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NUEVA ÉPOCA NÚM. 158 ABRIL 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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D H Lawrence y Octavio Paz
Una afinidad vital y literaria


Eloy Urroz
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 158| Abril 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Urroz, Eloy , "D H Lawrence y Octavio Paz. Una afinidad vital y literaria" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Abril 2017, No. 158 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=829&art=17797&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Son poco conocidos los escarceos del Nobel mexicano Octavio Paz con el género narrativo y, en específico, con la novela. Eloy Urroz, el autor de Demencia, explora las conexiones subterráneas del poeta con la obra de otro novelista caro a ambos: D. H. Lawrence.

 

Pocos saben que Octavio Paz quiso ser novelista, tal vez uno parecido a su ídolo de juventud, D. H. Lawrence. Pocos saben que escribió doscientas páginas de una novela y que nunca la terminó. A la fecha, nadie ha estudiado, que yo sepa, la inmensa influencia que Lawrence tuvo en Paz, tanto en su poesía como en su pensamiento. Al hablar de Paz, se suelen mencionar innumerables lecturas, las cuales no viene a cuento aquí enlistar; no obstante, el influjo del novelista inglés se suele pasar de largo o, cuando mucho, se menciona como un pecado de juventud. Es mi intención demostrar lo contrario. Sobre todo dejar en claro que su influencia marca profundamente no sólo innumerables poemas de Libertad bajo palabra sino también su crítica y su pensamiento erótico y moral.

 

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Octavio Paz, 1977
© Manuel Álvarez Bravo

 

Como ya dije, Paz supo a los 28 años que no podría ser novelista. En el hermoso texto, “El llamado y el aprendizaje”, prólogo al volumen 13 de sus Obras completas, Paz escribe que: “Aunque desde el principio me incliné por la poesía, seguí leyendo novelas. No me dejaba la tentación de escribir una. Al fin, en 1942, me decidí. Comencé con entusiasmo, seguí durante algunos meses y llegué a unas doscientas páginas pero no logré terminarla. Mi única novela quedó en borrador informe” (p. 19). A pesar de lo anterior, el joven poeta tenía mucho qué decir. Acariciaba “una metafísica”, un ethos particular, una visión del mundo, los cuales, por supuesto, irían a transformarse con el paso del tiempo, la experiencia y la edad. Si Lawrence vivió íntimamente consubstanciado con este ethos (donde moral es arte y arte es moral) y más tarde lo imbricó —mejor o peor— en sus grandes novelas, ¿cómo iba, pues, a conseguirlo el joven Paz si ya sabía que no sería novelista? No creo errar si aventuro que el poeta mexicano iría a hacerlo, sobre todo, a través de sus ensayos. La obra crítica y ensayística de Paz se corresponde, en gran medida, a lo que las grandes novelas de Lawrence nos dejaron como testimonio: una cosmovisión, un laboratorio de ideas en flujo, un espejo más o menos íntimo de la conciencia, de los cambios de esa conciencia, una prolongación (a través del arte) de las pugnas por las que atraviesa un pensamiento constantemente alerta del mundo (y la condición de los hombres en el mundo) y sobre todo una visión del amor y el erotismo. Mas no sólo esto… El Paz poeta también se corresponde con el Lawrence poeta y el Lawrence novelista. Las novelas de Lawrence tienen extraordinarios momentos poéticos, intencionalmente poéticos, sin llegar a ser estos jamás prosa poética. Lawrence sabía ser un narrador cuando había que narrar, es decir, sabía contar un drama, trazar una aventura, indagar en un alma, pero también sabía ser poeta —y nada más que un poeta— cuando había que expresar ese mundo interior de un modo distinto al de la novela o el cuento. Los géneros jamás se emborronaron o se le confundieron. No en balde es hoy uno de los grandes poetas en lengua inglesa y uno de los más grandes novelistas de todos los tiempos, y ambos veredictos son cosas completamente aparte (Leavis, Bloom, Forster, Kermode, Huxley, Worthen, Mailer, Lessing, Malraux, entre otros muchos, coinciden en esto).

Octavio Paz, al igual que el escritor británico, tenía, lo sabemos, una visión propia que desarrollar; tenía algo imprescindible que decirnos sobre el amor, el sexo, la pareja y el erotismo. Lo que lo consumía lo expresó en poemas y en varios de sus libros de ensayo, entre ellos, dos de sus favoritos, Conjunciones y disyunciones y La llama doble (Cfr., “Nosotros: los otros” en Obras completas, volumen 10, p. 19). Las correspondencias no acaban, sin embargo, en el aspecto literario, y ni siquiera en el aspecto moral o “metafísico”, sino que se dan también, y por extraordinario que parezca, en el aspecto vital y personal de ambos autores. Veamos.

