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NUEVA ÉPOCA NÚM. 158 ABRIL 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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El diablo en la piel


Verónica González Laporte
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 158| Abril 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

González Laporte, Verónica , "El diablo en la piel" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Abril 2017, No. 158 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=829&art=17807&sec=Creaci%C3%B3n > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Con 37 balazos en distintas partes del cuerpo llega un herido a la sala de emergencias de un hospital. Los médicos, las enfermeras, los demás pacientes y sus familiares no pueden evitar sentirse vulnerables por la llegada del misterioso hombre y de quienes lo acompañan. Este relato de la autora de El hijo de la sombra revela cómo se convive con la violencia y la muerte en el México actual.

 

Por primera vez en semanas me alegré de que mi madre no pudiera oír ni ver nada. Ajena al mundo, inerte y fría, yacía en la cuenca de una burbuja de sueño artificial.

Un cuerpo estaba tumbado en una camilla plastificada, en el pasillo de cuidados intensivos.

―¿Por qué tantas? ¡Brutos! ¡Con una sola tenía! ―exclamó Marcela, la regordeta del piso 2, una de las consentidas de los jefes por sus modos suaves en el área de geriatría―. ¡Son demasiadas! Nunca vamos a lograr sacárselas todas…

Exhaló desalentada. Se mordió el labio inferior y dos hoyuelos marcaron sus mejillas siempre rosadas.

―¿Vamos? Tú y yo no vamos a hacer nada, chamaca, lo harán ellos ―replicó Jazmín señalando con los ojos la puerta del quirófano―, anda, ve por tijeras, hay que romperle la ropa.

 

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© Wikicommons

 

El médico internista las apartó de un codazo. Como el capitán de un barco que naufraga, gritó órdenes inapelables: “paletas”, “respirador”, “despejen”, “preparen quirófano”, “llamen al cardiólogo”, “¿quién está de guardia en urgencias?”, “¡tráiganselo!”, “¡muévanse, carajo!”. Las enfermeras zumbaron alrededor del paciente, llamaron a otras. Marcela corrió al teléfono para vocear al responsable de la guardia. Jazmín ―chongo mantenido por una buena dosis de laca, boca de un carmín insolente― rasgó los pantalones con las tijeras. El hombre de unos treinta años era incapaz de escuchar aquel enjambre de abejas enfurecidas. La sangre volvía irreconocible su rostro tumefacto. Me acerqué sin proponérmelo siquiera, como atraída por aquellos brazos tatuados de calaveras que colgaban de la camilla. Contemplé uno a uno los dedos gruesos y amoratados. Tatuados todos, hasta el meñique. Un hilillo rojo los serpenteaba, goteaba en el piso con la necedad de un arroyo. Su cuello de toro estaba mantenido por un collarín de plástico, su boca abierta no emitía sonido alguno. Me quedé petrificada. El cirujano de guardia entró al cuarto estéril, a donde habían llevado la camilla, con los guantes y el cubrebocas puestos. “Quítese, no estorbe”, me dijo con voz ronca. Era gastroenterólogo, su especialidad eran las hernias, los reflujos y los intestinos flojos, no los matones acribillados. Pero a esas altas horas de la noche no había nadie más. Teatral, el doctor Jiménez agitó la cabeza de un lado a otro, con las manos alzadas al cielo a manera de súplica. ¿Por qué diablos le tocaba este? ¿Por qué no estaba en su cama, envuelto en el calor de sus cobijas? ¿Por qué precisamente esa noche helada en que no había nadie más? Le había cancelado a su novia la ida al cine, y al ser la tercera vez en la semana, era probable que ya no lo perdonara. Además, no había comido nada desde que dejó su departamento en la Condesa por la mañana, salvo una dona de glaseado rosa, rosa como las mejillas de la Marce. Pinche noche, murmuró, si seguía malpasándose así, terminaría el año hecho un cerdo. Era como una maldición, siempre le tocaban los peores, los casos desesperados. ¿Qué habría sido en otra vida para tener que soportar esa pelea a diario con la muerte? ¡A buena hora se le había ocurrido ingresar a la facultad de medicina, como su papá y sus hermanos! Palpó el cuerpo moreno, desnudo. Intentó contar los impactos de bala entre los pliegues de grasa del moribundo. Argumentó en voz alta que estaba perdiendo el tiempo, ya vería en el quirófano… Marcela me apartó y me cerró las cortinas del cubículo en las narices; volví a la cabecera de mi madre donde el monitor se mantenía estable.  

―Eran 37 ―sentenció Marcela con los codos apoyados sobre la barra de formaica del módulo de enfermería―, ¿te das cuenta? ¡Treinta y siete balazos! Y sigue vivo, caray. ¡No me la creo!

―No. No está vivo. Respira, pero no está vivo. ¿Cuánto apuestas a que no la libra? No pasará la noche, chamaca, eso te lo aseguro ―le respondió Jazmín. 

Entró el cirujano a callarlas. Echó un vistazo al reloj de pared del pasillo, pronto habría de clarear el día. Se quitó la bata ensangrentada que echó a un basurero, se peinó con los dedos, colocó su pulgar en el escáner de seguridad de la puerta metálica y salió a dar su informe a la familia. Lo seguí como su sombra.

