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NUEVA ÉPOCA NÚM. 159 MAYO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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El maestro dijo


Antonio Ortuño
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 159| Mayo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Ortuño, Antonio , "El maestro dijo" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Mayo 2017, No. 159 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=830&art=17991&sec=Nuestro%20Rulfo > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Es probable que la anécdota sea falsa: mucha gente en Guadalajara comenzó a despachar historias apócrifas sobre Rulfo a partir de los años ochenta para pararse el cuello y dárselas de influyente y enterada. El pasaje que referiré resulta, sin embargo, verosímil. Al menos me gusta pensar en él como un hecho que sucedió.

Guadalajara es lugar en el que han pasado pocas cosas (hay tapatiólogos, lo sé, que me querrán quitar la razón con argumentos como: “¿Pero a este salvaje se le hace poca cosa la fundación del Claustro de los Padres Jupiterinos —luego Mercado Epigmenio Menchaca— en 1781?”). Sí, fue la ciudad en la que el cura Hidalgo abolió la esclavitud en 1811, pero desde entonces no es que nos hayamos mantenido en los reflectores. Guadalajara no jugó ninguna clase de papel en las guerras contra Francia o Estados Unidos y en la Revolución lo más interesante que llegó a suceder fue que Pancho Villa le pegara un balazo (cuya horadación ha sido respetada) al reloj del Ayuntamiento. Es verdad que Guadalajara fue uno de los epicentros de la Cristiada, pero para la mayor parte del país aquélla fue una guerra desconocida o muy menor (no para Rulfo, claro, que destiló el conflicto con maestría, pe-ro ése es otro cuento).

Total: la gente no suele tener ídolos locales. Aunque es ciudad de la que salieron Miss Universos, cantantes famosos, campeones de boxeo, una multitud de futbolistas y artistas suficientes como para llenar un par de filas del auditorio de la eternidad nacional, siempre se ha respirado, en la ciudad, cierto aire de incredulidad ante sus logros. En ningún lugar ha sido tan ninguneado el Chicharito Hernández (el mayor anotador de la selección de futbol en su historia) como acá, en su terruño. En ninguna otra parte como aquí hay tantos dispuestos a jurar que lo que haya hecho un jalisciense no es —nunca es— para tanto.

Rulfo no era de Guadalajara sino del sur de Jalisco y, se sabe, no pudo estudiar en la Universidad local porque estaba en huelga cuando quiso inscribirse. En sus últimos años, no obstante, pasó más tiempo acá. Esos años finales, en los que su obra se consagraba a escala mundial y los lectores de don Juan asumían que jamás iba a escribir un siguiente libro, luego de sus textos canónicos (La cordillera, se sabe, quedó nomás platicada), son la época en que ocurre nuestra historia.

No hay escritor tapatío que viviera por aquellos años que no jure haber sostenido un intercambio de palabras, breve pero revelador, con el maestro. O recibido una palabra de aliento (una nomás, porque Rulfo no las desparramaba) o, ya de menos, haber convidado un tequilita a don Juan y acompañado sus calladas meditaciones. Ahí sí hay unanimidad y ganas de subirse al tren: Rulfo es adorado religiosamente por el mundo cultural de esta ciudad en la que no nació ni murió y que, no obstante, lo considera suyo.

La cosa llega al grado de que tres cuartas partes de los cafés del centro de Guadalajara (e incluso de zonas menos probables) aseguran ser el lugar en el que Rulfo escribía. Se exhiben tazas de cerámica de las que el maestro bebió, sillas en las que se aposentó, fotografías luidas en las que, huidizo, asoma al fondo del local. Yo no sé si los meseros lleven alguna clase de entrenamiento o lo hagan de forma espontánea, pero cada edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara acabo enterándome, por boca de extranjeros, de un nuevo café que reclama haber sido el segundo hogar del maestro. Vaya: a un amigo peruano llegaron a decirle que don Juan escribió Pedro Páramo en la terraza del Sanborns de Plaza del Sol, que se construyó un año después de su muerte (si llegas a leer este texto y te reconoces, me disculpo por no haberte desengañado y permitirte que pusieras, por meses, en tu perfil de Facebook una fotografía en la que apareces, orgulloso y emocionado, en un lugar que tu héroe literario jamás pisó y junto a dos meseras que no lo conocieron).

