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NUEVA ÉPOCA NÚM. 158 ABRIL 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Mis tedebos a Felipe Leal


Carmen Boullosa
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 158| Abril 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Boullosa, Carmen , "Mis tedebos a Felipe Leal" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Abril 2017, No. 158 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=829&art=17798&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Director de la Facultad de Arquitectura de nuestra Universidad de 1997 a 2005, Felipe Leal es uno de los mejores exponentes de su disciplina, reconocido internacionalmente. Su obra se destaca por una innovadora mirada para dotar a los espacios de belleza acogedora y deslumbrante. La novelista Carmen Boullosa, autora de Las paredes hablan, le extiende en este texto un cálido agradecimiento.

 

Tengo una larga lista de tedebos a Felipe Leal. Uno de estos es vivir en su casa, la casa que él me leyó ―como quien sabe leer las cartas―. Con su equipo de profesionales y artesanos, convirtió una esquina hostil en un hogar. Entre los detalles sobresalientes, Felipe Leal cambió la disposición de las ventanas a la calle, que ahora sólo permiten ver las frondas, las ramas de los árboles tupidas de hojas, el cielo. Horizontales, son como pinturas japonesas, con la ventaja de que a cada instante son diferentes, un museo mudable de paisajes. La casa es como un barco en tierra firme, enrielada en los cielos temperamentales del Valle de México.

Este ángulo de la mirada, no horizontal y no vertical, es un punto de vista idóneo para apreciar nuestro mundo.

En el segundo piso, en cambio, Felipe abrió ventanas a la calle. Desde ahí, los paseantes y los automóviles son lo que enmarca la verdura de los árboles, otro tipo de paisaje urbano. La percepción es que ellos no me ven, y yo los veo. En cambio, en las ventanas horizontales de la planta baja, sé que el mundo también me toma en cuenta. Las ramas de los árboles se diría nos acarician.

 

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Alejandro Aura y Carmen Boullosa, Mercedes y Pablo Boullosa con María Aura en brazos de su padre
© Archivo UNAM

 

Son conocidas las virtudes del arquitecto y hacedor Felipe Leal —su complicidad con la luz, con la ciudad (o el mar), con el barrio, con la manzana, con el corazón de la manzana, con la necesidad colectiva de ornato, con las historias y la materia previas del predio, con su entorno; más su capacidad para trabajar en equipo, su sentido común, su sensatez y disposición (dulce), su ojo sicológico (nadie conoce mejor que él a los habitantes de sus obras) y la alegría que transmiten sus construcciones—.

Sabemos también que la escuela que él escogió fue la de Luis Barragán. El hijo de este gran arquitecto aprendió sus lecciones, y después traicionó al padre. Si Barragán es el celo de la intimidad, y asociamos a la pared como su signo, en Felipe Leal tenemos la procuración del espacio colectivo, y la ventana.

La pared barraganesca juega un papel distinto en la obra de Felipe Leal; si en Barragán es conventual, en Felipe es fiesta. En una de las casas de Leal (la casa Chimalistac) levantó una pared de más, sin ton ni son, separada de las otras y en ángulo. En esa casa llena de luz, la pared es negra, como si se hubiera vestido para salir de noche, como si hubiera estado lista para el reventón cuando la encerraron, ya lista y acicalada. La pared es la fotografía de un paso de baile.

Admiro la imaginación dúctil de Felipe Leal, su espíritu lúdico, su naturaleza artística eminentemente social. En sus obras, los ladrillos, las ventanas, los pisos, las calles y las plazas son de gramática felipelealesciente; todos los fonemas son diálogo entre la cosa y su uso, entre su utilidad y su belleza. Y, como lengua de esta gramática, aparece la habilidad camaleónica para enlazar al espacio y al usuario. Lengua que también los funde (al habitante, la casa, la obra) con la ciudad, los apantles, el mar, o el paisaje.

