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NUEVA ÉPOCA NÚM. 158 ABRIL 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Aguas aéreas
Los ojos de ceniza


David Huerta
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 158| Abril 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Huerta, David , "Aguas aéreas. Los ojos de ceniza" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Abril 2017, No. 158 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=829&art=17827&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Pero no es que yo me cubra
los ojos de ceniza:
es que mis ojos son ceniza…
Al Quinto Sol, 28

 

En 1955, en sus “Notas sobre poesía”, José Gorostiza explicaba, con un gesto de impaciencia, o quizá de desesperación, sin duda de desagrado, cómo los jóvenes poetas —de nuestra lengua o de nuestro país, no importa; él no lo aclara— no tenían interés por la composición en grande e inquiría cuál era la razón para no hacer a un lado, de una buena vez, el pequeño dato autobiográfico en sus derivas líricas. Él, Gorostiza, no fue desde luego reo de semejante desánimo, desánimo complaciente o, mejor aun, autocomplaciente: con una admirable voluntad constructiva nos dejó en 1939 un gran poema metafísico, titulado Muerte sin fin. Se dirá cuanto se quiera de este poema, de su dificultad, entre muchas otras cosas, pero no se podrá decir nunca: “es la obra de un timorato, de un cobarde”. Deberíamos decir exactamente lo contrario. Leamos, entonces, en las “Notas” gorosticianas, este pasaje formidable:

“El caso de la construcción en grande, como en los vastos poemas de otros tiempos, no se plantea ya. Quiero decir, no puedo callar, que lo siento como una enorme pérdida para la poesía”.

 

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Francisco Segovia
© Secretaría de Cultura

 

A punto y aparte, Gorostiza añadía: “Estamos bajo el imperio de la lírica. La poesía ha abandonado una gran parte del territorio que dominó en otros tiempos como suyo”. Todo esto debería obligarnos a reflexionar, quiero decir: a nosotros, a quienes, ahora y aquí, en cualquier lugar o tiempo, nos interesamos en estas cosas.

La postura de José Gorostiza me recuerda lo dicho una vez en México por Derek Walcott, a propósito de las obligaciones del poeta: el principal y más llamativo de esos deberes, en opinión de Walcott, consiste en “complicarse la vida”. Gorostiza levantó a pulso poético, y con una ejemplar fortaleza de voluntad y de inteligencia, el edificio de su poema; Walcott escribió en tercetos dantescos y con un fondo prosódico deudor del pentámetro yámbico su inmenso himno homérico a los mares natales (“el mar de los deseos”, como Antonio García de León llama al Caribe), y a sus habitantes, los pescadores de Jamaica y de Santa Lucía: Omeros. Es decir, se complicó abismalmente su vida y sus trabajos de poeta: invocó y convocó a Shakespeare, a Dante, a Homero y se lanzó a la aventura de hacer el gran himno del mar y los pescadores negros de América, descendientes de los esclavos africanos.

Me parecen, las del tabasqueño y el santalucí, actitudes semejantes, emparentadas.

En esta década convulsa, en la cual parece perfilarse el final de la civilización de los libros, es de todo punto admirable el espectáculo de algunos poetas, y de sus editores, ante sus respectivas vocaciones: amor al poema, fidelidad a las ideas propias, voluntad de hacer bien las cosas, ánimo e inteligencia, sentido del oficio para complicarse la vida y para, al final de los caminos y los trabajos, terminar con frutos preciosos en las manos. Esos frutos están hechos de ideas, de ritmos, de papel, de hilos: he aquí la obra acabada. Por ejemplo, Al Quinto Sol, poema de Francisco Segovia editado en febrero de 2017 por sus colegas de la editorial artesanal La Dïéresis, los poetas Emiliano Álvarez y Anaïs Abreu. Ojalá tuviera yo tiempo y espacio, en esta ocasión, para ocuparme del trabajo editorial y artesanal de La Dïéresis; lo he hecho otras veces, como cuando presentamos, en 2015, el asombroso libro Óyeme con los ojos, antología de poesía visual novohispana. Ahora voy a dedicarme a comentar el poema de Francisco Segovia y a hacer algunos apuntes acerca de la obra de este poeta mayor de México y de la lengua española.

