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NUEVA ÉPOCA NÚM. 157 MARZO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Tras la línea
Mía es la venganza


Sergio González Rodríguez
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 157| Marzo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

González Rodríguez, Sergio , "Tras la línea. Mía es la venganza" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2017, No. 157 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=811&art=17684&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Por alguna causa equis, en mis sueños se reitera un tema: alguien o algo me instruye a actuar de tal o cual manera. La mayoría de las veces, el mandato está precedido de alguna emisión auditiva de alta o baja frecuencia que mi oído apenas capta y su mensaje suele ser contrario a lo que yo pienso en la vida diurna. Es un fenómeno semejante a ser instruido para realizar un acto imprevisto. La rutina es cíclica e intensa, nada dialogal sino impositiva. Un sonsonete siniestro.

Lo más parecido al contenido de esta rutina que puedo referir para dar una idea al respecto, lo descubrí por azar en estos versos de Charles Manson:

¿Quién eres? Nadie, soy nadie
Soy una trampa, una trampa
Un holgazán, un vagabundo de la eternidad
Soy un furgón, el más oxidado y ruidoso de todos
Un furgón
Un acróbata del vino, un malabarista sideral
Tengo una navaja en mis manos
No te acerques, no te acerques, no te acerques…

Con el paso del tiempo, aprendí a contener tal circunstancia a nivel subconsciente. Terminé por llamarle Episodio de Intervención Negativa (EIN). Cada vez que aparece, mi conciencia diurna actúa sin que yo despierte y obstruye la negatividad sistemática, que se desvanece poco a poco y permite la incidencia de sueños habituales. Al despertar, sólo queda un recuerdo frágil del EIN en mi mente. Una impresión opaca a la luz del Sol y revivificada al dormir otras noches en secuencia arbitraria.

 

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Cuando fui intervenido años atrás por una operación quirúrgica en mi cerebro, el EIN reapareció bajo la anestesia: una voz que venía de la parte superior de la sala de operaciones repetía juegos de palabras o números insistentes que olvidé al despertar, y que acompañaban la sensación más atroz e inexpresable que he sentido en mi vida: la operación debía retirar una gelatina de sangre coagulada, producto de los golpes que me propinó una pandilla con la cacha de sus pistolas.

Para hacer aquello, se usó una aspiradora que debía retirar todo vestigio hemático. En el momento en el que la máquina tocaba la masa cerebral, o eso me parecía, yo registraba un dolor infinito sin dolor, una angustia a punto de la muerte, que me hacía despertar casi y sufrir una desesperación que succionaba mi entereza corporal. La voz que venía de la parte superior de la sala de operaciones me calmaba tanto como me exasperaba. Un vómito de lo absoluto.

Al término de aquella intervención quirúrgica, desperté en completa lucidez, hecho que impresionó a los médicos, quienes antes de operarme sólo me daban un porcentaje de cincuenta por ciento de posibilidades de salir vivo del trance, y de ese cincuenta por ciento se reservaron dar un pronóstico acerca de si tendría o no secuelas adversas en mi estado neurológico o psicomotriz. Por fortuna, pude reintegrarme sin problemas a mi vida acostumbrada .

El fenómeno de las intervenciones quirúrgicas me ha acompañado otras veces. He sufrido fracturas graves de huesos, que ocasionaron el implante de clavos de acero inoxidable o prótesis de titanio para soldarlas. He estado bajo anestesia farmacológica o hipnótico-farmacológica en dos ocasiones. En ambos casos, la causa de las fracturas fue por golpe o caída de una bicicleta. En consecuencia, los sucesos podrían ser denominados Episodios de Intervención en Desequilibrio (EID).

Poco antes de tener un EID, sentí una suerte de efecto magnético que anticipó la desgracia. Es una percepción nítida que, en un microsegundo, invade mi mente: el tiempo se detiene, como en una de las figuraciones de efectos especiales del cinematógrafo que presentan perspectivas en ralentí de 360 grados, a la usanza de los momentos culminantes de la cinta Matrix de Larry y Andy Wachowski.

O como en Habacuc 3:11: “El Sol y la Luna se detuvieron en su sitio; a la luz de tus saetas se fueron, al resplandor de tu lanza fulgurante”. O bien, en Josué 10:13: “Y el Sol se detuvo y la Luna se paró, hasta que la gente se hubo vengado de sus enemigos. ¿No está esto escrito en el libro de Jaser? Y el Sol se paró en medio del cielo, y no se apresuró a ponerse casi un día entero”.

