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NUEVA ÉPOCA NÚM. 161 JULIO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Breve anecdotario del ajedrez


Luis Ignacio Helguera
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 161| Julio 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Helguera, Luis Ignacio , "Breve anecdotario del ajedrez" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Julio 2017, No. 161 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=832&art=18072&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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El matrimonio entre literatura y ajedrez ha sido muy fecundo —Zweig, Nabokov, Borges y Arreola dan cuenta de ello—, y Luis Ignacio Helguera nos recuerda que frente al tablero, como ante la página en blanco, uno puede jugarse la vida. Presentamos también algunas de sus “Astillas del tablero”, aforismos que echan luz sobre la psicología de este juego. 

 

I. AJEDREZ Y EXISTENCIA

Perdida en la noche de los tiempos y de las civilizaciones más antiguas (Egipto, la India, Persia, Grecia, la España musulmana) la respuesta a la perseverante pregunta, algo necia acaso, ¿quién inventó el ajedrez? (cosa que, con más discreción, no se pregunta sobre los naipes o la música), podemos disfrutar, por su simple valor literario, la leyenda hindú según la cual un brahamán o filósofo llamado Sisa inventó el ajedrez para demostrar a su monarca joven y soberbio que, siendo la pieza central, nada puede el rey sin la ayuda de sus súbditos. Fascinado por el juego, el rey concedió a Sisa la recompensa que quisiera. Para castigar esta nueva muestra de soberbia, Sisa pidió simple trigo, en la siguiente proporción numérica: un grano por la primera casilla del tablero, dos por la segunda, cuatro por la tercera, ocho por la cuarta, dieciséis por la quinta y así sucesivamente, duplicando cantidades hasta llegar a la casilla sesenta y cuatro. Con gesto despectivo ordenó el rey que se cumpliera la “humilde” petición. Pero después de realizar cálculos detallados, sus tesoreros le informaron que el reino entero sería insuficiente para cumplirla. El rey había sido aleccionado en dos sentidos: uno, a través del valor y la acción de las piezas, símbolos de los hombres y sus cosas; dos, a través de la dimensión del tablero, símbolo del mundo.

Ya desde su aspecto, pues, encerraba el ajedrez misteriosas claves de la existencia. Limitado a los sesenta y cuatro escaques e ilimitado, infinito juego a la vez, constreñido por reglas severas y juego de amplia, noble libertad a la vez, el ajedrez es juego más que juego. “Demasiada ciencia para ser juego y demasiado juego para ser ciencia”, según Leibniz. Y escribe Faulkner en su novela Gambito de caballo: “Nada mediante lo cual es posible reflejar todas las pasiones, esperanzas e insensateces humanas puede considerarse como un juego”. La frase del poeta inglés del siglo XV Chaucer era ya clara y categórica: “Os lo advierto: no se trata de un juego de niños”.

 

II. INFANCIA Y LOCURA, SEXUALIDAD Y ASEXUALIDAD

Sin embargo, el ajedrez se aprende mejor en la infancia y son frecuentes los niños prodigio del tablero. La predisposición natural para la abstracción que existe en la infancia —y que tiende a estrecharse por el aprendizaje de menesteres prácticos, concretos— explica que en el ajedrez, y en otros campos abstractos por excelencia como las matemáticas o la música, se dé a luz este género de enfant terrible.

A propósito de infancia y ajedrez recuerdo una anécdota del primer campeón oficial de ajedrez del mundo, Wilhelm Steinitz (1836-1900). El maestro checo viajaba en ferrocarril y se puso a conversar con un comerciante acompañado por su hija de ocho años. Cuando la niña escuchó que la profesión de ese hombre era el ajedrez, dijo: “¿Todavía juega usted ajedrez? ¡Huy, yo jugaba cuando era pequeña, pero ahora ya no!”. Naturalmente, el padre de esa niña y Steinitz rieron de buena gana. Pero no olvidemos que el pequeño y gran Steinitz, el descubridor del juego posicional, se volvería loco. Loco por el ajedrez siempre estuvo, pero cosa diferente es que a causa del ajedrez enloqueciera y al final de sus días jurara que por medio de la electricidad podía comunicarse con Dios, con quien jugaba ajedrez y a quien se permitía dar las blancas y peón de ventaja.

