UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 158 ABRIL 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
Inicio   >>> Artículos   >>>   Paulina Rivero Weber

¿Ser o no ser?


Paulina Rivero Weber
citar artículo
citar
NUEVA ÉPOCA | NÚM 158| Abril 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Rivero Weber, Paulina , "¿Ser o no ser?" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Abril 2017, No. 158 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=829&art=17799&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

PDF
aumentar letra disminuir letra
1 / 1

Untitled Document

 

Occidente ha visto el cambio y la finitud como algo meramente negativo y los ha ocultado con la ilusión de la permanencia, expresada en el verbo “ser”, sin el cual sería imposible concebir la filosofía en nuestra civilización, plantea la doctora Paulina Rivero Weber, especialista en la obra de Friedrich Nietzsche y reconocida catedrática de nuestra Universidad.

 

¿Qué decimos cuando usamos el verbo “ser”? Desde sus orígenes filosóficos en Grecia antigua, la filosofía se cuestionó sobre el significado de esa expresión. Con base en ella planteó la dualidad entre la permanencia y el cambio; de hecho se tiene a Tales de Mileto como el inaugurador de este camino por haber abierto esta cuestión. Tales creyó que a través de todo cuanto vemos cambiar de manera incesante, hay algo común a todo ente que permanece: el agua. Frente al constante cambio, Tales buscó algo fijo, no cambiante, y lo mismo hicieron sus predecesores presocráticos. De esta manera para Occidente se perfilaron las nociones de ser y permanencia por un lado, y las de cambio y devenir por otro.

Después de Tales, Heráclito de Efesio puso su acento en el devenir. Para el filósofo de Efesio el devenir es radical: todo permanece en cambio constante porque esa es la forma de ser de todo cuanto existe. Pero aún para él, el cambio del día a la noche, de la enfermedad a la salud, de la paz a la guerra, se da al interior de un lógos universal que es un fuego eternamente vivo, que no rebasa sus medidas y por lo mismo aún para él existe algo fijo e inmutable. Cratilo llevó al extremo la propuesta heraclítea y consideró que no existe nada permanente, que todo es un constante flujo y por lo mismo, como diría Nietzsche, no hay puentes ni pretiles: todo está en el río del devenir y nada “es”: todo deviene.

En Occidente, del to einai de Platón al sein de Heidegger, son muchos los pensadores cuya filosofía ha girado en torno a la cuestión del ser. Este problema filosófico surge desde un lenguaje concreto: tanto en griego como en alemán, inglés, español, francés o italiano, el verbo “ser” es el sustento del problema fundamental de la metafísica, a saber: la pregunta por el ser, ya sea que la expresión se entienda como un verbo sustantivado, como en el caso de Heidegger, o como una entidad más. Pero ¿qué pasaría si este verbo no existiera? ¿Hubiera sido acaso posible filosofar en Occidente?

 

*  *  *

 

El pensamiento chino es una muestra de qué tipo de filosofía y cosmovisión puede surgir desde un lenguaje en el cual simplemente no existe el verbo ser. El verbo “ser” en China fue inexistente hasta hace apenas muy pocos siglos, cuando China se interesó por lo que encontraba más allá de sus confines y surgió la necesidad de traducir al chino una expresión hasta entonces inexistente para ellos.

Pero ¿cómo filosofar sin el verbo “ser”? Es más ¿cómo hablar siquiera sin el verbo “ser”? En la antigua China este no era un problema, por una sencilla razón: todo cuanto existe está en un constante juego de fuerzas, no “es”; ni siquiera está: ser y estar son verbos inexistentes en el chino antiguo. Tanto cosas como personas, o ideas, no “son” ni “están”, sino que se comportan de cierta forma en relación con un determinado contexto que está en constante cambio y movimiento, y esto hace absolutamente imposible concebir que algo “sea”. Para el chino antiguo nada es, pues todo cuanto existe está en tránsito de la fuerza a la debilidad, del saber a la ignorancia, de la superioridad a la inferioridad, esto es: nada “es” pues no hay nada estable, todo deviene en constante cambio. Eso nos lleva a comprender que el primer libro sapiencial de la antigüedad China, el I Jing, se llame “el clásico de las mutaciones” o “el clásico de los cambios”. Por todo lo anterior, la expresión “ser” desde la perspectiva china es, como dijo Nietzsche, el último humo de la filosofía que se desvanece: nada es porque todo deviene. La expresión “ser” oculta el constante flujo de la vida bajo la falsa ilusión de permanencia y completud.

Pero hay algo más. No solamente se trata del constante cambio y devenir. Nada es permanente porque no existe expresión alguna que agote la explicación de las innumerables posibilidades detrás de cualquier cosa, persona o idea.

En Occidente podemos emplear expresiones como estas: yo soija. Yo soy tú. Yo soy profesora. La trampa de nuestro lenguaje radica en que esta forma de expresarnos nos hace tomar la parte por el todo. Ninguna de esas expresiones agota lo que hay en mí, pues yo cambio segundo a segundo. Decir “yo soy x” es definir “el ser” de alguien, esto es, lo que alguien es, por una de las incontables facetas que cualquier persona tiene.

Para el chino antiguo lo anterior permanece tan impensable como absurdo. Todo cuanto existe funciona, se relaciona en un devenir entre la dualidad yin (lo receptivo, femenino, tierra, oscuridad, absorción) y yang (lo activo, masculino, cielo, brillantez, penetración), cuya imagen más conocida es el Taijitu. Nada “es” porque nada puede permanecer ni en yin ni en yang: cada vida transcurre en un ir y venir de yin a yang y viceversa, pero resulta imposible que algo “sea” de manera absoluta yin o yang: uno contiene al otro y a la vez el flujo entre ambos no cesa.

