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NUEVA ÉPOCA NÚM. 159 MAYO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Helechos contra la CIA


Jorge Comensal
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 159| Mayo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Comensal, Jorge , "Helechos contra la CIA" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Mayo 2017, No. 159 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=830&art=18000&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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En un punzante relato-ensayo que vincula mundos aparentemente tan dispares como las montañas de Oaxaca y su tiempo voluble, la pteridología y los agentes encubiertos, al reputado neurólogo Oliver Sacks y su mirada epidérmica de México, Jorge Comensal deja una muestra de por qué ha logrado ubicarse como una de las plumas jóvenes más notables de los últimos años en nuestro país.

 

1. SAN JUAN TAGUI, OAXACA. SEPTIEMBRE DE 2013

 

El tiempo se comporta de maneras muy extrañas en la sierra oaxaqueña. Un “ahorita” serrano puede durar desde veinte minutos hasta quince días hábiles. En la región donde nació Benito Juárez no se andan con calendarios electorales (porque no hay partidos políticos) ni con horarios de invierno y verano (a la hora oficial le asignan el nombre del presidente en turno y no le hacen ningún caso). El alba dura medio día y la noche, sobre todo de fiesta, se prolonga varios días. Tal vez la incertidumbre cronológica sea un fenómeno común a todas las montañas; eso explicaría por qué los suizos son tan buenos relojeros (y por qué Einstein descubrió la relatividad espaciotemporal en dicho país alpino). En la Sierra Norte de Oaxaca uno puede decir en el desayuno “nos vemos al rato” y llegar sin pena a la una de la mañana del día siguiente. Así me pasó una vez con Gustavo, un biólogo serrano al que he acompañado en muchos recorridos por las regiones zapotecas y chinantecas de la sierra.

Llegamos pasada la media noche a San Juan Tagui, una comunidad minúscula en las nubosas alturas del cañón del río Cajonos. Don Antonio, nuestro anfitrión septuagenario, no se sorprendió al recibirnos a semejantes horas en su casa. Se espabiló el sueño profundo del que venía y se sentó a platicar con nosotros. Animados por el mezcal, conversamos hasta bien entrada la madrugada. Se había dedicado al cultivo de café en el auge de los años sesenta, época en la que tumbó mucho “monte” al otro lado de la montaña, en la remota cañada de Yelagago, para sembrar la preciosa mercancía. A mí me interesaba aprender sobre los retos de conservar los bosques nublados de la zona, cuya exuberancia me fascina desde hace mucho. En ellos, dos de las ocho ecozonas de la Tierra se encuentran y confunden (el Neártico y el Neotrópico), lo cual da lugar a una biodiversidad ecléctica y apabullante que conjuga magueyes con jaguares y mariposas tropicales con poblaciones aisladas de pinos de Oregón (las coníferas más altas después de las secuoyas) que emigraron al sur en pasadas glaciaciones. Gracias a su privilegiada ubicación, la Sierra Norte ha sido un refugio de flora y fauna a lo largo de millones de años de catástrofes climáticas como la que empezamos a vivir ahora.

Don Antonio recordaba con nostalgia los tiempos en que despejó grandes terrenos para sembrar el cotizado café; evocó la caza del tapir y los siete sabores de su carne. También se acordó de unos gringos, presuntos agentes de la cia, que anduvieron por Yelagago en los años sesenta con el pretexto de recoger plantitas. Gustavo me comentó que los estadounidenses se llamaban John Mickel y Boone Hallberg, uno experto en helechos y el otro agrónomo californiano. La versión de que habían sido agentes de la cia no estaba confirmada, pero dado el historial de intervenciones de aquella maquiavélica institución en Latinoamérica, tampoco podía descartarse.

