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NUEVA ÉPOCA NÚM. 159 MAYO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Siluetas y murmullos


Eduardo Antonio Parra
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 159| Mayo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Parra, Eduardo Antonio , "Siluetas y murmullos" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Mayo 2017, No. 159 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=830&art=17994&sec=Nuestro%20Rulfo > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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para Paulina

 

No trata de acercarse. Aunque parezca que hablan entre ellos y a veces se detengan a platicar en una esquina, aunque lo observen con desconfianza o espanto y se alejen de él, no existen. Lo sabe. Son un engaño de sus sentidos. Siluetas. Sombras extraviadas que no han encontrado el camino para irse, retenidas en estas calles polvorientas, en los cascarones semejantes a casas donde desaparecen de tanto en tanto. Él los mira ir y venir deprisa, impulsándose con ese trotecillo que hace generaciones perdieron los citadinos, ocultos a medias bajo el sombrero o el rebozo, volteando a todos lados en un intento por escrutar la negrura, audaces y a la vez remisos, como si temieran que el rencor acumulado les brotara en un estallido de furia. Los mira, nomás, y su mente le dice que en otro tiempo los vio hacer lo mismo una vez y otra hasta aprenderse los movimientos; hasta conocerlos y descifrar sus palabras susurradas. ¿Cuándo fue?, se pregunta a pesar de que no le importa la respuesta.

Un cansancio enorme lo aplasta desde que se halla ahí. Quiere descansar, mas él tampoco encuentra sitio ni salida. Tiene la boca seca. La sed es un infierno que no cesa y lo llena de añoranza. Si siquiera alguien… pero no. Nadie. Corresponde a la indiferencia de los otros, camina aparentando que no los distingue. Busca un techo para engañar al calor. La penumbra quema y asfixia como si el sol brillara rabioso tras el velo negro que cubre el cielo. Encuentra una piedra plana, se sienta recargado en un muro de adobes. Encima de él está el alero de un tejado. Los murmullos aturden; se lleva las manos a la cabeza como si pudiera enmudecerlos. Identifica voces. Aquel que habla sin parar se llama Juan, como él mismo; llegó al pueblo en busca de su padre. La que ríe del otro lado de la calle es Eduviges, se encarga de dar cobijo a los fuereños, pero a él no se lo ha ofrecido. Ese otro es Terencio. Los conoce igual que si los hubiera bautizado, aunque no se acuerda de dónde. Quisiera que se callaran. Que lo dejaran en paz. Que ese eterno galopar que se oye en las afueras se detuviera al menos por un segundo.

Trata de pensar en algo. Lo que sea. Una imagen se fija en su cerebro: el fogón de una cocina, una mesa de madera basta, una botella de aguardiente y un vaso. Junto al fogón, su mujer, esperándolo. El llanto de un niño rebotando en los adobes de la cocina, tan semejantes a éstos donde reposa. No es la misma mujer que ha hecho de su vida un páramo. Ésta se llama igual y se le parece, pero es joven, cariñosa. Con ella recorrió el pueblo a través de las palabras. Le mostraba calles, callejones, la iglesia, el casco de la hacienda donde vive el patrón, don Pedro, y ella sonreía. Le hablaba de los lugareños, se los señalaba cuando aparecían y ella, admirada de que los conociera, lo abrazaba con ternura. Nos amábamos, piensa, y un suspiro se desvanece bajo el tejado. La nostalgia es lo mismo que la sed, se dice y cierra los ojos al escuchar cerca pasos y susurros.

Míralo, ahí está, sentado, murmura una anciana con voz de hebras humanas. No, no puedo creer que sea él, tan flaco, tan abandonado, con esa traza de tristeza, responde por lo bajo una joven. Yo tampoco puedo creerlo, ¿qué hace aquí? Le tiemblan las piernas, ¿ya vieron?, musita un hombre, no creo que dure mucho. Con que no le pase lo que al otro, el que dizque llegó buscando al padre. Ya le pasó, dice la vieja, ¿si no, por qué estaría así? Se ve que tiene sed, la muchacha alza la voz, ¿no sería bueno traerle agua? ¿Para qué?, responde la vieja, como si con agua se le fuera a quitar. Pregúntenle si en verdad es él, irrumpe otro hombre. ¿Y crees que te lo diría? Ya, pues, entonces no le pregunten. Trae los zapatos deshechos, ha caminado desde lejos, advierte la joven. Como todos, responde alguien. ¿Cuándo habrá llegado? No importa, aquí está. Lo dices como si lo hubiéramos  estado esperando, el tono de la vieja enronquece. ¿Y no? Claro que no. Aquí nadie hace falta. Shh, bajen la voz, dice la joven, lo van a despertar. Sí, susurra la anciana, como que quiere abrir los ojos.

