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NUEVA ÉPOCA NÚM. 158 ABRIL 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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A veces prosa
Teresa del Conde (1938-2017)


Adolfo Castañón
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 158| Abril 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Castañón, Adolfo , "A veces prosa. Teresa del Conde (1938-2017)" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Abril 2017, No. 158 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=829&art=17825&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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I. Teresa del Conde Pontones (1938-2017). Mujer de mundo y de museos, dama de galerías y de bibliotecas. Conocedora del tablero de las letras y de las artes, de sus posiciones y geometrías, de las evoluciones de sus piezas, desde la del Peón hasta la de la Reina y la Torre: entre las manifestaciones visibles de esas danzas y coreografías oficinescas están los cargos que desempeñó, sobra decirlo, como encargos, es decir, como deudas o apuestas de su vocación de anfitriona y gran ama de llaves del mundo del arte: directora de Artes Plásticas del INBA (1981-1987) y del Museo de Arte Moderno (1990-2001), entre otros. No desdeñó formar parte de la sintaxis institucional que organiza la vida de las artes y, así, fue miembro del Instituto de Investigaciones Estéticas de la unam, del Comité Internacional de Historia del Arte, sección México, de la Sociedad Internacional de Críticos de Arte, entre otros atriles del concierto administrativo de las artes.

Pero su vida, su verdadera vida estaba en otra parte: en los cuadros y en las pinturas, en las márgenes de los libros, entre las letras y las páginas blancas que están al principio y al final de ellos. Solitaria y crítica, leída y releída, temida y no siempre comprendida. Le gustaba conocer cosas y personas por sí misma. Era exigente, podía ser temperamental, aun vehemente… La traté a lo largo de los años, las revistas, publicaciones y libros. Fueron llegando a mis manos en forma desordenada sus obras, de Julio Ruelas (1976) a Las escalas de Tamayo (2011).

 

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Teresa del Conde
© Archivo UNAM

 

II. Uno de sus libros (de 1987) versa sobre las ideas estéticas en Sigmund Freud, aunque ella nunca dejaría de tener presente a esta figura híbrida de médico y escritor. Este estudio la dio a conocer en el pequeño todo de la vida literaria y artística de México. Decir Freud y escribir “ideas estéticas”puede equivaler a pronunciar palabras prohibidas como: Dadá, Surrealismo, Collage, Potlatch, que ponen en crisis las nociones de gusto y sacan de sus casillas a lo cursi, lo kitsch y así sucesivos camps. Decir “ideas estéticas” es también aludir por la tangente a G. Lukács, quien escribió un ensayo sobre las ideas estéticas de Marx y Engels, y desde luego a Adolfo Sánchez Vázquez.

A Teresa del Conde no le importaban mucho las opiniones de sus colegas profesores, aunque no las desdeñaba y a su modo las tenía en cuenta. Era sensible. Sin embargo, lo era sobre todo al juicio de las personas que ella había elegido para juzgarla, y las encaraba como si estas debiesen estar al corriente de esa elección… Sabía oír y le gustaba escuchar —por eso podía ser una psicóloga competente y docente—; también ver y contemplar: escuchar. Oír con los ojos, leer con el corazón, descifrar los espacios con la mirada interior y escrutar el cielo con el ojo de la mente. Decidió desde muy joven hacer por sí misma una historia del arte mexicano y conocer por dentro los proyectos y técnicas de Julio Ruelas, José Clemente Orozco, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Manuel Álvarez Bravo, Vlady, Gunther Gerzso, Alberto Gironella, Héctor Xavier, Vicente Rojo, José Luis Cuevas, Manuel Felguérez… Sus “lecturas” de las artes plásticas mexicanas del siglo XX caben y deben ser contrastadas con las de otras miradas críticas: las de Raquel Tibol, Ida Rodríguez Prampolini, Juan García Ponce o Lelia Driben y, fuera de México, Martha Traba, Damián Bayón, Juan Acha, Saúl Yurkiévich. En esta enumeración hay que poner aparte el nombre de Jorge Alberto Manrique (1936-2016), con quien Teresa del Conde tuvo profundas afinidades y amistad, y a quien siguió muy pronto hacia la otra orilla. En ese cotejo, los que salen ganando son desde luego los artistas y los espectadores…

Unos de los rasgos más consistentes de Teresa del Conde era su capacidad para tender puentes entre las letras y las artes y dar sentido a las lecturas que los escritores hacen de los pintores, de Octavio Paz a Juan José Arreola. Era tan curiosa e inquieta como una ardilla: una suerte de alpinista de lo imaginario capaz de escalar los acantilados del arte y de la psique, manteniéndose a prudente distancia de la filosofía, sin perderla de vista, como una niña traviesa que parece que va a hacer cosas terribles y al final resulta la mejor portada de la clase. Una suerte de Alicia en el País de las Maravillas capaz de encararse con la Reina y su cortejo, de sostener animados diálogos con el Sombrerero y con el Conejo que siempre va de prisa. En su forma de indagar y de investigar, había algo de detective —cita en varias ocasiones a Conan Doyle— y ella misma parecía como una de esas mujeres-detectives inglesas tipo Agatha Christie. Tenía olfato y parecía desarmar las pinturas y obras de arte, las vidas de los pintores, como si fuesen misterios por resolver o casos clínicos que sanar...

