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NUEVA ÉPOCA NÚM. 158 ABRIL 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Los varazos de los norteamericanos a los mexicanos mal portados


Ignacio Solares
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 158| Abril 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Solares, Ignacio , "Los varazos de los norteamericanos a los mexicanos mal portados." [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Abril 2017, No. 158 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=829&art=17822&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Para Lorenzo Meyer, que sabe del tema

 

En septiembre de 1847 los norteamericanos entraron a la Ciudad de México. El Ayuntamiento ―ante la evidencia de la derrota, de una ciudad abandonada por el Presidente de la República, por la Suprema Corte de justicia, por el gobernador del Distrito y, sobre todo, por el ejército―, emitió un comunicado que decía:

Quienes continúan peleando contra las fuerzas norteamericanas, reconozcan que son unos irresponsables y muy poco patriotas, y que su actitud suicida arrastrará a muchas vidas inocentes tras de sí.

Que depongan las armas y volveremos a considerarlos patriotas.

Quienes han decidido aceptar la presencia de las fuerzas norteamericanas entre nosotros como inevitable, refuercen su decisión, y así háganla saber a sus parientes y amigos.

Quienes han puesto una bandera blanca afuera de sus casas, pongan dos.

Y, en efecto, en muchas casas aparecieron enseguida dos y hasta tres banderas blancas.

¿Intentar la resistencia pasiva ante lo que sucedió después? ¿no indignarse, controlar la sangre caliente en las venas, hacerse a la idea de lo que no tiene remedio, incluso encontrarle ventajas?

 

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Grabado de la época
© Archivo UNAM

 

Porque ya con el dominio de la ciudad en sus manos, los norteamericanos tomaron venganza golpeando y hasta asesinando a mansalva a todo aquel que les parecía sospechoso de sedición ―y algunos dizque nomás por mirarlos feo o hacerles señas raras les parecían sediciosos―, entraban en las casas a comprobar que no hubiera armas, y aprovechaban para robar y violar a mujeres y niñas. Las denuncias que se hicieron en este sentido fueron innumerables. (Ellos, por su parte, no podían comer en la calle porque en las fondas les echaban veneno para ratas a sus comidas o les lanzaban aceite hirviendo desde las ventanas). Recorrían la ciudad, escarbando en todos los rincones, golpeando puertas y ventanas con sus sables para dar a los ciudadanos aviso de su presencia y amedrentarlos con sus puros gritos altisonantes.

Unos meses después, en la plaza de Santo Domingo, empezaron los castigos públicos para demostrarnos la dureza implacable que iban a imponerle a la ciudad. La gente se apelotonaba en los alrededores para presenciarlos con expectación.

A los curiosos, los conducía un soldado yanqui con un gesto autoritario que consistía en juntar los cinco dedos de la mano vuelta hacia arriba, e imprimirles un movimiento de vaivén vertical.

Desnudaban de la cintura para arriba al culpable o a la culpable ―cientos de léperos y léperas pasaron por ahí― ante un grupo de soldados yanquis. Al que le tocaba el turno de verdugo, tomaba con delectación una afilada vara, de varias que le ofrecía un ordenanza.

La probaba en el aire con un movimiento cimbreante, que producía un silbido como de cobra.

El resto de los soldados y el ordenanza retrocedían unos pasos. La multitud murmuraba, cuchicheaba, emitía suaves quejidos o insultaba abiertamente a los yanquis, siempre con el cuidado de no ser identificados.

La gente sabía que si era identificada por gritar, sin remedio sería castigada.

El soldado yanqui propinaba los primeros azotes con fuerza, produciendo con cada uno de ellos un chasquido como de cuerda tensa que se rompe, hasta que veía trastabillar al supuesto culpable. A medida que el esfuerzo lo cansaba a él mismo, se detenía un momento para tomar aire, volvía a cimbrear la vara en el aire, y luego continuaba, aún con más fuerza.

El corro de soldados norteamericanos cantaba los varazos:

One, two, three, four, five…

No habían llegado a diez, cuando los puntos cárdenos de la espalda castigada empezaban a sangrar.

Muchos de ellos, desde los primeros varazos caían de rodillas y pedían perdón a su verdugo, abrazándose a sus piernas, lo que encendía los ojos del yanqui; se lo quitaba de encima con una patada en la cara y luego le aplicaba un castigo aún más severo y con mayor furia. Pero muchos otros, sobre todo las mujeres, aguantaban hasta el final, sin chistar los diez, veinte y hasta treinta varazos, según la gravedad de su delito.

¿Cuánto de todo aquello quedará en nuestro inconsciente colectivo?


   
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Ignacio Solares

Nació en Ciudad Juárez, Chihuahua, el 15 de enero de 1945. Narrador, dramaturgo, ensayista, periodista y promotor cultural. Estudió en la FFyL de la UNAM. Ha sido profesor de la FCPyS; coordinador de...


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