Las características, las virtudes de Felipe Leal, ayudan a comprender en retrospectiva que su salto hacia las intervenciones de espacios públicos era algo lógico. En una de estas, la estación del microbús en Ciudad Universitaria (que no es un embudo, sino una especie de guiño a Frank Lloyd Wright, un pequeño Guggenheim volcado y desnudo, sin paredes, todo ventana), hay el homenaje al vértigo de la gran urbe que, al llegar a la unam, se recoge y se expande para ponerse a estudiar, para pensar y analizar mientras contempla la ciudad y el mundo.

 

Regreso a otro tedebo a Felipe Leal:

En noviembre del 2012, cuando todavía daba yo clases en la universidad pública de la ciudad de Nueva York y literalmente acababa de llegar a Ciudad de México, fui a la apertura de una exposición importante y dolorosa. Saliendo de esta, para sacudir el ánimo y estirar la piernas, crucé Avenida Juárez y me encontré a la Alameda perfumada con lavanda fresca, repleta de luz, blanca como un caramelo de anís.

En su renovación, que me pilló por sorpresa, la Alameda se parecía más a sí misma; era aún más el parque público más antiguo del continente; era la de Amado Nervo, aquella de la que escribió en sus crónicas:

cuando el primer grito esencialmente nocturno “¡A las jaletinas!” se oye por las calles de Dios, el noctívago llama al vendedor y le compra... un vasito de jaletina descolorida como la piel del pobre diablo, y desabrida como el hastío... los noctívaros acabarían por moralizar a las busconas con buenos consejos y vasitos con jaletina...

Las caprichosas musas me guiaron a la Alameda exacto cuando esta estrenaba vestido. Felipe Leal, responsable de que nuestro parque central respire aires nuevos para ser más quien es, iba al frente del recorrido inaugural.

Separándome del cortejo que acompañaba a Felipe, regresé a la lavanda y, en un momento iluminado, quedé suspendida, ahí enrielada a un pasado vivo y a una luz que (entonces yo no lo sabía) no caía del todo vertical, ni horizontal, sino inclinada, como esa visión de paisaje que hoy tengo en la ventana cerca de la que escribo. Inclinación ideal para incorporarse a la ciudad: no viéndola como a un esclavo, de arriba hacia abajo (como desde lo alto de un rascacielos); tampoco horizontalmente, no nuestro ojo frente a su ojo. Se la ve mejor desde una prudente inclinación, aceptando no ser ni el más grande, ni el más pequeño animal de la selva, no la hormiga y no el león, sino el hombre. Por mirar así, se adquiere una responsabilidad con el entorno. Una responsabilidad total, y una pertenencia.

 

Intervenir, renovar, revitalizar el pasado en los espacios públicos es lo que ha hecho Felipe Feal. Como en la Alameda Central, en el Monumento a La Revolución ―la llamada Plaza de la República―.

Ese monumento solemne fue durante décadas en el imaginario colectivo el punto medio (imposible) entre el palacio interrumpido de Porfirio Díaz y el triunfo de la agenda política postrevolucionaria, con su cola de fracasos y traiciones. Nacido como monumento “intervenido” por artistas, había perdido su ser crítico. Al ser reintervenido por Leal, lo que ya era una tumba se convirtió en un presente posible, un espacio de juego y reunión donde saltan el agua y la patineta, aparecen el beso, la cháchara y la fiesta, desafiando cualquier pétrea institución. Es también espacio de memoria, subrayada en el perpetuamente nocturno museo de su sótano, ideal para recordar, como en los sueños, el pasado.

No demoler, no “reciclar”, no sólo limpiar: volver a leer el pasado y darle otro sentido.

 

Hace muchos años, Felipe arrancó un viejo piso en aquella bella casa en Mixcoac que él volvió bellísima para que viviéramos felices Alejandro Aura, yo, y donde nacieran y crecieran nuestros hijos. La “intervención” de Felipe Leal fue total, pero me detendré en un detalle. Con las vigas del año-del-caldo que sostenían el piso desvencijado, Felipe Leal revistió la “nueva” vieja casa, hizo visillos para el cuarto que daba a la terraza luminosa, los muebles de la cocina y del baño principal, la puerta de la entrada, y más.

