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NUEVA ÉPOCA NÚM. 157 MARZO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Sandra Frid
La danza de la muerte de Nellie Campobello


Carlos Torres Tinajero
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 157| Marzo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Torres Tinajero, Carlos , "Sandra Frid. La danza de la muerte de Nellie Campobello" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2017, No. 157 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=811&art=17672&sec=Rese%C3%B1as > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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La danza de mi muerte (Planeta, 2016) es la novela más reciente de Sandra Frid (Monterrey, Nuevo León, 1959). Un narrador femenino en primera persona recrea la voz de Nellie Campobello para contar gran parte de los secretos de esta famosa escritora y bailarina mexicana a sus 82 años de edad.

El hilo conductor se construye a través de una serie de flashazos narrativos con un tono evocativo y memorioso. Se cuentan los años de niñez y juventud, el esplendor de la danza, la escritura de Cartucho (1931) —los emblemáticos relatos sobre la lucha revolucionaria en el norte del país— y el muy lamentable secuestro del que fue víctima en la vejez.

Postrada en la cama de su habitación, mientras sufre los embates emocionales más temibles de ese secuestro, la voz narrativa evoca los primeros años del siglo XX mexicano con la madre de Nellie Campobello y su hermana Gloria, con quienes compartió las luchas y los triunfos en la danza.

 

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Todo el tiempo, los recuerdos de esos años le ayudan a sobrellevar la aplastante realidad del cautiverio —a la que parece estar resignada por la rutina aciaga de esos días— en medio de la incertidumbre por el futuro. Recuerda la fundación de la Escuela Nacional de Danza Nellie y Gloria Campobello, su trabajo de creación literaria, la amistad con la inolvidable Josefina Vicens y la relación sentimental con Martín Luis Guzmán, quien la apoyó para lograr ciertos objetivos profesionales: juntos fomentaron la práctica de algunas piezas regionales en la danza mexicana, como la Danza del venado o la Danza tarahumara.

Nellie Campobello pasaba los días de descanso con Martín Luis Guzmán en un jardín donde caían los carrizos de los árboles en el pasto y se sentía en completa libertad. Recortaban los periódicos, iban a Chapultepec y leían los manuscritos de sus obras, hasta que se distanciaron durante trece años por los embates de la Revolución. Años más tarde, la presencia de Martín Luis Guzmán fue imprescindible en la vida profesional de Nellie Campobello, pues se dedicó a promover el ballet y ayudarle en el montaje de las coreografías.

 

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Llama la atención la fuerza evocativa de la novela. Mientras el monólogo cuenta el encierro, también hace un retrato de la infancia de la bailarina. El narrador recuerda la luna escondida entre las nubes espumosas de Parral, Chihuahua, y piensa en la lucha revolucionaria de los carrancistas con los que su familia compartía ideales sobre el futuro del país.

Una de las evocaciones con mayor nitidez en la novela cuenta que los caballos arrastraban los cuerpos sin vida de los soldados baleados en pleno combate, como el de Uribe, un militar al que Nellie Campobello reconoció tirado en los rieles del tren, tras alguna de tantas luchas armadas, sin que nadie lo recogiera, hasta que se lo comieron los cuervos días más tarde. También se cuenta que un 6 de enero se oyó un ruido en la calle y el brazo de su hermano, hecho trizas, amaneció cerca de su casa con la cara destrozada y el cuerpo ennegrecido, incrustado de plomo.

Esas crudas imágenes de la Revolución en Chihuahua también tienen un tono profundamente enternecedor por la firme presencia de la madre de Nellie Campobello en su vida, sus recuerdos y su literatura. Testimonio de ello son Las manos de mamá (1937), una de sus novelas en las que se evoca la figura materna a través de un aliento poético. Frid describe su asistencia ejemplar a los soldados caídos en combate, los apuros en la búsqueda del hermano de Nellie en un tren de la revolución y la figura protectora de la madre por aquellos años.

Las evocaciones tienen un lugar fundamental en la novela de Frid. Se construye una figura entrañable para retratar el peso decisivo de “Mamá”, como la llama en el texto de la novela, en la memoria del narrador. Sorprende por su insospechada originalidad, pero también por su peso real y simbólico en el desarrollo de la trama.

Un día “Mamá” se fue. Cuentan que alguien le alumbró la cara y vio su sonrisa por última vez: “parecía pedirle perdón a la vida”, tal y como dice el narrador de la novela. La esperaron unos días de algún septiembre remoto para disfrutar las historias que les contaba antes, de ir a la cama, sobre la Revolución, el hambre y los hombres a caballo con su rifle. Pero “Mamá” nunca regresó.

