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NUEVA ÉPOCA NÚM. 157 MARZO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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El tributo a los maestros


Federico Reyes Heroles
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 157| Marzo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Reyes Heroles, Federico , "El tributo a los maestros" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2017, No. 157 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=811&art=17668&sec=Rese%C3%B1as > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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El alma es un territorio que no se cultiva a tuitazos, que no son un simple tuit sino una intención invasiva. El alma es tierra muy fértil para quien está dispuesto a regresar a ella y barbechar, arar, sembrar y esperar la cosecha. Uno no se vuelve noble de la noche a la mañana, tampoco tolerante, ni paciente, ni sereno, ni prudente, ni generoso. Un acto de generosidad es muy bueno, parafraseando a Brecht, pero los que son generosos todos los días son los imprescindibles.

Un ser humano crece cuando cultiva ciertos valores y los ejercita a diario en el largo sendero de la vida. Baltasar Gracián veía esa misión de crecimiento interior como un arte; del arte de la prudencia escribió en su célebre texto. Ir a un valor y regresar a él tantas veces como sea necesario hasta que este eche raíces en nuestra entraña, esa es la fórmula que nos propuso el sabio jesuita del Siglo de Oro español.

 

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Gonzalo Celorio
© Archivo UNAM

 

Hace exactamente veinte años, en marzo de 1997, Gonzalo Celorio tuvo a bien, para mi fortuna, regalarme un bello opúsculo de una extraña editorial llamada Cuadernos de Malinalco con el título El alumno. En él, con la suavidad precisa y sin concesiones de su prosa, Gonzalo rinde tributo a tres maestros que lleva en el corazón: Luis Rius, Sergio Fernández y don Edmundo O’Gorman. Desde entonces me llamó la atención que el popular y querido maestro universitario, el brillante escritor y el preocupado y ocupado funcionario universitario, se diera el tiempo para regresar a la parcela de la generosidad y dar a sus maestros el mejor regalo que un mentor, lo digo por mí mismo, puede recibir: un reconocimiento público a quienes con sus palabras, indicaciones y sus actos se convierten en una brújula ética. Sin ese instrumento de navegación, el naufragio es presagio.

La literatura de Gonzalo y la propia ya nos habían unido en las presentaciones de Amor propio en el 91, El viaje sedentario, del 94, después vendrían Tres lindas cubanas y otros. Ante los ojos de cualquier lector, la obra de Celorio se puede dividir en dos: su brillante narrativa y su labor como crítico. En esto La épica sordina es una piedra de toque inevitable. Pero me atrevería a agregar otro género, si se me permite la licencia: el del tributo producto de la generosidad, porque si bien El alumno del 97 parecía una perla rara en su producción, algunos años después, en el 2005, aparecería otro opúsculo, como saludo de año nuevo, con una brevísima presentación del gran Eulalio Ferrer, con el título Un río español de sangre roja.

Se trata de unas cuantas páginas invadidas de líneas muy personales que nos llevan del doctor Urbano Barnés, quien mi imaginación supone dio una buena y sonora nalgada al pequeño Gonzalo para que se incorporara al mundo, dando entonces el mocoso un berrido que también imagino hasta el dolor de mis tímpanos.

Ustedes podrán imaginar los nombres que se desprenden del título: Eduardo Nicol, Wenceslao Roces, José Ignacio Mantecón, Ramón Xirau, el adorable gruñón de don Carlos Bosch, del que Beatriz y yo fuimos vecinos y orgullosos amigos junto con la brava y cautivadora hidalguense doña Elisa Vargas Lugo. Luis Rius y el propio Eulalio Ferrer son imprescindibles en el recuento. Gonzalo Celorio cultiva el tributo y con él su alma se engrandece. Del esplendor de la lengua española, para mí, se inscribe en esa vertiente.

¿Cuál es la intención del autor, del texto, si es que los textos pueden tener intenciones? Acaso mantenerse en circulación publicando regularmente. No, conozco a Gonzalo y los impulsos de su alma ―no utilizo la palabra resortes porque me parece muy fea, agresiva para el alma que imagino etérea, vaporosa, suave―, en fin, regreso, sus impulsos son otros. De nuevo el autor quiere compartir las lecciones de sus grandes maestros, los que conoció o conoce y a los que no trató.

Este segundo grupo desfila en un espléndido ensayo que abre camino a la lectura del libro. A través de la obra de sor Juana, Juan Ruiz de Alarcón, Carlos de Sigüenza y Góngora, don Artemio del Valle Arizpe, fray Servando Teresa de Mier, pero también de autores más recientes por él admirados como Alejo Carpentier, Pedro Henríquez Ureña o Salvador Novo, salen todos desbocados a la caza de una presa: el origen de la originalidad de la literatura latinoamericana y mexicana, si es que algo así existe.

Celorio camina por ese sendero muy atractivo para la reflexión en el cual se confrontan los relatos históricos y la literatura como detonadores del cambio y de la creación. Mario Vargas Llosa ha desarrollado una tesis similar en un provocador libro de crítica literaria y, si me permiten de nuevo, con atisbos de epistemología, que se llama La verdad de las mentiras. Qué fue más peligroso para los conquistadores, para el dominio en cualquiera de sus expresiones, las Cartas de relación o Don Quijote de la Mancha. Describir la realidad es menos potente que narrarla, volverla literatura. Leer a Marx como economista e historiador no conduce a una bomba subversiva. Pero en cambio sus lances literarios disfrazados de ciencia conmovieron al mundo.

