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NUEVA ÉPOCA NÚM. 161 JUNIO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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El pornogramático Brambila


Màrius Serra
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 161| Junio 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Serra, Màrius , "El pornogramático Brambila" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Junio 2017, No. 161 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=832&art=18074&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Este filólogo catalán, especialista en fenómenos de ludolingüística, da cuenta de la aventura de un tapatío que se lanzó “al monte donde pacen los seres vervíboros” y se propuso demostrar la inoperancia del sistema ortográfico del español para así proponer una “ortografía rasional”.

 

El mexicano Alberto M. Brambila Pelayo nació el 12 de julio de 1884 en Santa Rosalía, municipio de Ayutla, y murió, casi un siglo después, el 11 de diciembre de 1974. Más que un hombre de letras, fue un letraherido. Su bibliografía se compone de obras sobre los modismos de su Jalisco, como Lenguaje popular en Jalisco (1957), escrito con la colaboración de Luis Páez Brotchie, y otros trabajos similares que no le reservarían un papel demasiado relevante en la historia de la literatura. Sin embargo, otra obra suya nos permite hablar de él como de un personaje literario digno de mención. Se trata de un libro absolutamente increíble, ciclópeo y paradojal, que publicó en 1928, sólo un lustro después del asesinato de Pancho Villa. Su título es Homofonología (Tratado completo de homófonos). Nada menos y mucho más que un inventario meticuloso de todas las palabras de la lengua española que, según el habla mexicana, pueden confundirse porque se pronuncian igual. En el año 2000, justo cuando estaba cerrando la bibliografía de mi Verbalia (juegos de palabras y esfuerzos del ingenio literario), di con un ejemplar de esta rareza, fatigado, amarillento e intonso. Pertrechado con un abrecartas, fui cortando cuidadosamente esas cuatrocientas páginas que nadie había leído aún y quedé fascinado por el contradictorio calado de la operación.

La obra de Brambila es un ejemplo excelso del combate interior entre la razón y la pasión en el ámbito verbal. En la mente del autor ambas pulsiones devienen monstruosas y el resultado es equiparable, en lo lúdico, a la refriega que debe darse en la mente de un censor cuando se aplica a ejercer su criterio ante fragmentos de obras artísticas consideradas pornográficas. Porque las dos pulsiones que desembocan en la Homofonología son opuestas: la fiesta del juego verbal derivada de la ambigüedad colisiona con el deseo racional de claridad expositiva. En pleno furor revolucionario de los años veinte del siglo XX, el mexicano Brambila se impuso demostrar que el sistema ortográfico del español no funcionaba para sus compatriotas porque permitía legiones de homófonos. Su objetivo final era proponer una nueva notación más ajustada al principio racional de un fonema por cada signo gráfico. De hecho, en la página 373 del volumen, la primera impresa en tinta roja, Brambila inicia su “Ortografía rasional” y la encabeza con un epígrafe lo suficientemente ilustrativo:

 

Si para los españoles es difísil la ortografía kasteyana, para nosotros es impraktikable. Konsekuensia lójika [con la k sobreimpresa en negro sobre una c roja, probablemente porque se le había colado]: o ablamos komo los españoles, o escribimos komo ablamos de akuerdo kon nuestra fonétika.

 

Siguen 28 tortuosas páginas impresas en rojo que contienen, en dos someros capítulos escritos en la nueva ortografía, la propuesta revolucionaria de Brambila.

Este epílogo, de aspecto enrojecido y efecto sonrojante, no es digno de reseña. Operaciones similares han sido emprendidas regularmente en muchas lenguas con escaso éxito. El objetivo utópico de una simplificación ortográfica, en aras de alcanzar una escritura más natural y cercana al habla, es recurrente. Aún hoy, la reforma ortográfica del alemán es un conflicto abierto. Hace un siglo, un autor tan reconocido como el irlandés George Bernard Shaw lo intentó infructuosamente en inglés, llegando a publicar alguno de sus libros en la nueva ortografía. En castellano, ya lo propuso Gonzalo Correas en el siglo XVII y en pleno siglo XX el filólogo Jesús Mosterín ha reincidido en ello. Nada nuevo, pues, en la “Ortografía rasional” de Brambila.