Al igual que Lawrence, Paz decidió ser un viajero, un outcast. Lo fue durante la mayor parte de su vida hasta su retorno definitivo a México, pasados los 50 de edad. Antes quiso, no obstante, repetir esa aventura que su ídolo de juventud se propuso llevar a cabo al dejar atrás para siempre a su aborrecida Inglaterra. Paz no eligió Australia, Italia, Nuevo México o Oaxaca como hiciera Lawrence, pero vivió en Estados Unidos, Francia, Japón y la India, entre otros sitios. Eligió abrirse al mundo, contaminarse de él, explorarlo, conocer de modo profundo —y no como paseante, espectador o turista— otras formas de pensar y de vivir, algunas incluso opuestas a la suya, las llamadas formas y usos de Occidente. Si Lawrence eligió darle la espalda a su país, Paz estuvo a punto de hacerlo, pero al final se contuvo, desistió, y esta divergencia, en mi opinion, surge porque, o bien Lawrence no tuvo el tiempo de reconciliarse con su patria (murió a los 44 años) o porque sencillamente Inglaterra no era México, es decir: Albión no tenía las características solares y telúricas capaces de anclar a temperamentos como el suyo, tan idéntico al de Paz. No por nada, Lawrence eligió, primero, Taos, Nuevo México, para hacerse de una casa, luego la Toscana, y al final el sur de Francia para morir.

Otra semejanza apabullante y digna de no obviar: la paternidad. Lawrence no quiso tener hijos. Se negó a procrear. Paz tuvo una hija, Laura Helena, sin embargo jamás volvió a tener otro vástago, sin contar con que su relación con la hija de Elena Garro fue, si no nula, al menos opaca y distante. Al igual que Lawrence, Paz encontró en Marie José Tramini a la perfecta compañera de su vida, pero también y sobre todo, halló en Marie José a la compañera de viaje, la compañera de experiencias y experimentos vitales, la fuente de su pensamiento amoroso, la sacerdotisa y la vestal. Si Frida Richtofen, la mujer de Lawrence, era ese laboratorio del amor donde ambos amantes oficiaron desde que esta abandonara a su marido y sus tres hijos, Marie José se convirtió en ese recinto sacramental donde ambos cónyugues oficiaron durante tres décadas. No ya sólo la poesía de ambos da cuenta de ello en infinitas ocasiones, sino también sus extraordinarias novelas (en el caso de Lawrence) y sus mejores ensayos (en el caso de Paz). En ese sentido —y salvando todas las distancias—, habría que imaginar el corpus narrativo, ensayístico y poético de ambos artistas como si se tratase de un solo corpus en colaboración, un proyecto de pareja a largo plazo (el plazo de una vida), donde el amado y la amada se introyectan a grados difíciles de imaginar por mentes menos sofisticadas. Algo parecido ha desarrollado Jorge Volpi en su novela histórica y psiconalítica La tejedora de sombras, donde el psiquiatra Henry Murray y su asistente Christiana Morgan se lanzan a un incierto experimento del amor absoluto a lo largo de 42 años. Algo más o menos parecido hizo Albert Cohen en su hermoso mural, Belle de Seigneur, donde sus protagonistas, Ariane Deume y Solal, se arrojan en un intenso experimento de amor puro a lo largo de mil páginas. Por sorprendente que parezca, ninguna novela de Lawrence intenta algo similar. ¿Qué clase de novela hubiera sido esta?

Me ciño ahora a la última gran novela de Lawrence, Lady Chatterley’s Lover, la cual fue (presumiblemente) la primera que Octavio Paz leyó, según dejó constancia en los únicos dos textos que publicó sobre el autor británico: “Lawrence en español” de 1940, y el más completo, “La religión solar de D. H. Lawrence” de 1990, el cual quedó más tarde unificado con los otrora conocidos ensayos de Sade y de Fourier en un nuevo volumen titulado Pan, Eros, Psique, mismo que se halla reunido dentro de sus Obras completas, volumen 10. Este nuevo pequeño libro con tres ensayos forma una tríada indisoluble junto con los anteriores dos mencionados, La llama doble y Conjunciones y disyunciones. Los tres reunidos se complementan pues los tres dialogan sobre el mismo obsesivo tema: el amor, el erotismo, la pareja, la sexualidad humana, el signo cuerpo versus el signo no cuerpo. Huelga decir que estos tres no son los únicos libros donde Paz expresó sus ideas sobre el amor, pero sí que en estos se ciñó a su tema. En cuanto a su poesía, el erotismo está, por supuesto, en todas partes, desde su primeros poemas de Luna silvestre, hasta su último poemario, Árbol adentro. Donde más clara, sin embargo, será la influencia lawrenciana es, en mi opinión, en las cinco secciones que nutren Libertad bajo palabra, ciclo que va de 1935 a 1957, es decir, de sus 21 años de edad a sus 43 años.

Volvamos al pasaje extraído de “La religión solar de D. H. Lawrence”, donde Paz confiesa que: “Yo leí El amante de Lady Chatterley hacia 1934 y me causó una impresión profunda, como las otras novelas, poemas, ensayos y libros de viaje de Lawrence. Leí sus obras con entusiasmo o, más exactamente, con esa pasión ávida y encarnizada que sólo se tiene en la juventud” (p. 100). No sabemos con exactitud cuáles son esos otros libros de Lawrence que Paz leyó y tampoco sabemos cuándo lo hizo, aparte de los que paso a enlistar aquí (mismos que leyó con posterioridad a 1934): The Plumed Serpent, el ensayo Apocalypse, su novela breve St. Mawr, su relato The Woman Who Road Away y sus estampas, Mornings in Mexico.


   
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Eloy Urroz

Nació en Nueva York, NY, Estados Unidos, en 1967. Novelista, poeta y ensayista. Estudió la licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAM y la maestría y el doctorado en Letras Hispánicas en la...


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