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NUEVA ÉPOCA NÚM. 157 MARZO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Héctor Manjarrez
Los cuerpos están locos


Juan Schulz Givaudan
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 157| Marzo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Schulz Givaudan, Juan , "Héctor Manjarrez. Los cuerpos están locos" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2017, No. 157 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=811&art=17673&sec=Rese%C3%B1as > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Podrán ser variadas en su ubicación temporal o distantes en sus coordenadas las locaciones en donde se producen los cuentos de Héctor Manjarrez (1945), como bien pueden ser el Belgrado “socialista”, el Londres donde los Beatles cantaban “Can´t buy me love”, la Nicaragua sandinista, o la Sierra Madre donde el peyote y el ritual modifican sensibilidades; pero los personajes de las diversas historias coinciden en estar motivados por la necesidad vital —o la indagación obsesiva— del deseo en múltiples formas, encarnado desde el encuentro sexual desenmascarado de sutilezas, hasta la incertidumbre de la ternura, o su carencia. La avidez carnal expresada de forma directa y sin ambages, por las fechas y referentes culturales a los que continuamente se alude, hacen que sea ineludible pensarlo históricamente en relación con contexto de las transformaciones culturales de los años sesenta, sobre todo en los procesos de liberación sexual, tiempos en que algunos sujetos sociales, como dice un personaje del libro No todos los hombres son románticos, “necesitaban poner todo en duda”.   

 

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En diversas partes del mundo hay testimonios de cómo, en los años sesenta una diversidad de expresiones vitales buscaron rupturas de las formas establecidas que la tradición imponía. Sectores masivos se esperanzaron en utopías que deseaban ampliar las dimensiones de la vida humana. Se cuestionaron los saberes ligados al poder y hubo revueltas que cambiaron para siempre la forma en que nos relacionamos, vestimos y hablamos. Fueron tiempos de entusiasmo anticolonial dados por la Revolución ya sea como una trasformación radical o como eslogan ad hoc al ánimo juvenil. Diversidad de tendencias sesenteras que no es posible condensarlas en un párrafo, dejan rastro evidente en los primeros libros de cuentos de Manjarrez: Acto propiciatorio (1970), No todos los hombres son románticos (1983), Ya casi no tengo rostro (1996), y Anoche dormí en la montaña (2013).

Aunque este muy presente en sus narraciones —como escenografía o tema del que hablan los personajes— no es la política entendida en sus formas tradicionales algo que realmente importe en sus textos. El contexto del trabajo parece exento de los personajes principales de Manjarrez, dando la impresión de que son turistas perpetuos. Hay excepciones que son un retrato invaluable, como el cuento titulado “Política” que narra la historia de dos meseros que habían participado en el movimiento ferrocarrilero reprimido en los años cincuenta, donde , ambos reviven las derrotas políticas de un gremio y de de una clase.

A pesar de la variedad de aspectos importantes que se pudiera destacar de su obra, la verdadera militancia de Manjarrez es la de los cuerpos. De esa educación sentimental de los años sesenta quizá provenga la insistente problematización del cuerpo como el elemento central en sus relatos. Los personajes tienen cavidades que los estimulan, protuberancias indeterminadas que los zarandean (pues casi siempre cogen y buscan coger más). Tal es la poética de un deseo insaciable en que sus narradores tienen que regresar una y otra vez a los sabores y olores, quizá para completar el deseo desde el recuerdo. Los personajes femeninos no parecen acomplejados por el yugo que históricamente el sistema de relaciones sociales ha impuesto para reducirlos a un papel suplementario, sino que se presentan con dominio y soltura como antropólogas, viudas vitales, revolucionarias endurecidas por la ideología, pero el rasgo que predomina es que son cuerpos que desde distintas posiciones muestran la audacia para que su propio deseo no sea determinado. La independencia afectiva es una característica con la que tienen que lidiar sus personajes, pues se unen muchas veces por cuestiones hedonistas antes que afectivas, despojando al deseo de las limitaciones que las moralidades tratan de imponerle. Algo que no es tan común y que quizá sea lo más honesto que encuentro en los relatos de Manjarrez es que no romantiza a los sujetos subalternos, no usa la literatura para maquillar imperfecciones, sino que persisten con todos sus “pelos”. Que Manjarrez elabore ficciones a partir de formaciones sociales que estén en constante tensión con la organización de la familia tradicional, por momentos entra en incertidumbre contra la hegemónica dictadura de la monogamia, no significa que haga de la disidencia un terreno vacío de dificultades. Hay cierta ironía que indaga en las pasiones, que más que afectivas son ideológicas o simplemente sexuales, y que paradójicamente a veces no pueden evitar las resacas afectivas. Por supuesto que todos estos dilemas son más interesantes de lo que hoy en día una pedagogía cursi en las ficciones insinúa creando un armónico convivio de las diferencias, o su contraparte: dotar al conflicto de una naturalidad que le es intrínseca y de la que no pueda ser remediada.  

