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NUEVA ÉPOCA NÚM. 159 MAYO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Las vidas ocultas


Jesús Ramírez-Bermúdez
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 159| Mayo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Ramírez-Bermúdez, Jesús , "Las vidas ocultas" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Mayo 2017, No. 159 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=830&art=17985&sec=Homenaje%20a%20Rulfo > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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¿Qué pasaría si un psiquiatra analizara los personajes de Rulfo? Este texto relata las memorias de un estudiante de psiquiatría que viaja al mundo rural y se enfrenta a las febriles alucinaciones de sus pacientes.

 

UNA EMOCIÓN ANÓNIMA REMUEVE LOS COMPARTIMENTOS DEL TÓRAX. Me sucede al mirar los campos de cultivo allá abajo, al norte del río. Llegan hasta el borde de la cordillera, donde los trazos de barro y ocre se elevan en formaciones lejanas de verde quemado. Reclamo la visión como propia, pero me pregunto si soy realmente el autor de este anhelo. ¿El mismo sentimiento movió la mano de José María Velasco, a finales del siglo xix? Este paisaje mexicano no ha cambiado tanto desde entonces. ¿Aquellas pinturas han formateado mi percepción visual? ¿Estoy copiando emociones desde la obra de Velasco? Quizás otros autores sintieron este temblor en las piernas y en los cabellos. Asimilo el contacto solar con los ojos cerrados. Al inhalar, el viento penetra la oscuridad cálida de mi cuerpo.

Una formación colosal de nubes me deslumbra cuando abro los ojos: ha surgido a la izquierda del crepúsculo. Camino lentamente por el dorso del monte, hacia la clínica rural. En el trayecto, la niebla se acerca al templo y a las casas de adobe; desciende bruscamente y provoca un estado nocturno. El atardecer ha quedado entre paréntesis. Me veo forzado a suspender la meditación rural. Ya no habito un paisaje de Velasco: los rumores al fondo de la niebla me recuerdan más bien la escritura de Juan Rulfo, el silencio imperfecto de Luvina y Comala. La memoria aparece como un deseo, como el dolor de una falta de vida en las vísceras. Esta fuga a la evocación literaria, supongo, es una táctica imaginativa para evadir la humedad miserable del presente. Aquí no hay páginas o palabras: nada más un olor a mierda entre las plantas y los charcos. Evito la materia pegajosa ubicada junto a los cerdos. Si la piso, tendré que enjuagar las botas y limpiar con una rama el entresijo de las suelas.

Dejé encendida la luz de la clínica: necesito una ilusión cálida para sobrevivir a mi año de servicio social. La comunidad está ocupada en no morir de hambre: aunque lo intenta, no puede darme un sentido de protección. De hecho, los habitantes de la ranchería esperan que yo los proteja. Ahora mismo, una pareja me ilumina con el haz de una linterna. Su hija Elena viene a consulta. Mientras me acerco, cae al suelo con violencia; los ojos están abiertos, la tensión mandibular no impide el escurrimiento de espuma sangrienta por la boca; la emisión involuntaria de orina moja la falda. Los brazos y piernas se contraen con una fuerza inesperada.

Elena está descontrolada, según el reporte apresurado de los padres. La cargamos para atenderla en el consultorio. Al fin rompo el contacto con la niebla. Antes de cerrar la puerta veo a uno de los cerdos, y no puedo evadir la ironía: en mis absurdos recorridos como veterinario (no lo soy, pero la comunidad me exige serlo) he encontrado a más de un cerdo epiléptico, tal vez con una enfermedad parasitaria. Desde hace años oigo que los humanos adquirimos estas enfermedades por comer carne de cerdo, pero eso es una verdad a medias: también es cierto que estos animales sufren epilepsia como nosotros, y que habría menos parásitos cerebrales si nos laváramos las manos. De manera automática, reviso las manos de Elena: como las mías, llevan una costra de tierra. Abro la llave de agua y tomo el jabón. En el rancho, y en cualquier otra parte del mundo, alguien convulsiona mientras los demás observamos atentos.

 

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Fidencio, Espinazo, Nuevo León
© Marco Antonio Cruz

 

AÑOS DESPUÉS, YA NO USO BOTAS. Mis pies extrañan las pendientes agrestes: el cansancio físico es mayor en este asfixiante laberinto hospitalario. Caminamos sin parar, pero no llegamos a ninguna parte. La noche artificial provocada por la niebla ha dejado su lugar a la luz blanca, omnipresente, de un hospital insomne, sin respeto por el ritmo biológico de los médicos.

