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NUEVA ÉPOCA NÚM. 158 ABRIL 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Borges y Sabato
Reencuentro para la posteridad


Mario Saavedra
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 158| Abril 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Saavedra, Mario , "Borges y Sabato. Reencuentro para la posteridad" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Abril 2017, No. 158 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=829&art=17801&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Dos portentos de la literatura argentina, Jorge Luis Borges y Ernesto Sabato, sus insuperables diferencias como sus no menos compactas connivencias en derredor de los más diversos tópicos y temas, se dan cita en este incisivo ensayo del actor, escritor, periodista y promotor cultural Mario Saavedra.

 

Cuando Sabato ya había confirmado su autoridad literaria tanto como ensayista como narrador tras la aparición de Abaddón, el Exterminador en 1974, el periodista y también escritor Orlando Barone logró por fin reunir a Borges y Sabato, para confirmar tanto sus insuperables diferencias como sus no menos compactas connivencias en derredor de los más diversos tópicos y temas. Si bien utilizó este valioso material fragmentado en distintos espacios y ocasiones, no deja de llamar la atención que lo haya publicado en bloque hasta 1997, más de una década después de la muerte del mayor de ellos en su exilio voluntario de Ginebra. Su iniciativa la había venido cocinando desde muchos años atrás, sobre todo a raíz de los muchos comentarios encontrados, en torno tanto a las distancias como a las cercanías, que Sabato había venido vertiendo tanto en sus ensayos como en sus novelas, dando discurso a una de sus obsesiones más hondas y repetidas. El resultado de este para entonces ya impostergable encuentro, que Barone titularía simple y sencillamente Diálogos Borges Sabato, vio la luz como libro en la prestigiada editorial Emecé, y reúne y enfrenta, desbordando ingenio y pasión, claridad y elocuencia, a dos de las mentes más lúcidas del espectro de las letras latinoamericanas del siglo XX: “Con el tiempo me di cuenta de que la fascinación de Borges está en lo imaginario, en sus fantasías, fuera de la realidad del mundo. La riqueza de Sabato radica en que, a pesar de tener un imaginario literario como todo escritor importante, acepta mancharse con el mundo y embarrarse con la sangre”.1

 

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Sabato y Borges en el bar Plaza Dorrego, Buenos Aires, 1974
© Wikicommons

 

No deja de llamar la atención que el corolario de estas extendidas y brillantes conversaciones, que continuamente pasan del tono de debate enfático al de complicidad gozosa, entre la perorata ácida y el guiño afectuoso, desemboque por lo regular en ese conmovedor tono que casi siempre adosa la rememoración de dos ingeniosos protagonistas tras la caza de circunstancias compartidas. Así van aflorando juicios y recursos en torno a temas neurálgicos como realidad y ficción, el mundo de los sueños, la idea de Dios y el absoluto, el difícil arte de la traducción, el teatro y el cine, y por supuesto el tango que les une y a ambos apasiona, de la mano de autores y obras memorables, de circunstancias y momentos unos dolorosos y otros felices, en la construcción de un álbum frente al cual se confirma que la memoria suele afianzarse a la distancia y desde una mejor perspectiva. Con la inteligencia a flor de piel, los asuntos se suceden y parecieran agotarse a través del juicio meridiano de dos pensadores geniales y en activo, en un mano a mano verbal que sorprende no sólo por la claridad de la cultura a cuestas y de sus pensamientos ―quien piensa claro, escribe claro, y viceversa―, sino también por el donaire de su expresión cuasi literaria, poética.

