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NUEVA ÉPOCA NÚM. 158 ABRIL 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Callejón del Gato
La lámpara maravillosa


José Ramón Enríquez
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 158| Abril 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Enríquez, José Ramón , "Callejón del Gato. La lámpara maravillosa" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Abril 2017, No. 158 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=829&art=17823&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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No me encontré con Valle-Inclán en el Callejón del Gato sino a la luz de La lámpara maravillosa. Mi padre utilizó un epígrafe para su libro Las tres celdas de Sor Juana: “Tres lámparas alumbran el camino: temperamento, conocimiento, sentimiento”. Era 1953 y el análisis literario y biográfico de mi padre conmemoraba el tercer centenario del nacimiento de sor Juana, con prólogo de un muy joven Luis Rius y dentro de la Colección Aquelarre publicada por un señero grupo del exilio español. Era también un homenaje a México, en su cima literaria, por haber abierto los brazos a los republicanos. Por su parte, Valle-Inclán había publicado La lámpara maravillosa, en 1916, como “Ejercicios espirituales” a la manera de Miguel de Molinos, cuyo quietismo fue considerado herético por la Inquisición. Molinos, un perseguido como lo fue sor Juana.

 

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Puerta del Sol, Madrid
© Tomás Fano / Wikicommons

 

Al teatro de Valle y al esperpento llegué por mi cuenta años después, pero de niño mi padre me presentó con el Valle de su Lámpara maravillosa y luego, adolescente, con el Marqués de Bradomín de las Sonatas. Acabé, sin proponérselo mi padre, identificándome con el Marqués en dos aspectos definitorios: como Bradomín yo “era feo, católico y sentimental”; y, como en el caso de Bradomín, “los españoles se dividen en dos grandes grupos, en uno estoy yo y en el otro todos los demás”: en mi imaginario, yo no era mexicano solamente ni mucho menos español, era refugiado de una guerra perdida.

Era, también, entre autista y ratón de biblioteca. Mi padre me enseñó que leer es hablar con los muertos, como decía Quevedo (señor del pueblecillo del sur de La Mancha, donde nació mi padre) en aquel soneto desde la Torre de Juan Abad, Retirado en la paz de estos desiertos en conversación con los difuntos: “Retirado en la paz de estos desiertos, Con pocos, pero doctos libros juntos, Vivo en conversación con los difuntos, Y escucho con mis ojos a los muertos”.

Llegué por primera vez a Madrid con mi padre, a mediados de septiembre del 68. Es de las pocas cosas que puedo recordar con toda claridad, sin recurrir a notas o cartas fechadas, porque oí el tenebroso informe de Díaz Ordaz y ya no estuve en la Ciudad de México el 2 de octubre, del cual supe por la prensa madrileña que magnificó los hechos para golpear a un gobierno de México que no reconocía a Franco sino a la República. Al desembarcar en Barajas me abofeteó la bandera rojo y gualda de los Austrias y me sentí aún más como Bradomín. Otra era mi bandera española con el pendón morado de Castilla. Tricolores siguen siendo mis dos banderas, de la República perdida y de México.

Llegamos al Hotel Antonio Pérez de la calle de la Ballesta que nos había reservado un antiguo amigo, de cuando en esa ciudad estudió mi padre Magisterio. Un amigo del Madrid de los años veinte que había sufrido los horrores goyescos de la guerra, las hambres de la posguerra y el terror de los vencidos, sobre todo de los maestros republicanos, presos y depurados hasta los mismísimos setenta. No sé si en los veinte la calle de la Ballesta era zona roja, pero lo era cuando llegamos a un hotel que llevaba el nombre del secretario de Felipe II. Tener bares de fiche en la misma acera me permitió ejercer mi autismo sin miedo, entre amigas que se volvieron entrañables y, entre cliente y cliente, me relataban su mundo agridulce, tan pleno de violentos demonios y dulces ángeles custodios. Un mundo muy cercano al de mis sueños. Mientras papá dormía en nuestra habitación del Antonio Pérez, yo charlaba con alguna dama de la calle de la Ballesta y la envidiaba, hasta que algún cliente cercenaba el soliloquio que me llegaba al tuétano del alma.

El primer día cruzamos la Gran Vía para llegar a la Puerta del Sol, al café donde Valle había perdido el brazo por un malhadado bastonazo. Así que de los “Ejercicios espirituales” que conforman La lámpara maravillosa pasé a las picardías de ese “Don Ramón de las barbas de chivo” que diría Rubén. De la Puerta del Sol llegamos a la Plaza Mayor y, por ahí, al Callejón del Gato.

Hace ya 46 años murió mi padre, un 21 de noviembre. Yo tardé en comprender que iba a quedarme solo, sin oírlo, sin poder preguntarle. Al menos, sin oír esa voz que era la suya para escuchar después las que eran nuestras.

Pero de los espejos del Callejón del Gato partí, de una vez y para siempre, a vivir mi Lámpara maravillosa, a la manera de Miguel de Molinos, divino hereje, frente a una cuba libre y en compañía de ángeles prostituidos en la calle de la Ballesta, antesala personal de mi esperpento.


   
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José Ramón Enríquez

Nació en la Ciudad de México el 22 de agosto de 1945. Dramaturgo, ensayista y poeta. Estudió literatura y filosofía en la UNAM; arte dramático en el INBA y en España. Ha sido comentarista de libros;...


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