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NUEVA ÉPOCA NÚM. 161 JULIO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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La superficie más honda, de Emiliano Monge


Elvira Liceaga
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 161| Julio 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Liceaga, Elvira , "La superficie más honda, de Emiliano Monge" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Julio 2017, No. 161 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=832&art=18086&sec=Rese%C3%B1as > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Alfonso, apurado por Constancia, su esposa, mete a su hijo, que parece que no respira, que no se mueve, en una mochila que se echa a la espalda para cruzar el terreno donde la familia vive ilegalmente, hacia la Clínica del Sindicato de Trabajadores de la Basura, demasiado arriba, en el cerro. Constancia también está enferma y Alfonso se empeña en llevarla en brazos, a pesar del ventarrón que carga piedritas y ramas, que revuelca polvo con olor a composta y a animales descompuestos. Alfonso distingue a lo lejos el brillo de un hospital de la clase alta, se abre paso entre las sombras, entre cuerpos desconocidos, alarmas de autos destartalados, postes de luz tambaleantes y la sirena de una patrulla que los rodea. Avanzando a tientas deja caer a Constancia. Ella, entonces, le ruega a su marido que siga; lo importante es que arreglen al niño, “que le saquen ese silencio que trae dentro”. Alfonso se anima a seguir a pesar del toque de queda, pero la policía ya lo vio. Ese mal del niño escondido en la mochila, el silencio, ese “frío que nos lo calla”, en el cuento “Sólo importa que lo arreglen” es la médula de La superficie más honda.

Por mí, que los eruditos se engolosinen con lecturas políticas y sociológicas. Si con los años este libro termina en los programas académicos, estupendo. Pero ojalá que no transite nada más como un instrumento pedagógico para turistear por el jodidísimo México de principios del siglo XXI, cuando las injusticias se han sistematizado por la normalización y negación de la violencia, sino también como literatura de alto voltaje, el resultado de una escritura rabiosa, y el trabajo minucioso de la incertidumbre.

“Al cine vas a ver llover, pero al teatro vas a mojarte”, eso fue lo que me dijo Mariana Gándara, una joven dramaturga y directora mexicana, hace unos años, defendiendo a capa y espada al teatro ante la aplastante oferta cinematográfica.

Ya quisiera yo la lucidez de Gándara para defender al cuento ante la costumbre de la mayoría de los lectores de atragantarse de novelas. A pesar de que Las tierras arrasadas, el pasado libro de Emiliano Monge, nació como una obra de teatro que poco a poco mutó en una narrativa, es en La superficie más honda donde, como en una puesta en escena, la violencia cobra vida. Creo que entre la estupenda novela Las tierras arrasadas y su siguiente libro hay un salto mortal: en la primera vemos la violencia, en La superficie más honda la experimentamos. Hay una herencia, un remanente de lo sórdido que toma una fuerza encabronada en cada uno de los once cuentos que suceden a la novela.

 

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Eduardo Chillida, s/t, 1996
© Wikicommons

 

Hace unos días tuve la suerte de acribillar a Emiliano Monge con preguntas sobre el doble silencio en su libro: el silencio en el texto, propio del género, aquello que el narrador y los personajes callan, aunque actúen, aunque piensen, aunque hablen; y el silencio que no le pertenece al texto pero que está ahí, que es parte del cuento, ese otro silencio, el que retumba desde el otro lado de la historia.

“El vacío también es materia, pero una materia más lenta”, respondió Monge, citando al artista vasco Eduardo Chillida, quien en su escultura y en sus aforismos se aproxima al vacío. “Siempre he pensado”, concluyó, “que el silencio es una palabra más lenta”. Como Chillida con el fierro o con la piedra, en La superficie más honda Monge es un narrador del vacío, con las palabras moldea el silencio.

El silencio es una forma de violencia. Una violencia dentro de la violencia que está en la acción. Otra violencia, insisto, no escrita, que no está en las descripciones, no está en los diálogos, no está en las reflexiones de los personajes, ni en títulos como “Lo que no pueden decirnos”o “La tempestad que llevan dentro”. Es una violencia que comienza en los límites del texto, que crece y pulsa, empuja los enunciados, los humedece hasta traspasarlos. Tiene, pues, vida propia. Es una suerte de intuición: está hecha de lo incorpóreo, no es material, pero es tan presente como lo que sí estamos leyendo. Es un presentimiento.

Imagino al autor escribiendo casi enfurecido, dispuesto a traicionar el propósito tradicional del cuento, haciendo bola y encestando en la basura el pacto entre el escritor y el lector. Los cuentos de Emiliano Monge son trenes que avanzan hechos la chingada frente a nosotros. Los lectores tenemos, entonces, que correr hacia ellos, alcanzarlos, brincar, treparnos, agarrarnos fuerte y colarnos a cada una de las once historias. Y habrá quien no quiera subirse, quien prefiera las acrobacias del lenguaje o bien las historias que nombren, que precisen, exentas de vaguedad, historias que informen y que administren a lo largo del cuento un solo misterio, cuentos bomba, como decía Eudora Welty, tic-tac-tic-tac, a punto de explotar. Y habrá quien prefiera una literatura que desarma: leer La superficie más honda es como jugar un juego del que crees conocer las reglas, y más bien tienes que aprenderlas mientras juegas.

La superficie más honda es, desde luego, una representación de nuestra decadencia actual. Pero la historia de un país no está nomás hecha de acontecimientos; debajo de los hechos hay experiencias que Monge explora y despoja de sus personajes, de sus lugares, de sus tiempos, hasta encontrar el miedo mismo. La superficie más honda es una apuesta por el cuento como una estructura narrativa por donde se cuela un silencio que, a través de las palabras, entre los párrafos, se apropia de la historia; un silencio que arrasa con los personajes, piezas de un tablero roto y desdibujado; son ellos quienes permiten el juego, quienes lo van cifrando, cada uno a su manera. Sin embargo, esta vez, me parece, el juego es más importante que los personajes y es un juego acojonante.


   
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Elvira Liceaga

Escritora, editora y locutora mexicana. Estudió la licenciatura en Filosofía en la UNAM. Trabajó como locutora de radio en la estación Reactor 105.7 FM y en RMX Radio en Nueva York. Al volver de Estados...


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