 

Quienes, hace algunos años, leímos el libro Partidas, entendimos el punto de inflexión de esta obra en marcha, la labor poética de Francisco Segovia: una decisión consciente, meditada, de “componer en grande”, como quería José Gorostiza. Al paso de los años, comprenderemos todavía mejor los alcances de un libro de esas dimensiones, de ese calado, de esa irradiación poética sostenida a lo largo de 350 páginas. La mejor noticia en torno a Partidas era la siguiente: Segovia no se detuvo allí, ni mucho menos; ha seguido adelante y de ello es constancia Al Quinto Sol. Desde luego, antes de Partidas y de Al Quinto Sol, hay poemas suyos a los cuales debemos llamar, sin la menor duda, grandes poemas, por su extensión y por sus rasgos compositivos; pero de 2011 en adelante, la obra toda de Segovia, lo conocido y publicado hasta ahora, se ha convertido ya en un diorama extraordinario de poesía, del arte de hacer poesía, de poemas cada vez más profundos y hermosos, a veces estremecedoramente hermosos. Aquí me atrevería a citar a Victor Hugo cuando saludó a Baudelaire por la densidad emotiva y artística de Las flores del mal y le dijo: “Ha creado usted un estremecimiento nuevo”, pero no quiero dejar abierta la puerta a un malentendido o a la mala fe de los cretinos de siempre; o mejor dicho, para dejar las cosas en la diafanidad y la transparencia debidas: en este caso, una pequeña pero creciente comunidad de lectores de poesía le decimos a Francisco Segovia: “Has creado un estremecimiento nuevo”.

La coherencia alcanzada por Francisco Segovia en estas dos últimas décadas es sorprendente. O quizá no lo es, si examinamos, así sea a ojo de pájaro, sus abundantes escrituras, en verso y en prosa, durante varias décadas, a partir de su primer libro, cuando no cumplía aún los veinte años de edad.

Después de Partidas, en una sucesión acezante, han aparecido Agua, Ofrenda, y el impresionante tomo de la poesía reunida de Francisco Segovia (compuesta en los años de 1994 a 2011): Aire común, un libro sólido y hermoso, en el cual podemos seguir el trazo de una trayectoria formidable en la poesía mexicana moderna, a la cual, sin embargo, faltan algunos tramos: los de la poesía más juvenil o adolescente de Segovia, compuesta y publicada por vez primera cuando no tenía veinte años de edad.

El poema Al Quinto Sol se inscribe en esta serie o secuencia de poemas mayores. Debería sumarse a ese torrente un texto inédito titulado Desheret; en combinación con algunas otras obras de esa secuencia, este canto surgido de las arenas egipciacas formará un políptico poético amparado por la noble palabra bíblica Salmos. Será, ya es en alguna forma incipiente, aun cuando todavía no están claras su grandeza ni sus dimensiones, uno de los más impresionantes viajes poéticos de nuestras vidas, de nuestra generación.

Pondré aquí, en estas anotaciones a la poesía de Francisco Segovia, algunos atisbos de ideas, algunos vislumbres. Por ejemplo, unos apuntamientos en torno a la relación de este poema con nuestro país, su historia, sus mitos (el mito del Quinto Sol, para empezar), su momento actual, no “con su vientre de coco”, como decía López Velarde, sino con su desplacer, su terror, su cualidad de entristecedero, como leemos en uno de los dos epígrafes escogidos por Segovia para su obra, procedentes del Códice Florentino.

