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NUEVA ÉPOCA NÚM. 157 MARZO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Hermosa manera de encontrar frescura


Juan Esmerio Navarro
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 157| Marzo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Esmerio Navarro, Juan , "Hermosa manera de encontrar frescura" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2017, No. 157 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=811&art=17665&sec=Creaci%C3%B3n > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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¿Qué es lo que más te gusta de salir a la playa?

La mujer extendió una estera, hizo equilibrio en un solo pie, alargó el otro hacia atrás, luego lanzó unos manotazos al vacío, se arrojó, cayó con suavidad, dio media vuelta y se acostó de frente a la mar.

Tenderme a mis anchas, correr olas, ver planear las tijeretas.

El hombre apuntó hacia arriba donde tres pájaros, sin mover las alas, se acoplaban a la fuerza del viento.

Y estar contigo.

Descargó el bolso de lona junto a ella. Luego la volteó a ver. El bikini irrenunciable, la piel sin bello, la mariposa nocturna tatuada en la ingle. Su cuerpo a lo largo de los años le había ahorrado una etapa biológica: de adolescente seguía siendo niña, de joven parecía adolescente, de mujer apenas era una chica. Al detenerse en el rostro se preguntó de cuántas generaciones atrás vendría su gen asiático.

 

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Juan Esmerio
© Archivo UNAM

 

Era la hora del rito, donde importaba menos la forma de la mar que los colores del cielo. Incluso el siseo del oleaje podía pasar desapercibido si se miraba más allá, por encima de las crestas blancas.

¿Y hacer esculturas?

No tengo esas habilidades.

A esta hora lo que a mí me agrada es la sensación de privacidad.

Estaban acostumbrados a ver a un pescador afanándose con una carnada viva (de pronto la figura daba unos pasos hacia atrás para evitar la ola en turno). Pero esta vez no había nadie en los bordes del roquerío.

¿Te vas a quedar de pie?

Me gusta verte desde esta altura. Así, a la deriva.

¿Recuerdas que empezamos a venir a esta playa en busca de intimidad?

Sí. No había dinero para ir a otro sitio.

Además fueron tus escenarios de infancia. El lugar donde brotó el deseo. El Sábalo: una alfombra dorada capaz de hacerte volar si vas descalzo. Me gustan la isla de Pájaros allá enfrente y ese cerro al que sólo le falta una gruta para semejar un sitio sagrado.

La mujer se quitó las gafas de sol que traía de diadema y con ellas apuntó hacia la derecha.

¿Aún es tu última voluntad que esparzan tus cenizas allá?

La mujer hizo una pausa. Colgó las gafas en el hilillo del escote.

Porque yo no quiero cumplirla.

Creí que habíamos venido para distraernos.

No es riña. Esa se quedó en casa. O no sé dónde.

El hombre se quitó el short de mezclilla y se quedó con otro más corto de algodón. Se tendió a su lado.

Recuerdo tus historias de adolescente en esta playa. Son muy divertidas. Nunca pudiste quitarte el gusto por las mujeres blancas.

Imposible: crecí viéndolas sonreírme. Ahora, con la edad, pocas personas creen mis aventuras. Las tuyas, en cambio, estremecen.

La mujer fingió no oír. 

Eres un señor que se mudó de bando. Tendrías que haberte casado con una gringa. Quizá fueras feliz. Pero ya en la universidad no te agradaban. Razones de ideología. Curioso.

¿Quieres que te ponga bronceador?

El sol se va.

Lo decía por el contacto.

Dios, para qué más terapias. Hasta a dar masajes hemos tenido que aprender.

No entiendo por qué te gusta tanto la playa si odias a los seres de la mar.

Esta playa no tiene ese olor a mariscos que me provoca vértigo. Además, aquí me siento terriblemente libre. Ruedo, me paro de cabeza. Soy dueña de mí, de mis ocurrencias.

Bañémonos juntos. Como antes.

No.

El agua aún se tolera.

No es por la temperatura, simplemente no quiero más postales. Costará trabajo desalojarlas de la memoria.

Debimos venir temprano, cuando había más luz.

Puntualidad y lentitud no siempre van de la mano.

La mujer hizo un surco con el talón. Se incorporó de súbito, se sentó en posición de rana y empezó a cavar con las dos manos. Lo hacía con frenesí, como si sacara agua de un pozo.

De niña me gustaba amasar pastelillos con tierra, dijo para sí.

Ajá, y hacer canastas con guayabas y unas tijeras sin filo. Luego no permitías que nadie las comiera. Manos de artista.

El hombre la miró hacer un minuto, y añadió:

O de soldado de trincheras.

¿Has visto un crepúsculo donde el sol haya sido cubierto totalmente por la isla de los Ciervos?

No. Disfruta este. No tarda en aparecer tu color favorito. Voy a nadar.

El hombre se incorporó y corrió con los brazos en cruz como un actor que busca estropear el decorado.

 

Cuando volvió, la mujer yacía acostada. Esta parte de la mar como un fino sudario. Sólo le salía la cabeza y un brazo. Tenía los ojos cerrados. Una grieta vertical en el pecho se abría al ritmo de su respiración.

Hermosa manera de encontrar frescura.

Y de friccionar mi piel. ¿Gustas? Ayúdame a salir.

La mujer abrió los ojos y le tendió la mano. El hombre la incorporó de un tirón.

Eres una pluma.

Caída del cielo.

Mira cómo dejaste el fondo. Lo tuyo es único. Nunca subiste de peso, nunca cambiaste de talla.

No hubo partos tampoco.

Ella aún se sacudía el pelo.

Me dijiste que no podría tener hijos.

¿Por qué?

Tu cuerpo no genera calor adicional.

Lo notaste desde la primera noche que pasamos juntos.

El hombre se puso de rodillas, se inclinó y empezó a dar de arañazos.

Cavemos más hondo. Yo no quepo ahí. Ayúdame. Tú haz la cabecera.

¿Y si nos vamos? Ya no veo el bolso. Espero haber guardado los lentes. No los voy a encontrar en esta oscuridad.

La mujer añadió enseguida en tono infantil, alargando la frase:

Te con vi e ne.

¿Reconciliados?

Puede ser, aunque no sé si al llegar a casa me arrepienta.

Espera. Hace mucho que no hacemos esto. ¿Conoces la historia del hombre del campo al que orinó un zorrillo y lo enterraron en las dunas para intentar quitarle la peste?

No. Cuéntamelo.

El hombre se acostó. El molde era perfecto para su cuerpo. La mujer se acomodó junto a él. Le sopló en la mejilla pegándole los labios.

Buen viaje. Relájate. Para eso estamos aquí.

Siento que estoy en el vientre de mi madre, pero petrificado.

Aunque el hombre hablaba, la mujer no oyó el cuento: después de tantos años le seguía repugnando, como desde la primera vez que lo escuchó, la fetidez del personaje.

Se concentró en arroparlo.

Sentía las yemas estropeadas. El polvo bajo las uñas empezaba a incomodarla.

Arrojaba puñados de arena y luego aplanaba, como si diera forma a una escultura.

Había cierta ternura en la labor de sus manos.

Primero las piernas, luego subió al torso y se esmeró en amurallar los brazos.

Reservó el rostro para el final.


   
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Juan Esmerio Navarro

Nació en Mazatlán, Sinaloa, en 1965. Es editor en el Instituto Sinaloense de Cultura y escritor. Estudió economía política. Es autor de los libros de cuentos Meteoro y otras historias de sol y El donador; la...


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