Visito a Salomón en la Unidad de Neuropsiquiatría. Me han contado acerca de su fama como curandero en los ambientes rurales de Veracruz, donde se concentran los brujos mexicanos de más prestigio y poder económico. Dice que adquirió el don de ver y curar una tarde, a los quince años de edad. La vivienda parecía de súbito un recinto de dimensiones colosales, y surgió ante sí la imagen de un hombre inmenso vestido de negro. Así lo ha narrado Salomón:

 

Su nombre es Belcebú. Me visitaba de vez en cuando. Trazaba un triángulo en el aire con el dedo índice, y señalando el interior del triángulo, me decía “aquí, métete”. Pero siempre me negué a entrar. Belcebú dijo: “Te vas a morir”. Me tocó la cara y ya no pude respirar. Y estuve muerto, doctor... Llegué a un hospital arriba de una colina. Allí estaba Jesucristo. Llevaba una bata blanca como la de ustedes. Dijo que me salvaría con una gota de sangre. Y así llegué a estar aquí, de regreso con todos ustedes.

 

Hemos colocado a Salomón en una cama, frente a una cámara de video. Diecinueve electrodos conectados a la cabeza registran su actividad eléctrica cerebral. El trazo es normal durante los primeros minutos. De pronto, exclama que Belcebú está con nosotros en la habitación. El trazo muestra poderosas descargas epilépticas. La tormenta proviene de un lugar ancestral: la cara interna del hemisferio derecho, en la región temporolímbica, donde se gestan emociones y recuerdos. Las fotografías cerebrales de Salomón, obtenidas mediante resonancia magnética nuclear, nos han mostrado que allí se encuentra una anormalidad. La imagen anormal es redondeada, de bordes bien definidos. Mide unos milímetros de diámetro. Adentro de esa imagen hay una pequeña irregularidad, conocida generalmente como escólex: la marca indiscutible de que estamos frente a un caso de cisticercosis cerebral. Un parásito ocupa el espacio reservado para las redes neuronales. La presencia de una vida ajena en la naturaleza privada del cuerpo ha provocado estados mentales inéditos en la conciencia de Salomón. Ahora debo discutir con él la necesidad de tratar la epilepsia y matar al parásito. ¿Pero el tratamiento suprimirá también la vivencia auténtica que distingue al curandero de cualquier otro? A diferencia de los charlatanes, Salomón ve y escucha con claridad a Cristo y Belcebú, y esto le da convicción para sanar a otros enfermos. La eliminación del parásito detendrá el daño a los tejidos cerebrales, pero ¿se apagará también la energía del sistema compartido de pensamiento mágico?

 

SIENTO QUE RULFO ESTÁ CADA VEZ MÁS LEJOS. Anhelo esa belleza fantasmagórica. Extraño hablar sobre la brusquedad de la niebla, y salir de la clínica rumbo a la colina donde mi vista encontraba su propio refugio: el valle partido en dos por la grieta del río y el borde rojizo de los acantilados. Aquí el arroyo es la avenida de los Insurgentes, con su rumor escandaloso de bocinas hostiles. Como Marcovaldo, el personaje de Italo Calvino, me pregunto si aún hay vida bajo el cascarón urbano.

Una mujer llega a consulta con el doctor Juan Orjuela. Aunque estudió psicología, Selene se dedica al hogar. Padece crisis repetidas y eso la limita profesionalmente. Algún hospital le obsequió un diagnóstico psiquiátrico estigmatizado: histeria. Al doctor Orjuela y a mí nos sorprende el anacronismo implícito en ese concepto, pero sospechamos que la exuberancia de los síntomas influyó en la elección de la etiqueta. Transcribo una descripción de sus experiencias:

 

Desde la infancia veo luces intermitentes, en la parte inferior izquierda de mi campo de visión. Aparece algo como una burbuja, que distorsiona los objetos… Junto a la burbuja hay una mancha blanca y brillante. Adentro de esa mancha aparecen recuerdos… una vez vi a mi abuela, quien había fallecido. Estaba sentada, con un vestido de color beige. Sentí mucho cariño por ella… Desde la adolescencia me sucede algo diferente. Recuerdo la primera vez: extendí la mano izquierda para alcanzar un vaso, pero me pregunté a mí misma: ¿qué es eso que se mueve? Y al mirar con atención, ¡me di cuenta de que era mi propia mano! Siento que el lado izquierdo de mi cuerpo es extraño. No está dormido; puedo mover ese brazo y la pierna y sentir dolor… pero es como si no fueran míos, como si yo no estuviera allí; necesito mirar esa pierna para saber que la tengo.

