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NUEVA ÉPOCA NÚM. 159 MAYO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Glosario del dolor


Maia F Miret
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 159| Mayo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Miret, Maia F , "Glosario del dolor" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Mayo 2017, No. 159 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=830&art=18002&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Con un estilo libre y desenfadado, en el que no elude entremezclar ni lo autorreferencial ni el humor con el conocimiento científico, Maia F. Miret —amante de la ciencia tanto como de su divulgación— da en esta entrega un recorrido por la tipología y la nomenclatura de la aflicción humana por excelencia.

 

Es posible que, salvo por este planetita, esta mota de
polvo cósmico, invisible mucho antes de que pueda
alcanzarse la estrella más cercana, es posible, digo, que
en ningún otro lado ocurra esta cosa llamada dolor […]
Nunca escuché de una cosa inútil que no fuera

exterminada, antes o después, por la evolución.
¿Usted sí? Y el dolor se hace innecesario.
H. G. Wells, La isla del doctor Moreau

 

Recuerdo una conversación, de niña, con mi padre. Creo que ocurrió en el periférico, uno de esos días en los que me permitía apoderarme del volante, en un acto de absoluta y salvaje confianza, para que aprendiera a guiar un automóvil. La conversación, pues, era sobre el dolor. Él, que de niño tuvo polio, una tosferina que por poco los deja en tierra a él y a su familia cuando estaban por abordar el Sinaia en Francia y al parecer algunas experiencias desagradables con dentistas —y que desde los 17 años se negó resueltamente a ver doctores y lo cumplió por el resto de su vida—, sostenía que no existía más que un tipo de dolor, y que la diferencia entre todos los dolores imaginables, los más punzantes, agónicos y triviales, era sólo de grado, no de clase.

Sospecho no haber estado convencida. El dolor parecía tener no únicamente intensidades sino también personalidades: había dolores ardientes como los que provocan las quemaduras de Sol, dolores profundos como los viscerales, otros agudos o sordos. Había dolores emparentados con la sensación de presión y con la comezón, dolores ominosos e inofensivos, localizados y difusos. Pero no discutí; mi experiencia con el dolor hasta el momento era la de una niña de diez años, sin adenoides y con un par de muelas cariadas a lo más, y tenía que concentrarme en el camino.

Hace unos años me apoderé en mi viejo taller de cerámica, tras mucho dudarlo, de un torno que nadie usaba por alguna regla tácita que hasta entonces todos respetábamos con un temor supersticioso. Terminé por obtener, a partir de un montón de barro que debía pesar sus buenos 20 kilos, un platito un poco contrahecho del tamaño de un cenicero. Comprobé que la fluidez y la gracia con la que se ve tornear a los ceramistas expertos es una combinación de años de práctica —saber, entre otras cosas, el punto justo en el que debe hacerse presión con las eminencias tenar e hipotenar, las dos protuberancias en la base de la palma que están del lado del meñique y del pulgar— y de una fuerza descomunal en los dedos y los brazos que, como toda fuerza que se adquiere en los oficios, hace que la tarea parezca engañosamente fácil. “Mañana vas a despertar adolorida”, bromearon todos, aliviados de que mi osadía no hubiera despertado tempestades.

Al día siguiente tuve mi primer brote de fibromialgia. A lo largo de un par de días el dolor se extendió inexplicablemente desde los brazos hasta el resto del cuerpo, pero no se parecía a ningún otro que hubiera sentido: era un dolor eléctrico, como el que nos aflige cuando giramos de pronto la cabeza y nos paraliza la descarga de un músculo que se queja por lo inesperado del esfuerzo, pero continuo y generalizado, los nervios en punta, la piel erizada como un gato. Recordé la conversación con mi padre. ¿Qué hacía distinto este dolor sin foco, continuo e indeterminado del dolor del parto o el dolor del ejercicio, a veces prolongado e intenso pero con causas y consecuencias deseables o al menos predecibles? ¿O del dolor instantáneo de una inyección o de una maquinita de toques de la Alameda, cuya agudeza se ve mitigada por su carácter instantáneo o pasajero? ¿Qué es, en concreto, la experiencia del dolor? 