La posibilidad de que un espía de Washington se hubiera disfrazado de experto en helechos para explorar Oaxaca despertó mi curiosidad. Sucede que me apasionan los helechos (y me repugna el intervencionismo estadounidense). ¿Por qué me gustan tanto esas plantas? Me reservo la explicación para más adelante, para no espantar lectores tan pronto. El caso fue que, de regreso de Oaxaca, me apresuré a sondear Internet en busca de Mickel y Hallberg. Esperaba hallar en Google un sospechoso “No se han encontrado resultados” o, mejor aún, una nota periodística sobre la captura del agente Mickel durante una misión secreta de la cia en Tegucigalpa o Islamabad. Mi mente preveía un reportaje desclasificado sobre el plan fallido de armar un ejército contrainsurgente de zapotecos convertidos al protestantismo, para avanzar la agenda neoliberal en contra del régimen de bienes comunales en Oaxaca. Habría mineras involucradas. Uranio. Metales para hacer chips de misiles. Avistamiento de ovnis. Jaime Maussan frente al Templo de Santo Domingo, con sombrero de palma y un mezcal en la mano, servido en caballito de bambú. Los alebrijes como representaciones fidedignas de seres avistados en las inmediaciones de San Martín Tilcajete. La Agencia Central de Inteligencia estadounidense llevaría décadas preparando la invasión de Oaxaca, estado que posee todo lo necesario para sobrevivir al apocalipsis climático. Esperaba todo eso. Fuertes revelaciones. Hallé algo más enigmático: la búsqueda conjunta de “John Mickel” y “Oaxaca” arrojaba una ficha bibliográfica: Oliver Sacks, Oaxaca Journal, 2002. Al parecer, la afición botánica de Sacks lo había llevado a Oaxaca con la American Fern Society, bajo la guía de John Thomas Mickel, eminencia mundial en pteridología (especialidad en helechos y afines) del Jardín Botánico de Nueva York. ¿Oliver Sacks, uno de mis autores predilectos, compañero en el gusto por los trastornos cerebrales, la música de Bach, la filosofía de Hume y la botánica, había estado recolectando helechos en Oaxaca? ¿Había comido tlayudas, tejate, coloradito? ¿Acaso la American Fern Society era una pantalla de la cia para invadir partes estratégicas de Latinoamérica? ¿Era Oliver Sacks, mi ídolo, un lacayo del Imperio?

 

2. EL BRONX. NUEVA YORK. OCTUBRE DE 2014

 

Voy rumbo al Jardín Botánico en un vagón de Metro semivacío. He venido a Nueva York siguiendo el “llamado de la especie”: soy, como decían Los Panchos, un peregrino de amor. Al salir de Manhattan, el Metro emerge de las profundidades y cruza el Bronx sobre carriles elevados. Los rayos del Sol entran por las ventanas y golpean el rostro de la desconocida que viaja sentada frente a mí; deslumbrada, frunce el ceño y maldice diciendo “This fuckin’ shit”. El mal humor de la pasajera me distrae de los nervios por la entrevista que tendré con John Mickel; pienso en esta “fuckin’ shit”, la estrella gracias a la cual existimos. La biosfera no es más que una delgada capa de materia efervescente, animada por el Sol. Sin él no habría fotosíntesis, la prodigiosa alquimia que convierte radiación solar en estructura orgánica. Somos, dirían los new age con acierto, seres de luz. “Fuckin’ shit!” reitera la pasajera (mujer de luz) antes de marcharse al fondo del vagón.

 

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Especímenes de helechos
© Boston Public Library

 

Vuelvo a pensar en Mickel, máximo rockstar de la pteridología. Gracias a la intervención del bibliotecario del Jardín Botánico, he conseguido una cita con él. Llevo semanas husmeando en sus obras: colosales monografías sobre Las pteridofitas de México (más de mil especies), Las pteridofitas de Oaxaca (cerca de 700), Anemia (Anemiaceae) y Liebmann’s Mexican Ferns, su traducción de los diarios del explorador danés Frederik Liebmann, que entre 1841 y 1843 viajó por México recolectando helechos. Hace apenas tres años que los 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecieron en Iguala, pero en 1841 Liebmann escribió unas líneas que me hacen dudar del paso del tiempo en este país:

 

La presente situación de México hace hasta cierto punto recomendable enfrentar con fuerzas combinadas los peligros de enfrentarnos cada día con una población completamente desmoralizada, la anarquía y una total ausencia de leyes... Tierra adentro [Liebmann apenas había llegado a Veracruz] abundan bandidos que, impunes, roban y asesinan con la mayor audacia... La única parte de la población mexicana en la que uno todavía se atreve a confiar son los indígenas, y por lo tanto en nuestro viaje hemos decidido quedarnos en los distritos indígenas en la medida de lo posible.

 

173 años después las cosas no han cambiado mucho. Mientras tanto, nuestro vecino del norte se ha convertido en imperio, y yo me encuentro en su capital financiera, caminando entre inmensos robles hacia el palacio afrancesado del siglo xix en donde se hallan las oficinas del Jardín Botánico.

