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NUEVA ÉPOCA NÚM. 116 OCTUBRE 2013 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Lo que sea de cada quien
En el Excélsior de Rodrigo de Llano


Vicente Leñero
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 116| Octubre 2013| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Leñero, Vicente , "Lo que sea de cada quien. En el Excélsior de Rodrigo de Llano" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Octubre 2013, No. 116 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=83&art=2371&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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El joven Vicente Leñero
©El Universal

Su nombre completo era Jorge Mendoza Carrasco. Había militado en la Acción Católica de la Juventud Mexicana fundada por el jesuita Bergoënd en 1913, y en la solapa de sus trajes pálidos aún ostentaba un antiguo distintivo grandote, aparatoso, de aquella organización de acólitos del clero. Presumía de católico.

Cuando lo conocí era jefe de la página de espectáculos del Excélsior de Rodrigo de Llano; publicaba diariamente una columna de noticias y chismes con un seudónimo chocante, ingenuo, con el que todos lo conocían: Lumiere.

Por su fama de exacejotaemero, Armando Ávila Sotomayor me encomendó entrevistarlo para el periódico mensual Reforma Universitaria. Aceptó prontamente hablar de sus tiempos de militancia católica que él decía vivir aún con puntual convicción: “por Dios y por la patria”.

Su enorme y lujosa residencia en Polanco me escandalizó. ¿Cómo era posible que un simple periodista católico, mocho, viviera con tales lujos?

El mismo día en que le llevé la entrevista publicada a su oficina de Excélsior me ofreció trabajo con sorpresiva espontaneidad: escribir la crítica de cine dos o tres veces por semana.

Dije sí de inmediato aunque la paga era mínima y yo un ingenuo espectador de películas domingueras, sin experiencia crítica. Sin embargo, para un recién egresado de la escuela de periodismo, trabajar en Excélsior representaba una oportunidad maravillosa. Además, con el tiempo, empezó a encargarme notas del mundillo de los espectáculos: entrevistas, minirreportajes.

También, con el tiempo, descubrí que cuando me ponía a latiguear en La linterna mágica —así le puso a mi sección— alguna mala película distribuida por ciertas empresas, mi crítica aparecía sumamente reducida. No alteraba mis conceptos pero sí me mochaba frases despectivas para el film y hasta párrafos enteros.

Supe luego, por rumores, que el persignado Lumiere recibía iguala de esas empresas distribuidoras y cobraba además las menciones a personajes consignados en su columna. Lo mismo hacían numerosos columnistas: El Duque de Otranto y Carlos Denegri en Excélsior, Agustín Barrios Gómez en Novedades

Me irritaban esas prácticas corruptas de Lumiere tanto como sus tasajeos a mis críticas que las convertían en sosas cuando no en incoherentes. Me aguantaba. Me seguía aguantando hasta que un día le dije:

—Ya no quiero seguir escribiendo la crítica de cine, señor Lumiere.
—Pero va muy bien. Estoy muy contento con su trabajo.
—No quiero ser nada más un colaborador que cobra por nota.
—No le puedo pagar más.
—Lo que quisiera es entrar a la planta de reporteros del periódico. Trabajar en información general. Incorporarme a una fuente.
Lumiere hizo una mueca como si le doliera una muela.
—No es fácil. Para eso tendría que hablar con el director general.
—¿Usted puede recomendarme?
Fue amable. Me consiguió una cita.

Aún recuerdo a Rodrigo de Llano en su despacho encortinado, oscuro, frente a su largo escritorio que para nada parecía la mesa de un periodista en acción. Sólo se veía encima una carpeta de cuero con la tapa cerrada y en la esquina, en el límite, una botella de Chivas Regal sin abrir.

El viejo, que andaba llegando a los setenta, vestía un traje oscuro elegantísimo, corbata azulita. Me pareció de pronto una momia de tan arrugado, de tan hierático.

—¿Qué quiere usted, muchachito?
Le hablé de mis colaboraciones con Lumiere y de las ganas que tenía de trabajar como reportero de planta en información general.
—No se puede —dijo sin moverse un centímetro. Parecía empalado.
Que me hicieran una prueba. Que me dieran una oportunidad. Que/
—No. Siga con Lumiere.

Así como me fui del despacho de Rodrigo de Llano rumiando obscenidades, me fui también de la sección de espectáculos de Lumiere sin darle explicación alguna; como las chachas, diría Ricardo Garibay.

Murió Rodrigo de Llano en 1963. Murió Becerra Acosta padre en 1968.

Y hasta tres años después de la llegada de Julio Scherer García y su equipo, regresé a Excélsior con vengativo entusiasmo.


   
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Vicente Leñero

Nació en Guadalajara, Jalisco, el 9 de junio de 1933. Dramaturgo, narrador, guionista y periodista. Estudió ingeniería en la UNAM y periodismo en la Escuela Carlos Septién García. Fue reportero y directivo...


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