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NUEVA ÉPOCA NÚM. 157 MARZO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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El fascinante mundo del tarantismo


Pablo Espinosa
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 157| Marzo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Espinosa, Pablo , "El fascinante mundo del tarantismo" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2017, No. 157 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=811&art=17686&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Tarán tarán tarán tarán tarántula. Atarantamiento. Tarán tarán. Póngase al paciente a sudar, póngase al paciente a escuchar la música que lo extraiga del atarantamiento, atragantado, atarantado. La mordida de una tarántula lo tiene atarantado.

Póngase la música en aceleramiento. Tarán tarán tarán. Desatarantamiento, desatar el tratamiento. El paciente comienza por mover los dedos. De las manos. De los pies. Tarán tarán tarántula. El paciente se levanta, atarantado ahora doblemente. Al veneno de la tarántula le convulsiona el antiveneno de la música tarán tarán tarán.

Tarán tarán tarán, el paciente baila, baila sin cesar. Presa de dos fiebres: la del veneno, y la de la música que no cesa y crece y crece y crece. Tarán tarán tarán. Tarántula.

Tarantela.

El paciente suda. Las alucinaciones se convierten en colores tenues, luego en nubes, luego en lagos, luego en calma. Ya reposa, ya deja de sudar, ya sonríe.

Hay pasiones que solamente la música puede curar.

Las pasiones que desataba el veneno de la tarántula en la Antigüedad, según cuentan las viejas leyendas, sólo podían curarse con música.

Quienes lo hicieron fundaron sin saberlo la musicoterapia, esa manera de curar con la vibración adecuada de la música propicia y los colores convenientes para volver a poner en armonía el cuerpo, la mente, el espíritu.

El tarantismo tiene antecedentes nobles. Antidotum Tarantulae.

En la mitología griega encontramos la primera tarantela, que las diosas de la gracia hicieron sonar para salvar a Orfeo de las sirenas y sus cantos, pues si las sirenas no tienen piernas, no pueden bailar la tarantela.

Butes, en cambio, sí supo bailar con las sirenas.

 

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© Wikicommons

 

Reman, reman. Surcan la mar. Orfeo sube al puente del navío y allí se sienta. Coloca su caparazón de tortuga sobre sus muslos. Tensa con fuerza las cuerdas de cítara que fabricó en su casa, en Tracia. Tañe.

La intensidad y la belleza de la melodía que entonan las sirenas parecen retroceder sobre la mar.

Butes nada con fuerza. Su corazón arde por escuchar. A las sirenas. Escucha a las sirenas.

Nos cuenta Pascal Quignard: Butes vuela en los brazos de Cipris. Está pegado a ella. La penetra. Cuando Cipris con Butes en sus brazos llega a la altura de la isla de Sicilia, lo arroja al mar. Lo instaura como el que se zambulle en el cabo Lilibeo.

Butes, dice Quignard, es el saltador. Uno se queda estupefacto en el rincón de la cueva, detrás de la escalera, en la sombra y el frescor, ante la determinación que aparenta ese cuerpo desnudo, limpio, sexuado, cuando se lanza al mar Tirreno y a la muerte.

Sólo la música puede aliviar las pasiones.

Salvar de la muerte. Tarán tarán. Tarantela.

Hay en toda la música una llamada que yergue. Un dinamismo que mueve, empuja. Une.

Tarán tarán tarán. Tarantela.

En su magistral tarea frente a las sirenas, Orfeo recurre al poder hipnótico de la tarantela.

La tarantela simboliza la magia, el poder de curar, el trance y la eternidad.

Alude a una música que no tiene principio ni final. Materializa el cambio constante, es decir: la vida.

La primera tarantela fue hecha sonar por Orfeo, según documenta Homero en la Odisea y Virgilio en la Eneida.

Tarantismo.

Antidotum Tarantulae.

Magia. Mito. Sanación.

En la Edad Media se extendieron prácticas rituales para curar a las personas mordidas por arañas. Esas prácticas son conocidas como tarantismo y se trata de un tema que sigue fascinando por su complejidad y la vastedad del territorio de conocimientos que abarca, algunos de ellos todavía inexplicables.

