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NUEVA ÉPOCA NÚM. 157 MARZO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Carlos Pascual
Contra la desmemoria


Eduardo Antonio Parra
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 157| Marzo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Parra, Eduardo Antonio , "Carlos Pascual. Contra la desmemoria" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2017, No. 157 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=811&art=17670&sec=Rese%C3%B1as > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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La guerra que asoló varias regiones del centro y el occidente de México en la segunda mitad de la década de 1920, conocida como “la Cristiada”, ha sido escasamente abordada desde el ámbito de la creación literaria. Carlos Pascual sale más que bien librado de su incursión en este tema con su novela Memorial de cruces, como explica Eduardo Antonio Parra, autor de Parábolas del silencio.

El pasado mexicano —nuestro pasado como pueblo y como país— es una cantera en apariencia inagotable cuyo material ha servido, sobre todo en años recientes, como punto de partida para obras literarias que de un modo u otro indagan en los procesos de la identidad nacional (si es que en estos tiempos puede existir algo así). ¿Por qué somos como somos?, parecen preguntarse muchos novelistas. ¿Cuál es la trayectoria que México ha seguido para desembocar en una nación que hoy satisface sólo a unos cuantos? Con un presente confuso, sin perspectivas agradables en lo político, social, económico, y no se diga en lo que respecta a la seguridad de los ciudadanos, tal vez las únicas claves puedan encontrarse volviendo los ojos atrás. Así parecen haberlo comprendido escritores que, como Carlos Pascual, enfocan sus intereses en la novela histórica. Sin embargo, las respuestas no se hallan al alcance de la mano. Más allá de lo que aprendimos en la escuela y en los libros de texto gratuitos —llenos de medias verdades cuando no de francas mentiras, y de agujeros negros y pantallas que ocultan ciertas etapas y sucesos fundamentales—, quien quiera conocer la historia de nuestro país debe hacer una verdadera labor de investigación, rastrear libros que tienen décadas sin reeditarse, meterse en caóticos archivos a llenarse de polvo y ver cómo transcurren las horas sin un hallazgo, exhumar periódicos en hemerotecas olvidadas y acudir a los relatos de la tradición oral para completar la documentación, todo con el fin de intentar extraer una verdad histórica que se acerque a la explicación de por qué estamos como estamos.

 

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Tal vez uno de los agujeros negros más evidentes de nuestra historia, uno de los periodos menos documentados, sea el que aborda la novela Memorial de cruces, donde Carlos Pascual se impuso la misión de desentrañar, primero, y de exponer ante los lectores después, los pormenores de lo que se conoce como la Cristiada, o la Guerra de los Cristeros: un conflicto del que todos hemos escuchado hablar desde niños, de boca de las abuelas o del cura que nos impartió la primera comunión, y lo que creemos saber de él parece habernos bastado siempre: en los años veinte y treinta del siglo anterior los católicos se levantaron en armas porque el gobierno, que quería acabar con la fe en Dios en el país, decidió cerrar las iglesias y prohibir la religión: por eso se desató la guerra. Una verdad simple que, de boca en boca y de generación en generación, ha llegado hasta nosotros alrededor de noventa años después, y con la que casi todos los mexicanos se dan por satisfechos sin saber que no es más que un mito. Por eso el doble mérito de Memorial de cruces: no sólo indaga y expone; desmitifica lo que por la costumbre y el uso luce como verdad incuestionable.

Para organizar de un modo literario el inmenso material producto de la investigación, el autor tuvo que encontrar un tono y un narrador que corriera con la responsabilidad de contar los hechos. El tono, lo que desde el punto de vista de este lector es un verdadero hallazgo, es paródico: una parodia del lenguaje bíblico. Por medio del humor y la ironía, de la comedia y en ocasiones de la farsa, Pascual le quita peso y dolor al rosario de tragedias que constituye su relato, acentuando al mismo tiempo la crítica dirigida a los responsables del conflicto. El narrador es otro hallazgo pues expone los hechos, los comenta, juega con ellos y, al situarse en nuestra época, muchos años después de ocurrido lo que cuenta, tiene la libertad de extraer consecuencias y, más aún, de encadenar el pasado a nuestro tiempo mostrándonos las repercusiones de la Cristiada en los días que corren.