En aquella bella casa había vivido, antes que Alejandro Aura, el actor Jorge Mistral, el galán con Sara Montiel de Carmen la de la Ronda, con Tere Velázquez en Pecadora, con Sofía Loren en La sirena y el delfín, entre otras muchas películas. Actuaba de “antagónico” en la telenovela Hermanos Coraje cuando, en esa misma casa, sufriendo cáncer del duodeno, optó por una muerte digna. El actor del Derecho de nacer, fue un actor del derecho de morir.

Un sinnúmero de leyendas corrían alrededor de Tiépolo 20 ―que si las paredes habían estado pintadas de negro, que si un fantasma se escondía en el baño―. El hecho era que ahí el bello Mistral sí se voló los sesos.

Felipe Leal convirtió el piso de la memoria de una muerte digna y voluntaria, en el presente visible de varias vidas voluntarias y felices.

 

Empezando este siglo (hace ya casi dos décadas), en alguno de mis periplos laborales, me hospedaron en un edificio de la autoría de un arquitecto universalmente hiperfamoso. Todos los días arribaban carretadas de turistas japoneses que venían a visitar “la obra”. Los guarda mi memoria vestidos de ropa oscura, y al fondo, a sus espaldas, hacia donde ellos no volteaban a ver, el hermoso jardín arbolado de aquella Ciudad Universitaria, que no era el Bois de Bologne pero tenía su verdor.

Los amantes del arquitecto recorrían las áreas comunes, los pasillos y un estudio que, hasta donde recuerdo, conservaban vacío para exhibición. Del estudio, el lugar predilecto era el baño ―y el más conflictivo del tour, porque los acogía a cuentagotas para que le tomaran fotos.

El estudio donde yo estaba hospedada tenía dos áreas medio divididas cada una con su gran ventantal. Los dos enormes ventanales tenían la misma vista: el Periférique con sus hileras de coches zumbando las 24 horas del día, pero más a la única hora de las 24 que yo sé dormir, esto es, muy temprano en la mañana.

La regadera ―que arrancaba óes a los veneradores turistas―, era un estrecho tubo metálico. Yo entraba con algo de horror a esta, que no tenía jabonera para no quitarle “diseño”, y el jabón, más de una vez, se me cayó. Aunque yo pesara entonces como diez kilos menos que hoy, debía salirme de la regadera ―del tubo― para recoger el jabón y jabón en mano volvía a entrar para poder continuar mis diarias abluciones. El admirado lugar perpetrado por un célebre era para mí infernal.

El célebre arquitecto desfelipeleálido me martirizó los pocos días que soporté la estancia en su construcción. El “estudio” no invitaba a la observación (como sí lo hace el medio-Guggenheim de la parada CU del Metrobús), y la ciudad tenía en él nula presencia. Los turistas visitantes del edificio eran en realidad prófugos de la belleza de París, no sus observadores o pensadores.

Me mudé a un departamento en otro arrondissement, gracias al afán de amigos parisinos. El baño me permitía el bañarme sin hacerme sentir agua del caño, la recámara era un espacio de recogimiento y las áreas sociales (la sala y el comedor) tenían vista al hermoso parquecito del barrio. 

El ojo y el cuerpo: las dos lecciones que aquel arquitecto clásico no ejerció, la relación entre la ciudad y el habitante, la necesidad del árbol, o el cielo, o el mar, son lo que ha dominado con los años Felipe Leal. Y esa mirada en ángulo, tan profundamente social porque reconoce el valor del árbol, del cielo y del mar.


   
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Carmen Boullosa

Nació en la Ciudad de México el 4 de septiembre de 1954. Dramaturga, narradora y poeta. Estudió lengua y literaturas hispánicas en la UIA y en la UNAM. Fue redactora del Diccionario del Español en México...


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