Temo que mi inglés flaquee ante Mickel, que mis rudimentarios conocimientos de botánica lo decepcionen. Anuncio mi llegada en el vestíbulo del edificio y espero al Curador Emérito de Helechos y Licofitas frente a una vitrina llena de orquídeas cuyos vistosos genitales sirven para atraer polinizadores y coleccionistas por igual (recomiendo el libro de Susan Orlean, El ladrón de orquídeas, una sabrosa crónica sobre el tráfico de orquídeas y su historia). Mirando estas flores estrambóticas me acuerdo de por qué prefiero los helechos: ellos no alardean, no se exhiben, ocultan sus esporangios en el envés de las hojas.

Veo venir a un anciano encorvado, vestido de camisa de franela a cuadros y pantalón caqui a la cintura, muy holgado. Me identifico con esa vestimenta, pues yo solía usarla antes de que mi compañera sentimental me obligara a abandonar esa moda arguyendo precisamente que parecía un viejito. Un viejito muy cómodo, por cierto. Mickel me saludó con sencillez y me invitó a seguirlo por un laberinto de pasillos. Tuve la impresión de estar en un híbrido de bachillerato técnico y reclusorio para delincuentes de la tercera edad. Llegamos por fin a su despacho, repleto de libros y papeles desordenados. La atmósfera era muy acogedora. Mickel me presenta a su esposa Carol, que parece algo más joven que él. Me invitan a tomar asiento y platicarles cómo llegué hasta ahí.

Les cuento sobre mi viaje a San Juan Tagui y Yelagago. Omito el detalle de la cia. Mickel no parece ser un agente secreto. Es un hombre dulce y parsimonioso, y la trascendencia de sus aportaciones taxonómicas disipa cualquier posibilidad de que sea un impostor. Emocionado por mi relato, rebusca entre sus archivos hasta encontrar un viejo mapa topográfico de Yelagago. Orgulloso, me explica que tan sólo en esa cañada observó cerca de 60 especies de helechos, muchas de ellas nuevas para la botánica. El nombre de una es un homenaje a la prodigiosa barranca: Asplenium yelagagense.

¿Cómo explicar la enorme diversidad pteridológica del sitio? La humedad constante, los cambios de luz y sombra, el enorme gradiente altitudinal, la acidez del suelo y, sobre todo, la estabilidad climática a lo largo de millones de años. Yelagago es un invernadero semejante al del Jardín Botánico, pero sin la enorme cubierta de cristal y hierro que protege a sus habitantes del espantoso clima de Nueva York. La continuidad a largo plazo de la vida en la Tierra depende de lugares como Yelagago.

Le pregunto cómo descubrió ese paraíso silvestre y me cuenta de Boone Hallberg, quien lo invitó en los años sesenta a visitar la región. (Después de buscarlo sin éxito varias veces a lo largo de estos años, conocí a Boone Hallberg apenas el año pasado, en su casa de Ixtlán. Boone había crecido en un granja de manzanas en California, y su contacto temprano con braceros oaxaqueños lo llevó a emigrar a México con el deseo de ayudar a los campesinos a mejorar el rendimiento de sus cosechas con las técnicas que había aprendido en la escuela de agronomía. Su historia amerita un texto aparte).

Lo que más me interesa saber de Mickel es el origen de su pasión por los helechos. Espero una anécdota memorable, alguna motivación poética. En lugar de ello, me dice que a él le gustaban todo tipo de plantas, pero que su profesor Warren H. Wagner, que era muy carismático, le había dicho que tenía que dedicarse como él a estudiar helechos. Y así lo hizo. En 1957 viajó por primera vez a lo que él llama, con espíritu muy anacrónico, Nueva Galicia (Jalisco y Michoacán), y al escuchar de Boone Hallberg fue a buscarlo en Oaxaca.

Algo decepcionado por su respuesta, continúo mi entrevista preguntando por su relación con los habitantes de la sierra. Me dice que en los primeros viajes no le hacían mucho caso, pero que con el paso del tiempo parecían haberse vuelto muy conscientes de la riqueza de su patrimonio natural, porque en sus últimas expediciones (en una de las cuales viajó Oliver Sacks), las autoridades locales asignaban un policía de la comunidad para que lo acompañara y vigilara que no se llevaran plantas sin permiso. Al advertir la gravedad respetuosa con la que me cuenta esto, me doy cuenta de que Mickel no tiene la menor idea de que la verdadera razón por la que empezaron a vigilarlo es que lo creyeron agente de la cia. Preferí no sacarlo del error.