A caballo sobre el Apocalipsis de san Juan, Memorial de cruces inicia con los antecedentes, con un recuento de los conflictos religiosos desde que en el siglo xix el gobierno de la República promulgó la llamada Ley Juárez que, entre otras cosas, separaba para siempre los dominios de la Iglesia y el Estado. Desde entonces y hasta ahora, nos muestra el autor, el enfrentamiento entre estas dos entidades ha sido constante, pues aunque el Estado ha tratado siempre de acomodarse al signo de los tiempos emitiendo leyes y reformas con el fin de garantizar la convivencia pacífica de los mexicanos, la Iglesia se resiste a todo cambio como si quisiera mantener a sus feligreses en la época de la Colonia. Por supuesto, como toda institución religiosa, siempre contó con el número suficiente de fanáticos que llevaran a cabo las acciones que a ella, por doctrina, le estaban vedadas. Así, desde tiempos de Juárez hubo conflictos armados por estos motivos, aunque quizá ninguno tan sangriento, tan brutal, como el que se dio a partir de 1925, bajo la presidencia del general Plutarco Elías Calles.

Autor formado principalmente en el teatro, Carlos Pascual identifica desde el principio a los que serán los principales actores del drama, personajes colectivos que, según las necesidades de precisión de la historia, se desgajan en individualidades que vivirán sus propias tragedias. Tenemos por un lado a los integrantes del gobierno encabezado por Calles, frente a los dignatarios de la Iglesia encabezados por el arzobispo y los obispos más rijosos; pero también están los campesinos que formarán las huestes de los ejércitos cristeros, los miembros de las ligas católicas urbanas, las brigadistas católicas femeninas —también urbanas—, la clase política mexicana, los militares y, por supuesto, los diplomáticos estadounidenses que, como siempre, terminarán inclinando la balanza en el conflicto. Demasiados actores y mucho material, pero todo indispensable para entender unos hechos que han permanecido confusos durante casi una centuria. Y, en una hazaña de organización y síntesis, el autor consigue construir con ello un relato coherente, secuencial, veraz, satírico y sumamente divertido, donde adquiere relevancia y visibilidad todo lo oculto, lo silenciado, lo que provoca vergüenza a causa de la sangre derramada, aquello que ha sido disimulado por sus principales instigadores a través del tiempo.

Desde la creación en México de los sindicatos católicos estimulados por el Vaticano, que se enfrentaron a la CROM, pasando por el surgimiento de la Iglesia Católica Apostólica Mexicana, con su papa vernáculo José Joaquín Pérez Budar, el establecimiento de la Orden de los Caballeros de Guadalupe (que en realidad eran porros de la CROM), hasta los primeros enfrentamientos entre las dos Iglesias, Pascual nos lleva paso a paso por los antecedentes que dieron pie a la Guerra Santa cuyos actos de barbarie bien podrían figurar como antecedentes de los que vivimos en la llamada Guerra del Narco: ejecuciones, actos terroristas, decapitaciones con fotografía incluida, quemados vivos, violencia generalizada. Con ello, Memorial de cruces se revela, no sólo como una suerte de remedio a la desmemoria de los mexicanos, sino como crítica feroz al fanatismo que desde entonces y hasta ahora ronda por estas tierras.

Así habla el narrador al abordar el primer zafarrancho entre católicos mexicanos y católicos romanos, sucedido en Aguascalientes, que dio paso al enfrentamiento armado:

La tropa federal, a fuerza de táctica y superioridad de armas, logró imponerse y fueron apresadas, de ambos bandos, 147 personas, hombres y mujeres, católicos romanos y católicos cismáticos. También de ambos bandos resultaron 257 heridos, muchos de ellos de gravedad. Y porque la civilidad que ofrece el Estado debe prevalecer y la sanidad más elemental así lo exigía, la mañana siguiente fueron enterrados, en el mismísimo atrio del templo de San Marcos, veinte cadáveres, también de hombres y mujeres que, se habrá de suponer, luchaban por la misma cruz, usaban las mismas ropas, tenían el mismo anhelo de agradar al mismo Dios y por sus venas les corría sangre igualmente roja y ardiente. Habrá de suponerse que tenían el mismo color de piel y hablaban el mismo idioma. Se deleitaban con los mismos granos de la tierra, con el mismo perfume del aire y miraban las mismas montañas. Ellos, tan iguales que yacen juntos en una fosa común, tan iguales que todavía hoy sus huesos se abrazan bajo la misma tierra, estaban irremediablemente separados; irremediablemente y mortalmente separados por el aire y la vacuidad. Por la nada. Y a la nada llegaron.

