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NUEVA ÉPOCA NÚM. 159 MAYO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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La tarde de un escritor


Rodrigo Hasbún
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 159| Mayo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Hasbún, Rodrigo , "La tarde de un escritor" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Mayo 2017, No. 159 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=830&art=18022&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Luego los hijos se van a la calle o a la universidad y ella a no sé a dónde, y él vuelve a quedarse solo. Hace días tiene prohibido salir, dicen que así quieto va a recuperarse mejor. Los deja hacer y, ahora mismo, apenas se van, pone en el tocadiscos unas sonatas de Vivaldi y enciende un Delicado y se sienta en la poltrona de la sala a fumar, mirando la forma de las nubes del otro lado de la ventana. Es la hora en la que todo parecería estar en la espera de algo, y se queda dormido. Al rato aparece una mujer sin brazos, en medio de un camino pedregoso. Aunque no la conozca de ninguna parte, se alegra de verla y la abraza y ella murmulla algo sobre las nubes. Él intenta responder pero no puede, no le sale la voz. “De qué sirve ser tan buenos describiendo nuestra prisión, Juan, tú que sabes dime, de qué sirve”, dice ella. De nuevo quiere responder y, de nuevo, no puede. Un zumbido molesto empieza a oírse entonces y lo despierta. Él, todavía aletargado, busca entender dónde está y de dónde viene el zumbido ese. De la sala no, ni tampoco de ninguno de los cuartos. Se siente fantasma deambulando por ellos sin que haya nadie más en el apartamento. Quizás eso mismo sea lo que haga para siempre, deambular por esos cuartos, cuando le toque estar muerto.

Llega a la cocina y no tarda en descubrir que es el refrigerador el que produce el zumbido. Lo sacude fuerte hasta acallarlo. Después abre la puerta y aprovecha para sacar la botella de Coca Cola y llenar un vaso. Deberá decirles algo cuando vuelvan, a ella que entiende bien de las cosas de este mundo, o a sus hijos, aunque a ellos se les hayan acabado las ganas de hablar. Vuelve a la sala arrastrando los pies y se sienta de nuevo en la poltrona al lado de la ventana. El cuerpo ya no hace tanto caso. El cuerpo es unas manos que se mueven solas, una respiración como más lenta. El cuerpo es todo lo que ese cuerpo ha sido. Le da un sorbo a la Coca Cola. Ahora que tiene prohibido irse por ahí, se ha acordado de las decenas de cartas y las tres o cuatro entrevistas que se han ido acumulando. Lleva treintaitantos años respondiendo a las mismas preguntas. La persistencia de esas preguntas le resulta asombrosa, inquietante. Tanta curiosidad malsana por lo que todavía podría hacer y por lo que ya no, y la tarde que no avanza, y la mujer del sueño, y el fin de Vivaldi. Debería hacer algo con la montonera de sobres. También necesita decidir si le alcanzan las fuerzas para aceptar la invitación a Barcelona. Enciende otro Delicado. Mientras lo fuma recuerda la vez que, en su última visita, tropezó de regreso al hotel en plenas Ramblas. Iba solo y nadie lo ayudó. Hicieron como si no hubieran visto para no humillarlo, pero eso terminó humillándolo aún más. A veces es difícil mantener el equilibrio, no dejar que el cuerpo se caiga. Porque el cuerpo siempre quiere caerse, se dice en su poltrona mientras apaga el cigarrillo y le da un último sorbo a la Coca Cola.

 

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En ese momento regresa el zumbido. Vuelve a la cocina, mira de frente al enemigo y le da un sacudón. No basta para hacerlo callar. Intenta de nuevo, con más fuerza. El zumbido no cesa. Barcelona por una semana no estaría mal, se dice en su escritorio, donde se encierra para alejar el ruido. Tendría que disfrazarse y jugar durante un par de días, eso es todo. Luego podría pasear por la ciudad, perderse por dentro y por fuera, empezar a despedirse como si estuviera sucediendo lo que está sucediendo. Desde su escritorio ve algo más de cielo. Es cielo de invierno, estropeado, sucio. “De qué sirve ser tan buenos describiendo nuestra prisión”, sigue preguntando la mujer sin brazos, allá lejos. Podría dejar anotado el sueño pero para qué. Saca la pila de cartas y las abre y revisa por encima. En una escriben mal su nombre. Señor Ruffo, le dicen, y esa ligera variación le provoca una felicidad repentina, inusual. Sienta bien el desorden, ser otro un rato. Sonríe un poquito y hace a un lado la carta. Luego coge un papel y un bolígrafo y se pone a responder.


   
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Rodrigo Hasbún

Nació en Cochabamba, Bolivia, en 1981. Ha publicado los libros de cuentos Cinco, Los días más felices y Cuatro, un volumen de relatos escogidos titulado Nueve y la novela El lugar del cuerpo, por la que...


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