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NUEVA ÉPOCA NÚM. 157 MARZO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Gonzalo Celorio
Los rostros de la lengua


Eduardo Matos Moctezuma
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 157| Marzo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Matos Moctezuma, Eduardo , "Gonzalo Celorio. Los rostros de la lengua" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2017, No. 157 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=811&art=17667&sec=Rese%C3%B1as > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Lengua milenaria, la española es uno de los principales idiomas de la cultura actual. Gonzalo Celorio ha reunido una colección de retratos de varios de los principales artífices de la expresión del pensamiento y la sensibilidad en castellano. Los siguientes comentarios fueron leídos en Bellas Artes por Eduardo Matos Moctezuma, autor de Muerte a filo de obsidiana, y por Federico Reyes Heroles, el novelista de El abismo.

 

Voy a comenzar por el final. Gonzalo Celorio nos dice en la última página de su libro Del esplendor de la lengua española, de la editorial Tusquets, lo siguiente:

Quiero terminar diciendo que el conocimiento de la gramática de nuestra lengua nos hace más conscientes de nuestra identidad porque la lengua en muy alta medida determina nuestro pensamiento, nuestra cultura y nuestra idiosincrasia. Esta consideración no es novedosa. Ya san Isidoro de Sevilla, en la España visigoda de finales del siglo VI y principios del VII, advertía en sus Etimologías ―compendio del saber de su época― que hablaría primero de las lenguas y luego de las gentes porque ―decía― las gentes nacieron de las lenguas y no las lenguas de las gentes. Pero en estos tiempos en que conmemoramos el segundo centenario del inicio de nuestra revolución de independencia, la aparición de la Nueva gramática de la lengua española podrá ayudarnos a saber y aquilatar con mayor hondura y precisión qué nos une a España y qué nos diferencia de ella y nos confiere una identidad propia. Una identidad reforzada por el hecho, no insulso, de que México es el país que cuenta con el mayor número de hablantes de la lengua española. Una de cada cuatro personas que hablan español en el mundo es mexicana. No es poca cosa.

Las anteriores palabras son el colofón de un recuento de diversos personajes ―veintidós para ser exactos― descritos en diversos escritos ―veinte, para continuar con las exactitudes―, en los que el autor nos lleva por la vida y obra de literatos, antropólogos, historiadores, periodistas, en fin, es un libro escrito en pequeños capítulos, lo cual también se agradece pues en la ajetreada vida actual a veces no hay tiempo suficiente para sentarse a disfrutar de la lectura y, en este caso, este libro se goza al leerlo pues, además de darnos la semblanza de cada uno de los protagonistas, para nuestra fortuna el autor irrumpe de manera terminante en la vida y en ocasiones en la muerte de algunos de los personajes. El acercamiento que nos brinda Gonzalo sólo puede hacerlo alguien que, como él, está armado de profundos conocimientos literarios, históricos y filosóficos, además de manejar con destreza y soltura la pluma que nos transcribe el pensamiento y la razón de ser de cada uno de ellos. Hay que advertir algo importante: todos los escritos fueron leídos en veladas, homenajes, en fin, diversas efemérides en las que se recuerda a los destinatarios del escrito sin pasar por alto que uno que otro sirvió de epitafio al personaje en cuestión.

 

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Gonzalo Celorio, Margit Frenk y Eduardo Matos Moctezuma
© María Luisa Severiano

 

Para dar una idea cabal del contenido del libro, voy a hacer breves referencias de cada capítulo a manera de entremés, con el fin de despertar la curiosidad de los oyentes para que se animen a traspasar el umbral de la portada y penetren en el plato fuerte que el libro representa.

Comienza el autor con una figura relevante de nuestras letras: el cronista Artemio de Valle-Arizpe, de quien nos dice cómo, para su ponencia de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, escribió más de 80 páginas acerca de fray Servando Teresa de Mier. Nos recuerda Gonzalo cómo ambos personajes guardan afinidades en cuanto a la relación del biógrafo y el biografiado, o sea, entre el cronista histórico y el fraile predicador, además de percibir “una suerte de poética narrativa de don Artemio” (p. 17).

De Alfonso Reyes, hombre universal, señala Celorio por medio de cuatro apartados las lúcidas investigaciones que llevan a don Alfonso a entrar por la puerta grande de las letras de la Nueva España. En ellas alude a la raigambre indígena y a los aportes en lengua española que se dieron a lo largo de la Colonia. La lectura de Reyes primero y la lectura de Celorio después me llevaron a recordar aquellos textos de Pedro Henríquez Ureña en donde estudia el romance, la música popular y el teatro en América y en México, los que incluí en la antología que preparé sobre el pensador dominicano bajo el título Pedro Henríquez Ureña y su aporte al folklore latinoamericano.

