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NUEVA ÉPOCA NÚM. 160 JUNIO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Siete minutos


Andrea Bajani
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 160| Junio 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Bajani, Andrea , "Siete minutos" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Junio 2017, No. 160 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=831&art=18039&sec=Creaci%C3%B3n > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Traducción de Carlos Gumpert

 

Una breve caminata separa dos mundos: la casa y el estudio del escritor. Dos vidas: la paz doméstica y el diálogo cotidiano —no menos real— con seres hechos de alfabeto que habitan en el barrio contiguo. Una muestra de la elegante prosa del italiano Andrea Bajani, sin duda una de las voces más potentes de la generación de autores nacidos en los años setenta.

 

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Desde hace muchos años, y aún hoy, salgo temprano por la mañana. Recorro a pie la calle que desde mi casa lleva a la estación de tren, la cruzo, salgo al otro lado del edificio, continúo un poco más por un par de manzanas y luego me encierro en una habitación a escribir durante todo el día. Siete minutos de camino. Por la noche, cada noche, hago el recorrido contrario. Cierro con llave la puerta del estudio, vuelvo a cruzar la estación, llego a casa, dejo en el vestíbulo la mochila con el ordenador, saludo a mi mujer y a mi hija y después cenamos, y cada uno pasa revista al día. Yo siempre he hablado mucho sin decir nada de lo que ocurre en el estudio.

Después de cenar, algunas noches vemos una película juntos, charlamos sentados en el sofá, invitamos a alguien a tomar una copa o una infusión con nosotros, leemos cada uno su propio libro en la misma habitación o en diferentes lugares de la casa. Luego nos vamos a la cama, y allí nos decimos las cosas más importantes y las más nimias, recapitulando juntos el día transcurrido. A veces hacemos el amor, otras veces no, algunas noches con pasión, otras sin ella, y nos quedamos dormidos, abrazados o cada uno en su lado.

Por la mañana siempre me despierto temprano, desayuno y salgo de casa antes de que mi mujer se despierte. A veces oigo sonar el despertador de mi hija, ella aparece en pijama y nos damos los buenos días. Mas a menudo salgo cuando ambas siguen dormidas. Bajo por las escaleras y, como todos los días, me encamino hacia Porta Nuova. Cruzo la estación, me encierro en el estudio. Todos los días, durante todo el día, vivo —y sigo viviendo— encerrado en un mundo del que no cuento nada a la persona con la que me he casado. Todos los días, detrás de esa puerta, río y lloro, amo, odio, me exalto, me desespero, triunfo, fracaso, lucho, sucumbo. Cuando apago la luz, recorro siete minutos de camino, y me siento en la mesa como si nada hubiera ocurrido.

 

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Calle de Turín
© Wikicommons

 

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La estación de Porta Nuova, en consecuencia, separa topográficamente mi vida en dos partes especulares. A la izquierda está el barrio en el que vivimos. Es un barrio burgués: pequeño comercio, tiendas de delicatessen, de pasta fresca, carnicerías de pocos metros cuadrados y piezas seleccionadas de animales bien alimentados, fruterías con manzanas, peras, tomates de aspecto excelente, floristerías. Hay unos cuantos restaurantes, algunas pastelerías, una pizzería que amasa harinas especiales, suelos de parquet y gente bien vestida. El sábado por la tarde los cierres metálicos están echados, son pocos los coches aparcados, y los que faltan están de viaje hacia Bardonecchia o Liguria, según la época del año. Los edificios son de estilo modernista. Por lo general, son propiedad de un par de familias emparentadas, sea por haberse unido en matrimonio o por pertenecer a ejes hereditarios que incluyen los propios inmuebles. En los telefonillos hay más iniciales que apellidos, y con frecuencia disponen de un servicio de conserjería, con una familia asignada a esta tarea que vive en la planta baja y que habla de usted incluso a los adolescentes que ve pasar y desaparecer luego en el ascensor.