De México hay imágenes estereotipadas; los poetas han contribuido a ello. No hay sino recordar a los muchachos en lo alto de la pirámide fumando mariguana, imagen de un poema famoso de Octavio Paz, autor asimismo de El laberinto de la soledad, el vademécum de quienes se presentan como expertos en México quince minutos después de leer la última línea de ese ensayo. Al Quinto Sol es un poema compuesto al margen o lejos de El laberinto de la soledad, fuera del ámbito de influencia de poemas como “Piedra de sol” o “Himno entre ruinas”, verdaderos centros magnéticos para los poetas mexicanos a lo largo de varias décadas. En un ámbito parecido al de los poemas de Octavio Paz, es siempre oportuno recordar un poema no menos intenso: El Tajín, de Efraín Huerta, o bien su extraño y vibrante “Un pectoral de pavor para el capitán Fiallo”, poema oaxaqueño con Monte Albán al fondo, o su último gran poema, Amor, patria mía (con el final imborrable: el país como una llanura de sombras). O la prosa de Juan Rulfo. Y en diversos horizontes hay poemas y poetas cuyos trabajos y días son en alguna forma semejantes: César Dávila Andrade en el Ecuador, Martín Adán en el Perú.

Los elementos míticos del poema de Francisco Segovia han sido extraídos de otras fuentes, de otros veneros míticos y poéticos: Alfredo López Austin, Miguel León-Portilla, los códices prehispánicos mismos, en especial el Florentino, como queda dicho. Desde luego, está presente en estos versos, también, la Visión de los vencidos, un libro profundamente mexicano y profundamente europeo al mismo tiempo, compuesto bien entrado el siglo xvi. Me pregunto si sus faenas como lexicógrafo en el gran diccionario del español de México no han contribuido a desplegar la intensidad de estos versos.

Me llama poderosamente la atención la intensa relación de los epígrafes de Al Quinto Sol con el poema en su totalidad. En el Epigrafiario de esta obra podremos precisar esas relaciones; pero en la lectura más sencilla, directa, secuencial, la sensación del vínculo establecido entre lo dicho en esos pasajes del Códice Florentino con los versos de Segovia es extremadamente fuerte, orgánica. Solemos decir o escuchar esto en las clases sobre literatura: los epígrafes son paratextos, es decir, partes exteriores al texto principal, acompañamientos cuya función es anunciar la sustancia o la forma del texto. No es así en el caso de Al Quinto Sol, o no lo es, por lo menos, de la manera acostumbrada: Segovia ha conseguido hacer entrar esos epígrafes en la carne viva de su poema o, si se quiere, ha integrado sus versos en el tiempo mítico puesto de manifiesto en el Códice Florentino. Dicho de otra manera: en este caso el lector ha nutrido al poeta con la médula misma de un pensamiento transhistórico, con las raíces de un visionarismo extraño, empapado de realismo y de una pulsión testimonial muy pocas veces encontrada en documentos de hace varios siglos. El poema de Segovia ha transfigurado y estilizado, si se quiere, esos signos y esas ideas para componer, sirviéndose parcialmente de ellas, un poema plenamente contemporáneo, un poema mexicano del siglo xxi.

Lo demás es el ámbito ensangrentado, enloquecedor, del México violento de nuestros días, de este siglo y de este milenio. Pronto serán veinte años del principio de la matanza, de la devastación incesante, infinitamente angustiosa. Los poemas de ahora no deberían llevar los nombres o títulos de Ayotzinapa, de San Fernando, de Aguas Blancas, de Tlatelolco, sino el nombre terrible de México, del país donde vivimos y agonizamos:

…entristecedero, lugar de tristeza, suspiradero,
lugar de aflicción, lugar donde se extiende la miseria…
lugar de desplacer, lugar de miedo, lugar de terror.

Un poeta ha levantado su voz y nos ha puesto ante los ojos, con un gesto trémulo, irreductible en su coherencia y en su valentía, en su radicalismo poético, la imagen rota de nuestra condición. Ni la poesía mexicana ni la tragedia mexicana volverán a ser las mismas después de los poemas de Francisco Segovia, de este Al Quinto Sol publicado por La Dïéresis, y de las demás obras maestras aparecidas con su firma y por aparecer en los tiempos venideros.


   
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David Huerta

Nació en la Ciudad de México el 8 de octubre de 1949. Poeta, ensayista y traductor. Estudió Filosofía, Letras Inglesas y Españolas en la FFyL de la UNAM. Ha sido redactor y editor de la Enciclopedia de...


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