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NUEVA ÉPOCA NÚM. 161 JUNIO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Cincuenta años en compañía de Cien años de soledad


Gonzalo Celorio
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 161| Junio 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Celorio, Gonzalo , "Cincuenta años en compañía de Cien años de soledad" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Junio 2017, No. 161 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=832&art=18079&sec=Creaci%C3%B3n > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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En esta ponencia conmemorativa, Gonzalo Celorio evoca sus lecturas y la recepción de esa novela que habría de convertir a todos los latinoamericanos en habitantes de Macondo y se volvería una suerte de Biblia para ellos.

 

Leí por primera vez Cien años de soledad publicado por la Editorial Sudamericana, en un libro de cubierta azul, en la que una carabela colombina, sin ningún sustento de agua y sin ningún impulso de viento, se adentraba en las exuberancias de las selvas amazónicas. En contraste con esa tapa de espejismos tropicales, la página legal era tan desértica que ni siquiera advertía que se trataba de la primera edición de la obra, como si los editores no hubieran previsto que la novela, con un poco de suerte, podría alcanzar la gloria de la reimpresión. El libro se quedó adherido a mis manos sin que el sueño, el trabajo, el hambre, las incipientes púas de la barba pudieran sustraerme de la lectura, que se había echado a andar a toda carrera en la bicicleta de mis anteojos. El alucinante mundo imaginado en esas páginas, en el que Remedios, la bella, asciende al cielo en cuerpo y alma mientras tiende una sábana de bramante en el jardín de la casa; José Arcadio Segundo se vuelve invisible en la paciente habitación de Melquíades, el gitano trashumante, y los animales de Petra Cotes, émulos de la fogosidad desaforada de su dueña, se reproducen con ahínco, fue adquiriendo objetividad, no obstante, su manifiesta condición maravillosa, en el transcurso de mi lectura. En tanto, la otra realidad, la de este lado de la página en la que solemos estar y tomar café y oír música; la realidad de mi cuarto, de mi cama, de mi mesa de trabajo, empezó a enrarecerse, a diluirse, a desdibujarse hasta que acabó por desaparecer. Con Cien años de soledad me sucedió lo mismo que a fray Luis de León con la música de Francisco Salinas, gracias a la cual, en palabras del poeta, “despiertan los sentidos, / quedando a lo demás adormecidos”.  De buenas a primeras me vi a mí mismo viviendo en la casona de Macondo; deambulando, insomne, por el corredor de las begonias en el que Rebeca y Amaranta purificaban sus rencores; intentando ayudar a Úrsula Iguarán a buscar un objeto perdido, que ella, invidente, encontraba antes que yo, con las antenas de la memoria; visitando en su melancólico laboratorio al coronel Aureliano Buendía, aprisionado en el círculo vicioso de transformar monedas de oro en pescaditos de oro que vendía en monedas de oro para transformarlas en pescaditos de oro, y tratando de descifrar las sentencias latinas que profería el patriarca José Arcadio desde el castaño del patio al que permanecía amarrado, víctima de su propia lucidez. Al término de la lectura tuve la certidumbre de que el mundo creado por la febricitante pluma de Gabriel García Márquez era más nuestro que el que vivíamos cotidianamente. Que en él estaban plasmados nuestras historias más arcanas, nuestros afanes más empeñosos, nuestras ensoñaciones más recurrentes.

 

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Tarsila do Amaral, El pescador, 1925
© Wikicommons

 

Apenas publicada en mayo de 1967, Cien años de soledad pasó de los estudiantes universitarios y sus profesores al lector común, y fue leída por las secretarias, los oficinistas, las amas de casa, los médicos, los abogados, los dentistas y por quienes nunca habían leído un libro en su vida y después de Cien años de soledad se volvieron lectores consuetudinarios. Y se escribieron cientos de reseñas y artículos sobre la novela y se redactaron sesudas tesis doctorales a su propósito y se impartieron infinidad de cursos en los cuales los especialistas le aplicaron las metodologías de crítica literaria entonces en boga y, en muchas ocasiones, como lo temía Gaston Bachelard, explicaron la flor por el fertilizante: los estructuralistas montaron y desmontaron la obra como si se tratara de una carabina reglamentaria; los marxistas vieron en ella los signos de la lucha de clases y de la explotación imperialista en los países latinoamericanos, y los psicoanalistas diseccionaron al bicho raro que la había escrito y le diagnosticaron todo género de obsesiones y delirios. Y se hicieron decenas de ediciones de la obra, que fue traducida a las más prestigiosas lenguas de ambos hemisferios. Y su autor fue reconocido y admirado por los lectores comunes y celebrado por los intelectuales e inquirido por los periodistas y emulado por los escritores y solicitado por los presidentes de las repúblicas y besado por las reinas de la belleza y distinguido, a los escasos cincuenta y cinco años de su edad, con el Premio Nobel de Literatura. Parecería que en su propia vida se realizaran las hipérboles que su ingente imaginación había producido en su literatura. Pero sobre todo fue querido, muy querido, como era su deseo y el más hondo de sus propósitos de escritura, por quienes hemos habitado sus páginas y al reconocernos en ellas por fin hemos sabido quiénes somos.


   
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Gonzalo Celorio

Nació en la Ciudad de México el 25 de marzo de 1948. Cronista, ensayista y narrador. Estudió el Doctorado en Lengua y Literaturas Hispánicas, especializado en literatura hispanoamericana, en la FFyL de la...


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