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NUEVA ÉPOCA NÚM. 116 OCTUBRE 2013 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Matrioska de Gilda Manso
La mirada niña


Guillermo Vega Zaragoza
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 116| Octubre 2013| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Vega Zaragoza, Guillermo , "Matrioska de Gilda Manso. La mirada niña" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Octubre 2013, No. 116 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=83&art=2382&sec=Rese%C3%B1as > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Los grandes ojos de Gilda Manso nos miran desde la portada de la edición original de Matrioska. Son grandes ojos de niña: curiosos, inquisitivos, bellos. Entonces se me ocurre que para ser escritor, y sobre todo de cuentos, hay que conservar en los ojos algo o mucho del niño que uno fue y que de alguna forma, al escribir, se sigue siendo. Pienso en la mirada de Cortázar, que también tenía ojos de niño, de niño loco y travieso. Hasta Borges tenía ojos de niño, de niño viejo, medio atolondrado y somnoliento, sobre todo cuando sonreía. Y luego me doy cuenta de que los tres (Gilda, Julio y Jorge Luis) son argentinos y son grandes cuentistas.

De Gilda Manso (Buenos Aires, 1983) muchos aún no saben lo gran cuentista que es, pero pronto se enterarán. Lleva tres libros publicados: Primitivo ramo de orquídeas (LibrosEnRed, 2008); Matrioska (Malas Palabras Buks, 2010, y que ha sido publicado en México por la editorial Educación y Cultura en 2012) y Temporada de jabalíes (Malas Palabras Buks, 2012). En la gran mayoría de su obra hasta ahora publicada, Gilda cultiva lo que se conoce como minificción o cuento brevísimo. Este tipo de narrativa suscita una aparente sensación de facilidad; sin embargo, es necesaria una ardua labor de pulimento, de revisión y búsqueda de la palabra justa, del vocablo perfecto, porque una palabra de más o de menos puede echar todo al traste.

Ya lo dijo Andrés Neuman (otro cuentista argentino): “el cuento no es difícil, sino peligroso”. Y en ese riesgo reside su sigiloso arte, pues un relato corto no tiene rectificación. Si en el camino se ha dado algún mal paso, ya no hay nada que hacer: la historia llegará muerta a la meta. En eso no hay matices ni mejoras progresivas. Cualquiera puede escribir un buen cuentito, pero pocos pueden escribir más de cien buenos cuentos, algunos de ellos excelentes, como lo ha hecho Gilda Manso.

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Pero empecé hablando de su mirada niña. En el prólogo de su primer libro, Gilda confiesa: “Yo escribo cuentos. Cuentos que no tienen una temática fija, más bien escribo acerca de lo que se me queda grabado en las pupilas o en los oídos o en el recuerdo. A veces estoy en algo que me hace ruido y no sé dónde ubicar, hasta que lo transformo en ficticio y lo hago cuento”. En efecto, en buena parte de sus cuentos es evidente que la inspiración de ellos se ha originado desde la mirada de lo cotidiano, pero que, una vez asumido como punto de partida para un cuento, es convertido en algo insólito, fantástico y sorpresivo, que se nos queda en la cabeza dando vueltas y vueltas, a veces durante horas o días.

Pienso, por ejemplo, en cuentos como “Un mamut a secas”, de Matrioska, donde todo inicia con la aparición de una rata en el cuarto de los cachivaches y el descubrimiento de un agujero en la pared por donde se escapa. Cual Alicia, la protagonista entra al hoyo que la lleva por un túnel, hasta que se encuentra, maravillada, ante un mamut, real, vivo, el único mamut sobreviviente en el mundo. ¿De dónde salió el mamut? No sabemos, pero tampoco importa, porque a lo fantástico de la aparición le corresponde el comportamiento insólito del personaje: su primer impulso es sacar provecho del hallazgo, hacerse rica; descuelga el teléfono para hablar al noticiero de la televisión, pero en el último momento duda y decide dejar en paz al mamut.

O en “Pajarraca”, del mismo libro, donde una niña es discriminada en la escuela por tener alas; nadie quiere ser su amiga hasta que conoce a un niño anfibio, con membranas entre los dedos de los pies, y se hacen amigos. Así de simple: una metáfora perfecta de la empatía entre los que se saben diferentes, entre los que no encajamos en la manada, hasta que encontramos a otros en condiciones parecidas y nos sentimos menos solos.

Y así, en sus tres libros, cuento tras cuento, se manifiesta la tierna e inocente presencia de la mirada de quien descubre las cosas por primera vez, que se maravilla por lo aparentemente más sencillo y cotidiano, pero que a la hora de convertirlo en cuento, de transformarlo en ficción, de pasarlo por el mágico tamiz de la escritura, nos revela lo insólito, lo fantástico, lo extraordinario que se esconde en la sencillez de las cosas que vemos todos los días, porque, como lo señala en otro de sus cuentos, quien escribe de verdad, quien domina las palabras de verdad, tiene que hacerlo, una y otra vez, “sin parar, con constancia, como quien coloca ladrillos, invoca a los dioses o planea una revolución”.

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Gilda Manso, Matrioska, Malas Palabras Buks, Buenos Aires, 2010; Educación y Cultura, México, 2012, 149 pp.


   
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Guillermo Vega Zaragoza

Nació en México, Distrito Federal en 1967. Escritor, periodista y maestro universitario. Ha publicado un libro de cuentos: Antología de lo indecible (Plan C/FONCA/CONACULTA, 2004), y dos de poemas: Desde la...


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