 

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Lo verdaderamente interesante sucede en las 372 páginas anteriores, que en teoría deberían ser un mero prólogo de esas escasas 28 páginas que ocupa la propuesta de revolución ortográfica. Pero el presunto prólogo se lleva la parte del león: seis capítulos, nueve apéndices y una nota final que no tienen desperdicio. De entrada, para justificar su exigua propuesta reformista, el mexicano se aplica a inventariar palabras homófonas según la pronunciación local, que básicamente incorpora el seseo y el yeísmo como hechos diferenciales. Así, son homófonos cirio-sirio-zirio, barón-varón, orca-horca, rayar-rallar, ciego-siego, acecinar-asesinar... y así hasta ¡9,400 palabras! El proceso de elaboración de este vastísimo lemario debió ser largo y complejo, pero está claro que durante su gestación el virus juguetón de la homofonía se apoderó del censor revolucionario de Brambila. Como quiera que fuera en el camino debió hallar muchos pares de cuasi homófonos, que sólo diferían de un fonema entre sí, pues decidió que también los incluiría en el magno prólogo de su breve propuesta.

De ahí que en los dos capítulos siguientes Brambila recoja sendos vocabularios paronímicos. El primero contiene más de 200 palabras de pronunciación semejante, del tipo acético-ascético, cesto-sexto, consiente-consciente, chapas-Chiapas, corte-cohorte o yerro-hierro. La justificación que exhibe para incluirlos es impecable: “Palabras parónimas que, faltando a las reglas de la ortofonía, es decir, mal pronunciadas, pudiera su carácter confundirse con el de las homófonas precedentes”. El segundo “Vocabulario paronímico” consta de 900 ejemplos más: “palabras parónimas que, sin el acento ortográfico, se convierten forzosamente en homógrafas unas, i en homófonas otras”. Incluso incluye apellidos, como Abásolo-Abasolo, pero la mayoría son parejas o tríos de derivados tan reconocibles en su parentesco como próspero-prospero-prosperó, mamaria-mamaría, adúlteras-adulteras o monólogo-monologo-monologó...

Tras completar las más de trescientas páginas que ocupan estos tres grandes inventarios léxicos, Brambila se lanza al monte donde pacen los seres verbívoros. Antes de ocuparse de su propuesta, decide disfrutar de los hallazgos. Intuimos que los cortocircuitos verbales que desea reparar en realidad le fascinan y que el diablillo cojuelo del juego se ha apoderado de su alma pura, empujándole a enriquecer de forma alarmante el amplio catálogo de todo lo que en teoría desea erradicar con su propuesta de “ortografía rasional”. De modo que Brambila, antes de emprender la revolución contra la ambigüedad, introduce nueve apéndices de contenido descaradamente ludolingüístico. En alguno de ellos se dedica, por ejemplo, a un deporte tan injustificable como analizar todas las coincidencias homofónicas entre las formas de los verbos coser y cocer. En otro relaciona apellidos homófonos a los que denomina unísonos, como Chávez y Chaves, por poner un ejemplo inocente. Pero no todos los apéndices son meros listados. A partir del sexto, Brambila da el salto a la escritura à contrainte, en un claro plagio por anticipación de los postulados de la literatura potencial que, décadas más tarde, propugnarán Raymond Queneau y sus compañeros del Oulipo.

En el apéndice vi, titulado “Fraseología homofónica”, escribe 240 textos breves que contextualizan un par de homófonos. La traba no es muy compleja, pero los ejemplos son abundantes: ya sean de tipo descriptivo (“Yo mis calzones arrollo / para pasar el arroyo” o “En tanto, niño, te meces / van transcurriendo los meses”), espiritual (“¡Oh Altísimo Señor! haznos, / antes que ofenderte, asnos”), sentimental (“La bulliciosa Manuela / en vez de su libro hojear, / en el templo i en la escuela / i aun delante de su abuela, / se pone a su novio a ojear”) o político (“Una vez en el Senado / me dijo Andrés: ‘No he cenado’”). Tal vez consciente de haber sido arrollado por su enemigo hasta caer en el arroyo que en teoría deseaba secar, Brambila antepone a su crestomatía de frases homofónicas una advertencia muy reveladora de cómo se ha sentido al escribirlas:

 

Esta clase de fraseología en buena literatura, tanto en prosa pero principalmente en verso, es reprobable por infantil i forzada, i nadie, pues, debe imitarla por ningún concepto. Si yo la uso aquí, aun en verso, es por verdadera necesidad, para probar de una manera fácil i clara —más a la vista que al oído— la enorme diferencia que existe de unas palabras a otras tanto en ortografía como en significación, menos en ortología.

