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NUEVA ÉPOCA NÚM. 161 JULIO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Inventario de lecturas


Alejandro Robles
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 161| Julio 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Robles, Alejandro , "Inventario de lecturas" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Julio 2017, No. 161 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=832&art=18081&sec=Creaci%C3%B3n > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Hay que ser inventor para leer bien.
RALPH WALDO EMERSON

 

Siempre he procurado hacer de la lectura una actividad placentera. Toda lectura debe someterse a ese fin. En su nostálgico ensayo Sobre la lectura, Marcel Proust afirma: “Quizá no hubo días en nuestra infancia más plenamente vividos que aquellos que creíamos dejar de vivirlos, aquellos que pasábamos con uno de nuestros libros favoritos”.

Nunca he leído un libro impulsado por un sentimiento de deber. Cuando la lectura de un libro no me produce agrado, simplemente lo dejo. Bastante más drástica fue la escritora Dorothy Parker que en una ocasión afirmó de cierto volumen: “Éste no es un libro para ser dejado a un lado a la ligera, debería ser lanzado con mucha fuerza”.

Antiguamente, no sólo por la escasez de códices, sino también para discernir mejor el sentido de la escritura, era costumbre leer en voz alta. San Agustín, que fue discípulo de Ambrosio, fija el instante en que comenzó el largo proceso de tránsito entre la lectura en voz alta y la lectura silenciosa. En el libro VI de las Confesiones, san Agustín anota:

 

Cuando Ambrosio leía, pasaba la vista sobre las páginas penetrando su alma, en el sentido, sin proferir una palabra, ni mover la lengua. Muchas veces —pues a nadie se le prohibía entrar, ni había costumbre de avisarle quién venía—, lo vimos leer calladamente y nunca de otro modo.

 

La lectura se convirtió a partir de entonces en un habla silenciosa. Marcel Proust la define como la voz “que labios adentro, repite sin ruido, de corrido, todas las palabras que los ojos acaban de leer”.

 

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Juan Gris, Garrafa y libro, 1920
© Wikicommons

 

He llevado mi hedonismo por la lectura al extremo de equipararla al beso. El beso y la lectura participan de la misma condición. Leer, alimentarse lentamente de las palabras, rumiar las frases con absorta serenidad, nutrirse de lúcidas reflexiones, dejarse seducir por circunstancias y personajes, degustar inusitadas imágenes y metáforas.

He leído en todos los espacios que he ocupado en mi vida. He leído en ínsulas (cuando vivía en Cuba), en continentes (cuando emigré a México) y en penínsulas (desde mi llegada a la Florida). He leído en espacios cerrados: en bibliotecas y en librerías, en las habitaciones que he usado para escribir, en aulas, en las salas de espera de los dentistas y de las barberías, en sótanos, en ascensores y en escaleras. He leído en total soledad en el privado de un restaurante japonés rodeado de paredes de papel (papel washi). Dicho sea de paso, en aquella ocasión las paredes de papel me hicieron sentir que estaba sumido en un libro dentro de un libro mayor. He leído en bares y en cantinas, en cocinas y baños, incluso en bañeras, víctima del opresivo sopor habanero, pero sobre todo sentado al pulcro trono de porcelana del inodoro. Habitualmente tengo libros en el baño, de manera que cuando recibo el aviso de una urgencia de índole intestinal, sólo tengo que ocupar el blanquísimo asiento de cerámica, extender la mano y tomar un libro. Si una coyuntura semejante me sorprende inoportunamente en una casa a la que he ido de visita, me excuso y voy al excusado, mirando discretamente durante el trayecto si puedo pescar algo para leer. Si no tengo éxito en mi empresa, y cuando entro al baño no hay nada que leer —sería demasiado atrevido de mi parte pedirle al dueño de la casa un libro además de usar su baño—, leo lo que encuentro a mano, ya sean etiquetas de frascos de champú, instrucciones de las cajas de tinte para cabello, prospectos y contraindicaciones de frascos de medicina. No me retracto de leer en el retrete. He comprobado que únicamente si las palabras entran en mí, algo sale de mí. Sólo si las palabras se suceden una tras otra, siento movimientos peristálticos. Tal vez entre letrado y letrina haya algo más que una simple asonancia. Según se sabe, fueron las cartas halladas por los arqueólogos en excavaciones practicadas en las letrinas de los campamentos romanos lo que permitió a los historiadores reconstruir con minuciosidad la historia de Roma, la historia de Occidente. Cartas enterradas bajo tempestades de azufre y agrias montañas de excremento. Semejante hallazgo parece sugerir el carácter indigente de nuestra historia y la condición infernal de la escritura.

