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NUEVA ÉPOCA NÚM. 161 JUNIO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Por qué leo ficción


Gerardo Laveaga
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 161| Junio 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Laveaga, Gerardo , "Por qué leo ficción" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Junio 2017, No. 161 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=832&art=18080&sec=Creaci%C3%B3n > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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La historia está hecha de interpretaciones. Al percatarnos de ello se desdibujan las fronteras entre realidad y literatura. Así, leer ficción se convierte en una vía de conocimiento y en un acto subversivo contra las narrativas impuestas por el poder.

 

“Si no eres capaz de afrontar Hiroshima en el teatro,
corres el riesgo de que se repita la tragedia”.
EDWARD BOND

 

Crecí, como muchos niños, embebido en los cuentos fantásticos. A los once años, leí Miguel Strogoff, de Julio Verne, mi primera novela. Pasados los cincuenta, sigo leyendo ficción. ¿Qué es lo que me ha impulsado a hacerlo?

Mi padre, un ingeniero con los pies bien puestos sobre la tierra, siempre desconfió de este “pasatiempo”. Algunos de mis amigos —absortos en leyes, códigos y reglamentos— lo vieron, invariablemente, como una excentricidad. Pero leer novelas no es, en modo alguno, ficción o extravagancia: es una necesidad.

Aunque el homo sapiens tiene más de 200 mil años sobre la Tierra, hace apenas 40 mil llegó a Europa, donde esculpió la Venus de Willendorf y pintó las cavernas de Altamira, entre otros prodigios. La historia, sin embargo, tuvo que esperar otros 35 mil años para comenzar.

¿Qué ocurrió antes? No hay forma de saberlo. Debemos imaginarlo a través de cráneos rotos, piedras pulidas y otras pistas que dejaron nuestros antepasados. Ignoramos, por ejemplo, qué significado tenían los megalitos de Stonehenge, las Líneas de Nazca o decenas de monumentos y artefactos primitivos.

La historia comenzó con la escritura. Más que el afán de registrar los hechos, lo que la hizo surgir y desarrollarse fue la urgencia de interpretarlos: comer, dormir, luchar, mandar… Escribir supone dejar una constancia de los hechos, pero sólo después de que los hemos dotado de sentido. No podríamos describirlos de otro modo.

Seamos quienes seamos —y no somos los mismos ante nosotros que ante los demás— hay que tener una hipótesis al respecto. Y hay que tener claro, también, por qué hacemos lo que hacemos. Por lo menos, tenerlo claro respecto de nuestras propias vidas.

Lo que distingue a los humanos de los otros seres vivos, además de su inteligencia superior, es su capacidad de inventar un sentido a sus actos. A un árbol no le preocupa qué significa el rayo que cayó sobre su vecino, reduciéndolo a cenizas. Los pulgones no sienten lastimada su dignidad ante las hormigas que los “ordeñan”, ni las gacelas exigen indemnización a los leones que devoraron a sus crías.

Cuando un paciente expresa su confusión ante un psicólogo, éste suele recomendarle que escriba lo que piensa o lo que siente. Escribir es la mejor forma de poner orden en nuestra vida: decidir qué tiene importancia y qué no; qué precio estamos dispuestos a pagar por hacer o dejar de hacer algo.

Los humanos necesitan dotar de significado cuanto les rodea: alegrarse, entristecerse, enfermar, morir… Cada uno de estos actos fue adquiriendo importancia a lo largo del tiempo. No porque la tuvieran per se, sino porque nosotros fuimos confiriéndosela a ciertas conductas, actitudes o ideales.

Valiéndose de la religión y el derecho —dos de las narrativas más poderosas en la existencia humana—, los más fuertes procuraron imponer orden —su orden— a aquello que no lo tenía. Según estuvieran distribuidas las fuerzas en una comunidad, el sentido de las cosas cambió: aquí era moral tener tres mujeres; allá, no. En cierta región era un sacrilegio comer carne de vaca; en otra, no.

Se inventaron el bien y el mal; la justicia y la injusticia, a partir de la interpretación que se fue dando a nuestra naturaleza y a nuestro entorno. De aquí que, admitámoslo, todo es ficción. La “realidad”, precisan los sociólogos en tono menos perentorio, es una “construcción social”. Nietzsche se adelantó a este concepto: “No hay hechos, sólo interpretaciones”.