 

Nótese ese entrañable “por verdadera necesidad” que le sale del alma. Su justificación adquiere una dimensión más patética si tenemos en cuenta que, prácticamente en la misma época, Raymond Roussel practica este mismo método homofónico en la escritura de sus obras, tal como revelará póstumamente en su conocido opúsculo Cómo he escrito algunos de mis libros. Los 240 textículos de Brambila no son brillantes, pero el método es el mismo.

En cuanto a su advertencia, forma parte de la tradición del ingenio verbal, cuyos practicantes a menudo lo contemplan como un vicio infame del que conviene hablar mal. En este sentido, es muy ilustrativa la nota que Tomás de Iriarte antepuso a un extenso logogrifo en el que se enfrascó con más pasión de la que se pondría en un mero ejercicio. Habiendo decidido ocultar un pentasílabo albaricoque, Iriarte compuso 212 versos que ocultan un centenar de palabras formadas con las letras de la palabra-solución, cuando hubiera bastado con diez veces menos para que el logogrifo funcionara como enigma. Al darse cuenta de su implicación excesiva, redactó una justificación muy similar a la de Brambila y la antepuso a su exhaustiva disección del albaricoque:

 

A la verdad no deja de ser ocupación pueril la de componer logogrifos, en que el fruto no corresponde al trabajo que cuestan, y así éste se escribe únicamente para satisfacer la curiosidad de un sujeto que con motivo de haber leído alguno de los que suelen publicarse en papeles, periódicos franceses, deseó ver una muestra de lo que a imitación de aquéllos podía hacerse en nuestro idioma. Aun los lectores severos que no buscan en los versos más que la solidez, no están siempre de un mismo humor, y se emplean a veces en una obra de mero entretenimiento cual es ésta.

 

También el francés Victor Hugo escribió palabras durísimas sobre la estulticia de las charadas, a pesar de que él mismo compuso algunas. Del mismo modo que resulta incuestionable la fascinación que siempre han ejercido los juegos de palabras, el rechazo que suscitan también ha sido sólido y muy divulgado. De hecho, su “mala prensa” se inicia ya en el primer medio escrito con aparición periódica, puesto que una de las primeras series de artículos que el padre del periodismo anglosajón Joseph Addison publicó en el germinal The Spectator consistió en una denigración total de los juegos de palabras. Sus fobias pueden seguirse al detalle en los números 58-63 del diario, correspondientes a la semana del 7al 12 de mayo de 1711. Cada día contra un género diferente, hasta componer un interesante catálogo en negativo.

Lo mismo sucede con Brambila. En el apéndice VII, titulado “Fraseología paronímica”, la traba vuelve a consistir en la elaboración de textículos que contengan dos palabras semejantes, pero esta vez los vocablos de obligada presencia son homógrafos por desplazamiento del acento. A partir de su segunda lista de parónimos, Brambila compone una especie de pareados del tipo “Me duelen algo las ingles, / oí que dijo un inglés”, “El nene con gusto mama / las mamas de la mamá”, “La goma llamada mástique / puede haber quien la mastique / como yo la mastiqué” o “Hubo una mujer múi sabia; / mas no todo lo sabía”. La justificación, aquí, ya no contiene advertencias contra el carácter reprobable del ejercicio:

 

Sirvan de ejemplo los siguientes renglones, con los cuales, además, se prueba hasta la evidencia la necesidad del acento ortográfico tan descuidado en los actuales tiempos de embrollo i confusión. Los buenos gobernantes no deberían permitir la omisión del acento ortográfico, a lo menos en parajes públicos, pues aunque algunos individuos alegan que lo hacen por estética, primero está la claridad que la belleza gráfica.

 

Cuanto más se esfuerza en apelar a la cualidad ejemplarizante de sus juegos, más cae en el lodazal del hedonismo verbal. En los dos últimos apéndices ya prescinde totalmente de los textos justificativos. El VIII, titulado “Fraseología enfática”, contiene frases que empiezan y acaban por la misma palabra con el acento cambiado: “mas sin tí yo sufro más”, “entre mil triunfos yo entré”, “¿de mi sueldo que te dé?”... La guinda es el apéndice IX, denominado directamente “Juegos de palabras”, que contiene casi un centenar de quintetos paronomásicos del tipo “bazo, beso, biso, bozo, buzo”, “rata, reta, Rita, rota, ruta” o “sarro, cerro, cirro, zorro, zurro”.