¿Qué podía contarme sobre la experiencia de viajar con el afamado neurólogo Oliver Sacks? Casi nada: buen tipo, le gustan los helechos, ha escrito algunos libros. Los seres humanos no parecen interesarle mucho a Mickel y lo único que anima su mirada temblorosa es mostrarme láminas de helechos sobresalientes.

Diario de Oaxaca es un libro interesante, pero apagado, en el que Sacks no alcanza a trascender la mirada del turista, acaso porque los helechos no son sus plantas favoritas, sino las cícadas (a las que dedica un libro mucho más virtuoso: Isla de cícadas, publicado junto con La isla de los ciegos al color). El episodio del Diario que más me gusta se refiere justamente a Mickel. Sacks cuenta que, en cierto momento, el líder de la expedición se excitó mucho al ver las esporangias de un helecho Elaphoglossum, hacia las que llamó la atención de todo el grupo. Robbin Moran, discípulo de Mickel y heredero de su puesto en el Jardín Botánico, le comentó en voz baja a Sacks que su maestro era el único espécimen de homo sapiens que experimentaba “orgasmos pteridológicos”. A esta edad, Mickel ya no me da la impresión de ser una persona muy orgásmica. Está cansado y, para concluir nuestra reunión, saca otro mapa amarillento y me señala otros sitios ricos en helechos que me recomienda visitar en la sierra (Llano Verde, el cerro de San Felipe, las laderas al noreste del Cerro Pelón).

Paso a visitar a Robbin Moran en su oficina. Es el actual curador de helechos de la institución. Tiene veinte minutos para conversar conmigo y los agotamos frente a un mapa de Costa Rica, hablando de la amenaza que el calentamiento global representa para los bosques nublados de aquel país centroamericano.

Salgo del edificio un tanto desanimado. Creía que estas dos eminencias tendrían el espíritu aventurero de los naturalistas decimonónicos, pero en lugar de eso me parecieron infundidos de una acartonada asepsia burocrática. No tienen madera de espías. Un famoso ornitólogo estadounidense, Sidney Dillon Ripley, utilizó su papel como espía de la Oficina de Servicios Estratégicos (antecesora de la cia) en la Segunda Guerra Mundial para recolectar especímenes de aves. El escritor y naturalista Peter Matthiessen trabajaba en secreto para la cia cuando se mudó a París y participó en 1953 en la creación de la célebre revista literaria The Paris Review, que según él fue una pantalla para sus actividades de inteligencia. Años después escribió libros memorables sobre el leopardo de las nieves, la fauna antártica e incluso una crónica sobre sus viajes por Sudamérica en busca de bosques de niebla. Creer que Mickel y Hallberg podían haber sido agentes de la cia no fue tan descabellado después de todo.

 

3. IXTLÁN DE JUÁREZ, OAXACA. JULIO DE 2016

 

De vuelta en los bosques nublados de la sierra, subo a la cima de un cerro y me detengo a contemplar los restos de una ceremonia tradicional junto a un árbol exuberante, cubierto de plantas epífitas (helechos, por supuesto, y bromelias, líquenes, musgos). Comprendo por qué, en un arduo periodo de sequía, los habitantes de la zona volvieron aquí, después de décadas sin incurrir en “prácticas supersticiosas”, para celebrar una solicitud ritual de lluvia. La atmósfera del lugar es sagrada y el rito no carece de utilidad: al reunirse la comunidad en un acto de propiciación mágica, la tensión se desahoga y los vínculos comunitarios se fortalecen. La sacralidad mítica del entorno coincide con su importancia ecológica: sin bosques como éste, la generación de nubes y lluvia disminuye, los suelos se erosionan, los ciclos hidrológicos se perturban.