Hoy, siglo XXI, sabemos varias cosas ya: que el tarantismo no viene necesariamente de Taranto, aquella vieja ciudad del sur de Italia donde hace siglos pulularon por millares las tarántulas, así llamadas, supuestamente, por un aparente remedo de gentilicio: Taranto, tarántula.

También sabemos que las tarántulas son inofensivas. Su saliva contiene virus y bacterias que producen irritación en la piel. Y nada más.

La tarántula, también llamada “araña-lobo”, es una creatura impresionante. Es linda, peluda y de colores fascinantes.

Tiene estrategias para matar tan sofisticadas que atraen la curiosidad de los científicos: su víctima muere instantáneamente no por la potencia de su veneno, sino porque lo hace penetrar directamente al sistema nervioso central, al morder en la nuca.

Pero, un momento: las tarántulas atacan a los insectos, no a los humanos.

En la Edad Media confundían a la tarántula (Lycosa tarantula) con otra especie de las arañas, la, esa sí, letal viuda negra y todavía con una más feroz aun, también de la familia de las viudas negras: Latrodectus tredecimguttatus.

La viuda negra danza para seducir al macho y, al terminar el coito, lo devora. Algunos machos logran escapar y tener un nuevo apareamiento, pero generalmente terminan tendidos en la red de la araña que enviuda. Tendidos en su lecho, a manera de alimento.

Las sirenas, cuenta Virgilio en la Eneida, tenían piernas bellísimas. Seducían a los hombres con danzas eróticas sublimes. Ellos se volvían locos, sentían que volaban, devorados por las sirenas.

Los dioses, cuenta Virgilio, las castigaron y convirtieron sus bellísimas piernas en cola de pescado pero siguieron ejerciendo su poder de seducción letal, hasta que Orfeo contrarrestó su maleficio con música. Sí, con una tarantela.

Hay ahí una aporía, una aparente paradoja, pero se trata en realidad de un antídoto, un contraveneno: los efectos del veneno de la tarántula, mejor dicho del arácnido que danza, se curan con danza.

Esos remotos principios de la actual musicoterapia fueron conocidos como tarantismo y consistieron en rituales con música, danza y colores.

Música acorde a la araña en cuestión, danza enlazada a la danza que causó el mal y colores, los mismos de las tarántulas: usualmente rojo, negro y amarillo.

(En México hay más de sesenta especies de tarántulas).

En las últimas décadas, los pensadores, los científicos, los amantes del saber han vuelto los ojos y las entendederas a un hombre que fue comparado con Da Vinci por el rango tan amplio de sus saberes: Athanasius Kircher, jesuita alemán que publicó más de cuarenta libros en territorios tan diversos como la geología, la religión comparada y la medicina.

En 1641, Athanasius Kircher publicó un bello tratado acerca del magnetismo del amor, la Tierra, el cosmos y la música: Magnes, sive De Arte Magnetica, cuyo capítulo dedicado al tarantismo completó lo que en 1610 Matteo Zaccolini había condensado en un manuscrito de cincuenta fojas que entregó a los Médici en Florencia, pero que no fue publicado por la explosividad de los conocimientos ahí vertidos.

Como suele ocurrir, el manuscrito se filtró e influyó a los más conspicuos académicos de Italia, e influyó a pintores como Domenichino, Carracci, Guido Reni y Poussin.

Athanasius Kircher encontró distinciones: tarántulas que cantan, otras bailan, mientras otras son silenciosas y solamente responden a músicas lamentosas.

Si se elige la música correcta, vio Kircher, la tarántula baila a ese ritmo. Si al paciente le picó una tarántula bailarina, debe bailar para curarse; si una cantante, debe entonarse; si una melancólica, debe escuchar música triste. Aunque hubo casos en los que el paciente murió, porque fue mordido por dos tarántulas y resultó imposible encontrar una música que reuniera la idiosincrasia de ambos bichos.

Athanasius Kircher documentó que el efecto del veneno de la tarántula desaparecía con el tratamiento adecuado, pero quedaba latente y reaparecía en el cuerpo del paciente mientras la tarántula que lo mordió estuviera viva, ella o sus descendientes.

