ese momento no deseaba enredarse en ninguna conversación con alguno en charlas ociosas que la distraerían de la suave ansiedad que preludiaba lo que podía ser un encuentro afortunado. Fuerza es decir que el escritor, uno de los más reconocidos del momento, se había mostrado poco entusiasta ante la idea de una sesión de fotografía. Era por eso que había traído consigo un portafolio de fotos de artistas y literatos que desplegaría ante los ojos de su futura presa. La serie de fotografías representaba más de un año de trabajo, el último año desde que había llegado de Sudamérica buscando nuevos objetivos para su lente: nuevas calles, nuevos rostros. Había casi agotado la lista de nombres que le proporcionara el servicio cultural de su embajada en este país celeste de ríos, bosques y montañas. Se sentía satisfecha del trabajo realizado pero ese prurito, tan característico en ella, de agotar sus temas, le impedía regresar, dar por terminada la tarea si faltaba aún algún nombre de la lista. Agotar las posibilidades, llevar los proyectos a término, colmar sus obsesiones... sobre todo tratándose de un autor importante cuyo libro más reciente la perseguía desde los escaparates de las librerías en sus caminatas por la ciudad. Así pues, sentándose, se dispuso a esperar al tiempo que bebía una cerveza.

 

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Piedra de Gavea, Río de Janeiro
© KarlaFPaiva / Wikicommons

 

Jacques volvía desganadamente las páginas del portafolio por las que desfilaban rostros y más rostros. La mirada se le iba hacia los hombres, mujeres y turistas que circulaban por la banqueta. Algunos lo saludaban. Lo conocían, vivía en el barrio desde hacía años, era casi un emblema del lugar, símbolo de talento y capacidad de trabajo. Pero también de creatividad y encanto personal. Famosas eran las presentaciones de sus libros, en las que leía, empuñaba la guitarra, cantaba, retomaba la lectura; en una palabra, fascinaba al público. Un hombre-espectáculo con una obra impresionante: casi quince libros publicados en los últimos veinte años.

Había aparecido de modo sigiloso por la esquina de la calle y de inmediato declaró que no deseaba beber nada. Sonia se sintió desarmada. Conforme lo veía hojear el portafolio ―o álbum, o colección de fotografías, su perfil clásico, sus ojos color ámbar posándose sobre las fotos―, se sentía cautivada, tal como aquellos que solían asistir a las presentaciones. Y aunque lo tenía cerca ―sabía que estaba a punto de atraparlo― percibía en él algo huidizo, algo que se fugaba... como la mirada que se desparramaba sobre la acera. Las manos largas y suaves, el cabello cobrizo dorado, las aletas de la nariz trémulas y transparentes le daban un aire de pintura antigua, de estatua clásica, de ángel. Era un bello ejemplar de hombre, sin duda, con un rostro de pómulos altos, frente despejada, ángulos magníficos. Se relamía Sonia, como un niño ante un pastel, al pensar en las magníficas fotos que iba a tomarle, lo que él le podía dar: cerrar la colección con broche de oro. Hasta un premio, quizá. Pero la tensión del cuerpo, la rapidez con que volvía ya las últimas páginas daban a entender que estaba a punto de levantarse de la silla y decir adiós. Decidió retenerlo, a como diera lugar.

Le propuso iniciar allí mismo, inmediatamente, la sesión. Desganadamente, por cortesía quizás, él aceptó. Aún había luz suficiente. Al incorporarse para tomar la cámara se vio a sí misma reflejada en la vitrina de la agencia de viajes. Guy había desaparecido y ella pudo ver en el cristal a una mujer madura, de cabello oscuro recogido en la nuca, surcado por algunos hilos plateados, rostro de belleza mestiza con matices africanos y expresión enérgica: ella. Empuñó la cámara y comenzó a disparar. De perfil, de frente, con el libro abierto ante la lata de cerveza, o recargado indolentemente en uno de los autos estacionados. Cruzaron la calle, posando él y disparando ella. Así, fueron a dar al parque.

 

El Parque San Luis es un quieto refugio de paseantes, bohemios y vagabundos simpáticos. ¡Ah!, también hay algunos que cantan. A esa hora, la pareja de cantores pulsaba el arpa. Se instalaban todas las tardes junto al quiosco de los helados. Tocaba él; ella, ataviada con una amplia túnica blanca, cantaba dulce, quedamente. Siempre tenían público. A María le encantaba sentarse en una banca, y escucharlos, nada más, mientras divagaba. Había averiguado su procedencia: él venía de Nicaragua, ella de Chile. Como tantos inmigrantes en este país, aquí se habían conocido, habían formado una pareja; como tantos inmigrantes vivían de una especie de subempleo: cantar en el parque ante una concurrencia que los esperaba ansiosamente, que dejaba caer monedas y billetes en la cesta cubierta con una servilleta bordada; que los saludaba con un beso en la mejilla, y aplaudía sus canciones. Había llegado a pensar que el oficio de músico ambulante se ennoblecía con Pedro y Elenita, los cantantes del San Luis. A María le habían calentado el corazón durante los meses de trabajo duro, de exilio voluntario. Ahora debía emprender el viaje de regreso. Pero antes tenía que agotar su lista de temas fotográficos.


   
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Margarita Peña

Nació en México, D.F., en1937. Especialista en literatura novohispana y literatura española de los Siglos de Oro. EsMaestra en Letras hispánicas por la UNAM; Doctora en Letras por el Colegio de México;...


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