 

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Salvador Dalí y Marcel Duchamp jugando ajedrez, 1966
© Robert Descharnes

 

La variante lamentable de la locura no sólo ha sido jugada por Steinitz: también por otras luminarias como los norteamericanos Paul Morphy y Harry Nelson Pillsbury, el ruso Akiba Rubinstein, el mexicano Carlos Torre o el personaje de la magistral novela La defensa de Nabokov, el indefenso Luzhin. Se cuenta que al final de su vida, Morphy, retirado del ajedrez a los veintiún años, padeció manía persecutoria y que ordenaba en semicírculo zapatos de mujer; murió en una tina de baño en Nueva Orleans a los cuarenta y siete años de edad.

Del yucateco Carlos Torre (que, por cierto, trabajó de joven en una zapatería en Nueva Orleáns) se dice que, después de una corta, brillante y agotadora serie de torneos internacionales (en que, entre otras cosas, entabló con Alekhine y Capablanca y venció a Lasker), después de tomar unas copas con amigos en un bar de la Calle 115 de Nueva York, perdió la memoria, se quitó la ropa y, como hombre mono, se fue caminando al zoológico. A los veinticuatro años Torre se vio forzado por razones médicas a abandonar el ajedrez.

El doctor Rey Ardid, catedrático de psiquiatría de la Facultad de Medicina de Zaragoza, España, y ajedrecista hasta por su nombre, ha explicado que las personalidades con capacidad de concentración y poco comunicativas se ven atraídas por el ajedrez, que puede intensificar la propensión a enfermedades mentales, de por sí natural en estos “temperamentos esquizotímicos”.

Fascinante, porque crea un mundo cerrado, con coordenadas espacio-temporales propias, el ajedrez es al mismo tiempo peligroso, pues es fatalmente adictivo y suprime al mundo exterior, con todo y dimensiones tan fundamentales como la sexual.

Alekhine y Fischer (el Fischer activo) encabezan la larga lista de los maestros para quienes el ajedrez es lo más importante del mundo, más aún que el mundo mismo. Fuera del ajedrez, Alekhine no encontraba mejor cosa que beber (“El ajedrez y el vino nacieron hermanos”, dice una vieja máxima rusa suficientemente confirmada por Alekhine, Bogoljubow, Chigorin, Tal…), ni Fischer otra que leer tiras cómicas Mad. ¿Y las mujeres? En el medio ajedrecístico son considerablemente altas las estadísticas de solterones, divorciados y casados con adúlteras sistemáticas, cosa que en términos ajedrecísticos se traduciría como descuidar el flanco de dama.

Misógino por excelencia, Fischer declaró: “Las mujeres son débiles, todas las mujeres. Son estúpidas comparadas con los hombres. No deberían jugar ajedrez. Son como principiantes. Pierden cada una de las partidas que juegan contra hombres”. Y sobre el matrimonio opina: “El ajedrez es mejor”.1

Cuando eran amigos, antes de enfrentarse por el campeonato mundial, Alekhine y Capablanca fueron juntos una noche de 1922 en Londres a un show. Mientras el siempre galante Capablanca no apartaba la mirada de las coristas, Alekhine no apartaba la mirada de su ajedrez de bolsillo. Alekhine se casó cuatro veces, siempre con mujeres mayores que él. A Capablanca se le vio en 1927, en Buenos Aires, bailar tangos con bellezas argentinas en pleno match contra Alekhine. Por atender damas, Capablanca descuidó el flanco del rey y Alekhine le arrebató la corona, la colocó sobre su cabeza y no volvió ni a enseñársela al cubano.

El caballeroso Boris Spassky, que en 1993 se había casado tres veces, según esa maravillosa enciclopedia del ocio que es The Even More Complete Chess Addict,describió la relación con su primera esposa como “de alfiles de colores opuestos”.2