 

III. Espectadora, oyente, contempladora, Teresa del Conde se puso desde muy joven del otro lado del espejo. Ahí, donde nace el manantial de las imágenes y de las formas, de las ideas y de las siluetas… Un cuchicheo inagotable atraviesa sus páginas que están, quieren estar escritas y ser leídas sin los descuentos de la distracción. A veces su sintaxis no es fácil. Obedece a su pensamiento no siempre sencillo. Me imagino que detrás de su apariencia elegante, nunca exenta de sentido del humor, se allanaba una sensibilidad abierta al vacío, a los intersticios, a las pausas e intermedios, a los silencios y entreactos… Ese saber de lo intermedio que participa del arco y de la lira, de la música de la naturaleza y de la música de la historia… es quizás una de las más acendradas virtudes de esta figura andariega que parecía no saber adónde iba pero invariablemente llegaba adonde tenía que llegar: a la conciliación, a la concordia entre lo par y lo impar, al silencio que surge de la obra de arte y que fluye insensiblemente del texto.

Teresa del Conde, además de crítica de arte, fue una lectora asidua: refinada. Compartía la cultura como secreto. Por ejemplo, fue una de las contadas personas que supo quiénes, entre los mexicanos, habían ido a visitar al poeta Ezra Pound (1885-1972). Uno fue Hugo Gutiérrez Vega, quien visitó a Pound en Rapallo en compañía de Rafael Alberti. Otro fue Jaime García Terrés (1924-1996), quien lo conoció en Grecia, como él mismo ha dejado escrito en Reloj de Atenas (1977). Al despedirse de él García Terrés le dijo:

“—Espero que haya encontrado la paz (I do hope you have found peace).

“Con muestras de una gran excitación súbita, Ezra Pund alzó desesperado los brazos, y me miró fija y expresivamente, diciendo:

“—But what’s the use... if everybody else wants to fight.”

Estas palabras resuenan en el poema de García Terrés “Ezra Pound en Atenas”.   El otro fue José Luis Cuevas, a quien “le pareció que Pound estaba tranquilo pero no prestaba demasiada atención a su entorno en el momento de la visita. No se mostró ¡antisemita ni se dedicó a emitir loas a Mussolini!…”, como escribió Teresa del Conde en “El arresto de Ezra Pound”, artículo publicado en La Jornada el martes 31 de mayo de 2016.

Teresa del Conde formaba parte de la comunidad de lectores mexicanos que, como Octavio Paz, José Vázquez Amaral, el traductor de los Cantares completos, Guillermo Rousset, el de Personae y Cantos prohibidos y excluidos, Salvador Elizondo, Juan Carvajal y los autores arriba mencionados, estaban al corriente de la eminencia impar de Ezra Pound.

 

IV. Textos dispares. Ensayos sobre arte mexicano del siglo XX incluye una veintena de textos que repasan las estaciones diversas en que se ha encauzado la pintura en México en el siglo pasado. Los nombres de Ruelas, Rivera, Orozco, Kahlo, Tamayo, Cuevas, Toledo, Felguérez, Soriano…

La autora discute e integra en su libro referencias a otros investigadores del arte mexicano como Tibol, Manrique, Rodríguez Prampolini, Monsiváis, García Ponce o Schneider, además de referirse, naturalmente, a otros críticos. El libro reproduce, con modificaciones, textos y presentaciones que ella escribió para catálogos y libros colectivos, como es el caso del dedicado a Tamayo. De tal suerte, el volumen es a la par un paseo por la pintura mexicana del siglo xx —por el itinerario de sus protagonistas así como por el quehacer de las instituciones— y un recorrido a través de las opiniones y pareceres de los críticos que la han comentado, y que no deja de lado ni a pensadores norteamericanos ni a europeos.

Con una apariencia casual, el libro en realidad está más que bien organizado y estructurado, y tiene la ventaja de compartir la discusión especializada en términos accesibles al público, pues no en balde la autora ha colaborado durante años en diarios y revistas que le permiten formular su propuesta a la vez con solvencia y cierto didactismo, que nunca degrada o diluye la médula de su discurso crítico. Discurso crítico que está inspirado en el saber psicoanalítico y en la exploración de los temas afines, de ahí su talante incisivo al tocar temas como el de la relación del arte mexicano con el surrealismo, que es quizás uno de los más novedosos por el caudal de información que transmite.

Las cualidades de la obra se deben en buena medida al profesionalismo y la larga experiencia de la autora, quien propone una suerte de miniaturización didáctica y crítica de su itinerario. En la parte final del libro aparecen “Algunos aforismos sobre arte”, que sirvieron para sostener algunas opiniones en relación con el conversatorio titulado Discutamos México. Ese ramillete de opiniones trae las de, entre muchas otras, Pascal, Picasso, Wittgenstein, Orozco y Paz.

 

V. El último artículo que recorté de Teresa del Conde fue “Goya, San Carlos: La Leocadia de Goya” (La Jornada, 17 de enero de 2017). En la primera parte escribe sobre el discípulo y ayudante de Goya Eugenio Lucas (1817-1870), el autor de la gran pieza que se exhibe en el Museo de San Carlos, según le señaló la directora del museo Carmen Ruiz Gaytán. En la segunda se refiere a la acompañante de sus días finales y copista de Goya —quien muriera “de un accidente cerebrovascular”, recuerda Teresa—, Leocadia, La Leocadia, quien junto con su hija fuera una de las copistas “muy relevantes del Museo del Prado”. Este texto quizá pertenecía a una serie de apuntes que Teresa del Conde pensaba reunir sobre el pintor y su época.


   
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Adolfo Castañón

Nació en la Ciudad de México el 8 de agosto de 1952. Narrador, ensayista y poeta. Estudió en la FFyL de la UNAM. Ha sido gerente editorial y director de la Unidad Editorial del Fondo de Cultura Económica;...


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