 

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Él levanta los párpados y encuentra la calle vacía, los murmullos desdibujándose como los últimos jirones de un eco, hasta dar cabida al silencio. Un largo escalofrío le recorre la espalda. No sabe si fue un sueño. Tampoco sabe si aún es capaz de soñar. Baja la vista y mira sus zapatos gastados, cubiertos de tierra fina. Piensa en un camino que no consigue recordar. El calor atosiga. La sed le aprieta la lengua y le raspa el paladar. Hace un esfuerzo por incorporarse, mas las piernas no le responden. Vuelve a sentarse. Entonces trata de atrapar de nuevo la imagen de la mujer joven que lo espera junto al fogón. Se ha ido. También el niño y su llanto. Queda la cocina empolvada con telarañas en los rincones y el rumor del viento entrando por la puerta. Todo se desvanece, piensa. Contempla la penumbra en torno suyo: las sombras se deslizan en el aire, se apretujan entre roces unas a otras para luego dispersarse. Por momentos cree reconocer a una vieja con la cabeza cubierta y gacha que cruza la calle sin ruido. No es nada. La ha imaginado, como a todos los demás.

Seca el sudor de las manos en las perneras del pantalón. Si pudiera beber un trago. Todo sería más soportable sin la sed. Lo dijo la muchacha. Pero, ¿qué muchacha? No era real. Ninguno de ellos. Sólo siluetas y murmullos. Con las manos ya secas se talla la piel de la cara. Los cañones de su barba le raspan las yemas de los dedos. Sí, soy yo, se reconoce. Aún no me desvanezco. Nomás estoy cansado: he venido de muy lejos. De pronto se da cuenta de que está caminando. Gira la cabeza y ve a su espalda la piedra plana, el muro de adobes, el alero de tejas, difuminándose. No sabe en qué momento se levantó y empezó a andar. Siente los pies entumecidos, atrapados dentro de sus zapatos viejos, pero camina a buen paso. Va cuesta abajo. Voltea otra vez hacia atrás y mira cómo el camino que sigue baja de una loma. El Sol le quema el rostro, pesa en sus hombros fatigados, tatema el llano vaporizándolo en un horizonte gris. Quiere preguntarse cómo llegó ahí, pero su mente le dice que aún no llega, que, al contrario, debe llegar. ¿Adónde? Una bandada de cuervos alza el vuelo y le nubla el panorama. Pasa ante su vista el último, entonces distingue un arriero con sus burros más adelante. Debo seguirlo, se dice sin saber por qué.

En cuanto alcanza las primeras casas pierde de vista al arriero. Lo reciben el silencio y un calor que se vuelve sed desesperada. Calor sin sol y sin aire. Sin ruidos. Camina por la calle más ancha del pueblo en penumbra. Al ver las casas vacías la nostalgia lo atenaza. Sí, aquí es, se dice. Tal como lo imaginé. Intenta sonreír pero el ruido de sus pisadas se lo impide. También el rumor de un caballo que galopa en la lejanía. Luego los susurros, que están por todas partes. Parecen salir de los agujeros de las puertas. Se le meten por las orejas y se le quedan adentro, revoloteando. Le borran los recuerdos, las imágenes. Sólo el sonido de sus pies es distinto. Produce ecos y parece llamar a las sombras. Avanza unos pasos más. Al llegar a una esquina ve a una mujer. Una silueta envuelta en un rebozo que cruza la calle con un trotecillo familiar. La reconoce. La sigue. Sabe que debe seguirla siempre. Sólo así podrá aliviar un poco la sed que lo tortura. La nostalgia que lo consume.


   
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Eduardo Antonio Parra

Nació en León, Guanajuato, el 20 de mayo de 1965. Narrador y ensayista. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Universidad Regiomontana. Algunos de sus relatos han sido traducidos al inglés, francés,...


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