Poco antes de la guerra propiamente dicha, las posiciones ya estaban tomadas y los antecedentes a la lucha en los campos de batalla abundaron. Pascual no escatima pormenores y nos pone frente al atentado con bomba que sufrió Álvaro Obregón, candidato a ocupar la presidencia de la República por segunda vez, las intervenciones de la prensa que echaban más leña a la hoguera de la discrepancia, la expedición de la llamada Ley Calles que endurecía la posición del gobierno, las excomuniones con que respondió la Iglesia para quien acatara la ley, la decisión de los obispos de cerrar los templos; otro zafarrancho, ahora afuera de la iglesia de la Sagrada Familia en la Ciudad de México, la orden del gobierno para desterrar al arzobispo José Mora y del Río, y el estallido de la llamada Guerra Santa que nadie sabe precisar con exactitud dónde ocurrió, pues el descontento de los católicos, instigados por sus pastores, había cundido ya en el país.

Con sólo dos o tres escenas el autor nos muestra la mecánica de las batallas que fueron casi idénticas en todos los puntos del territorio nacional donde hubo alzamientos cristeros, en las que los grupos de campesinos se enfrentaban por medio de tretas y emboscadas a cuerpos del ejército bien organizados y disciplinados, pero que desconocían el terreno, escenas que le bastan para mostrar el encono y el sadismo con que cada uno de los dos bandos trataba a sus enemigos. En las páginas dedicadas a la guerra —porque otras tratan sobre los conciliábulos y las conspiraciones— vemos desfilar a los generales en jefe, el general Joaquín Amaro por parte del gobierno, quien era considerado el mejor militar mexicano en esos años, y el general Enrique Gorostieta por parte de los cristeros, quien fue contratado por las ligas católicas a razón de tres mil pesos oro para que encabezara a los alzados. Conforme transcurre el conflicto, Pascual nos expone también los dramas personales, familiares, en que la situación colocó a cada uno de estos jefes, así como el del mismísimo Plutarco Elías Calles, quien enviuda en esos momentos, para después enfocarse en los principales cabecillas guerrilleros y los otros actores de la tragedia, con lo queel relato adquiere, no sólo una perspectiva múltiple, sino una densidad y una profundidad que van mucho más allá de lo político y lo religioso para abarcar todas las facetas humanas de los involucrados.

Crónica, balance, recuento histórico, a veces tragicomedia, a veces farsa, pero sobre todo una novela lograda, Memorial de cruces es un ataque contra la amnesia a que nos han acostumbrado el Estado y la Iglesia, a los que no parece convenirles que sepamos que en este país, tan golpeado por la violencia actual, ha habido crímenes provocados por el fervor fanático y la intransigencia, ha habido actos terroristas silenciados en su tiempo por la prensa y más tarde por los historiadores oficiales, ha habido brutalidades tan sádicas como las de tiempos recientes, ha habido campos de concentración donde murieron cientos de mexicanos, y ha habido asesinatos políticos, magnicidios, concebidos por el bien de la República. Con ella, Carlos Pascual nos demuestra una vez más sus dotes de narrador y, sobre todo, nos enseña que es posible, además de lamentarlo, reírnos y burlarnos de nuestro pasado, siempre y cuando primero lo conozcamos bien y hayamos aprendido de sus lecciones.

 

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Carlos Pascual, Memorial de cruces. Libro de las Revelaciones de la Guerra Cristera, Grijalbo, México, 2016, 368 pp.


   
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Eduardo Antonio Parra

Nació en León, Guanajuato, el 20 de mayo de 1965. Narrador y ensayista. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Universidad Regiomontana. Algunos de sus relatos han sido traducidos al inglés, francés,...


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