 

Los síntomas son fugaces. Los eventos no duran más de un minuto, se repiten varias veces al mes, y anuncian la llegada de crisis convulsivas. El estudio electroencefalográfico más reciente no mostró actividad anormal, lo cual alimentó la hipótesis de que los síntomas son ocasionados por mecanismos de defensa inconscientes, como resultado de una personalidad inmadura. Pero al obtener imágenes cerebrales mediante resonancia magnética nuclear, visualizamos las estructuras que yacen adentro del cráneo. Una imagen anormal localizada en la corteza visual del hemisferio derecho captura nuestra atención: es una lesión redondeada, de bordes bien definidos. Mide unos cuantos milímetros de diámetro. Adentro de la imagen hay una pequeña irregularidad, llamada escólex: la marca indiscutible de que estamos frente a un caso de cisticercosis cerebral. Una vez más, un parásito deforma el espacio de las redes neurales. Por segunda ocasión en este ensayo, la presencia de una vida ajena se comporta como un huésped indeseable en la naturaleza privada del cuerpo, y provoca estados mentales inéditos en la conciencia de un ser humano.

En este búnker frío de las imágenes cerebrales, construido para proteger al entorno de la energía magnética concentrada, me pregunto qué revela en este caso el acontecimiento de las alucinaciones visuales, y la pérdida transitoria de los sentimientos de propiedad sobre la mitad del cuerpo, y pienso que las apariciones y desapariciones fugaces de Selene descubren el fondo natural y vulnerable donde se gesta nuestra conciencia: me refiero a un sustrato corporal invadido por las formas diminutas de vida del antiguo entorno rural. En medio del equipamiento tecnológico del Instituto de Neurología, entre las delicadas estructuras académicas de la licenciatura de Selene, la infestación que proviene de un medio agreste ha logrado infiltrarse bajo la cáscara urbana, al interior, incluso, de este bunker. Pienso en los cerdos de la niebla, elegidos como villanos por la cultura popular. Pero estas vidas ocultas de la enfermedad parasitaria se previenen con la ciencia extraordinaria del lavado de manos.

El diminuto huésped se encuentra en la unión del lóbulo occipital con el lóbulo temporal, justo en la vía neurológica donde se almacena la memoria de formas y colores, que nos permite discriminar objetos. Algunos anatomistas le llaman la vía del Qué. Un foco epiléptico en esa zona puede generar ilusiones y alucinaciones. Cuando Juan Orjuela me pregunta el nombre preciso de los síntomas, no contesto de inmediato. Necesito consultarlo con mi propia memoria, con los textos dispersos en mi biblioteca y en las redes informáticas de la biomedicina global. Tras completar un estudio de tomografía por emisión de positrones, que nos permite ver la actividad metabólica en el sistema nervioso, concluimos que Selene experimenta metamorfopsias y alucinaciones visuales autobiográficas porque las descargas eléctricas, generadas por el parásito, viajan a la cara interna del lóbulo temporal derecho, donde se procesan recuerdos autobiográficos. Y cuando ella padece el fenómeno de la asomatognosia, es decir, cuando pierde el sentido de propiedad del hemicuerpo, es porque la descarga eléctrica alcanza la corteza parietal derecha. Allí se forma la imagen del cuerpo, con sus atributos de propiedad y agencia.

Aunque se trata de una experiencia subjetiva, la desapropiación transitoria de Selene con respecto a su cuerpo tiene la dureza de lo real. No puedo evitar el contraste entre su experiencia y la mía, la que relaté al inicio de este ensayo, cuando era un habitante de la ranchería y me quedaba sin aliento al contemplar los paisajes remotos. Me pregunté entonces si el sentimiento de exaltación era mío, o de algún autor que modeló mi experiencia con sus imágenes o sus palabras. Pero la pregunta se movía en el plano metafórico: era una sensación de inestabilidad frente a la corriente histórica de Velasco y Rulfo. Tras observar casos neuropsiquiátricos, aprendo que el sentido de propiedad corporal se pierde solamente en la mitad izquierda de sí mismo. Es la lección de un parásito.


   
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Jesús Ramírez-Bermúdez

Nació en la Ciudad de México en 1973. Psiquiatra y escritor. Realizó estudios de Medicina y Neuropsiquiatría, así como de Maestría y Doctorado en Ciencias Médicas. Actualmente es Jefe de la Unidad de...


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