Dijo muy claro Athanasius: las tarántulas se comunican con sus víctimas a través de la palabra, en franca comunicación verbal, o en súbitas apariciones.

Melancolía. Tarántulas melancólicas. El tema del tarantismo resulta inagotable. Como metáfora, aduce a un amplio rango de causas-efectos.

Tratados enteros acerca de la melancolía. Volúmenes completos de musicoterapia. Aracnofilia. Aracnofobia. La picadura de una araña, sea tarántula, viuda negra, o cualquier otra especie, todo lo desata.

Ataranta, tienta, truena, trota, estruja, traga, toma y daca. La mordedura arácnida desata las pasiones. La música desata las pasiones. La equivalencia es vasta.

En literatura, por ejemplo, tenemos un ejemplo notable que pocos han leído como tal: el primer libro de poesía (los siguientes los ha publicado en formato de discos de audio: sus álbumes consecutivos) de Bob Dylan se titula Tarántula y es un caso claro de escritura febril. Veamos:

aretha / cristal jukebox queen of hymn & him diffused in drunk transfusion wound would heed sweet soundwave crippled & cry salute to oh great particular el dorado reel & ye battered personal god but she cannot see the leader of whom ye follow, she cannot, she has no back she cannot… beneath black flowery railroad fans & fig leaf shades & dogs of all nite joes, grow like arches & cures tha harmonica batallions of bitter cowards, bones & bygones while what steadier louder the moans & arms of funeral landlord with one passionate kiss rehearse from dusk
Aretha with no goals, eternally single & one step soft of heaven / let it be understood that she owns this melody along with her emotional diplomats & her musical secrets

Este pasaje inicial del libro de Bob Dylan, Tarántula, acusa claramente su vocación de frenesí. Los críticos de literatura solamente han visto a Jack Kerouac, Allen Ginsberg, William Burroughs, Gregory Corso y Lawrence Ferlinghetti como “influencias”.

Yo solamente veo en ese texto a los autores fundacionales del lenguaje, a los creadores verdaderos del arte de la escritura, los grandes maestros que realmente influyen en la escritura de Bob Dylan: William Shakespeare y James Joyce, autores de
música con palabras, que en Bob Dylan se enriquece con las aliteraciones, el fabuloso “monólogo interior”, invención de Joyce, el fluir de la conciencia. La escritura. La música de la escritura. El alma de la escritura.

El tarantismo nos permite observar también cómo la manera de hacer y escuchar música ha cambiado radicalmente.

Pero no ha perdido su esencia: la música impele al movimiento. Es un llamado.

Pascal Quignard hace notar cómo la música griega, luego romana, luego cristiana, luego occidental, “se hizo cada vez más órfica y conjuratoria”.

Se volvió extraordinariamente instrumental. La música occidental, deplora Quignard, sacrificó el baile originario que sin embargo pertenece al núcleo arcaico.

“Fue primero el abandono del trance y luego la renuncia a abandonar la fila de los remeros lo que autorizó su escritura”.

Eso explica el por qué los músicos hacen música sentados, pero sobre todo su inexplicable y por así decir “onírica” inhibición muscular, su prodigiosa “audición sentada”.

Seguramente está usted sentada, querida lectora, querido lector sedente.

Observe: eso que se mueve junto a usted, sí, ahí abajo, ahí arriba, ahí juntito, ¿es una araña?

¿Es peludita? Si es peludita y rechonchita y de colores lindos, seguramente es una tarántula; ¿será una tarántula melancólica?, ¿alegre, bailarina?, ¿canta?

¿Recuerda usted lo que documentó Athanasius Kircher, que las tarántulas se comunican verbalmente?

¿La puede usted escuchar? ¿Puede usted ver cómo levanta una patita y con los ojos pizpiretos le pregunta?: ¿me concede usted esta pieza?, ¿bailamos esta tarantela?


   
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Pablo Espinosa

Nació en Córdoba, Veracruz, en 1956. Periodista cultural. Fue subjefe de prensa del INBA (1980-1982). Colaboró en El Fígaro, Cineguía, entre otras publicaciones. Ha sido reportero de las secciones culturales...


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