El padre, al contrario, ocupa un lugar reservado en la vida y la mente del personaje. Alguna vez desapareció entre la aridez llanera del sur de Chihuahua para ir a Boston, Massachusetts, a trabajar como dentista. Y tampoco regresó, porque tenía otra familia en California. Entonces Felipe de Jesús Moya se ocupó de algunos asuntos de la familia. Era sobrino de “Mamá”, siempre bebía, discutía con ella, peleaban y se golpeaban, hasta que murió y, unos años después, Nellie Campobello se mudó al Distrito Federal para seguir su carrera en la danza.

Las evocaciones de los padres, como telón de fondo en la novela, son fragmentos imprescindibles para entender la dimensión social de Nellie Campobello, el personaje que Sandra Frid construyó y al que dotó de una tridimensionalidad psicológica en la escritura de esta novela, que está dada por el lenguaje, la memoria y la historia de la danza en México.

 

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Antes de que el cautiverio se radicalice, los recuerdos de las luchas revolucionarias en su niñez adquieren un tono nostálgico con una de las visitas de Pedro, un viejo amigo de Nellie. Mientras los recuerdos de la Revolución cobran sentido e incluso un peso emocional, ella le pide a Pedro que saque un cofrecito del ropero donde guarda joyas valiosas. Ahí hay un centenario, un viejo regalo de don Venustiano Carranza y un prendedor que le dio Manuel Ávila Camacho, mientras ella piensa en su tierra y en sus años de niñez y juventud.

Cerca de la década de los setenta, una parte de los esfuerzos de Nellie Campobello se enfocaron a la fundación y funcionamiento adecuado de la Escuela de Danza. Por aquellos años, hubo algunas pugnas con el ex presidente Luis Echeverría, quien intentaba echar abajo la Escuela para construir en esas instalaciones la Embajada de Cuba.

 

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Además del pasado de Nellie Campobello, la novela también reconstruye parte de la vida de María Cristina Belmont (una de sus alumnas más allegadas en la Escuela de Danza Nellie Campobello) y la de Claudio Fuentes (el esposo de María Cristina). Están al cuidado de ella, sólo por fomentar una relación cercana de muchos años atrás y, aparentemente, por los lazos emotivos que han estrechado a lo largo de los años.

Esos años de cercanía entre los dos personajes femeninos en la Escuela de Danza contrastan, terriblemente, con el ánimo de desesperanza de Nellie en el encierro, en su propia casa, en medio de claras muestras de violencia —real y simbólica—que sorprenden e impactan emocionalmente a cualquier lector.

Mientras la fuerza del monólogo interior cobra vida en la novela, los personajes de Claudio Fuentes y María Cristina Belmont —quien padece un trastorno mental, uno de los motivos por los que Nellie los deja quedarse en la casa a cuidarla— tienen un desarrollo dramático ejemplar: se desenvuelven con una notable lejanía, carentes de emotividad, como si la vida cotidiana alrededor de la protagonista—a quien hasta bañan con agua fría— los tuviera sin cuidado y actuaran sin conciencia, encerrándola en su cuarto —se limitan a darle de comer y a cubrir sus necesidades básicas para evitar que muera—, sólo por su ambición por el dinero y el control de la Escuela de Danza.

Las motivaciones de Claudio Fuentes y Cristina Belmont son claras: ambicionan los bienes materiales de Nellie Campobello. Esperan una supuesta herencia y se aprovechan de su vejez al intimidarla en ese encierro clandestino, pavoroso, olvidando los lazos emotivos y humanos, presentes en cualquier relación personal.

Nellie Campobello escucha las conversaciones de ambos sobre los temas legales de la Escuela de Danza. También se da cuenta de que a los doctores y las personas del Instituto Nacional de Bellas Artes les impiden que la vean y que así cometan una serie de fechorías, a su nombre y en su contra. Entonces el personaje se ve encerrado —física y psicológicamente— y sólo tiene la posibilidad de escapar a través de las tiernas evocaciones de la infancia y del borroso recuerdo de su madre.

Tras el paso del tiempo en el encierro, los representantes jurídicos del INBA tienen inquietudes sobre su paradero. Les llama la atención que siempre se lo niegan al comunicarse telefónicamente a la casa. Deciden investigar quién cobra el sueldo. Sólo por salirse con la suya, Claudio Fuentes y Cristina Belmont llevan a Nellie a una reunión con el director general del INBA para demostrar que está viva y sana. Pero la amenazan con que si cuenta que está encerrada, las consecuencias serán aún más lamentables. A su regreso a la casa, la someten a las mismas condiciones inhumanas: la dejan sola e indefensa, en el mismo cuarto de encierro con la televisión a todo volumen y el insoportable olor de los orines de gato y un lamentable cuadro de desnutrición.