 

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© Wikicommons

 

Esto es precisamente lo que hicieron la epopeya de Gilgamesh, el Ramayana, el Éxodo, La Ilíada y otros cientos de historias: interpretaron el modo en que sus autores se veían a sí mismos y a los demás en un momento determinado. Así lo hicieron, también, los textos de Heródoto, Tucídides y Tito Livio, por más que éstos adujeron limitarse a describir la realidad. Pero, ¿qué es “la realidad”?

Lo mismo podríamos preguntar sobre temas de religión y ciencia: ¿Jesús resucitó muertos y multiplicó panes y peces? ¿Existe el alma inmortal? ¿Dónde están los quarks, fotones y bosones, que nadie ha visto? Para algunos todo esto es ficción. Para otros no.

Si hace dos mil quinientos años, quienes describían las visiones que había tenido un profeta, la toma de una ciudad o la forma de practicar una sangría eran sacerdotes, políticos o sabios, la versión tenía carácter sagrado, oficial o científico. Si, en cambio, quienes lo habían hecho eran sus enemigos, propaganda.

Las historias de unos no siempre coincidían con las de otros: “Fuimos a la guerra porque así lo ordenó dios”, juraban unos. “Invadimos aquellas tierras porque nos robaron a nuestras mujeres”, aseguraban otros: “Lo hicimos para defendernos”.

Los reyes tenían que justificar por qué reinaban. Unos decían que porque eran hijos y nietos de reyes; otros, que porque encarnaban la voluntad del pueblo. El derecho divino, el derecho de sangre, la ley sálica… todo era ficción, por más que luego se enarbolaran como pretexto para desencadenar guerras y masacres.

En nuestra época, ¿los países ricos están obligados a acoger a las personas que huyen de los países pobres y violentos? ¿Lo que hacen los hombres piadosos es terrorismo o un esfuerzo por reivindicar a sus pueblos de la voracidad capitalista de Occidente? Depende de quién construya la narrativa, independientemente de que se califique como novelista, periodista o historiador.

Cuando los que no tenían el poder comenzaron a ofrecer sus propias interpretaciones de “la realidad”, esto disgustó a potentados y a políticos, a militares y a sacerdotes. En la República, Platón se pregunta indignado: “¿Hemos de permitir que los niños escuchen con tanta facilidad mitos cualesquiera, forjados por cualesquiera autores, y que en sus almas reciban opiniones en su mayor parte opuestas a las que pensamos deberían tener al llegar a grandes?”.

Según el filósofo, la narrativa debía quedar, exclusivamente, en manos de los poderosos. Pero la narrativa no podía quedar sólo en sus manos. Y no quedó en ellas. Fracasó la censura en la República romana y fracasó en la Edad Media, a pesar del Index librorum prohibitorum.

Quemar los libros de Lutero o hacer arder en una pira a Giordano Bruno sólo exacerbó los ánimos de sus seguidores. Condenar a Salman Rushdie a través de una fetua o acribillar a los caricaturistas y editores de la revista Charlie Hebdo no fue ni será suficiente.

Hoy en día, la censura reviste formas más sutiles. Lo “políticamente correcto” sugiere no abordar ciertos temas o usar eufemismos. “Todos esos mecanismos de corrección política”, advierte Slavoj Žižek, “no están para proteger a las víctimas, sino para protegernos de las víctimas (inmigrantes, refugiados, violadores y terroristas) y volverlas, de ese modo, socialmente invisibles”. Pero, de nuevo, esta censura fracasará: los seres humanos necesitamos narrativas que no sean sagradas, oficiales o científicas.

El papel de la ficción, asegura Mario Vargas Llosa, es permitirnos vivir una vida distinta a la que vivimos: “Los hombres no están contentos con su suerte y casi todos —ricos o pobres, generales o mediocres, célebres y oscuros— quisieran una vida distinta de la que viven. Para aplacar —tramposamente— ese apetito nacieron las ficciones. Ellas se escriben y se leen para que los seres humanos tengan las vidas que no se resignan a no tener”.

Rosa Montero añade: “Siempre me ha dado pena la gente que no lee, y no ya porque sean más incultos, que sin duda lo son; o porque estén más indefensos y sean menos libres, que también, sino sobre todo porque viven muchísimo menos”. Ella y Vargas Llosa aciertan, pero no porque deseemos vivir otras vidas sino porque, como afirma Martha Nussbaum, “la literatura se centra en lo posible, invitando al lector a hacerse preguntas sobre sí mismo”.