He leído afuera estando adentro; es decir, de pie en una habitación con parte del cuerpo asomado por una ventana sosteniendo un libro en las manos. He leído en espacios abiertos, en parques, en cafés, en balcones, en terrazas, en azoteas, en torres, en puentes, en jardines, a la orilla del mar, al borde de una alberca y en la cima de una montaña. He leído contemplando la lluvia, la nieve, el sol abrazador y la furia de un huracán. He leído sobrio y ebrio, fumando y sin fumar, sano y enfermo, bajo un árbol y encima de un árbol. He leído en voz alta y me han leído. He leído en todas las posiciones: de pie, sentado, acostado, decúbito supino y decúbito prono, en cuclillas, reclinado. He leído desnudo y vestido, solo y en pareja, he agotado el Kama Sutra del lector. He leído mientras viajo, en trenes, en coches, en autobuses, en barcos y en aviones. He intentado leer mientras camino por la calle, pero muchas aceras —tanto en La Habana como en la Ciudad de México— están pobladas de grietas, profundos hoyos y desniveles o atravesadas por profusas raíces de árboles que hacen de la lectura a pie una tarea altamente riesgosa, digna de un zapador. A mi llegada a Miami descubrí que, si bien las aceras estaban en mejor estado, escaseaban. Casi todas las personas se desplazan en coche, de manera que las avenidas y autopistas priman sobre las aceras.

No exagero si afirmo que la historia de mi vida se confunde con la historia de mis lecturas, soy en suma librodependiente.

Nunca leo los libros de principio a fin, salvo las novelas. Leo a saltos y siguiendo un patrón no determinado, dejándome llevar por mi intuición. Para satisfacer mi variable apetito de lectura he adquirido además la perversa costumbre de pasar constantemente de un libro a otro. Siempre he creído que para hallar un orden en la escritura es imprescindible el desorden en la lectura. En México emprendía excursiones para salir a leer. Pero el hecho de que fuese tan asistemático en la lectura me obligaba a llevar, cada vez que salía, un sinnúmero de libros. Me agradaba leer en los parques, pero desplegaba tantos volúmenes a mi alrededor que parecía un vendedor ambulante y muchas personas se acercaban a preguntarme por los precios de los libros. Decidí refugiarme entonces en el profundo silencio y la monotonía del Jardín Botánico. Medité, sin embargo, que sacar una veintena de libros en presencia de los árboles era una especie de sacrilegio. Después de todo, los libros no son más que árboles triturados, convertidos en pulpa, impresos y encuadernados. Los árboles, en consecuencia, debían sentirse muy afligidos frente a mis presuntuosas bacanales de libros. Era como si hubiese decidido ostentar ante ellos el resultado de la masacre de sus parientes más cercanos. Sólo me sentía acorde con la tristeza que embargaba a los árboles si me sentaba a leer bajo un sauce llorón.

Durante los felices años de mi exilio en México, cuando tenía que recorrer una distancia que no podía cubrir caminando, me desplazaba en taxi o en Metro, lo que me permitía consagrarme plácidamente a la lectura, emprendía entonces un doble viaje; las páginas se sucedían una tras otra, mientras yo avanzaba por la ciudad. A cada tanto apartaba la vista del libro para mirar distraídamente por la ventanilla del taxi y admirar el paisaje urbano. Dejaba de leer el libro para leer la ciudad.

Contemplar una ciudad desconocida es una forma inatendida del arte, acaso porque somos capaces de ver en ella lo que está negado a los ojos de otros, cegados ya por el hábito y la costumbre.

A mi arribo a la ciudad de Miami mi suerte cambió. (Equiparada con la metrópolis mexicana, una de las más vastas y hermosas del mundo, adjudicarle el apelativo de ciudad a Miami puede parecer excesivo). En los primeros meses viajaba en Metrorail —un tren elevado que atraviesa el modesto downtown de la ciudad—. Fueron días de abundantes lecturas matutinas y vespertinas en vagones desiertos o semivacíos, excesivamente limpios y muy bien iluminados. Para colmo de comodidad, a través de los altavoces podía escuchar el nombre de la estación que se avecinaba, de manera que ni siquiera tenía que apartar la vista del libro cada vez que el tren se detenía en una estación. Podía hacer el viaje totalmente absorto en la lectura hasta escuchar por los altavoces la voz del maquinista anunciando el fin de mi viaje y de mi lectura. Aun así, no en pocas ocasiones las palabras que escuchaba “labios adentro” superaron la voz del maquinista y perdí mi parada.


   
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Alejandro Robles

Uno de los secretos mejor guardados de la literatura cubana, autor del fulgurante libro de cuentos La máquina de Olmos.


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