Pongamos un ejemplo: al dar una clase, el profesor es yang, pues tiene algo que decir desde un lugar privilegiado. El estudiante que aprende es yin, es receptivo. Pero en el momento en que un estudiante plantea una objeción correctamente, el estudiante es yang, y el profesor, que intenta comprender la objeción, es yin.

Esas ideas de la China antigua son las que mayor peso tendrán sobre el daoísmo filosófico, para el cual nada que sea permanente puede nombrarse. El ámbito de la permanencia es repelido por el lenguaje, que etiqueta y define cuanto existe creando la falsa ilusión de que cuanto existe “es” de modo permanente.

Todo esto resulta de suma importancia cuando hablamos de la constitución de la idea del “yo”. Cuando decimos “yo soy profesora”, “yo soy madre”, o “yo soy esposa”, lo que cambia es el predicado de la oración, pero permanece el sujeto “yo soy”. Al decir “yo soy x” o yo soy y, cambia el predicado, pero permanece el sujeto: “yo soy”. Esto permite fijar una idea del yo como algo permanente, como algo que no cambia: yo soy. Pero ¿qué es el “yo”? En un mundo en el que no hay nada fijo ni estable, en el devenir del cosmos en su totalidad, ¿qué quiere decir “yo soy”? Somos una conformación más de diversas moléculas que han tomado la forma temporal de un ser humano: ¿qué indica el verbo ser, sino una mera ilusión?

Decía Nietzsche: en algún rincón del universo centelleante un animal inteligente inventó el conocimiento… después el planeta se heló y el animal murió. Para este filósofo todo es como cuando una ola que se estrella contra las rocas y cientos de diminutas gotas de agua se individualizan y “son” por una fracción de segundo; a la siguiente fracción retornan al mar. Pero esas gotas, aun en esa fracción de segundo, cambiaron en su irrefrenable movimiento. Eso es lo que sucede con el ser humano para el mundo daoísta.

¿Qué ha sucedido con Occidente? ¿De qué hemos hablado durante 25 siglos de filosofía en torno al ser, cuando existe todo un mundo que ha filosofado sin la existencia de ese verbo? Al poseer un verbo ser, hemos encontrado una cierta estabilidad en el cambio. Parece que requeríamos de pretiles a los cuales fijarnos en medio del incesante flujo de la vida. Pero al no existir esos pretiles; al intentar aferrarnos a algo, mientras el flujo de la vida continúa, lo que se produce es lo que el budismo ha llamado dukka: sufrimiento.

Hasta donde puedo ver, Occidente ha visto el cambio y la finitud como algo meramente negativo y los ha ocultado con la ilusión de la permanencia, expresada en el verbo ser. Decir “yo soy” implica asumir que hay un yo que se sostiene a lo largo de toda una vida, un yo que da identidad individual. Esa idea del yo fijo y estático que permanece a través del cambio es, para el daoísmo y para el budismo, una ilusión. Para estas tradiciones es necesario aprender a desapegarse de la imagen fija del “yo” para poder fluir. Decía Blake:

He who binds himself a joy
does the winged life destroy.
He who kisses joy as it flies
lives in eternity sunrise.1

Pretender quedarse fijo a una idea alegre es destruir lo que Blake llama la vida alada, que es lo mismo que Heráclito simbolizó en el río del devenir. Pero lo peor es que solemos aferrarnos no solamente a una alegría, sino a ideas dolorosas del yo, a ideas fijas que brindan una identidad segura, aunque sea sufriente. Porque preferimos creer en lo que sea, antes que aceptar que no hay un sustento firme bajo nuestros pies y que todo fluye: esa es la implicación existencial que brinda el “yo soy”.

Todo esto conlleva implicaciones éticas. Al pretender negar el cambio, lo que se niega es la temporalidad propia de todo cuanto existe. Por eso consideramos que la muerte es algo meramente negativo, por eso es tan difícil superar una pérdida para nosotros los occidentales. Para el daoísta esa finitud vital y la misma muerte son una parte de la misma vida.

Con ello Occidente ha creado una ética de la eternidad: somos seres finitos que buscamos eternidad, seres cambiantes que buscamos una identidad fija y una vez que la logramos, la creemos. Olvidamos que somos gotas que por una fracción de segundo se han desprendido del mar para regresar de inmediato a él.

Tomar consciencia de la fragilidad de eso que llamamos “yo”, brinda la posibilidad de no aferrarse tanto a una imagen fija, con lo cual se puede vivir lo que Blake llamó la vida alada. No aceptar lo anterior es atentar contra la vida misma, es como pretender estar quieto en medio de un torbellino. Para el budismo tanto como para el daoísmo vivir la vida en su alado movimiento, en su constante fluir, brinda la posibilidad del desapego, con lo cual se logra la felicidad.

La ausencia del verbo ser en la lengua y en el pensamiento de la antigua China implica asumir que, como diría Blake, la vida alada no “es”; vuela, fluye, deviene.

 

 

1  Imposible traducir a Blake o a cualquier otro gran poeta, pero lo intento para que se capte que la idea es esta:
Quien se encadena a una alegría
destruye la alada vida.
Quien al vuelo besa la alegría alada
vive en una eterna alborada. [Regreso]


   
    subir    

Paulina Rivero Weber

Nació en la ciudad de México, en 1958. Estudió Filosofía en la UNAM, donde realizó sus estudios de maestría y doctorado, ambos en Filosofía. Ha sido profesora tanto de Estudios Profesionales como de Estudios...


Leer más   »
Secciones de la Revista
Sitios de interés