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NUEVA ÉPOCA NÚM. 158 ABRIL 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Marco Aurelio Carballo
¿Bailar o escribir?


David Martín del Campo
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 158| Abril 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

del Campo, David Martín , "Marco Aurelio Carballo. ¿Bailar o escribir?" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Abril 2017, No. 158 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=829&art=17815&sec=Rese%C3%B1as > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Después de cuarenta años de tecleo queda claro que nadie escribe para que no lo lean. Una frase contundente que, por cierto, despunta en una de las últimas páginas del libro póstumo de Marco Aurelio Carballo (MAC), Crónicas súbitas. Se dice fácil… cuarenta años de tecleo; se oye sensato... escribir para ser leído. Sí, claro, para ser escuchado y compartir frases y experiencias. Se dice fácil.

El volumen reúne dos veintenas de crónicas publicadas en muy distintos medios en el lapso de 25 años que fue de 1990 a 2015, año en que la vida del autor se extinguió no lejos de su Mac inseparable (la Mac de MAC) en la que Marco Aurelio instaló un programa que hacía sonar las teclas de su laptop igual que una pesada mecanográfica, ¡tac, tac, tac!, para no extrañar el rumor de las redacciones de antaño en Excélsior y unomásuno.

 

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El volumen está precedido por tres prólogos amables de Rafael Cardona Sandoval, René Avilés Fabila y Froylán Manuel López Narváez. Prólogos en los que sus autores buscan dar contexto al cronista de marras, del que celebran su tono festivo, el registro implacable de su oído, pero sobre todo un homenaje a su amistad ríspida, cortante, cariñosa del segundo trago.

La crónica es el género más vilipendiado de la prensa. Los buenos periodistas, en aquel tiempo, hacían reportajes trascendentes, como Manuel Mejido y Fernando Benítez, o entrevistas como las de Elena Poniatowska y Julio Scherer, pero ¿crónicas? Era el género que llamaban “de color”, un poco para las señoritas que cubrían sociales, o Manuel Seyde cronicando los partidos de futbol. O las crónicas taurinas, o las crónicas de espectáculos. El problema del género le viene de que el suyo es un territorio sin objetividad. En la crónica está por delante la sensibilidad del reportero, su visión, sus gustos y tirrias, su parcialidad. Quizá por ello la crónica es el género más próximo a la literatura, a la narrativa, al gusto de contar lo que vimos (o creímos ver), lo que testimoniamos, lo que escuchamos, olimos y pisamos. En ese sentido MAC se dio el gusto de ejercer la crónica como un medio de ambigüedad literario-periodística. Ciertamente contaba lo que había ocurrido, lo que había presenciado, pero buscaba formas excavadas en las páginas de Ernest Hemingway y Norman Mailer, que fueron sus maestros confesos. De ahí que (como ya se ha escrito), “demasiado escindido para llevar a cabo un vano ataque de rebeldía contra la vida y demasiado orgulloso para aceptar la inevitabilidad de la derrota y la resignación, Marco Aurelio Carballo encontró dentro de sí y comunicó a sus lectores una tenaz actitud de heroísmo positiva, sin ilusiones, eminentemente humanista”.

He mentido; en realidad la cita de Earl Rovit se refiere a Ernest Hemingway, en su libro homónimo (Fabril Editora, Buenos Aires, 1971), pero la remembranza le viene a Carballo a la medida… “vanos ataques de rebeldía contra la vida”, “demasiado orgulloso para aceptar la derrota”, “tenaz actitud de heroísmo ausente de ilusiones”. ¿No estaba Earl Rovit refiriéndose a Carballo; digo, sin conocerlo? Sin lugar a dudas que sí.

Patricia Zama se encargó de seleccionar las crónicas del volumen. Conscientemente escogió las que mejor reflejan la personalidad del autor, quien fuera su marido. En ese sentido el libro puede leerse como un homenaje a la garra de Marco Aurelio por registrar, escribir y contar. Las más de cuarenta crónicas se presentan igualmente como testimonios de amistad a sus iguales en las salas de redacción y en las mesas de manteles salpicados. Rafael Ramírez Heredia (el “Rayo Macoy”), en primerísimo orden y desorden, lo mismo que Eraclio Zepeda, Miguel Reyes Razo, Hernán Lara Zavala, Joaquín Díez-Canedo, René Avilés Fabila, Abelardo Martín, su paisano Víctor Manuel Camposeco, o Elena Garro perdiendo la razón en los barrios “pijos” de Madrid (donde Marco Aurelio fue corresponsal). Además quedan las referencias familiares no tan pudorosas, donde Patricia-Petunia, y Mario y Bruno (sus hijos) se pasean por los cafetines de París y Roma luchando por ser entendidos y que les lleven por favor, please, un gelatto al limone.

Una de las características sobresalientes del volumen es precisamente el carácter deleitable de su lectura. ¿Cómo escurre la escarcha de un tarro helado en las cantinas del Soconusco? ¿Qué es lo primero que hizo la escrupulosa Pilar del Río, esposa de José Saramago, apenas entraron a su habitación en el hotel de San Cristóbal de las Casas? ¿Con qué gesto los recibió Bertha Cuevas en la casa de José Luis, y cuánto tiempo tardó en aparecer el legendario dibujante en la salita de té? La astucia del autor no perdona detalle alguno. Sus crónicas son verdaderos registros fotográficos, documentales mínimos de viaje, radiografías de vanidad y pedantería… ¿qué dijo Laura, la asistente del editor Sealtiel, que dijo que dijo Saramago que dijo el Sub que lo de la entrevista de prensa nanay? ¿Qué qué?

