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NUEVA ÉPOCA NÚM. 158 ABRIL 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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En un rincón de la memoria


Beatriz Espejo
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 158| Abril 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Espejo, Beatriz , "En un rincón de la memoria" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Abril 2017, No. 158 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=829&art=17803&sec=Creaci%C3%B3n > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Recuerdos infantiles que transcurren en las cálidas tierras de Veracruz se entretejen con la amargura y las intrigas de los adultos que los niños perciben y padecen. Este es el marco en el que se desarrolla esta deliciosa narración de la escritora Beatriz Espejo, autora de Alta costura.

 

No era difícil saber por qué los niños se entusiasmaban tanto cada vez que se hablaba de pasar el carnaval en Veracruz. Allí nadie les daba órdenes ni les indicaba qué hacer. La casa donde se hospedarían no se parecía a la mansión que su abuelo habitaba en Mérida y que había abandonado con muebles, candiles, porcelanas y hasta ropa para escapar de las amenazas de muerte lanzadas contra él por Felipe Carrillo Puerto cuando le expropió su hacienda Tecax; pero el abuelo sobrevivió gracias a sus contactos y se asoció con amigos para abrir lejos del peligro una agencia cordelera. La construcción donde ahora vivía se había levantado piedra sobre piedra bajo las órdenes de un maestro de obras a quien la estética importaba un comino; sólo cuidaba que sus ladrillos no se vinieran abajo. En la misma calle de nombre patriótico, 16 de septiembre, se habían hecho otras seis casas del mismo tipo destinadas a cada uno de los hijos que el abuelo había procreado con la abuela Otilia Sánchez. Entre ellas una se distinguía por ser un poco más fea pero más curiosa. Parecía una torre de cuatro pisos en un terreno triangular cuyo único chiste era que estaba al principio de la cuadra y todas sus ventanas miraban al océano.

 

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© Wikicommons

 

La casa del abuelo, bastante más grande, aunque pintada como las demás de amarillo, presumía de una desmesurada terraza sin proporción con el resto de las otras habitaciones a donde tampoco se necesitaban binoculares para ver la inmensidad azul hasta confundirse con la inmensidad del cielo. La gloria de la fachada era una planta llamada copa de oro cuyas flores pesadas parecían volcarse hacia la tierra después de una bacanal. Creció ella sola, sin ayuda de jardineros que buena falta hubieran hecho para recortar el estrecho jardín delantero, pues la parte de atrás consistía en una plancha de cemento donde se guardaban los coches y a intervalos transitaba un perro café, de pelo tan corto como su cola y sus orejas. Los niños no indagaron a qué raza pertenecía aunque tampoco hubiera podido decirse que eran unos eruditos en cuestión de perros. Nunca pensaron jugar con él; pero supusieron que era fino pues lo llevaron de cachorro como regalo al abuelo en otro de sus viajes desde México. Ahora lo cuidaba un pariente mudo, Vicente, medio hermano de la abuela Otilia, y alguien tuvo la ocurrencia de llamarlo Yuri. Creció entonces sin cuidados, a la buena de Dios, y lo único que Vicente no olvidaba era darle de comer y beber por lo cual siempre lo seguía. Sus patas crecieron a una altura regular y nadie osaba no obstante su mansedumbre hacerle una caricia ni acercarse a él de polvoso y desaliñado que permanecía; sin embargo a intervalos regulares mostraba su presencia recortando contra el cemento trasero su sombra perruna, y de vez en cuando aullaba desconsolado a la Luna pidiéndole que se quedara más tiempo en la inmensidad azul marino mitigando el bochorno con su frescor y librándolo del atontamiento que el Sol le producía.

Lo niños nada de eso advertían, metidos en su propia felicidad, ni intentaron comunicarse con Vicente ni se fijaron en sus ojos azorados ni tampoco procuraron ocuparse del Yuri. Los aceptaban como algo conocido, sin sorpresas, y parte de lo esperado.

