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NUEVA ÉPOCA NÚM. 159 MAYO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Reseña
La historia es la historia de las pasiones


Sofía López Maravilla
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 159| Mayo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

López Maravilla, Sofía , "Reseña. La historia es la historia de las pasiones" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Mayo 2017, No. 159 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=830&art=18014&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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La palabra verdadproviene del griego ἀλήθεια, que literalmente significa “aquello que no está oculto, aquello que es evidente”; o quizá convenga decirlo en heideggeriano: “desocultamiento del ser”. En cualquiera de sus posibles traducciones, se trata de una negación del olvido: Λήθη, en su romanización Lḗthē, Leteo, río del Hades del cual se bebía antes de ser reencarnado para no recordar, según narra Platón en República. Y es que, precisamente, el historiador funge como el que busca la verdad, es el que se niega a beber de las aguas del Leteo, y honra a la musa de la memoria.

La historia es una literatura contemporánea. Manifiesto por las ciencias sociales es obra de Ivan Jablonka (París, 1973), doctorado en Historia por la Sorbonne, fundador y director de la revista en línea La Vie des Idées, y ganador del premio Médicis por su obra de finales de 2016 Laëtitia ou la fin des hommes, libro basado en un feminicidio acontecido en Francia en 2011; se puede decir que no es sólo un erudito en Historia —en mayúsculas, porque es monumental, como dice Nietzsche— sino también un apasionado por la intrahistoria.

En este recorrido metahistórico, la ocupación principal de Jablonka radica en presentar la historia como una “tercera cultura” emergente entre el rigor de las ciencias sociales y la belleza de las letras, siempre reivindicando el papel de estas últimas en el proceso de una investigación “sobre la verdad”, pues no por ser poéticas carecen de una veridicción —término utilizado por Jablonka— sino que, muy al contrario, apoyan como un desciframiento del mundo.

El estudio tiende a ser repetitivo. A menudo parece ser una amplia recolección de citas que da vueltas en torno a este enfrentamiento irónicamente histórico sobre qué tan científica o poiética debe ser la gran narración de los grandes procederes del mundo. Ya desde el siglo v a.C. la discusión se establece (en retrospectiva por los grandes eruditos, por supuesto) entre Heródoto, con su matiz trágico, que nos hereda el vocablo Ἱστορίαι, Historiae, “exploraciones”, y en el polo opuesto Tucídides, a quien Jablonka describe como mayormente epistémico. A partir de este punto, el debate establecerá la diferencia entre la narración histórica poética y la metódica.

En la Roma imperial, la historia se instrumentaliza a merced de la glorificación del César, pero traiciona a la verdad; durante el Medievo, la historia es mitología judeocristiana, aunque entre las sombras se yerga la imagen de san Agustín como primer historiador providencial en La ciudad de Dios. Este matiz teleológico será de vital importancia (y digo vital, porque son voluntades humanas, sufrientes por tanto, las que hacen la historia) para la concepción que incluso hasta el siglo XX se tenía sobre la historia, como un progreso del espíritu, una realización de la libertad a la cual parece caminar la humanidad, aunque de esta concepción se excluyó por entero a la humanidad y sólo prevaleció la ratio, gran diosa inmanente.

 

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Para el siglo XVII, hay una vivificación de la historia, que tiene por intención hacer parecer a los hombres del pasado “dotados de vida y atravesado por pasiones”. Es la era del escritor-genio: el hombre de mundo que además es un hombre-en-el-mundo. El primero, hombre de razón; el segundo, el hombre que padece conflictos morales, políticos, que está “entrañado” con el mundo. Pero, ¿hasta qué punto están distanciados la bestia sufriente, la criatura de Dios, del sujeto dueño de su destino? Sí, la conciencia historiadora aparece con la secularización, el hombre se autoafirma, y parece emancipado gracias al ejercicio de la razón; sin embargo, aún queda ese germen teológico que hace al hombre proyectarse como un demiurgo constructor de un mundo sobre el mundo que ha heredado de la Antigüedad.

El siglo XIX es el siglo de la creación de metáforas históricas, el del historiador como una alegoría de Prometeo (p. 68); a la luz del espíritu romántico, surgen las figuras de Grimm, Michelet o Ranke. Hacia finales del mismo siglo, también el naturalismo es una forma de historia, aunque más bien nos recuerda a la intrahisoria; y aquí se abre el caudal de la literatura como ardor torrencial: poetas tales como Baudelaire, Vigny y el mítico Víctor Hugo son grandes retratistas de la modernidad. La verdad novelesca es cuanto más fiel a la condición humana que la verdad histórica del Estado totalitarista que cancela a los individuos atravesados por múltiples potencialidades creativas y destructivas, y nos concatena a una supuesta marcha emancipatoria (aunque a estas alturas de la posthistoria ya no sé si queden esperanzas en el porvenir).

En el siglo XX, los historiadores son bardos: antes que una ciencia estricta, es una narración, en tanto que relata, o más bien construye, la “verdad” del pasado; hay siempre un Sujeto sobre el cual se dice: puede ser el Mediterráneo, Napoleón o todo un pueblo, y en tanto que sujeto proyectado por el espíritu, va atravesado por pasiones que determinan la estrepitosa procesión de la humanidad (procesión que nunca ha sido unívoca, sino que como hidra se parte en miles de cabezas cada vez que hay un conflicto determinante de eras, y acaso estas procesiones convergen en puntos específicos, y luego se escinden en sus construcciones del pasado; porque éste jamás es único, y voy a traicionar aquí a Jablonka: se inventa el gran monumento histórico, se inventa a los héroes, a los pueblos, todo es un afán por el porvenir, por predecirnos y tratar de limitarnos en leyes, aunque toda la historia tenga por única ley que, paradójicamente, ninguna ley la contiene, no hay ningún axioma que la prediga, es toda ella titánica).

El profeta decreta la verdad; el historiador la sigue por medio de la racionalidad, al menos hasta donde un mundo construido por pasiones se lo permita. La historia es potencialidad humana, y por tanto violencia, emergencias de poder. Hablar del mundo “objetivo” es hablar de visceralidades, de profundidades con aspiraciones metafísicas llevadas a la inmanencia de la historia, del siempre siniestro movimiento de la humanidad. La verdad al servicio de la fuerza. La realidad histórica construida con el deseo, antes que con la razón.

 

Iván Jablonka, La historia es una literatura contemporánea. Manifiesto por las ciencias sociales, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2016, 348 pp.


   
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Sofía López Maravilla

Estudiante de la licenciatura en Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.


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