El símbolo de la ambigüedad sexual en el ajedrez lo encarna como nadie Chevalier o Madame D’Éon de Beaumont (1728-1810), miembro del St. George Club de Londres, que en una sesión de simultáneas a la ciega de Philidor derrotó al clásico maestro, entre otros triunfos ajedrecísticos notables. Travestido como Madarne d’Éon de Beaumont, fue espía de Luis XV y realizó misiones secretas en Rusia e Inglaterra. Para aclarar la cuestión de su sexo, un tribunal de mujeres de Londres le practicó un examen, el 24 de mayo de 1771, que arrojó el extraño resultado de “Sexo dudoso”. Pero un segundo examen, en 1777, avaló su sexo femenino. Sobresalió como dama de compañía de la emperatriz Isabel, antecesora de Catalina la Grande, y de la emperatriz María Antonieta. Después de la Guerra de los Siete Años se presentó como varón, explicando que era hermano de la estimada Madame d’Éon. Tan convincente era su personalidad femenina (o tan necesarios sus servicios y su presencia como madame), que cuando apareció en la corte de Versalles “vestida” de hombre, se le ordenó que se quitara el disfraz masculino y volviera a su atuendo y modales de dama. Años después tuvo desavenencias con el gobierno de París y amenazó con vender a los ingleses toda la información confidencial de su trabajo como espía. Por esa razón, en dos ocasiones trataron —infructuosamente— de envenenarla agentes franceses. Murió a muy avanzada edad, cuando al batirse en duelo se enredó en su propia falda (como si por fin se le enredaran los dos sexos) y se ensartó en la espada de su rival. Sólo el examen post mortem pudo determinar su sexo masculino.

 

III. FRENTE AL TABLERO

A los ajedrecistas, seres dotados para la renuncia al mundo, se les conoce naturalmente por sus partidas, pues a los estilos de juego diversos corresponden otras tantas personalidades. También se les conoce por sus comportamientos frente al tablero.

Lo primero que se necesita para sentarse ante el tablero es resistencia o, como se decía en la era del ajedrez prereloj, “buenas posaderas”, tan buen cerebro como buenas posaderas. Se cuenta que en 1851 el historiador británico Henry Buckle logró redactar dos capítulos de su History of Civilization in England mientras su contrincante reflexionaba una jugada. Por su parte, después de horas de esperar heroicamente respuesta, Morphy miró interrogativamente a Paulsen, quien exclamó: “¡¿Qué, me tocaba a mí?!” Así puedan lamentarla algunos jugadores extremadamente lentos, la existencia del reloj en el ajedrez es un triunfo de la civilización.

Con o sin reloj, la práctica del ajedrez es terriblemente absorbente y desgastante, aspecto en el que justifica, así sea de modo parcial, su parentesco con los deportes. Enigma paradójico del estático ajedrez esto de equipararse en el desgaste físico (y psicológico) con el que provocan algunos de los deportes más dinámicos, intensos y rudos: un estudio norteamericano estimó que la tensión a que es sometido un jugador en partidas de cuatro o cinco horas durante un torneo de ajedrez equivale a diez rounds de box. Capablanca no perdió partida pero sí siete kilos en su match por el Campeonato del Mundo contra Lasker disputado en La Habana en 1921. Y Petrosian tuvo que sacrificar, además de varias piezas, ocho kilos para obtener el título mundial frente a Botvinnik en 1963. Manera única de bajar de peso la que ofrece el ajedrez: permanezca sentado, concéntrese lo más que pueda, analice mucho y mueva un brazo y una mano cada tantos minutos con la mayor precisión posible.

Es natural que a un juego tan temible corresponda una rica gama de códigos de conducta. Tenemos por un lado a los malportados, encabezados genialmente por Fischer, quien durante su match contra Spassky, en 1972, llegaba tarde, insultaba a la prensa y a los organizadores, y entre jugada y jugada se comía las uñas, se limpiaba los oídos y se sacaba los mocos. Por otro, a los que a la tensión esencial del juego agregan la presión contra el rival de su mirada escrutadora y cínica, capaz de alcanzar grados hipnóticos en magos, encantadores de serpientes, basiliscos como Tal o Karpov.

 

 

1  Cf. Mike Fox y Richard James, The Even More Complete Chess Addict, Londres-Boston, Faber, 1987 y 1993, pp. 260-261. [Regreso]

 

2  Ibidem, p. 262. [Regreso]


   
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Luis Ignacio Helguera

Poeta, narrador, ensayista, crítico musical y ajedrecista mexicano. Autor de Traspatios (1989); Minotauro y Antología del poema en prosa en México (1993); El cara de niño y otros cuentos; Oaxaca en Eduardo...


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