Importa señalar la relación fundamental que su narrativa tiene con la memoria, pues en el esfuerzo por reconstruir el recuerdo suele estar el incentivo de sus ficciones. Los narradores tratan de encontrar lo que sucedió en años pasados. Por ejemplo, en su libro de 1983 se hace alusión a sucesos de los años sesenta, y en Anoche dormí en la montaña (2003) ubica un cuento en Managua del año 1983. Es un escritor de cuentos a quien el presente no parece tentarlo y menos le importa narrar un supuesto futuro. A pesar de que en su primer cuento un cowboy se sale del televisor, los fueros de la fantasía van a estar casi vetados en su narración. Toda esta perorata viene a cuento porque quiero tratar de ubicar la importancia del más reciente libro de Héctor Manjarrez, Los niños están locos, donde se repite el mismo procedimiento de saltar al pasado para recrear situaciones, pero lo insólito es que esta vez lo hace de una manera más radical (de ir a la raíz): traspasa el hito de los años sesenta, que señalé como directriz de los valores de sus personajes, y llega hasta los años en que podríamos ubicar su infancia (cuarenta-cincuenta), y quizás un poco más allá.

Este libro trata de reconstruir algunos gestos sociales contra los que en parte se rebelarían los sesenteros. A partir de la inocencia de los niños se deja ver cómo el sexo tenía un carácter de tabú, los jóvenes crecían a merced de los mitos y los descubrimientos eróticos podían ser epifánicos, como la sorpresa al ver los primeros pechos (o el redescubrimiento si discriminamos la orfandad materna). Las incertidumbres son propensas a ser redituables para quien se erige como autoridad moral.  En el cuento titulado “Doce y medio” por el hilarante diálogo que se da en un confesionario, nos enteramos de la inocencia de un púber animado y confuso de sus descubrimientos sexuales, que busca respuestas a las que un sacerdote morboso reprende con los atavismos que promueve la iglesia católica.  

En este libro de Manjarrez da cuenta del racismo explícito de las clases medias, por ejemplo, en el cuento “La proeza del abuelo” se cuenta la historia de un abuelo que lleva a su nieto a hostigar a uno de los humildes indígenas que llegaba a la ciudad para vender sus guajolotes. No son fábulas moralinas lo que nos muestra Manjarrez, sino un esfuerzo por reconstruir artísticamente los actos con los que una sociedad históricamente se ha promulgado, al grado que en algunos sectores sociales de México la palabra “indio” sea utilizada despectivamente. Ya hay otros retratos literarios de cómo el autoritarismo en este país les cuesta la vida o la libertad a muchas personas, pero aquí el esfuerzo va encaminado en reconstruir una escala más íntima y familiar de la violencia; en cuentos como “¿Qué estás haciendo ahora?” o “Mi mamá nunca me pegaba” la sátira va hacia los padres y la forma autoritaria que, en nombre de la decencia, la moralidad o el orden, practicaban con el cinturonazo o la amenaza psicológica como forma de azuzar por un camino estrecho y farragoso a los chamacos.

Manjarrez siempre ha tenido una buena relación con el lenguaje coloquial y es virtuosa la dinámica con que expresa la oralidad de sus diálogos. De esa forma se trata el abuso juvenil con el que se representa al más débil o menos astuto o el fanfarroneo fálico con el que se construían las masculinidades en un ambiente donde la hombría se asociaba al no llorar. También es la parodia de una época que creó el estereotipo del ser del mexicano al estilo Jalisco, el de los Tres García, y el de la mujer divorciada a la que se le regateaban los derechos de sociedad, como pasa en el cuento en el que aparece como personaje el escritor inglés Graham Green. En el cuento de guiños “Muy extraños, muy misteriosos” se intenta dar un chispazo fantasioso, mal logrado diría desde la exageración de mi subjetividad, pero también llama la atención que en el cuento “Atlante-Necaxa”, de forma prosaica y elíptica, escatimando sus habilidades de granicero, haya preferido narrar lo que sucedía en las gradas en lugar de algún destello de los Rayos en la cancha.

Manjarrez, a través del recorrido vital por las inquietudes de los cuerpos, ha regresado a cuestionar el origen de las zozobras que recorren su obra en esas divertidas historias, así miramos desde un ángulo experimentado y poco habitual las contradicciones de la sociedad mexicana que nos persiguen cotidianamente.

 

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Héctor Manjarrez, Los niños están locos, Era, México, 2016, 219 pp.


   
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Juan Schulz Givaudan

Estudiante de licenciatura en Estudios Latinoamericanos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.


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