Sin embargo, lo más revelador del libro es la “nota final”, que Brambila introduce justo antes de empezar a escribir de nuevo con tinta roja y ortografía reformada, su propuesta. Creo sinceramente que la reproducción íntegra de sus palabras será el mejor colofón posible para este artículo. Con ustedes, el pornogramático Brambila en su convulsa lucha por mantener los principios hasta el final. u

 

***

 

NOTA FINAL

 

Guadalajara, Jalisco, Méjico,
Estío de 1928. Alberto M. Brambila

 

Muchas personas al darse cuenta de la enorme labor que me eché a cuestas de formar i publicar una Homofonología, sin sospechar que esto sólo es un punto de estrategia para emprender una revolución, cariñosamente han premiado mis afanes concediéndome títulos honoríficos, ya de homofonógrafo, ya de homofonólogo, etc.

Con estos pequeños triunfos pudiera yo envanecerme; pudiera dormir tranquilo sobre mis laureles; pero... no puedo hacer traición a mi conciencia, i, por lo mismo, debo ser leal manifestando con toda franqueza, que mi ardoroso entusiasmo, mis sueños dorados i mis cristalinos i puros anhelos desde hace ya muchos años, han sido el establecimiento de una ortografía racional que esté al alcance de todos, de tal manera que esto no sea un arte complejo, sino una consecuencia espontánea de nuestra manera de hablar.

Alguien dirá: ¿i cuál es el objeto de gastar energía, tiempo i dinero en levantar un lujoso castillo, como lo es la Homofonología, para luego pretender derrumbarlo con la dinamita de la ortografía racional?

Ciertamente para mí habría sido mil veces más fácil haberme dedicado única i exclusivamente al nuevo sistema, sin enzarzarme en los vericuetos de la ortografía española, pero como no todos piensan lo mismo, claro está que mis opositores pondrían el grito en el cielo, clamando que quién era yo, que con qué derecho iniciaba una revolución ortográfica si ni siquiera había demostrado tener los más rudimentarios conocimientos en ortografía?

Así pues, con este libro, creo probar hasta la evidencia que sí profundicé la materia hasta la quintaesencia, i por lo mismo, con pleno conocimiento de causa, puedo asegurar que la ortografía castellana, si para los mismos españoles es difícil por ilógica, para nosotros, por la enorme diferencia de ortología, es impracticable, de lo cual se desprende la imperiosa necesidad que pide a gritos una reforma radical, de acuerdo con nuestro fonetismo.

Pongo en seguida las bases de la ortografía racional para que se vea de una manera perfecta la enorme diferencia que hai de un sistema a otro: es decir, las insuperables dificultades que el primero encierra, i las facilidades que se encuentran en el segundo.

Este libro, pues, en conjunto, será una antítesis: formará verdadero contraste; i mientras que los conservadores, más culto le rendirán al sistema español, los revolucionarios, con un criterio más amplio, se declararán partidarios del sistema racional.

En consecuencia, yo pudiera coquetear con ambos contendientes, aunque hipócritamente con los segundos por estar de antemano asegurado mi porvenir con los primeros; pero, repito, no puedo hacer traición a mi conciencia; mi convicción es inflexible i profunda; los compromisos que tengo contraídos con mi propio criterio para el desempeño de esta sublime comisión que la Naturaleza me ha confiado, me obligan a despreciar la gloria i el reposo; i sin miedo al cansancio, i sin arredrarme las peripecias, con mi pluma-espada en la mano, i con el entusiasmo bélico en el corazón, paso desde luego con toda entereza a encabezar las filas revolucionarias que están dispuestas a emprender una formidable campaña en contra de la ortografía española, hasta conquistar nuestra absoluta libertad, rompiendo para siempre las últimas i oprobiosas cadenas de la esclavitud.


   
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Màrius Serra

Escritor, periodista, traductor, enigmista y presentador de televisión español. Es licenciado en filología inglesa por la Universidad de Barcelona y profesor de inglés. Obtuvo reconocimiento gracias a su...


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