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NUEVA ÉPOCA NÚM. 157 MARZO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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A veces prosa
Últimos minutos de Alfonso Reyes


Adolfo Castañón
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 157| Marzo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Castañón, Adolfo , "A veces prosa. Últimos minutos de Alfonso Reyes" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2017, No. 157 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=811&art=17671&sec=Rese%C3%B1as > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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I. Aunque no se sabe cuándo y cómo el héroe homérico Ulises dejó su cuerpo físico y rindió su último suspiro, se puede conjeturar que, en los momentos finales de su vida, repasó sus aventuras y, por así decir, se brindó a sí mismo una versión en miniatura de su propia odisea. César Benedicto Callejas ha dado a la estampa no hace mucho una obra titulada Los minutos de Ulises. El texto busca reconstruir a través de una narración tan ficticia como armoniosa los últimos momentos de un lector de Homero y acaso émulo del propio Ulises: Alfonso Reyes (1889-1959), el autor caudaloso y legendario cuyo nombre se estampa tantas veces en la ciudad de Monterrey que el crítico inglés George Steiner me preguntó cuando la visitó “¿quién diablos es Alfonso Reyes?”. Buena pregunta. Con toda seguridad Reyes se la hizo a lo largo de los alrededor 51 mil 290 días, o sea, 70 años, siete meses y diez días que duró su longevidad que contrasta con las más de 13 mil páginas de sus Obras completas, sin contar los por lo menos 50 volúmenes de correspondencia, los siete del Diario y el baúl de asombros que todavía resguarda como un tesoro escondido la Capilla Alfonsina, custodiada por la admirada y admirable Alicia Reyes, maestra de generaciones.

 

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II. Alfonso Reyes murió a las 7:30 de la mañana del 27 de diciembre de 1959, según consta en el apunte hecho por su hijo Alfonso Reyes Mota ese mismo día, quince minutos después del fallecimiento. La última anotación asentada por su puño y letra fue la del 25 de diciembre. Los editores del Diario, F. Curiel y B. Clark, anotan que: “Los altibajos de la salud de don Alfonso se refleja en las variaciones de la letra manuscrita”: “Amanecí mal pero me compuse con medicinas Cesarman. Meche McGregor agradece por teléfono el artículo sobre Genaro [muerto el día 22 y sobre el cual Reyes escribió su último artículo ‘El férreo Genaro’: publicado en Excélsior]. Fernando Benítez, el rey viejo me mataron” [tomo VII, p. 774].

Podría imaginarse que los doce capítulos del monólogo a dos voces de Los minutos de Ulises de César Benedicto Callejas transcurren entre las horas contadas que van desde el 25 de diciembre en que Reyes escribió su último artículo hasta la fecha de su muerte. Esas horas postreras, esos minutos finales o terminales son el espacio literario en el que se mueve la narración. Dada la dimensión y la riqueza de la obra y la vida de Reyes hay que agradecerle que el libro no sea un proyecto historiográfico o biografía novelada al estilo monumental de las de Michael Holroyd sobre Lytton Strachey, la de Leon Edel sobre Henry James o bien la de Jean-Paul Sartre sobre Gustave Flaubert, El idiota de la familia.

 

III. La idea de recrear la vida de alguien a través de la evocación de sus minutos terminales recorre como un Lázaro fantasmal el cuerpo mismo de la literatura. Los ejemplos modernos van desde la narración de Thomas de Quincey, Los últimos días de Emmanuel Kant, los monólogos dramáticos del poeta Robert Browning hasta La última tentación de Nikos Kazantzakis, La muerte de Virgilio de Hermann Broch, El último mundo de Christoph Ransmayr (Seix Barral, 1989) sobre la muerte de Ovidio, pasando por la novela de William Faulkner, Mientras agonizoLa muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes o El general en su laberinto de Gabriel García Márquez o incluso el Guillaume le Maréchal del historiador Georges Duby.

El árbol de la tradición asiática da como frutos los breves poemas de despedida a la vida que dictan los monjes budistas zen antes de desfallecer. Sean bienvenidos Los minutos de Ulises, vienen a añadirse al caudal de las obras con que los lectores de Alfonso Reyes enriquecen su memoria.

Los minutos de Ulises aspira a concentrar en su exposición una docena de estampas en torno a la vida supuestamente contada por un “sí mismo” que diría Paul Ricoeur. El libro podría haber sido presentado editorialmente como un Alfonso Reyes par lui-même o por sí mismo a la manera de aquella colección francesa publicada en París por el sello de Seuil en la colección Microcosme Écrivains de Toujours y que por cierto fue parcialmente traducido en México por la Compañía General de Ediciones.