Continúa el libro con las palabras dedicadas a la escritora cubana “Dulce María Loynaz, una académica solitaria”, que Gonzalo pinta de cuerpo entero en el título mencionado. Resulta que una tarde, nuestro autor, acompañado de Hernán Lara y de una caja de bombones, van a visitarla a su casa en La Habana. Son aquellos momentos en que la revolución ha dado sus mejores logros y sus peores realidades. El transcurrir del tiempo pareció detenerse en el relato de aquel día inolvidable en que, entre pisos de mármol y perros plebeyos, transcurre el tiempo detenido en un piano de cola y aquella anciana que representaba el tiempo ido pero también el tiempo actual. Recibió muchos premios, pero quizás uno de sus mayores logros fue el de quedarse en su país en donde, finalmente, se le reconoció. Termina Gonzalo diciendo: “En Cuba, en La Habana, en su casona del Vedado, en su cama, murió Dulce María Loynaz poco tiempo después de nuestra visita. Descanse en paz. En Cuba” (p. 51).

No sé por qué, cuando Gonzalo habla de la literatura de Cuba o cuando leí su Tres lindas cubanas, me surge el espíritu antillano que me hace recordar la poesía de la negritud que canta el “Congo solongo del Songo” del poeta Nicolás Guillén; o la “Cuba ―ñáñigo y bachata― / Haití ―vodú y calabaza― / Puerto Rico ―burundanga” del puertorriqueño Luis Palés Matos; o del venezolano Andrés Eloy Blanco, que nos brinda claroscuros en sus “Angelitos negros”.

Continuemos con nuestro relato. Toca el turno ahora a Bernardo de Balbuena y a Salvador Novo. Este texto fue leído por su autor en el centenario del nacimiento del segundo en el año 2004. ¿Qué es lo que une a ambos cronistas separados por 330 años de distancia? Ni más ni menos que la Ciudad de México. Balbuena nos da su Grandeza mexicana, en tanto que Novo nos regala su Nueva grandeza mexicana. También nos recuerda Celorio la presencia de Francisco Cervantes de Salazar cuando escribió México en 1554, referida a una ciudad que ya no existe en el presente. Se pregunta Gonzalo, siguiendo este hilo conductor, si la ciudad actual debe seguir siendo digna de encomio al estar “encarcelada por la inseguridad; uniformada por los grafiti que se han enseñoreado de bardas, edificios, esculturas, monumentos y hasta montañas; degradada por la creciente obscenidad de los anuncios publicitarios; estancada en sus vías de comunicación; amenazada por la violencia; adolorida por sus tragafuegos…”, y así nos sigue enumerando los males que la aquejan. Sin embargo, no pierde la esperanza y nos dice que habrá que buscar en ella una nueva grandeza mexicana (p. 63).

La admiración que provoca en Gonzalo la figura del historiador Edmundo O’Gorman es de sobra conocida. El texto que hace alusión a él lo leyó en el primer centenario de su nacimiento en 2006. En su escrito, Gonzalo alude a temas diversos como contarnos de la herencia que le legó don Edmundo, consistente en una gorra que le quedó grande y, con antelación, un candelabro destartalado ―como dice el autor―. Con el historiador compartió horas de plática que rondaban acerca de las mujeres, la literatura, la historia… Y precisamente en estos dos últimos se centra el texto de Gonzalo. Su cercanía con don Edmundo, no tengo duda, lo llenó plenamente de las vivencias del historiador y supo de manera inteligente hacer suya la sabiduría que de él emanaba.

Como vamos a poder comprobar, los centenarios dan pie a Celorio para escribir de vivos y de muertos. En los casos de algunos de los personajes antes nombrados se trata de quienes ya pasaron el tamiz de la vida y llegaron al umbral de la muerte. Pero el caso de Andrés Henestrosa es diferente: se negaba a morir y así llegó al centenario apoyado en su bastón. “Andrés Henestrosa cumple hoy cien años ―nos dice Gonzalo―. Cien años de cultivar el Árbol del Tule de la lengua. Cien años de dádivas y de buen humor, de buen humor y de buen amor. Cien años de gozo. Cien años de juventud. Cien años de compañía. Felicidades, Andrés” (p. 75).


   
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Eduardo Matos Moctezuma

Nació en la Ciudad de México en 1940. Arqueólogo y antropólogo. Es Maestro en Ciencias Antropológicas con especialidad en Arqueología por la Escuela Nacional de Antropología e Historia y la UNAM. Ha ocupado...


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