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NUEVA ÉPOCA NÚM. 159 MAYO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Juan Bañuelos
La condición poética


Myriam Moscona
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 159| Mayo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Moscona, Myriam , "Juan Bañuelos. La condición poética" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Mayo 2017, No. 159 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=830&art=18001&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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En un cálido texto de despedida Myriam Moscona despliega las claves para entender la obra y la personalidad de este gran poeta, ensayista y catedrático chiapaneco que se describía a sí mismo como un enfermo de su tiempo y de su pueblo.

 

Por invitación de Roger Bartra, escribí hace más de veinticinco años una serie de semblanzas de “poetas vivos mexicanos” para “La Jornada Semanal”. En 1994 se reunieron en el libro De frente y de perfil, volumen acompañado con fotografías de Rogelio Cuéllar. Con algunas modificaciones, recupero este retrato hablado de Juan Bañuelos, a quien dejé de ver durante un largo periodo. Bañuelos pasó sus últimos años aislado, con una memoria confusa y, sin embargo, todos los días, sin necesariamente comprenderlo, leía el periódico. También lograba repetir de memoria algunos poemas que nunca se borraron de su disco duro. A pesar de que la prensa —y él mismo— consignaba su nacimiento en 1932, Bañuelos se quitaba un par de años. En unos meses cumpliría 87.

 

El 6 de octubre parecía una fecha diabólica en la historia de la familia Bañuelos Chanona. “En 1932”, un 6 de octubre, después de un arduo trabajo de parto, la señora Josefa Chanona dio a luz gemelos. “El más feíto” vivió: se llamó Juan Bañuelos. Ocho años después, otro 6 de octubre, nacieron, luego de un esfuerzo agotador, unos triates. Solamente vivió Margarita. El poeta sería, así, el primogénito de esos “ramilletes de escuincles” que siempre llegaban en cadena.

Nieto de un villista, gobernador de Zacatecas e hijo de un herrero “amante de la ópera, mecánico y de algún modo inventor”, Juan Bañuelos ganó en Tuxtla Gutiérrez, a los diez años, un concurso de poemas al árbol. Vivían a dos cuadras del río Sabinal. “De pronto, veíamos gallinas y ganado flotando, ahogados, en el flujo de esas aguas. Era un río pequeño que crecía en tiempos de lluvia”. Muy chico todavía, acompañó a su padre a San Cristóbal de las Casas para componer el motor de un molino de nixtamal. Los recibió “un hombre espantoso” llamado Marciano Culebro Escandón. Era alto y caminaba como pato porque tenía los dedos de los pies unidos por membranas. “Despreciaba a los obreros y a los artesanos. Mi padre tuvo dificultades con él y yo, sin saberlo, obtenía mi primera gran enseñanza de dignidad. Mi padre lo mandó al diablo y se negó a hacerle el trabajo. Me tomó de la mano y me llevó a cenar al mejor restorán”.

Cuarenta años después, Bañuelos restituiría el Premio Chiapas a los indios de Los Altos. Sus palabras desconcertaron a varios funcionarios que acompañaban al gobernador en el acto de entrega: “No soy un hombre del sistema, soy su crítico… ser poeta no es ningún privilegio y la poesía no sobrepasa al hombre, es la evidencia de lo real, y por lo mismo no tiene valor de cambio. Éste es un oficio que no le aconsejo a nadie. Bien dice Perse que ya es bastante para el poeta ser la mala conciencia de su tiempo. Y, sin embargo, en mi caso, si el poeta está enfermo de universo, yo declaro que estoy enfermo de mi gente, de mi pueblo…”. Durante el discurso, como en el fotograma de una vieja película, apareció en su mente “el perfil mefistofélico de Culebro Escandón”.

Cuando Bañuelos llegó a la Ciudad de México tenía veinte años. Vino a estudiar derecho, y su padre le encargó a Jaime Sabines que lo cuidara. “Sabines vivía en el Centro, en República de Cuba; yo en Brasil. En vez de cuidarme, me llevaba a todos los antros”.

En ese entonces, Rosario Castellanos tenía tuberculosis. Juan iba todos los días al hospital. “Yo era el único que la visitaba. La gente tenía miedo de contagiarse”. Con ella conoció la poesía de Perse. “Pensaba que se trataba de un poeta chiapaneco. Su poesía llena de selvas, de ondulaciones, de papayas, me recordaba a los poetas del trópico”.

En la Facultad de Derecho conoció a Carlos Fuentes y a Sergio Pitol. “Nos juntábamos a leer poesía y ensayo. Juntos descubrimos a Virginia Woolf, a Joyce. A Eliot lo oíamos en un elepé. Éramos melómanos. Todos los domingos, a mediodía, íbamos a escuchar a Celibidache al Teatro Metropólitan. En ese tiempo, los tres descubrimos que el derecho no era nuestra vocación”.

