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NUEVA ÉPOCA NÚM. 157 MARZO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Minerva Margarita Villarreal
Poesía líquida y sensual


J. Pablo Tobón Miranda
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 157| Marzo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Tobón Miranda, J. Pablo , "Minerva Margarita Villarreal. Poesía líquida y sensual" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2017, No. 157 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=811&art=17697&sec=Rese%C3%B1as > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Una a una, las formas del agua se descubren en los poemas que, cántaros o vasijas, dan forma al líquido. La exploración por los diversos caminos que éste toma, en metamorfosis, nos conduce, poco a poco, a través de la figura de Teresa de Ávila, hacia una poética de horizontes amplios y originales. Así también consideró la obra el jurado del Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2016, quienes, unánimemente, entregaron el premio a Minerva Margarita Villarreal (Nuevo León, 1957).

La estructura general del poemario agrupa veinticinco poemas, todos ellos precedidos de una alabanza, menos el último, que cierra el libro; ello nos da un total de cuarenta y nueve poemas de un estilo claro y rico en imágenes. Ya en el primer poema nos anuncia las cuatro maneras sobre las que versará del líquido vital: “Agua del pozo / Agua de noria sin anegar el huerto / Agua de río o del arroyo / Lluvia del cielo…”. La primera metamorfosis del agua ocurre en el contrapunto, en el primer “Laude”; en él, el poder de Dios, metáfora e imagen del líquido vital, transita por las venas de la voz poética: “la violencia de su cuerpo/por mi sangre fluye” —canta—. Teresa es sólo el motivo que muestra el camino del agua hacia Dios.

 

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La poesía de Minerva Margarita es fundamentalmente sensual, aunque exige una lectura minuciosa, asequible, para reconocer los referentes bíblicos. La gran cantidad de imágenes de esta obra nos permite posicionarnos en el límite mismo del cuadro —al pie del lienzo—, contenedor de figuras de agua, y observar las transformaciones más abruptas y ceneras. El diálogo que se mantiene en tensión es notablemente espiritual, con motivos materiales. Villarreal logra llevarnos del verso, de su lectura, a la imagen de que nos habla. Y ya no son manos nuestras manos, sino receptáculos del poder divino que corre por nuestras venas, y de donde mana la sangre que ha de darnos pureza: el agua corre en ríos de palabras.

Avanzan los versos libres, ágiles, y las transformaciones del agua. Sin rimas externas más que ocasionales (casi siempre abrazadas), el ritmo se mantiene ligero, apenas marcado. De pronto, de un andar puramente teresiano, salta la palabra, una y otra vez —como despertando— al tiempo de nuestros “programa[s] de los doce pasos…”, porque es bajo el rayo de nuestro sol, también, el tiempo de la asunción a Dios. El tiempo de Teresa es, entonces, todos los tiempos; y lo que el ser padece, también.

“De la jaula… despierta…” la voz, y los lectores podemos seguir el camino del alma, acompañarla a ese “mundo ido”, porque quizá también nosotros nos reconocemos en aquello que leemos. Villareal incita a una lectura inocente, esa que nos conduce en este andar de la lectura, una que abra las puertas a otros elementos en diálogo con el poema. Así, el lector merece dejar la inocencia toda vez que ejerce el diálogo, también, con el texto. Nada  será nuestro, entonces, si no lo somos de ello primero, parecen decirnos las formas del agua. La intuición de que nos valemos en la primera lectura, esa que nos sorprende, nos engancha o nos aleja, crece cuando hemos superado la barrera de lo nuestro y lo ajeno. No es nuestro el verso que resuena en el oído; somos de él porque nos enfrenta a nosotros mismos, a lo ajeno en nosotros; es decir, dialogamos con él, en el sentido en que Gadamer nos dice retomando a Heidegger: si el lenguaje es la casa del ser, éste ha de darse forzosamente en el lenguaje, es decir, en diálogo. Así, nosotros, los lectores, nos encontramos en los versos. El poema no nos necesita, somos nosotros quienes lo necesitamos para encontrarnos en él, lo mismo que en el mundo, en sentido wittgensteiniano. Este es el juego en las páginas de Las maneras del agua. Justamente, la voz poética dialoga con Teresa, porque a través de su figura siente el ascenso a las moradas; porque canta en alabanza a cada paso que da, canta y ahí es donde el agua, en metamorfosis, adquiere las formas más elevadas. Y “las gotas del licor de la Vida/ que al amanecer/ esparces / sin que nadie te vea” van a contenerse y evaporarse dando más vida a lo vivo, emanando hacia Dios.

Hay que decir que es necesaria la lectura bíblica para acercarse más a estos versos, que mucho del diálogo sólo tiene sentido ahí: otras obras, otros personajes, otros tiempos fluyen en las páginas de Villarreal. El libro es rico en referencias e intertextualidades; por ejemplo: “Me levantaré de la cama como si obedeciera a Cristo”(cfr.Lucas 5: 23-24). Los versos nos invitan a volver la vista al cuadro (Giotto, Duccio, Caravaggio, Jouvenet…) y entrar en él: conocer entonces la riquísima oferta de saberes harto espirituales y por demás exigentes de nuestra completa atención. El libro de Minerva no es un libro para todos los lectores, es, en su intimismo, un libro para iniciados en el mundo del morar en altas esferas de camino al sol. Lo es por su exigencia al diálogo —principalmente con la tradición judeocristiana—, al cual sólo podemos volver si deseamos también aunque sea un balbuceo. En la búsqueda, aprendemos de la experiencia de un ser que nos comparte las imágenes de su propio viaje siempre intenso y profundo. Ahí tenemos, entonces, las palabras al vuelo del sol de Villareal como la invitación a salir de uno mismo, y de contener en todo el cuerpo, primero, y luego el alma, Las maneras del agua.

 

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Minerva Margarita Villarreal, Las maneras del agua, Fondo de Cultura Económica, Ciudad de México, 2016. 81 pp.


   
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J. Pablo Tobón Miranda

Egresado de la licenciatura en Letras Hispánicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.


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