En lo personal, nunca he querido vivir la vida de una mujer a quien le amputaron las piernas; de un hombre que, abandonado en una isla, debe arreglárselas para vivir ahí 35 años, o de un paria en Calculta al que devora la lepra. Sin embargo, las novelas que he leído sobre ellos me han hecho comprender mejor sus vidas y —lo confieso— sentir una profunda compasión por el modo en que las vivió cada uno de ellos.

Sin negar que la ficción puede auxiliarnos a imaginar otras vidas, ésta no es, ni de lejos, su tarea más importante. Al leer una novela, no nos sentimos falsificadores de arte o padecemos la vida de un activista de Greenpeace que arriesga la suya para salvar a las morsas.

Permite, eso sí, explorar el cinismo de un médico al que se le desangró un paciente en la plancha o el resentimiento de un secuestrador que cercenó los dedos de sus víctimas. Ayuda a conocer lo que experimenta un gobernador que desvía millones de pesos del erario para comprarse casas y yates, o lo que siente un sicario que dispara en la nuca a un juez que hace jogging.

Pero no como quisieran que lo supiéramos una empresa, un gobierno o una Iglesia —y esto es lo que otorga a la ficción su carácter subversivo—, sino como lo mirarían otros sujetos colocados, en ocasiones, en las antípodas de un grupo en el poder.

Los datos de un estudio académico —siempre parcial, a pesar de que presuma de objetivo— se mantienen fríos, distantes, dado el lenguaje que éste utiliza. Los de una novela, no. Aristóteles apuntó en su Poética: “La poesía es más filosófica y más seria que la historia, pues la poesía dice más bien lo universal y la historia lo particular”.

Ponernos en los zapatos de un dictador puede hacer que queramos imitarlo… o asesinarlo. Entender los motivos de un yihadista puede hacer que deseemos emularlo. Conocer los efectos de ciertas drogas puede ser una invitación para experimentar con ellas. Esto es lo que explica que se haya mirado a la ficción con recelo durante siglos.

“Primeramente”, vuelvo a citar a Platón, “parece que debemos supervisar a los forjadores de mitos, y admitirlos cuando estén bien hechos y rechazarlos en caso contrario. Y persuadiremos a las ayas y a las madres que cuenten a los niños los mitos que hemos admitido, y con éstos modelaremos sus almas mucho más que sus cuerpos con las manos”. No hacerlo así, alerta el filósofo, podría provocar que cada sujeto pensara y sintiera como le viniera en gana.

En La invención de los derechos humanos, la historiadora norteamericana Lynn Hunt sostiene que la Revolución francesa comenzó con las novelas: “Las novelas venían a decir que todas las personas son fundamentalmente parecidas a causa de sus sentimientos y, en particular, muchas novelas mostraban el deseo de autonomía”. Su diagnóstico es impecable.

“De este modo”, prosigue Hunt, “la lectura de novelas creaba un sentido de igualdad y empatía mediante la participación apasionada de la narración. ¿Puede ser casualidad que las tres novelas de identificación psicológica más importantes del siglo XVIII —Pamela (1740) y Clarissa (1748) de Richardson, y Julia (1761) de Rousseau— fueron publicadas en el periodo que precedió inmediatamente a la aparición del concepto de derechos del hombre?”

Los lectores se sentían cómplices de aquellas jóvenes vilipendiadas que, en otras circunstancias, podrían haber sido sus amigas o, incluso, sus hijas. ¿El hecho de que carecieran de fortuna o de un título las hacía inferiores a ellos? La duda comenzó a quebrajar el bloque que habían erigido quienes no eran partícipes del pluralismo.

Algo similar podría decirse de la ficción que precedió a muchas conquistas sociales.

Cuando Lincoln conoció a Harriet Beecher Stowe, autora de La cabaña del tío Tom, novela donde recreó los sufrimientos de los esclavos, la saludó con un: “¿Así que fue usted quien provocó esta guerra?”. Cuando Nora, la protagonista de Casa de muñecas de Ibsen, decidió abandonar a su familia sonó el campanazo del feminismo. Cuando Theodore Roosevelt leyó La jungla, de Upton Sinclair, quedó pasmado al enterarse de lo que ocurría en los rastros de su país y dio un giro a su industria alimentaria.

Es curioso cómo algunas personas que desestiman la ficción leen documentos periodísticos, académicos o históricos. “Porque esto es real”, insisten: “las novelas, no”. Pero, ¿no se trata sólo de una interpretación, tan parcial como cualquier otra? ¿Es real que los rusos maquinan contra Occidente mientras los estadounidenses defienden los valores más altos? ¿Es real que Snowden y Assange son unos villanos que merecen ir a prisión? ¿Es real que el Brexitva a dañar a todos los británicos por igual?

