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NUEVA ÉPOCA NÚM. 159 MAYO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Reseña
La hermosura destrozada


J. Pablo Tobón
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 159| Mayo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Tobón, J. Pablo , "Reseña. La hermosura destrozada" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Mayo 2017, No. 159 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=830&art=18012&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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La historia de la Guerra greco-turca (1919-1922), en su etapa culminante y desastrosa, es sintetizada por Homero Aridjis (Contepec, Michoacán, 6 abril de 1940) con una bella, aunque trágica, única imagen: Esmirna en llamas. Más que inspiración, la mítica “ciudad de la vida”, así como el conflicto bélico acaecido en ella, prestan sus voces, que percibe el poeta, y se unen en canto elegiaco. A través de los pasos de Nicias, ex soldado griego y hombre del éxodo, invisible —como todos los griegos de esa época en Esmirna—, recorremos la ciudad, y acaso podemos oír las almas que dieron grandeza a Grecia, porque el suelo aún vibra para mover las ondas hacia los oídos. Ellas llegan a Nicias, válvula al vacío, y, llenas de ruido, empero, nos envuelven en placenteros instantes que atraen la mirada a la incandescencia.

Como ante la sucesión de fotogramas, la invisibilidad de Nicias se convierte en imagen a contraluz. Así lo descubrimos en el papel-celuloide que traza intertextualidades interminables por Esmirna. En ella se mezclan la imagen en movimiento y el sonido de las tradiciones judeocristianas, así como la propia ontogenia griega, harto extensa por sí misma. Lejanas dichas imágenes del lector moderno, ocurre la pausa, porque es necesario rememorar prestando la voz, nuestra voz. Quizá sea esa la mayor virtud del texto: revivir la hermosura que ha sido destrozada. Así escuchamos, mientras Nicias duerme con la Odisea en las manos (p.47), el viaje al algos de un Ulises distinto, uno que también aguarda a los muertos entre asfódelos, pero en un Hades de Anatolia. Y aquella terrible ciudad destrozada la percibe el ser “[c]on las alas del corazón caídas hasta el suelo [apreciando] la estética del cimiento socavado, del muro perforado, de la puerta desquiciada y de los peldaños adheridos a la nada.” (p. 58).

 

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Desde el inicio de la novela (tipología textual que me rehúso a aceptar en este caso), el todopoderoso narrador —cantor, mejor— nos presenta a Nicias no como personaje sino como la imagen de un hombre dividido en el tiempo: el actual paseante y quien recuerda la ciudad pasada. No hay personajes en realidad, porque no hay voces. No existe más que una, a veces prestada con gran artificio a imaginaciones del cantor. Nicias, espejo de sí mismo, obedece a lo que el poeta le manda decir, y no reprocha, porque en ese juego de contar lo vivido es también lo contado. Allá donde la voz dialoga no hay dos voces, sino una interna que resuena. Aridjis ha escuchado a los aedas cantar y, de la asimilación e impresión de ellos, se revela en el celuloide el canto —el sonido se guarda en la pluma y se reproduce en la voz del lector— para no ser ajenos a esas almas reptantes en llamas. Quienes pasen por las puertas del libro y decidan compadecer con ellas, oirán. Allí, en la complicidad, nos apropiamos de la condena política, sutil pero incisiva, a los “aliados” (p.72); de la verdadera “Matanza de los inocentes” (para envidia de Mateo); irónicos, leemos “Esmirna, ciudad de la tolerancia”. Súbitamente, como en tiempos de Príamo (y en su tierra), el poeta emula la descripción del “ciego” de las naves aqueas (pp. 73-75); o sueña Nicias y desciende al Hades, como en el nóstos de Odiseo: premoniciones del miércoles 13 de septiembre de 1922. Y qué decir de los fragmentos trémolos de Eurípides, Pausanias, Estrabón, Vitruvio, o Kavafis; la resonancia de las canciones de Komitas, ¡aun Caruso!… y no abultemos más las líneas, aunque sobran referencias.

Podemos protestar, en efecto, en respuesta a la consideración de novela de la Esmirna en llamas. (Más aún a la de histórica). Y es que Aridjis padece la necesidad amorosa del poeta, incluso ahí donde la escritura se resuelve como prosa. Saltan las imágenes del poeta porque no puede, para contar, arrebatarle a su letra “la doble luz” —como instruía (e instruye aún hoy) Machado—. Se iluminan las muestras de la hermosura destrozada, ahí, en las llamas que consumen la noche y, copulando con el mal, sin embargo —artificio del decir—, es hermoso el desastre. Más allá del evento histórico o de Nicias Aridjis, sobreviviente del genocidio griego, el poeta mexicano se esfuerza por rememorar, ante todo, el ejercicio del arte. Su padecimiento se encuentra en el amor al decir. Combate la “gárrula palabrería”, y vence. Por eso su prosa no es fría; está envuelta en llamas, también, como Esmirna. Su escritura no se emparenta con la epopeya clásica, sino con la elegía, pues su canto se acompaña del batir marchas fúnebres en tambores destemplados, como habrían dicho Baldelarius y de Greiff. Así pervive la hermosura, mil veces destrozada, en el siempre hoy de la página.

 

Homero Aridjis, Esmirna en llamas, Fondo de Cultura Económica, México, 2013, 116 pp. más 32 láminas, Colección Letras Mexicanas.


   
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J. Pablo Tobón

Egresado de la licenciatura en Letras Hispánicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.


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