Ambos interlocutores tan argentinos como universales, uno de los temas que no podía faltar, por supuesto, es el Martín Fierro de José Hernández, poema nacional por antonomasia de la Argentina, porque contiene a la vez los dos atributos que complementariamente ambos ensalzan de él, a decir de Borges, sus enormes recursos poético-literarios, y de Sabato, su no menos innegable virtud de gran poema épico-social. Ambos coinciden, sin embargo, que esta enorme obra trasciende los propósitos mismos de su autor, característica sobre todo posible en creaciones de esta envergadura. Es más, la obra trasciende incluso al personaje mismo, conforme afloran otras fuerzas inconscientes, y con ello se van sucediendo problemas atemporales como la soledad, la muerte, la injusticia, la esperanza o el paso implacable del tiempo. Ambos coincidirán, además, en que la literatura, la buena literatura, no puede ser, una cadena de lecciones morales, ni de estereotipos modélicos, sino más bien una extensión personalizada ―en cuanto a interpretación lúcida― de la existencia que el artista dimensiona en toda su hondura y en toda su complejidad. Bien escribió Kipling, escritor caro a Borges y uno de los autores mejor traducidos por él, que “A un escritor puede estarle permitido inventar una fábula pero no la moraleja”.

Cuando se refieren a la condición revolucionaria del escritor, viene entonces a colación el tema de la libertad, y aunque el creador pueda ser víctima de la censura e incluso de la persecución, en su espíritu anida esa vocación que lo lanza a romper con lo establecido, a confirmar cotidianamente su condición de iconoclasta indómito. Lo contrario, es decir, el arte convencional, sobre todo conscientemente convencional, acaso pueda aspirar a la falsedad, al estereotipo permitido. En este trance tenía también que salir a colación el tema de Dios, que no sin ironía Borges vincula con la literatura fantástica, y si la teología ha contribuido con esa gran entelequia al género ―el Antiguo Testamento es de enorme riqueza en la materia―, escritores de la naturaleza de Poe, Kafka, Wells o Huxley, en cuanto al poder de la imaginación, la contrastan y la sobrepasan. A este respecto, Borges afirma: “La idea de un ser perfecto, omnipotente, todopoderoso, es realmente fantástica”.2

Narradores ambos de distinta naturaleza, pues uno era cuentista y el otro novelista, Borges más en la línea fantástica y sus fronteras, y Sabato con una mayor raigambre realista, aunque la escritura de los dos nos confirme una vez más que en el arte no existen géneros puros y los resquicios colindantes pueden ser infinitos, uno de los momentos más reveladores es cuando hablan precisamente de las dos estructuras por excelencia de la narración. El mismo Barone es quien da pie para que se desplieguen estos dos sabios pensadores y ensayistas formidables, cuando introduce el término de la “obsesión”, que recurrentemente suele ser la llave que abre esa caja inagotable de Pandora con que se asocia la creación artística. Mientras Borges vincula el cuento con un “breve sueño” o una “corta alucinación”, siendo este terreno donde él se mueve como pez en el agua, Sabato no puede menos que reconocer su incapacidad para zambullirse en esas profundidades de la imaginación, por lo que alaba la claridad mental y la destreza poética del cuentista, su poder para condensar en poco espacio una idea o una anécdota que se construye con maestría, como puesta a prueba de quien sólo en absoluta concentración ―“densidad e intensidad”, diría el propio Borges― puede aspirar a la perfección. De ahí que las grandes narraciones poéticas, incluidas las más notables epopeyas que significan su excelsitud, sigan siendo consideradas paradigma tanto de densidad como de elocuencia, sin que en su perfección dejen notarse la costuras porque, como escribió Horacio, “es propio del arte ocultar el arte”.

 

 

1  Julia Constenla, Sabato, el hombre. La biografía definitiva, Sudamericana, Buenos Aires, 2011, p. 166. [Regreso]

2  Orlando Barone, (compilador), Diálogos: Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato, segunda edición, Emecé,Buenos Aires, p. 28. [Regreso]


   
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Mario Saavedra

Nació en Santa Fe de Bogotá, Colombia, en 1963. Actor, escritor, periodista y promotor cultural. Vino a México invitado por el entonces director y ahora laureado escritor Fernando Vallejo para protagonizar...


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