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NUEVA ÉPOCA NÚM. 158 ABRIL 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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La máquina de la ciencia y la poesía


José Gordon
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 158| Abril 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Gordon, José , "La máquina de la ciencia y la poesía" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Abril 2017, No. 158 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=829&art=17832&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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¿Se puede descubrir poesía en el mundo de la ciencia? Uno de los momentos fulgurantes en donde me asomé a esta posibilidad se dio con la lectura de Arthur Koestler. El escritor de origen húngaro examinaba un problema en la física en donde se expresaba una profunda paradoja: si se hace un experimento, el mundo de lo cuántico, de lo más pequeño de lo pequeño, se comporta como partícula. Si se hace otro tipo de experimento, la misma realidad se comporta como onda. ¿Cómo resolver esta contradicción? Koestler dimensiona este reto que sacude a la lógica de manera memorable: “Esto es como decir que las peras son peras excepto cuando son manzanas”. El físico Niels Bohr resuelve abrazar lo irreconciliable mediante lo que llama El Principio de complementariedad (la materia y la luz pueden ser a la vez onda y partícula). Koestler entiende bien de qué se trata. Dice que este principio es como una balsa verbal que nos ayuda a navegar en el mar de las paradojas. La poesía ya lo había asumido. Walt Whitman escribe memorablemente:

¿Que yo me contradigo?
Pues sí, me contradigo. Y, ¿qué?
(Yo soy inmenso, contengo multitudes).

Años más tarde encontré que científicos de alto calibre también se asombraban ante la imaginación presente en la ciencia. Murray Gell-Mann, Premio Nobel de Física en 1969, se sorprendía ante la capacidad que tienen las matemáticas para entender los ritmos y geometrías del universo, con el rigor y la belleza que brinda la poesía: “¿Cómo es posible que la escritura de unas cuantas fórmulas simples y elegantes —que son como breves poemas gobernados por reglas estrictas como las de un soneto— puedan predecir regularidades universales de la naturaleza?”.

En una conversación que sostuve con George Smoot, Premio Nobel de Física en 2006, George Smoot me lo expresó así: “Cuando veo una gran ecuación, como la de Einstein (E=mc2), encuentro que algunas ecuaciones son como un haiku, un reducido número de palabras que encajan a la perfección, un reducido número de conceptos que encajan a la perfección. Y esto te dice aquello y aquello te dice esto. Quienes no saben de ciencia se pierden ese aspecto de la belleza de la cultura”.

Octavio Paz no se lo perdía. Como atento observador de su tiempo, se asombraba ante los hallazgos de la ciencia e intuía un pulso poético en la misma naturaleza. Se atrevía a sugerir la necesidad de un nuevo tipo de ecuaciones. Paz señalaba que la próxima revolución en la física podría ocurrir cuando además de tener variables como E= Energía y M= Masa, pudiéramos tener variables como R= Ritmo e I= Intensidad. La búsqueda de una profunda unidad dentro de la naturaleza tendría que pasar por el misterio del lenguaje que se abre a lo nombrable y a lo innombrable, a lo concebible y lo inconcebible.

Es interesante hacer notar que en este juego de equivalencias, de ecuaciones, el escritor Salvador Elizondo escribe un cuento en donde inventa con gran humor una máquina que tiene la capacidad de medir la energía contenida en un poema. En el relato Anapoyesis, el profesor Aubanel, autor del libro Énergie et langage (Energía y lenguaje), instala un laboratorio en lo que había sido el estudio del poeta Mallarmé. Mediante los instrumentos que desarrolla, puede determinar el valor de E (Energía) de cualquier verso que fuera obra de un gran poeta. Así, de acuerdo con sus cálculos, la energía contenida en un canto de la Divina Comedia de Dante es suficiente para hacer funcionar las fábricas de la Fiat durante doscientos años.

La clave de su aparato, que se llama anapoyetrón, es que todas las cosas contienen una cantidad de energía igual a la que fue necesaria para crearlas. Ello incluye a los poemas. Si examinamos la etimología de anapoyesis queda claro el juego que propone Salvador Elizondo: poiesis en griego quiere decir creación; anapoiesis, recreación.

El profesor Aubanel propone que la percepción de unidad que genera la poesía proviene de entender que tanto un templo griego como un dado de plomo, en su realidad última, son lo mismo. Escribe Elizondo: “Todas las cosas que componen el universo son máquinas por medio de las cuales la energía se transforma”. El autor del libro Cámara lúcida, sugiere que la intensidad de la experiencia poética forma parte de este ritmo, es en cierta forma medible, se expresa en ecuaciones que se correlacionan con la “electricidad” de un pulso interno que nos sigue conmoviendo, nos sigue tocando. Sin confundir las metodologías respectivas, la poesía soñaba con la idea de que la ciencia también introducía sus palabras en el mundo de la literatura. Lo que la ciencia descubría en términos de ecuaciones, la poesía lo lograba con metáforas: “Esto te dice aquello y aquello te dice esto”. Quienes no saben de poesía se pierden ese aspecto de la belleza de la cultura. En este contexto, ciencia y poesía resultan ser dos expresiones de un fascinante principio de complementariedad.


   
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José Gordon

Nació en la Ciudad de México en 1953. Novelista, ensayista, traductor y periodista cultural. Fue conductor del Noticiario Cultural 9:30 y del suplemento literario Luz Verde, en Canal 22.

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