La verdad de las mentiras —uso el término vargasllosiano— suele ser superior a las crónicas que refieren los detalles del día a día. “No es misión del poeta contar las cosas que han sucedido”, regreso a Aristóteles, “sino aquellas que podrían suceder”: ¿Debemos legalizar el consumo de drogas? ¿Debemos permitir que el Estado asista a quien decida morir? ¿Debemos permitir que una pareja de gays adopte a un niño?

Serán los sentimientos —no las ideas— los que al final harán que nos inclinemos de un lado o del otro, dependiendo del modo en que los interesados en una u otra postura hayan conseguido transmitir su narrativa. Las ideas políticas y científicas vendrán después… para poner al día esta narrativa.

Quienes leen con avidez cuántos heridos dejó un enfrentamiento entre vendedores ambulantes y policías quizá nunca se hayan detenido a pensar —o a imaginar— por qué ocurrió la trifulca ni qué va a seguir después. Cuando el reportero pone la cámara o el micrófono frente a los participantes en una contienda está haciendo lo mismo que el novelista.

Esto puede no agradar a los custodios del orden establecido, quienes luchan denodadamente por reglamentar los medios de comunicación. En ocasiones, lo logran. La novela, no obstante, suele escapar de su control. Parece inofensiva y, en todo caso, es menos manejable.

A diferencia del pasado, hoy las redes sociales permiten que logremos conocer múltiples interpretaciones. Todas, sin excepción, sesgadas. Pero diversas. Esto es sano por donde se mire. Cada persona, así les duela a grupos empresariales, gobiernos e iglesias que se quejan de que “se están perdiendo los valores” (los valores que ellos promovieron, claro), debe decidir con qué versión se queda.

A la larga, una de estas versiones comienza a predominar. Los consensos se rehacen y el ambiente se trastoca. Se pierde el respeto a cierto líder; se miran con recelo los símbolos políticos o religiosos; se cuestionan dios, patria y resignación: “El fin del poder”, concluye Moisés Naím. Veamos, si no, lo que ha ocurrido en Occidente con temas como los derechos humanos.

Se ha ido aceptando, paulatinamente, la conveniencia de que una sociedad tenga acceso a la salud y a la educación; de que se permita a los individuos tener la religión y orientación sexual que les plazca; de que se trate a hombres y a mujeres con criterios de igualdad y no se discrimine a indígenas, personas con capacidades diferentes o personas de la tercera edad.

Los libros pasarán de moda, como ocurrió con las tablillas de arcilla, el papiro y el pergamino. La ficción, no. En los próximos avances que tenga la humanidad —se lea en libros de papel o en la última versión de Kindle, se escuche en una serie radiofónica o se mire en una película—, ésta seguirá jugando un papel primordial.

¿Por qué? Porque queremos conocer, de primera mano, los efectos del hambre o de la guerra. Enterarnos de los móviles de una mujer que se ata al cuerpo un explosivo y lo hace detonar en medio de un mercado abarrotado de gente; aprender el modo en que toman sus decisiones los industriales más ricos del mundo.

También estamos ansiosos de explorar temas íntimos. Por ejemplo, si estamos educando bien a nuestros hijos; si la muerte de nuestra madre nos afectó tanto como a otros; si nuestras fantasías sexuales son “normales”; si nuestras dudas sobre el dinero son razonables…

A lo largo de la historia, todos los escritores de ficción, con mayor o menor éxito, contribuyeron a recrear “la realidad”. Fueron “los narradores” los que generaron e hicieron que arraigaran los valores en que hoy creemos y que dan a nuestra existencia un sentido más amplio que la mera supervivencia darwiniana.

¿Por qué leo ficción? Por lo mismo que estudio las doctrinas jurídicas y me intereso por las religiones, la música y la pintura; por lo mismo que sigo con avidez los acontecimientos del mundo a través de internet y me inquieto por las burbujas financieras y los agujeros negros.

Leo ficción, en suma, para descifrar el entorno que me rodea, para sentir cómo sienten algunos de los 7,500 millones de personas con quienes comparto el planeta y poder inventar, eventualmente, un sentido para mi propia vida.


   
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Gerardo Laveaga

Nació en la Ciudad de México el 5 de febrero de 1963. Periodista y narrador. Cursó la carrera de abogado en la Escuela Libre de Derecho, es maestro en Derecho por la UIA y tiene estudios de posgrado en la...


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