Lejos de aquí, en los Valles Centrales y en el Istmo de Tehuantepec, se recrudecen las protestas contra la Reforma educativa. Ya hubo muertos en Nochixtlán. De pie frente al árbol sagrado, me acuerdo del Diario de Oaxaca y sus helechos: el común Adiantum capillus-veneris, el fragilísimo Anogramma leptophylla y el endémico Asplenium hallbergii, especie bautizada por John Mickel en honor de Boone Hallberg. ¿De qué sirve hablar de helechos en este país desgarrado? ¿Cuánto aportan al Producto Interno Bruto? Es imposible cuantificarlo. No tienen valor alimenticio ni farmacológico, pero su modesta aportación a la salud de los bosques repercute en el equilibrio de ciclos naturales sin los cuales no podríamos subsistir.

En un hueco entre dos ramas reconozco un helecho de color muy intenso, miembro de la familia Polypodiaceae. Mirarlo me distrae de la aflicción política. Pienso que, a diferencia de los bronceados girasoles, las ortigas dolorosas y los cactos antisociales, los helechos son amables confidentes. Lo que no tienen de flores ni de espinas, lo compensan en discreta calidez, en llana sabiduría. Por eso me simpatizan, a pesar de no ser tan carismáticos como otras clases más modernas y sofisticadas del reino clorofílico.

En ciertas noches tristes he envidiado a los helechos, cuya naturaleza introvertida los exime del furor político, el despecho amoroso, la riña vecinal. He deseado ser, como ellos, un solitario, capaz de producir esporas hermafroditas, de soltar, como el cabello, a mi progenie, llevada por el viento a otros lugares, hijos por doquier, partos sin dolor, niños sin pañales, adolescentes con el temple vegetal. Luego me acuerdo de las prestaciones de ser mamífero (comer, soñar y copular, básicamente) y se me quitan las ganas de ser helecho.

Los amantes, sin embargo, tenemos mucho que aprender de las plantas. Me acuerdo de unos versos de Andrew Marvell, poeta y político inglés del siglo xvii, que en un poema dedicado a su novia recatada (“To his coy mistress”), menciona que, si tuvieran todo el tiempo del mundo, sus reservas pudorosas no serían un crimen y podrían ir agarrándose confianza poquito a poco. Él le asegura que, si gozaran vida de sobra, él tendría mucha paciencia: “My vegetable love should grow / vaster than empires and more slow” (“Mi amor vegetal se expandiría / más vasto que imperios, y más lento”). En otras palabras: qué más quisiera, mi amor, pero ya me urge. Ella, al cultivar con recato la urgencia, tal vez sabe que habrá de cosechar más devoción por parte del poeta. La moraleja es que a toda pasión le sirve un periodo vegetal para templarse y convertirse en un imperio duradero.

Vuelvo a pensar en las crisis políticas recurrentes en Oaxaca. De algún modo están conectadas con este árbol exuberante, con los helechos que crecen en sus ramas y los restos del fuego sacrificial que hubo por aquí. Ante el embate codicioso de políticos corruptos, empresas agrícolas, mineras y madereras, los oaxaqueños defienden su territorio como algo sagrado. Si los gringos de la cia vuelven una y otra vez a estos bosques, a estos ríos, es porque saben que esto es muy valioso, tan valioso que no nos pertenece, que no tenemos derecho a devastarlo.

Las “reformas estructurales” de este sexenio son una estrategia destinada a reducir el tamaño del Estado. Sus artífices afirman que, en vista del fracaso del éste para administrar eficazmente las riquezas colectivas del país, es preciso privatizarlas. El argumento se basa en una falacia: Estado y gobierno no son lo mismo. El primero es un conjunto de instituciones, de leyes y figuras, de acuerdos colectivos para velar por los bienes comunes; el segundo es el conjunto concreto de personas que a lo largo de los años administran dichas instituciones. La ineptitud de estas personas no es razón suficiente para desmantelar el Estado. Sin recurrir a privatización alguna, muchas comunidades serranas han demostrado una enorme capacidad para gestionar racionalmente sus recursos naturales. Han creado reservas comunitarias. Han prohibido la tala y la cacería inmoderadas. Han organizado brigadas para apagar incendios forestales y han comisionado a policías para que acompañen a los extranjeros que vienen a explorar sus bosques. Han vuelto a creer que están vivos los cerros y son dueños de sí mismos. Tienen razón. El tiempo, como dije, es voluble en las montañas. Oliver Sacks no alcanzó a entender Oaxaca. Acaso no tuvo tiempo. Aún no es tarde para nosotros.


   
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Jorge Comensal

Nació en la Ciudad de México en 1987. Es narrador y ensayista. Ha sido becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Colabora en revistas como Este País,...


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