No crea el potencial lector que los muertos se apoderaron de la obra de Gonzalo. Para nada; por el contrario, el mayor peso del libro lo llevan los vivos. Si bien don Alfonso Reyes, por el cual los dos sentimos veneración impúdica, deambula por el libro, Gonzalo introduce para el resto de los personajes una sabrosa dosis de irreverencia. No estamos ante un tratado, sino ante un delicioso menú, para seguir con las analogías culinarias, de personajes que van de don Edmundo O’Gorman y sus hábitos de vestido y elegancia instalada en el disco duro, a la residencia de Dulce María Loynaz en La Habana y la porcelana de sus tazas.

Nada de pretensiones insufladas que alejan a los lectores. Por el contrario, el maestro Celorio, que no deja jamás a Gonzalo, quiere contarnos algunos de los privilegios de su vida, privilegios derivados de conocer y tratar en la intimidad a don Andrés Henestrosa, que daba bastonazos para levantar las sesiones de la Academia Mexicana de la Lengua. O por qué no ir a las tertulias en casa del enciclopédico José Rogelio Álvarez a degustar el humor de doña Griselda Álvarez, que lo tenía y muy acentuado y a quien recuerdo declamar sus poemas eróticos rondando ya los ochenta años. O la picaresca alburera de Eduardo Matos, que puede ser lapidario ―pues vive enamorado de sus piedras de aquí a la vuelta―, o la mirada pícara de Miguel León-Portilla, que conserva a los noventa años su sarcasmo, que nada tiene que ver con las profundidades de la Visión de los vencidos.

Gonzalo nos comparte ese privilegio de ser parte de la Academia, nos lleva por sus pasillos a toparnos con el admirable Carlos Prieto, pero, qué creen ustedes, no para escuchar las suites de Bach desde la garganta muy profunda de Chelo Prieto, su chelo, sino para destacar su otra pasión, que es la de las palabras, los idiomas y sus orígenes, puestos a prueba en su infatigable periplo por el mundo. Porque, claro, el hilo conductor de este volumen son las palabras, ¿podíamos esperar algo diferente de Gonzalo? Por ello, Celorio, el miembro de la Academia a la que ha servido con pasión desde hace décadas, no desaprovecha ninguna oportunidad, para hacernos saber que alma mater viene de “madre amamantadora”, “nutricia”, “nodriza” y que, por lo tanto, no puede haber alma pater. O que meticuloso significa “miedoso” y mamotreto “niño amamantado por la abuela”.

Guiados por Gonzalo caminamos por esos pasillos de la Academia y podemos recordar al querido José G. Moreno de Alba, al que tanto debe no sólo nuestra Academia sino también el nuevo brío de la Real Academia y la organización de las academias de nuestro idioma. Y, claro, no podía faltar en ese rumbo Víctor García de la Concha, el arquitecto de la casa institucional de las academias del siglo xxi, a quien vi, hace muchos años, en un Foro Iberoamérica de los que impulsó Carlos Fuentes, consultar por primera vez el diccionario de la rae en un teléfono inteligente. Pensé entonces: esto es una revolución. El incómodo volumen, por no decir libraco, viajará en unos cuantos centímetros cuadrados en nuestro bolsillo.

Pero las anécdotas son el condimento, jamás el platillo principal, porque, por ejemplo, en el caso del ensayo sobre Fuentes ―a quien rendimos sorpresivo homenaje en la triste mañana del 16 de mayo de 2012 aquí en este palacio―, el texto sobre el gran narrador y excelente amigo que Gonzalo y yo compartimos no tiene anécdotas. En este caso el material es una revisita a La región más transparente, un sólido ensayo que nos plantea nuevas coordenadas de interpretación. Se dice fácil, pero encontrar algo nuevo en una obra tan conocida y que lleva circulando más de medio siglo es una verdadera hazaña.

Compartir, dije, porque Celorio rompe esa injusta frontera entre el mundo oral que él vive desde la literatura y desde la Academia y así desparrama sus experiencias en negro sobre blanco para quien quiera apropiarse de ellas. Gonzalo Celorio socializa el privilegio. Compartir, insisto, porque Gonzalo Celorio nos presta sus ojos, su sensibilidad, su memoria, sus amplísimos conocimientos y una rica travesía con múltiples escalas en las que el lector aprende y goza, raro equilibrio que brota de la generosidad y donosura de la pluma del gran Gonzalo.

En plena era del egoísmo orgulloso y galopante, frente a la llamada I Generation, de iPhone, iPod, iPad, nos topamos con un tipo excepcional que, en un mundo inundado de egos y vanidades, ha cultivado con serenidad una parcela en su alma de la cual brota abundante y bella generosidad.

 

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Leído durante la presentación del libro Del esplendor de la lengua española, de Gonzalo Celorio, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México, el 12 de febrero de 2017.


   
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Federico Reyes Heroles

Nació en la Ciudad de México en 1955. Narrador, ensayista e investigador. Estudió las carreras de Sociología y Ciencia Política en la UNAM. Ha colaborado en la Secretaría Académica General de la UNAM; como...


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