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NUEVA ÉPOCA NÚM. 158 ABRIL 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Alberto Manguel
Algunas metáforas de leer


J. Pablo Tobón
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 158| Abril 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Tobón, J. Pablo , "Alberto Manguel. Algunas metáforas de leer" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Abril 2017, No. 158 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=829&art=17818&sec=Rese%C3%B1as > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Luego de dedicar muchas páginas a las metáforas del lector en Una historia de la lectura, insatisfecho, Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) nos presenta tres sobre las que ha decidido profundizar. Las tenemos en el título del libro: el lector como viajero del mundo, otro que se sube a la torre de marfil y, finalmente, el lector-larva. Este ensayo, cuya escritura realizó Manguel en inglés y tradujo Víctor Altamirano al español, es un cúmulo de afirmaciones que suscitan la nota inevitable del lector curioso. A través de las figuras de Dante, Shakespeare, Cervantes, y Flaubert, El Viajero, la torre y la larva. El lector como metáfora aduce un camino de la historicidad del lector.

La obra se estructura a partir de los tres lectores. Así, El poema de Gilgamesh es la puerta de entrada al viaje por el mundo del hombre. Le sigue el viaje de Dante que tiene, para Manguel, el “propósito […] de volver a comenzar”, es decir que el lector iniciará su propio viaje una vez acabado el de Dante. La lectura, en ese sentido, emula la vida misma, con sus purgatorios, asedios y sufrimientos. Pero llegarán “los lectores honestos” al Otro Mundo —dice Alberto—. De ahí que se prescribieran penitencias de estudio de las Escrituras a quienes cometieran delitos. Otra lectura servía para purificar el alma. Ello conduce, pues, a la reclusión para no desviar el camino recto del hombre, condenándolo a la torre de marfil. En contraposición se halla la figura del lector estudioso que muestra al desvalido de letras un camino a través de sí mismo, es decir, un viaje interior; toma vida en el personaje shakesperiano de Hamlet, quien encuentra la evidencia de lo invisible en el diálogo con lo que no está en este mundo: el fantasma de su padre. Éste simboliza la liberación de las lecturas, única evidencia del mundo de Hamlet, su descenso de la torre de marfil. Quedarse en la torre implica, así, no experimentar el mundo real. ¿Crítica a la idea de los nuevos intelectuales? Mordaz.

 

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El tercer lector llega a la página, viene atado al hilo. A él le toca inventar un mundo del que probablemente no pueda salir (aquí aparece el Quijote). Este lector “necio”, devorador de libros, no representa precisamente el estado actual de la lectura, pero sí es el punto de partida para la reflexión de nuestras prácticas de ella.

En la introducción del libro nos dice Alberto: “Con el fin de incrementar las posibilidades del mutuo entendimiento y crear un espacio más amplio de significado, la lengua recurre a metáforas que son, en última instancia, una confesión de su incapacidad para comunicar directamente” (p. 11). Tendríamos que cuestionarnos aquel famoso ensayo de Jakobson: “El metalenguaje como problema lingüístico”, donde nos instruye sobre las funciones de la lengua. Quizá sea al revés. Azaustre y Casas explican, en su Manual de retórica española, que la metáfora es la “sustitución de un vocablo apropiado por otro inapropiado […]” (p. 83). O diríamos llanamente: la metáfora es hablar deliberada e inapropiadamente, pues ello cumple una función comunicativa.

¿Cómo leer, entonces, la afirmación de Manguel? Permítaseme la licencia de referir a lo teórico —inevitable gaje del oficio— pues no puedo sino pensar en los semióticos. Decía Federico Álvarez en clase (también lo escribió en su columna de Excélsior) que ellos pretendían la lectura de todas las cosas porque en todo veían textos. Ahí se complica, en efecto, la significación: nada es completamente entendible; bajo esa lupa, llena de signos, siempre existirá la discusión de si es apropiada o no la palabra que nombra. Todo es metáfora en el reino del signo (lingüístico) para ellos. Así también en la pintura, la escultura, la música, la literatura… Pero, no lo es en la realidad, esa que nombramos porque la percibimos con los sentidos. Debemos recordar que la lectura tiene su pasado en la oralidad, la praxis de la lengua. Antes que el “marco de contenido” —como dice Bhaskar— fueran tablillas, o papiros o tabletas, lo fue la memoria del hombre. Podemos añadir un lector, entonces, uno que habla. Leo y hablo; es decir, veo y escucho cuando leo. Veo las letras, escucho las palabras. Arguyo a la lectura que nos presenta el bonaerense que, en efecto, en el asiduo entusiasmo del lector no empata con la teoría de la lectura porque se queda en ella, más o menos reconocible en cualquiera de las tres que nos propone (u otras, que las hay muchas). Queda incompleto el pasado de la lectura, y es ahí donde comienza el peregrinaje de los equívocos posmodernos; a saber, disuasión entre teoría y práctica de la lengua.

¿Cómo funcionan entonces las metáforas del lector? ¿Recorrer el mundo a través del viaje por la lectura es recorrer, en efecto, el mundo? No creo que Manguel nos inste a reconocernos en alguna. Quizá no reparamos en que toda lectura en silencio es a la vez una actividad de escuchar —al contrario de lo que dice Manguel—, pues “escucho con los ojos a los muertos”, otra metáfora; ésta, de Quevedo.

 

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Alberto Manguel, El viajero, la torre y la larva. El lector como metáfora, Trad. de Víctor Altamirano, Fondo de Cultura Económica, México, 2014, 129 pp.


   
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J. Pablo Tobón

Egresado de la licenciatura en Letras Hispánicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.


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