Durante más de un siglo no se vieron inquilinos, por obvias razones de contagio. Más tarde, las casas empezaron a vaciarse, los propietarios a morirse y los herederos a preferir lugares más dinámicos o más alejados de los bloques familiares. Así que durante décadas las viviendas se quedaron vacías. Vender hubiera significado ceder porciones, debilitar el bloque familiar de arranque, exponerse a infiltraciones. Por ello prefirieron, durante mucho tiempo, mantener esos sacos vacíos dentro de los edificios, metros cúbicos de aire, persianas echadas, bombillas colgadas de cables, polvo acumulado en el parquet, y el potente eco de los truenos durante las tormentas. Durante décadas no se abordó la cuestión. Probablemente, por lo demás, no sería siquiera la única propiedad dada como carnaza a los ácaros. En definitiva, no era cuestión que corriera prisa resolver: se repartieron los gastos comunes, que eran, en todo caso, insignificantes en comparación con el peligro de tener otros propietarios con los que deber enfrentarse.

Pero los ácaros son seres obstinados, y día tras día fueron llevando a cabo su obra de lenta destrucción. Milímetro a milímetro fueron royendo el vacío en el que se les había dejado vivaquear, provocando daños considerables. Los costes de mantenimiento empezaron a crecer y los propietarios pensaron por primera vez que era necesario tomar medidas. No valía la pena pagar tan alto precio por la nada de la que eran señores. De manera que optaron por el alquiler, con el fin de conservar el control sobre todo el edificio y disponer de alguien que, en la práctica, se ocupara de hacer la guerra a los ácaros manteniendo el orden en las viviendas. La vida cotidiana de una familia de inquilinos era un eficaz antídoto que emplear contra un ejército de arácnidos. Era suficiente con armarlos los unos contra los otros para evitarse ulteriores molestias. Las persianas podían volver a abrirse a la calle, y la fachada recuperaría su compostura ante los ojos de los vecinos de enfrente y de quienes pasaban por la acera, eliminando el efecto moratón de una casa parcialmente sellada.

Por esta razón se optó por arrendamientos de precios contenidos. No eran desde luego las ganancias lo que se iba buscando. No era de eso de lo que podrían obtenerse cambios dignos de relieve. Un alquiler bajo, por el contrario, haría más evidente la desproporción de poderes entre las partes, funcionando en consecuencia como inhibidor. Los inquilinos eran una suerte de desinfectadores, o personal de mantenimiento, a quienes se les daría en usufructo, de hecho, un alojamiento de 150 metros cuadrados, que nunca podrían permitirse en otras circunstancias. Sólo se les exigiría la regularidad en el pago, el cumplimiento de las normas de la comunidad, así como la prohibición absoluta de aparcar coches y bicicletas en el patio, destinado únicamente a los propietarios.

La selección de los inquilinos sería la parte más importante, y eso era evidente para todos. Así como las fachadas de los edificios deben adecuarse a la estética generalizada, las personas que viven en ellos se tienen que casar, por decirlo así, con el color dominante. Antes que gente que desentonara, sería preferible dejar las persianas echadas unos meses más y hacer frente todos juntos a los gastos consiguientes. Es indudable que la cuenta bancaria y la entidad del sueldo cobrado tendrían su importancia, pero aún más decisiva sería la tónica general. El inquilino tendría que parecer uno de ellos, a ojos de los extraños, es decir, adecuarse a la estética general, no echar a perder las vistas. El deseo del inquilino de parecerse a ellos resultaría, en este sentido, muy valioso. Deberían demostrar gusto en la decoración, modales correctos en las escaleras y aportar también un soplo de aire fresco en un ambiente familiar a veces sofocante. Y el día que se cansaran de ellos, podrían deshacerse tranquilamente de su presencia.

En la práctica, lo que necesitaban eran familias de mantenimiento pequeñoburguesas con ambiciones de ascenso social. De este modo, en el barrio donde vivimos, en el lado derecho de la estación de tren, es posible hallar elegantes viviendas de alquiler a precios bastante asequibles. Y fue así como también nosotros llegamos allí un día. Presentamos nuestras credenciales y firmamos el contrato. Mi mujer es arquitecto y tiene buen gusto, y yo soy un escritor medianamente conocido. Dos requisitos que encajan para el personal de mantenimiento de una vivienda. Y cuando invitamos a gente a cenar recibimos elogios por la casa, y es evidente que lo hemos conseguido.


   
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Andrea Bajani

Nació en Roma, en 1975. Ha publicado Saludos cordiales (2005; 2015 para la traducción española), Se consideri le colpe (2007,), Ogni promessa (2010); La mosca e il funerale (2012) y Mi riconosci (2013),...


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