El glosario del dolor es impreciso. Existen dolores comunes y con causas y nombres bien definidos: los dolores nociceptivos, producto de una herida superficial o del sufrimiento de algún órgano interno muy inervado, como los cólicos menstruales. Más indefinibles son los dolores neuropáticos, que tienen su origen en un daño en los nervios, por ejemplo, los que atormentan los pies de los diabéticos. Y finalmente hay dolores indeterminados (como el de la fibromialgia) provocados por un desajuste en las formas en las que el cuerpo acelera y ralentiza la infinidad de señales químicas y eléctricas que traducen nuestras experiencias sensibles, como un automóvil conducido por un inepto que continuamente acelera y frena de más. Resultan casi imposibles de determinar, imposibles de medir y también imposibles de creer. (En la receta de mi reumatólogo se lee, como parte del tratamiento: “Explicarle a la familia que la enfermedad que sufre usted es real”).

 

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Grabado de Andreas Vesalius, siglo XVI
© Wikicommons

 

Hay dolores quemantes, pellizcantes, urentes, de presión, eléctricos, evocados, paroxísmicos, disestésicos. Pueden experimentarse como cuchilladas, parestesias, cosquilleos, agujas, pruritos. Pueden ser crónicos o agudos. Hay neuralgias, neuritis, molestias, espasmos, reumas. Hay dolores fantasma, dolores itinerantes, vibrantes, agitados. Hoy sabemos que hay dolores psíquicos, como el del rechazo, que activan en el cerebro algunas de las mismas regiones sensoriales y afectivas que el dolor físico, y también que el sistema inmunitario, y en particular el fenómeno de la inflamación, tienen mucho que ver con la forma en la que se despierta y vive (o duerme) el dolor en nuestro cuerpo.

El dolor, pues, no es un solo fenómeno, sino muchos. Antes de terminar por adquirir alguno de sus nombres se produce una cascada que recorre el sistema nervioso, desde los nervios a flor de piel hasta la percepción y la conciencia; la median sistemas eléctricos y químicos llenos de reciprocidades y redundancias, y a cada paso, en cada nivel fisiológico y mental, se baila un pas de deux que ha evolucionado durante millones de años entre el dolor y la analgesia, el sufrimiento y el placer, la reacción y la parálisis. Mi padre estaba equivocado. Ojalá pudiera contárselo ahora; seguro le gustaría comprobar lo intrincado y paradójico que es este primitivo conjunto de aflicciones y capacidades de los que nos ha dotado la naturaleza.

Las clases más comunes de dolor comienzan en nervios especializados llamados nociceptores. Los bautizó así un sir Charles Scott Sherrington. Como fisiólogo se enfrentaba al problema, aún no resuelto, de distinguir entre la sensación que da origen al dolor y la percepción del dolor. Si en los humanos esta percepción es subjetiva, en animales con sistemas nerviosos más lejanos es casi imposible de determinar. El dolor que siente quien no puede reportarlo es de crucial importancia para quienes defienden o deploran el aborto con base en la formación del sistema nervioso, para los viviseccionistas (como el tremendo doctor Moreau), para quienes experimentan y prueban productos con animales, para los shochet que realizan el sacrificio kosher con el mandato de que ocurra sin sufrimiento y, por supuesto, en los muchos casos a lo largo de la historia en los que se ha aducido, con una crueldad abominable, que los negros o los indios, desde su condición subhumana, tienen una tolerancia sobrehumana al dolor y a otras formas de sufrimiento y que por lo tanto es lícito someterlos a trabajos y castigos intolerables para los blancos, cuyos niveles de dolor naturalmente son civilizados.


   
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Maia F Miret

Estudió Diseño Industrial en la Universidad Iberoamericana y posee un diplomado en Divulgación de la Ciencia por la UNAM. Se ha desempeñado como escritora, editora y asesora cultural. Es autora de diversos...


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