 

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Pero ahora llega la historia que vine a contar, que es simple y espero que cierta. Le sucedió al amigo de un amigo mío. Desde la secundaria, cuando lo des-cubrió en su programa de lecturas obligatorias, el ti-po fue entusiasta de la prosa de Rulfo. Su familia era, también, del sur de Jalisco y el léxico y las histo-rias de don Juan le evocaban toda una miríada de remembranzas de abuelos, tíos, veranos correteados en el rancho. Memorias, claro, elevadas al rango de literatura universal por obra y gracia del narrador. El muchacho desgastó a fuerza de relecturas sus volúmenes de El Llano en llamas y Pedro Páramo. Un retrato en blanco y negro de un Rulfo impertérrito decoraba el muro junto al escritorio en el que garrapateaba sus trabajos escolares.

Todo mundo sabía de sus pasiones y, una buena tarde, ya en la preparatoria, una chica del salón le dio una noticia urgente: su padrino conocía al maestro, mantenía amistad con él y el escritor estaba confirmado para asistir a una comida que se celebraría aquel fin de semana en su casa. El muchacho hirvió, desde luego, con la revelación. Porfió (y consiguió) ser invitado al banquete. Se presentó en casa de su (nueva) amiga mucho antes de lo acordado. Su presencia obligó a la familia entera a apresurarse. Contra la costumbre tapatía que indica que lo educado es aparecer una hora después de lo indicado para no dar la impresión de andar urgido, padres, hija y agregado se presentaron puntuales a la comida.

Rulfo no estaba aún. Pasaron los minutos pero no en vano. El escritor llegó en algún momento, no de-masiado tarde. Tampoco es que le gustara hacerse esperar. El amigo de mi amigo casi se atraganta cuando lo vio ser conducido a la terraza y ocupar el equipal que se había reservado para él.

Al calor del primer tequila de su vida (era un preparatoriano), tuvo el valor suficiente para tragar saliva, sacar de su mochila unos ejemplares recién comprados (recordemos que los suyos se deshojaban ya, de tanto como habían sido frecuentados) y acercarse a don Juan. El anfitrión había sido oportunamente advertido de las intenciones del visitante y, generoso, decidió facilitarle las cosas. “Mira, Juan, este muchacho es lector tuyo y quiere que le firmes sus libros”. Mucha gente ha dicho que Rulfo era distante y hasta frío con quien se le acercara para tales fines, pero la historia dice que esta vez fue muy amable. Firmó los volúmenes con trazos veloces y le dio una leve palmada en el brazo al tembloroso receptor de sus atenciones.

Al amigo de mi amigo lo rebasaron las emociones, y la (relativa) calidez del maestro le dio el impulso necesario. Logró abrir la boca. En frases atropelladas y pronunciadas en voz más recia de lo debido, le expuso al escritor los motivos de su fascinación: el común origen en el sur de Jalisco, la sugestiva evocación del pasado y el lenguaje del campo, la belleza insólita de sus frases.

Rulfo escuchó la embestida de palabras ensalivadas sin parpadear apenas. Y cuando, segundos después, el muchacho redondeó el punto y, con ojos brillantes y una sonrisa, le dijo que le parecía el mejor escritor del mundo, intervino.

—Joven: ya no ande leyendo pendejadas.

Y se volteó para otro lado.

Lo demás fue puro silencio.


   
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Antonio Ortuño

Nació en Guadalajara, Jalisco, en 1976. Narrador y periodista. Fue obrero en una empresa de efectos especiales y profesor particular. Trabaja desde 1999 en el grupo de periódicos Milenio, donde ha sido...


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