Los minutos de Ulises tiene una forma: no se da como una exposición impersonal en tercera persona desde un narrador neutro, tampoco como un monólogo de la conciencia desordenada al estilo del Ulises de James Joyce; se brinda más bien como una lección forense pronunciada en vocativo, o sea, en segunda persona, de tú a tú, en el tú por tú, tan caro a cierta elocuencia latina, como en La modificación de Michel Butor. Esto plantea ciertas preguntas: ¿es posible aproximarse a un clásico desde adentro, como quería Ortega y Gasset al pedir un Goethe desde dentro, o como lo intentó con mayor fortuna el mismo Alfonso Reyes en su Trayectoria de Goethe? Parafraseando a Ortega y Gasset sobre Goethe, podríamos decir que “estamos un poco fatigados” de la estatua de Reyes. Por ese motivo, quizá Callejas ha intentado adentrarse o más bien aproximarse a Alfonso Reyes para tratar de restituir su itinerario, su hacer. En ese intento, se ha encontrado no tanto con un hacer como con las acciones de Reyes, con la estela de episodios y anécdotas que fue dejando su vida. Desde luego ese gesto literario e incluso retórico está movido por la sana intención de buscar apoderarse o apropiarse del personaje-sujeto. El gesto responde a un movimiento saludable y a un afán de instalarse no frente al objeto sino en su seno, desde dentro del sujeto elocutorio para poder decir desde ahí el armazón de las reconstrucciones propuestas. Responde desde luego este gesto al deseo de desmitificar al personaje, de bajarlo del altar o del pedestal, de hacerlo próximo, acariciarlo con el aliento y ponerlo, por así decir, en una primera persona o más bien en una segunda que resulta interpelada en este monólogo a dos voces. Como decía Reyes en la introducción a su Trayectoria de Goethe fechada el 12 de junio de 1954, esta inclinación de los que “han fingido un Goethe por dentro, que luego había de volcarse afuera, un jinete anterior a la cabalgadura”,1 equivale en cierto modo a condenarlo a su propio destino consabido, lo cual implica para el lector una renuncia a esa incertidumbre del propio protagonista, en este caso Alfonso Reyes, que vivía su vida no como una leyenda sino quizá como una zozobra.

 

IV. ¿Los minutos de Ulises finge una exposición biográfica que quizá podría subtitularse Alfonso Reyes desde adentro?Afortunadamente para él y para el lector, el abogado Callejas sólo ha caído en esta tentación de la biografía absoluta para salir por la otra puerta con un ejercicio literario, más próximo a una fantasía en el sentido musical de la palabra —a una fuga— que a un conjunto de juicios históricos, aunque en rigor la forma misma que él propone sea justamente la del tribunal de la conciencia. El recurso participa de lo teatral; la supuesta voz interior comporta sin duda no poco de forense sobre todo por sus enunciados en segunda persona, aunque aspira a ceñirse tan ajustadamente al sujeto en este infatigable tú por tú que en ocasiones corre el riesgo de estrangular su odisea en los meandros de la vida pública y política a la cual Reyes sin duda supo hurtarse tanto y tan bien a través de su Constancia poética. Por eso esta intimidad reformulada resulta más plausible, amena y agradable cuando se eleva o desciende al firmamento de la política de lo histórico y aun de la guerra. Cierto: Callejas no pierde el surco lírico y su libro es también un florilegio poético.

 

V. Una fantasía narrativa, una novela, no es, insistamos en ello, un libro de historia ni tampoco una biografía rigurosa; de ahí que el lector no le pueda reclamar al autor que soslaye la presencia y acción de Pedro Henríquez Ureña en Argentina en los preparativos de la recepción intensa, fina y bien orquestada que hizo el dominicano para su amigo el embajador Alfonso Reyes, cuyas cartas se daba el lujo de leer en público, en los salones literarios de Nieves Gonnet de Rinaldini. Ese reproche solamente lo podría hacer un lector, un compañero de taller literario capaz de señalarle a su condiscípulo Callejas que quizá por falta de paciencia renunció sin saberlo a enriquecer su propio texto. El lector, consciente de que una novela no es una biografía, tampoco sabría reprocharle al texto de Callejas, o más bien al narrador del texto de Callejas y no al autor de carne y hueso, la omisión del ascendiente de Juan Ramón Jiménez y Enrique Díez-Canedo, con quienes Reyes compartiría tantas sabrosas aventuras literarias. Llama la atención del lector académico que en este libro, tan pulcramente editado por la Universidad Autónoma de Nuevo León, no aparezcan mencionados dos géneros literarios que Alfonso Reyes practicó intensamente y que se encuentran relacionados entre sí y en los que, en cierto modo, se cristaliza y hace forma la dialéctica entre el yo y el que diría Martin Buber. Me refiero al Diario en proceso de publicación (siete tomos) y al Epistolario. Reyes es uno de los pocos escritores mexicanos que día a día durante décadas se desdobló, transitó de la primera persona en singular del yo vivido a esa otra primera persona del yo escrito, uno de los pocos que supo pasar del de la experiencia vivida al de la conciencia pensada y escrita para evocar a Paul Ricoeur. Reyes sostuvo correspondencia, es decir, practicó el durante casi toda su longevidad y se han publicado más de medio centenar de epistolarios. En esta recreación no aparecen mencionados ni el uno ni la otra. Tal vez esta omisión hace perder al libro en profundidad o, si se quiere en probabilidad. Habría sido interesante que César Benedicto Callejas se diese a sí mismo mayores libertades y que hubiese practicado en su gimnasio verbal una mayor intertextualidad entre la obra, el Diario y las correspondencias de y hacia Alfonso Reyes. No lo hizo, es cierto. Su libro resulta legible, no tanto en cuanto instrumento histórico sino como elaboración literaria. 

 

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César Benedicto Callejas, Los minutos de Ulises, Universidad Autónoma de Nuevo León, Monterrey, 2016, 188 pp.

 

 

1 Alfonso Reyes, Obras completas, FCE, México, 1993, tomo XXVI, p. 252. [Regreso]


   
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Adolfo Castañón

Nació en la Ciudad de México el 8 de agosto de 1952. Narrador, ensayista y poeta. Estudió en la FFyL de la UNAM. Ha sido gerente editorial y director de la Unidad Editorial del Fondo de Cultura Económica;...


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