En la sala de espera se había instalado una verbena. Los camilleros habían tenido que sacar sillas hasta de la bodega porque las de los pasillos no alcanzaban para tantos: unos cuarenta hombres y mujeres de todas las edades. Niños en pijama y pantuflas. La cocinera del hospital ofrecía en vano a los parientes del acribillado una charola con galletitas y un termo de café. Las puertas de los elevadores sólo se abrían para vomitar más gente. En medio de todos estaba la madre. Inmensa, cabello de estropajo de tanto haber sido entintado de rubio, gruesa cadena de oro con la efigie de la santa muerte. Sollozaba en los brazos de una hija, la acorazaba con sus uñas de navaja esmaltadas en color uva. “No siempre ha sido bueno mi muchacho, ya lo sé… sí, lo sé. Pero que no se me muera, virgencita, haz que no se me muera, te lo pido, te lo ruego, por lo que más quieras, virgencita”. Gruesas lágrimas se desparramaban sobre el cuello de la hija, una versión idéntica de ella misma, pero en más joven. El doctor Jiménez, cuyo paso solía ser reconocido en todo el sanatorio por su firmeza, se detuvo un instante. En voz baja pidió hablar con el familiar más cercano. Anunció al hijo mayor que la situación era muy grave, el paciente había sobrevivido a la operación, sí, le habían retirado todas las balas, y hasta ese momento habían logrado preservar los órganos, pero la bala que se había incrustado en la base del cráneo podía haber destruido las funciones cerebrales, lo cual le provocaría parálisis de por vida.

―No importa ―intervino la madre―, sálvelo. ¿Entiende? No me importa cómo quede, ¡sálvelo! ―gritó―. Aunque quede tullido, al menos así tendré el consuelo de saber en dónde anda…

Volví al cubículo 4, con un llanto ajeno atorado en la garganta. Jazmín se sirvió un café en la sala de descanso de la enfermería. Se frotó los ojos y se arrepintió de haberlo hecho. Con todas las capas de rímel que se había puesto antes de salir de casa y las horas sin dormir, su aspecto era desastroso. Sacó un miniespejo de la bolsa de su bata, se limpió los surcos de tizne con el dedo humedecido de saliva. Era bonita, joven aún. Un cuerpecito de colegiala, como para sacarlo a bailar cumbia cada semana. Por eso las envidiosas de sus amigas le reprochaban que tuviera tres hijos de tres padres diferentes. ¿Y luego? ¿Cómo es que siendo tan sabrosa se las arreglaba para acabar en brazos de golpeadores y borrachos? Hombres… Para colmo había concebido tres varones, los repartía al amanecer, a una prima para que los llevara a la escuela, a una vecina a la que le pagaba por arrullar al más chiquito. Iztapalapa quedaba hasta el quinto infierno, un micro, otro micro, el Metro, otro micro. Desalmada, le decían unas; madre abnegada, le decían otras. Cabronas, les respondía. ¿O usted qué haría en mi lugar? Me había preguntado una de las tantas noches en vela que compartíamos. ¿Qué culpa tenía ella si la embarazaban nomás con ponerle los ojos encima? Hubiera querido encontrar un novio digno en el hospital, pero el único hombre que se interesaba en ella era Carlitos, alias “Karl”, un enfermero gay que usaba pantalones tan transparentes como los de ella. De nada le servía su boquita de corazón palpitante, los médicos ni la volteaban a ver. “Y, ¿pa cuándo el cuarto?”. Le preguntaba burlona Marcela, “con suerte y hasta compras ora sí a tu princesita”. Sí, claro, como tú no los mantienes…

El doctor Jiménez salió a la calle a respirar aire fresco. Le ardían los ojos por la intensidad de la luz del quirófano. Afuera había más gente que en la sala de espera de aquel hospital de la colonia Roma, el eslabón de una cadena de sanatorios de prestigio. Eran decenas de hombres con caras de pocos amigos. El médico observó sus cinturas abultadas, las camionetas oscuras estacionadas hasta en segunda fila en una avenida en donde no estaba permitido detenerse, y algunas patrullas en la esquina. Los uniformados parecían no percatarse de nada, desayunaban una guajolota con atole, en franca camaradería. El joven cirujano tragó saliva, caminó de prisa hasta una heladería de aspecto vintage, recién inaugurada, que sin duda tendría mucho éxito entre los hipsters del barrio. Era el único comercio abierto. Se sentó en un banquito de color turquesa sin saludar siquiera. La chica que barría a conciencia no le preguntó nada. El médico observó las volutas caprichosas del azulejo del piso, blancas sobre gris, ¿o eran grises sobre blanco? No podía creerlo. Por lo menos diez hospitales, públicos y privados, tanto del estado de México como de la capital, se habían negado a recibir al acribillado. Se lo dijo la jefa de enfermeras. ¿En qué pensaba el imbécil del médico de guardia cuando le abrió las puertas a la ambulancia? Ahora tenían encima al Ministerio Público y a una banda de “familiares” de aspecto sospechoso. El paciente debía de ser un pez gordo… No como los adolescentes que se dedican al narcomenudeo frente a las misceláneas. Volvió pálido a la clínica, arrastraba los pies como si le hubieran llenado de piedras los zapatos.


   
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Verónica González Laporte

Es periodista y escritora. Tiene una maestría y un doctorado en antropología por la Universidad de la Sorbona y ha hecho investigación en diversos archivos mexicanos y franceses sobre temas relacionados con...


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