La primera vez que experimenté tal suspensión fue cuando a bordo de mi Renault R-12 aceleré en la avenida para rebasar a un coche por el lado derecho, al mismo tiempo que una camioneta del servicio público hizo idéntica maniobra, por lo que estuvo a punto de golpearme por detrás si aquel conductor no hubiera metido freno. Antes de escuchar que frenaba, un aullido que me erizó los cabellos, sentí aquel aislamiento del mundo. Como si estuviera en una burbuja ingrávida que me entregara un suspenso temporal antes de salir librado al frente.

La segunda vez de aquella detención del tiempo fue algo semejante: por alguna razón, el coche delante mío frenó de pronto en la calle y yo hice lo propio. Sin embargo, esta vez fue inútil mi alto: la inercia de mi coche alcanzó la parte trasera del otro. Por fortuna, fue mayor el susto que el golpe. Un instante previo, sentí una especie de vértigo y una pausa que me pareció eterna antes de impactarme. El EID ha reaparecido después si estoy en una situación de peligro como el aviso de una fatalidad inminente.

De nuevo, un poema de Charles Manson traduce dicha sensación negativa:

Puesto sobre el camino, corro desaforado
Echo a correr sobre las tumbas de la humanidad
Preparado para desatar una guerra justa
Puesto para completar la puerta sin fin a la noche
Miro en la vastedad
Que permanece y permanecerá
Mientras podamos aferrarnos al momento.

La explicación clínica para el EIN y el EID, lo que llamo negatividad y desequilibrio, se limita a explicar las funciones de la adrenalina, la hormona proveniente de las glándulas adrenales o suprarrenales que se disparan en una situación de peligro. Una respuesta instintiva que provoca que el sistema nervioso tome el mando de nuestro organismo con un mayor ritmo cardiaco, oxigenación, incremento respiratorio, a la vez que las pupilas se abren para aprehender mejor lo que viene y se intensifica la glucosa en el fluido sanguíneo. Dado que se trata de episodios más excepcionales que frecuentes, excepto que uno se dedique a oficios, trabajos o profesiones de alto riesgo, el efecto de sublimación construye un relato protector desde el subconsciente. Y esto podría reaparecer mientras se duerme.

Pude ver la película Animales nocturnos de Tom Ford, que trata de tres historias, una dentro de la otra. La primera corresponde a la vida pasada de una mujer con su ex marido. La segunda atañe al presente de la misma mujer al lado de su segundo esposo. La tercera, y más importante porque implica los dos relatos anteriores, narra una novela que el primer marido, escritor profesional, escribió y desea que ella, a quien está dedicada, pueda leerla para dar su opinión de lo que allí se registra.

La novela del escritor del filme se detona por el dispositivo que yo denomino Episodio de Intervención Negativa, con la diferencia de que en tal novela los “hechos” acontecen en la realidad (ficticia). Son como una pesadilla atroz: en una carretera solitaria al oeste de Texas, un hombre, su esposa y su hija adolescente son acosados, abusados y secuestrados por un trío de criminales. Las dos mujeres son violadas y asesinadas, y el hombre se salva por un descuido de los asesinos. Lo que acontecerá enseguida es una historia de venganza de dos niveles: la del protagonista de la novela y la del escritor de esta respecto de su ex mujer. Es decir, la sublimación surge propulsada por el dispositivo de Episodio de Intervención en Desequilibrio.

La pandilla que me asaltó y por lo que terminé en el quirófano quería matarme. Y se disponía a llevarme a las afueras de la ciudad para hacerlo, pero se interpuso un designio que los rebasaba y me dejaron libre, golpeado y sangrante. Se fueron entonces para reaparecer en mi reposo nocturno. Sospecho que son los responsables de mis EIN. Por eso la denominé la pandilla cósmica. Van y vienen entre la realidad y mis pesadillas, y constituyen un estrago personal que debe de ocuparse de otros como yo. Animales diurnos y nocturnos. No sé si esta noche acudirán tras de mí. Debo fraguar una venganza eficiente. Deuteronomio 32:35: “Mía es la venganza y la retribución; a su tiempo el pie de ellos resbalará, porque el día de su calamidad está cerca, ya se apresura lo que les está preparado”. ¿Será?


   
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Sergio González Rodríguez

Nació el 26 de enero de 1950. Crítico, narrador, ensayista, historiador de la literatura y guionista. Estudió la licenciatura en letras modernas en la FFyL de la UNAM (1978-1982). Investigador de la...


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