 

Y luego nada. / Como el que se va de bruces / por el ojal del olvido…

 

Poco después, apareció en la vida de Bañuelos un hombre que se convertiría en un gran afecto, pero sobre todo en un maestro. “Gracias a él conocí la poesía norteamericana y europea. Era un poeta y gran traductor catalán: Agustí Bartra. En cierto modo, se hizo también amigo y maestro del resto de los Espigos”.

 

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Juan Bañuelos
© Javier Narváez

 

La espiga amotinada fue un título que Juan encontró después de leer a Quevedo. Le costó dar con él y sentía “cierta resistencia” a darlo para el volumen colectivo que el Fondo de Cultura Económica iba a publicar con cinco escritores que durante varios años se identificaron como grupo. “Frente a una botella de Ron Cortés cedí el título”.

Lector de autores clásicos —“siempre me parecen los más contemporáneos”—, de Stevens, Claudel y de Oscar Lubicz Milosz (a quien conoció por Bartra), Juan Bañuelos casi nunca contesta cartas. El poeta chileno Gonzalo Rojas, en una tarjeta postal, le escribió: “Lástima no haber recibido respuesta alguna a mis numerosas cartas… No te pido nada, sino algunos textos tuyos. La poesía pasa necesariamente por ti y eso tú lo sabes…”. “Ahora —recuerda parpadeando— lamento no haberle correspondido. No es gesto de arrogancia. No sé qué me pasa, siento una inexplicable dificultad en escribir cartas”. El poeta español Vicente Aleixandre —a quien Bañuelos tampoco respondió por correo— le escribió: “veo en el poeta al hombre, tan entero […] Poder, éste es el signo de su libro tan bello y tan hondo. Está entre mis más exigentes preferencias de la nueva poesía hispanoamericana”.

Coordinador durante veinte años de talleres de poesía por los que pasaron varios poetas de los años cincuenta y sesenta, Bañuelos aparece transfigurado en la novela Los detectives salvajes. Sin embargo, a la manera zen, llegó a una conclusión paradójica: “los talleres no sirven para nada”.

A pesar de haber perdido un zapato minutos antes de su boda, no es un hombre olvidadizo. Buscador de una arqueología del cosmos, “el cosmos como un orden, no como un universo”, Juan Bañuelos revisa sus poemas una y otra vez. Desconfía. Les imprime un ritmo, a veces una métrica, pero no se lo echa en cara al lector.

 

Todo / tengo prohibido: / incluso la amargura.

 

Con la “metafísica del paisaje” sabe que “el estado perfecto del hombre es su condición poética. Como los peces que viven con naturalidad en el agua, pero no la miran… así el hombre vive en una atmósfera de energía rítmica sin verla, hasta que la descubre el poeta en el dolor o en la alegría; entonces oímos lo que no se puede decir y miramos lo invisible”.

 

Atrapados los astros
  en la Vía Láctea / los caballos se mueven
  al paso de la luna /   la noche
    al pulso de una arteria /         los árboles
          al ritmo de las aves /          los hombres
              al peso de la niebla […]

 

Al lado de Chela Lau, mujer de origen chino que estuvo a su lado durante años, Bañuelos pasa largas temporadas en Tlaxcala, donde también coordina talleres de poesía y ayuda a jóvenes de distintas generaciones a entender que “la escritura es ante todo una actitud ética”. Pese a que transcurren años entre un libro y el siguiente, escribe todos los días. “Ahora publico poco. Es tiempo de decir pocas palabras”.

 

***

 

Ante el derrumbe de mi casa
JUAN BAÑUELOS

 

Brilla la telaraña en los escombros.
Inicuamente el aire se balancea en el terror
y ella se nutre aligerando el paso,
y ya ni amor escuda el golpe
de esa ceniza cuya boca
es desdentada salud desde la cuna.
Los hilos se alargan e insisten
como relámpagos que imitan
la lívida cara de la noche,
y no es posible oscilar entre
el crujir de la madera
de aquellos muebles que recuerdan
la savia y el cubil quemado
de la lluvia.
                    Un arco iris en el cuadrante
de la araña
                    perdura al paso
de donde jamás estuve,
                    y el ruido de un motor que tiene prisa
asusta este destino
                    que baja al fondo
y me despierta
                    pululando
entre desechos de palabras.

                    Mis manos
no tocan más que límites.

 

______________________________
Poema publicado en la Revista de la Universidad de México, volumen XXIII, número 12, agosto de 1969


   
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Myriam Moscona

Nació en la Ciudad de México en 1955. Poeta y narradora. Hija de padres búlgaros sefaradíes. Es autora de varios libros de poesía, entre ellos Las visitantes (1989) con el que obtuvo el Premio de Poesía...


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