A ratos, apoyándose en su personaje Feldespato un evidente alter ego, Marco Aurelio cuenta las cuitas del autor por no traicionar al periodismo pero al mismo tiempo hacer literatura, la lucha implacable por conseguir su propio estilo, la búsqueda de un resquicio en el tumulto de las redacciones periodísticas para concluir la lectura de aquel librito de Chéjov. Feldespato descreído de las marrullerías de los funcionarios, descreído de las consignas ideológicas de todo tipo, descreído de los intelectuales dueños de un discurso incomprensible. Entonces Marco Aurelio se desdobla en varias crónicas para abandonar la ansiedad del “yo” y recalar en la neurosis del pseudónimo y así, lanzándose la bolita el uno al otro, busca darle un sentido a su vida (la vida del cronista) porque si algo asoma en estas crónicas es el gusto por sobrevivir sin congojas, la gana por llevar la existencia en paz al tiempo de intentar la crónica de su propio tiempo. Su circunstancia, sus obsesiones, el disfrute mismo de la vida.

Publicados en medios tan dispares como las revistas Siempre!, Época, o en diarios como Excélsior, La Prensa o El Diario del Sur (de Tapachula), los episodios de esta novela-de-vida fueron publicados bajo el título de “Turbo-crónicas”, de donde se desprendía ese ímpetu inicial por someterlo todo a la vorágine de una turbina de avión, un huracán, o simplemente la licuadora Osterizer donde se echa de todo (cebolla, bistec, chile habanero) para generar luego un rico tascalate. Así las crónicas de mac nos llevan lo mismo a una expedición literaria por tren, de México a Veracruz, donde siete narradores pagan su pasaje leyendo sus engendros en el carro-bar del convoy para deleite de los demás pasajeros, o las rencillas de uno y otro intelectual, aunque luego retornasen las buenas maneras de los cocteles. O el asalto infructuoso a la casa de alquiler de los esmoquins en el centro de Manhattan porque el gobernador quintanarroense ha citado en el Marriot de la Quinta Avenida para una cena de todo lujo, y mac y Macoy, sin esmoquin, se pasan la noche sentados en la banqueta igual que años atrás en Tapachula. O las escritoras en el proscenio de Bellas Artes hablando de modas y literatura; María Luisa Mendoza, Elena Poniatowska, Margo Glantz, ¿por qué tus descripciones son sensuales?, ¿cómo te gustaría morir?, ¿quién te parece el escritor más elegante? Carlos Fuentes, desde luego. Carlos Fuentes.  

Crónicas súbitas viene a sumarse a los otros libros de Carballo en ese género, como fueron “Novios en la barra” (2003), “Mamá estaba loca” (2004), “Soconusquenses” (2008), y “Sin novedad en el Metro” (2009), lo que no hace sino confirmar la garra como cronista que mac se ganó con el paso de los años,  amén de los libros de cuento y las siete novelas que publicó en vida. Esa obra, ya se ha dicho, está escrita con excesiva proximidad al espejo, porque hay autores que despegan en los universos de la imaginación (Julio Verne, Franz Kafka) y otros que ―castigados por la distancia del diván psicoanalítico― purgan sus experiencias mundanas en literatura que es, al mismo tiempo, una galería autobiográfica, llámense Henry Miller, Ernest Hemingway o Marco Aurelio Carballo.

Estamos ante una escritura sin blanduras. Estilo directo, sin florituras. Narrativa de hombres duros que no entienden a las mujeres (bueno, eso muy pocos) y que han decidido escribir en vez de marchar al frente, o subir al ring, o nunca de los nuncas bailar al ritmo de Ray Conniff porque su consigna ha sido siempre: “Los hombres duros no bailan”. Así que duro, como fierro viejo a la intemperie, resistiendo y escribiendo, fue la narrativa del buen Marco Aurelio, toda vez que en el último capítulo del volumen, titulado “Memorias de hospital”, reúne trece breves crónicas que dan cuenta de los avatares que vivió el autor una vez que le diagnosticaron el mal que habría de consumirlo en el lapso de dos años. Ahí están los textos más emotivos de su narrativa, donde Marco Aurelio habla ante las ironías de Dios, y los médicos y enfermeras y niños que hacen turno para la sesión de radioterapia. Ahí queda otra vez, ya lo decíamos, la garra por contar. Y teclear como en las redacciones de antaño, donde la adrenalina lo era todo y aquel ambiente casi fabril de máquinas aporreadas por los reporteros y las cuartillas de papel revolución y el humo de los cigarros constituían una vocación por la letra, la frase súbita. Por ello debemos decir que se trata de un libro cautivador ―póstumo, eso sí― que es también un libro valiente, quizás atropellado, pero sobre todo un libro necesario.

 

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Texto leído en la presentación del libro de Marco Aurelio Carballo, Crónicas súbitas, editado por la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial, UNAM, 2017, en la 38 Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería.


   
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David Martín del Campo

Nació en la Ciudad de México el 21 de enero de 1952. Narrador y ensayista. Estudió periodismo y comunicación colectiva en la UNAM; también, cinematografía en el CUEC. En 1982 fue becario del INBA/FONAPAS en...


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