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NUEVA ÉPOCA NÚM. 161 JUNIO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Acuérdate de Acapulco


Rosa Beltrán
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 161| Junio 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Beltrán, Rosa , "Acuérdate de Acapulco" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Junio 2017, No. 161 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=832&art=18089&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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A través de una vívida remembranza de Acapulco en su apogeo como destino vacacional, la autora de La corte de los ilusos (1995) y El cuerpo expuesto (2013), entre otros libros, traza el perfil de una generación que ha visto cómo se transforma un paraíso en purgatorio.

 

Durante mi infancia y adolescencia Acapulco era el lugar del que todos hablaban cuando hablaban del paraíso. Los hijos de la clase media mexicana nacidos en los años sesenta escuchamos de nuestros padres y parientes los relatos más diversos sobre el delirio hollywoodense por el puerto, sobre vacaciones de ensueño o sobre su luna de miel, invariablemente trágica y atesorada como una valiosa pieza de arqueología conyugal. Todo había empezado allí. Las mujeres llegaban vírgenes al matrimonio —o eso decían— y por tanto Acapulco era la ilusión del amor, la pérdida de la inocencia y el drama de la primera noche de bodas. Flores y desfloración en un intríngulis indisoluble; pasión entonada por cantos de aves canoras y música de tríos, promesas y pavor, todo junto. El mito va así: hasta antes de que irrumpiera el tecnicolor, en los sesenta, antes de la noche crucial ninguna mujer sabía bien a bien cómo era la cosa. Con la tensa ansiedad del clavadista antes de tirarse al vacío, esperaban la noche específica, el “Día D” en que saldrían del baño a la habitación de un hotel vestidas con negligé (eran los años de los tules cortos y coloridos, adornados con azares) y se lanzarían a la ola furibunda que rompe entre piedras. Sabían que arrojarse al mar de esos besos y abrazos era nada menos que la consumación del momento más importante de su metamorfosis: del capullo de muchacha a la vida de esposa. Pero el performance no era tan sencillo como se podría pensar. Había que mostrarse al mismo tiempo tímida y sensual, había que ir de gorrión a vampiresa.

A la hora de la hora todas habían sido infelices. Cada una a su modo, como diría el conde Tolstoi. Pero eso no terminaba con la luna de miel en Acapulco como promesa.

 

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Clavadista en La Quebrada, Acapulco, Guerrero
© Wikicommons

 

Se llegaba en coche. Ocho horas infernales; 450 kilómetros de carretera de un solo sentido con varios intentos suicidas por rebasar jugándose la vida. Deslaves. Piedras. Algún letrero de “cruce de ganado” y en momentos en que no había letrero, borregos cruzando o una vaca echada en medio del asfalto. Curvas infinitas. Autos detenidos por fallas, porque algún miembro de la familia se había sentido mal, por obstáculos hallados en el pavimento, por cualquier causa. Agobio. Asfixia. ¿Cuánto falta? Disfruten el paisaje. ¿Cuánto falta? ¿Es lo único que saben decir? Ya se calentó el radiador. ¿Cuánto falta? Después de una eternidad, por fin un olor a pescado descompuesto, a mangos podridos, calor.

Una vez en el paraíso, se cumplía con el ritual matutino de la clase media vacacionista: todos los miembros de la familia salían de sus cuartos de hotel o de sus “búngalows” cargando cada uno su toalla, chanclas, algunos visor, los más pequeños llantas inflables que sus padres les ponían alrededor de la cintura y en la mano libre algún juguete de playa: por lo general una cubeta y pala para repetir, a su modo, el intento de san Agustín de vaciar el mar con una concha. Las mamás llevaban enormes bolsas de paja de colores con un montón de enseres y protector solar Coppertone, el único que existía y que se anunciaba en espectaculares de un modo que hoy sería políticamente incorrecto: con una niña de coletas de unos ocho años en bikini a la que un perro faldero le bajaba el calzón. El objetivo era que se notara el contraste de color entre la piel cubierta y la expuesta por el protector que, a pesar de serlo, permitía un bronceado perfecto. Años después nos enteramos de que la niña que posó era nada menos que Jodie Foster, quien llegaría a romper algunos paradigmas sobre sexualidad. Pero entonces no sabíamos ni lo que eran los paradigmas.

Se rentaba la sombra (¡sombra!, ¡mi reino por una sombra!) que venía en forma de palapas que todavía eran de techo de palma tejido en un tronco grueso de árbol; se rentaban hamacas de yute que picaban por la piel sensible o ya quemada; se rentaban las sillas de madera gastada por el continuo choque del viento y la sal con respaldos reclinados hacia atrás; se compraban refrescos —Yoli de limón y cervezas los señores—. Qué bonito era contemplar el agua azul índigo en primera fila; nada de los tumultos de Caleta (ya entonces Calcuta) o de Caletilla. Eran los años setenta y la moda era ir a la “zona dorada” que aún no era gay.

 Cada uno había venido a vivir su propio Eleusis. Conversábamos u oíamos conversar a los otros; veíamos o éramos vistos. En la playa, todo mundo es voyeurconsciente o a su pesar. Se vendía agua de coco, jícama en vasos, papas con salsa Búfalo, todo el tiempo los vendedores ofrecían el abulón, el ostión, el callo de hacha fresquecito recién pescado y puesto en unas cubetas inmundas con agua salina; hamacas, pulseras y aretes de plata que sacaban de una cajita negra de terciopelo y que abrían de golpe frente a ti con el gesto del exhibicionista con gabardina que de pronto muestra algo prohibido y secreto. Vendedores con folletos que ofertaban paseos en lancha y prometían llevarte de una punta a otra de la bahía o a la Roqueta, esa isla donde estaba el burro que bebía cerveza mientras te tomabas una foto. Cerveza tras cerveza el pobre burro y las gringas felices sin pensar en la hidropesía sino sólo en su foto del recuerdo. Vendedores y vendedores ofreciendo cámaras de llantas, llaveros, cortaúñas, recuerdos de todo tipo; lancheros que programaban ir a la pesca del marlin, del pez vela, subir en el parachute, tomar una clase de buceo poco profundo, conocer los arrecifes de coral, el pez payaso, los pececitos que te muerden los tobillos como si te dieran besitos. Todos los vendedores parecían estar ofreciendo más bien otra cosa. Si estabas en esa especie de limbo previo a volverte mujer —ya que la preadolescencia no existía— tenías que “cuidarte, cuidarte, tener muchísimo cuidado con los acapulqueños, en particular los lancheros”. Había que huir de ese espécimen como de una aguamala.


   
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Rosa Beltrán

Nació en la ciudad de México el 15 de marzo de 1960. Novelista, cuentista y ensayista. Estudió la Licenciatura de Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM y el Doctorado de Literatura Comparada en la...


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