El olor de los orines de gato, las voces de los visitantes a la casa en la planta baja y los asuntos editoriales —pendientes por el cautiverio— de pronto le provocan una gran desesperación, mientras oye que Claudio Fuentes todavía se empeña en negarla en la planta baja de la casa: da cualquier pretexto para evitar que otras personas la vean e incluso, al revisar los cheques de la pensión, siempre se queja de que es muy poco dinero.

Tiempo después, Claudio Fuentes y María Cristina Belmont sacan a Nellie Campobello de la casa —una vez más por un par de horas— la llevan al médico y, para sorpresa de todos, su salud parece mejorar tras unas vitaminas. Mientras disfruta el trayecto de regreso a la casa, en la cotidianidad de la calle, las imágenes evocativas y el tono memorioso con el que está construida la novela cobran una fuerza tan rotunda que el proceso psicológico del personaje, en esos momentos de aparente tranquilidad, es admirable: el presente se mezcla con el pasado, a partir de las memorables imágenes de los heridos en Parral en los años de la Revolución mexicana.

Es evidente que Claudio Fuentes y María Cristina Belmont siempre actúan como si tener a un adulto mayor encerrado fuera una situación cotidiana. Pero no. No es una situación cotidiana. Es el encierro clandestino de Nellie Campobello que le dejó huellas emocionales y marcó para siempre la vida de sus captores.

 

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Parte de la eficacia narrativa de la novela está dada por la forma de contar la historia. El monólogo interior de Nellie Campobello tiene una carga emotiva que se expresa a partir de un discurso directo. Habla desde su interioridad y hace partícipe, e incluso cómplice de su vida y de sus sentimientos, al lector. Por la forma con la que Sandra Frid escribió La danza de mi muerte, me parece que es fácil pensar en Cartucho: aparentemente, tiene un aliento narrativo familiar, a partir de viñetas breves y contundentes.

La eficacia narrativa de la novela también está dada por la acción dialógica de Claudio y Cristina que revela la voz intimidante de cada uno. Son diálogos ágiles, directos y sencillos con los que el lector los reconoce claramente y que revelan sus intenciones, sus costumbres, sus manías, su posición social y sus oscuros objetivos en la trama.

 

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Una bocanada de aire fresco se logra por un cambio de narrador, a punto de que la novela termine. Hay un aliento esperanzador en la precisión legal y la sensibilidad humana con la que se construye el relato de Emilio Gálvez, el personaje que es el visitador de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal, quien revisó el expediente jurídico con minuciosidad. Cuenta los procesos judiciales contra el matrimonio Fuentes Belmont: los artilugios legales para evitar pisar los juzgados y las pesquisas. Tiempo después —una vez que Nellie Campobello fallece y que el caso se da a conocer gracias a la investigación de Emilio Gálvez— a Claudio Fuentes le dictan auto de formal prisión por el secuestro de Nellie Campobello con una pena de 27 años y una multa considerable —pese a todo, fue liberado el 14 de diciembre de 2001 por irregularidades procesales— y Cristina Belmont escapó del país. Pero una vez más Claudio Fuentes enfrentó la justicia mexicana por el uso indebido de las obras de arte de Nellie —pinturas de José Clemente Orozco, valuadas en 60 millones de pesos— y, finalmente, tras la investigación completa del caso, por el homicidio de Nellie Campobello. Pero tiempo después quedó libre, sólo por irregularidades procesales.

 

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Me parece fundamental resaltar el impecable trabajo de Sandra Frid para escribir La danza de mi muerte. No sólo se trata de una investigación más sobre la vida de la famosa escritora y bailarina mexicana, sino que Frid presenta una novela en la que se utilizan las herramientas de la ficción para enriquecer la realidad y retratarla en la literatura, magistralmente. Poco a poco, se revela el horror de un secuestro, a partir de esa prosa íntima y emocionante. Está escrita con la misma precisión de un cirujano al tomar el bisturí. Pone al descubierto la temible vulnerabilidad de un ser humano en cautiverio y la ambición económica de sus captores, sólo por conservar una aparente estabilidad social —la que los Fuentes Belmont gozaban con el dinero de Nellie Campobello— sin ningún esfuerzo, a pesar de que cada día su calidad ética y su integridad humana iban hacia abajo.


   
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Carlos Torres Tinajero

Nació en la Ciudad de México en 1982. Escritor. Cursó estudios de creación literaria en la Sogem y lingüística en la ENAH. Colaboró en México: su apuesta por la cultura (Grijalbo/Proceso/UNAM, 2003) con la...


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