El ritual de venida resultaba archisabido. La niña se hincaba en el asiento trasero y mirando por la ventanilla el panorama que se alejaba componía versitos al atardecer: “Qué tristes están los cerros porque ya se va su Sol” y otras ocurrencias por el estilo que a su madre le parecían la octava maravilla, los memorizaba y la enorgullecían convencida de que había parido a una de las Brönte; luego llegaba la cuota dura del camino: Las temidas cumbres de Acultzingo con sus vientos, su humedad, su neblina y sus innumerables curvas donde la poeta, blanca de puro mareada, llegaba a vomitar, lo cual por más que se quisiera no demostraba nada literario sino la parte asquerosa del viaje en que los padres se enojaban porque ensuciaba el reluciente automóvil. A esa señal, el niño comenzaba a llorar porque ya no tardarían demasiado las odiadas aulas escolares. Ningún poder humano o divino lo hacía entender que apenas empezaban el trayecto, hasta que él recibía consuelo con la caricia del viento entrando por las ventanillas.

Paraban en Perote para comprar una pierna de jamón tipo serrano y comer espléndidas tortas. Las nubes habían cubierto completamente el horizonte y la grisura reinante tejía celajes plateados. Y al fin llegaban.

 

2

El mar bailaba contento de recibirlos, las olas arribaban unas tras otras y pasando se perdían en la lontananza dejando señales húmedas sobre la arena. Su rumor no cesaba y cuando alguna de sus furias se estrellaba contra una de las rocas que había en lugares estratégicos como si el hacedor de la belleza las hubiera puesto allí, para romper un poco la monotonía, se deshacían convertidas en chispas de agua y volvían a caer. Olía a légamo, sal y jarcia mojada. Un muchacho descalzo con los pantalones arremangados cortaba cocos de una palmera para venderlos en un carrito donde había un bloque de hielo, las alas del sueño tocaban dulcemente algunas luces prendidas a lo lejos y en las orillas del puerto no había indicios de fiestas ni desórdenes de ninguna especie. Reinaba la calma chicha. Arriba, el ocaso enrojecía las nubes panzonas que transitaban despacio como trasatlánticos o animales de formas fantásticas sin anunciar nortes entrometidos.

El abuelo, que se sentía hecho a mano, vestido como hacendado yucateco, traje de lino blanco, corbata negra y sombrero jipijapa, los esperaba según costumbre en la puerta de su casa. Estaba con la pequeña reja abierta y media hora de impaciencia acompañado de su enfermera habitual. Los tripulantes saltaban del coche, y la primera demostración amorosa se dedicaba al niño que alzaban hasta su elevada estatura para darle un beso lagrimoso porque en él, que llevaba su mismo nombre y apellido, cimentaba todas las esperanzas en un futuro que ya no vería. Había vivido bastante tiempo pero la sola idea de morir le producía escalofríos, a eso se debía la presencia de la enfermera y las visitas constantes del médico más famoso del lugar, Horacio Díaz, sobrino nieto del poeta Salvador Díaz Mirón a quien el abuelo adoraba y recordaba en sus conversaciones introduciendo parrafadas de sus versos o composiciones completas porque la poesía romántica y modernista era su talón de Aquiles. Nadie quería hablar de cosas tristes y las lágrimas del abuelo no conmovían demasiado. Todos las tomaban como algo habitual. Se congratulaban de haber llegado sanos y salvos y dispuestos a divertirse. La primera noticia se escuchaba sin preámbulos. El tío Enrique, excelente cocinero, había horneado para el padre una pierna de jamón claveteada, con jugo de piña y cerezas en almíbar y al niño le tenía dispuesta una enorme gelatina sin importarle que el niño las detestara tanto como detestaba al tío que le retorcía las orejas hasta hacérselas sangrar en acciones inexplicablemente agresivas; pero nadie protestaba.


   
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Beatriz Espejo

Nació en Veracruz, Veracruz, el 19 de septiembre de 1939. Ensayista y narradora. Estudió el doctorado en Letras Españolas en la FFyL de la UNAM. Ha sido profesora en la Escuela Nacional de Maestros, la UIA y...


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