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NUEVA ÉPOCA NÚM. 161 JUNIO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Aguas aéreas
El Palacio de Aguas Corrientes


David Huerta
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 161| Junio 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Huerta, David , "Aguas aéreas. El Palacio de Aguas Corrientes" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Junio 2017, No. 161 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=832&art=18094&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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LOS LUGARES LEÍDOS

Ahora mismo, hay lectores de Julio Cortázar en busca de la rue de la Huchette; hay lectores de Juan José Arreola en trance de averiguar dónde se encuentra la barranca de Toistona; hay lectores de Juan Carlos Onetti, enfebrecidos, tratando de localizar Santa María en el mapa, intentando dar con las coordenadas de Lavanda. Unos paseantes en Mixcoac se han propuesto hallar la plaza de San Juan Bautista y, en ella, en uno de sus flancos, cierto caserón de un amarillo desvaído. Otros buscan en La Habana una mansión casi en ruinas en la calle Trocadero. Otros exploradores peinan el territorio mexicano animados por la ilusión de hallar un sitio llamado Comala, los vestigios de la hacienda de la Media Luna o quizá solamente una población de nombre áspero: Tuxcacuesco.

Todos esos módicos personajes son lectores asiduos y más aún, debo decirlo: lectores apasionados, lectores a quienes no les produce el menor rubor identificar la lectura con la vida, o por lo menos con una de sus estribaciones más llenas de pasión y de inteligencia. Buscan en la realidad tridimensional, hirsuta, salvaje o civilizada, la magia sensible de los lugares leídos. Son una tribu nómade, peregrina, inmensamente curiosa, en busca continua de aventuras en las cuales las letras se transforman en sitios palpables, visibles, extrañamente reconocibles.

Pertenezco, me temo, al número de los de esa tribu, quizás un poco ingenua —nada nos importa, por cierto—. Y esto es la crónica de una aventura modestísima de uno entre tantos de los buscadores de esos lugares leídos; aventuras inútiles pero la mar de divertidas y gratificantes para quienes las vivimos.

En once paginitas (68-78, en mi edición) de una novela argentina, El cantor de tango, encontré la descripción de un extraño lugar y en cuanto pude fui a buscarlo en la ciudad de Buenos Aires. Esa descripción sirve de marco espléndido a una escena conmovedora, sublime. Estos renglones se ocupan de esa visita a un paisaje literario transformado, durante un viaje al Sur, en una realidad de la experiencia y luego, naturalmente, de la memoria.

 

EL ESCRITOR Y EL LUGAR

He leído durante largos años a Tomás Eloy Martínez y en mi biblioteca hay (los acabo de contar) catorce libros suyos, desde los best sellers Santa Evita y La novela de Perón hasta libros levemente anómalos como La pasión según Trelew, Lugar común la muerte y Ficciones verdaderas. Digo “anómalos” pues son de difícil clasificación genérica; otra cosa son sus novelas, entre ellas El cantor de tango.

Allí, en esa novela de 2004, en la historia triste de ese cantor llamado Julio Martel, encontré la descripción de un lugar extraordinario (o la descripción extraordinaria de un sitio quizás inventado, conjetural, ficticio): el Palacio de Aguas Corrientes. Pero no, Tomás Eloy Martínez no había sacado ese lugar de su imaginación extraordinaria: aquí estaba ahora, en el abril bonaerense de 2017, ante mis ojos. Estaba yo ante la fachada formidable del edificio y a punto de entrar en él. Antes de cruzar el umbral, tomé nota, estremecido, de un discretísimo memento de piedra sobre una banqueta de Riobamba, la calle hacia la cual da el frente del Palacio; ese recordatorio de la historia reciente de Argentina no puede ser más contundente y doloroso; leí: “Aquí vivió, trabajó y fue secuestrada Elva Duarte, militante popular detenida. Desaparecida el 01-04-1977 por el terrorismo de Estado”. Firmaba el discreto monumento una organización llamada “Barrios por memoria y justicia”.

La ciudad recuerda por todas las vías imaginables: novelas, escrituras de toda índole. Una letra era la diferencia entre “Elva” y “Eva”, la Santa Evita de la novela más célebre de Tomás Eloy Martínez; me di cuenta de este minúsculo hecho de los nombres y las grafías, y entré en el Palacio.

 

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© Wikicommons

 

EL DÉDALO DE LAS AGUAS

Uno de los flancos del Palacio de Aguas Corrientes está en la avenida Córdoba —el frente está en la más estrecha calle Riobamba— y no desmerece en absoluto de la magistral descripción que de él hace Tomás Eloy Martínez en El cantor de tango. La fachada está recamada de piezas de cerámica vidriada, empotradas con motivos de la geografía y la naturaleza de Argentina; se levanta con su aire de mansión señorial y luce notoriamente tonalidades rojizas, como si en gran parte estuviera hecho con ladrillos de alta calidad; hay otros colores allí, menos llamativos. Si fuera chiapaneco, y medio lo soy, diría: una fachada de una predominante tonalidad tascalate.

La protagonista secreta y al mismo tiempo evidente de esas once páginas inolvidables de El cantor de tango es, claro, el agua. El Palacio fue construido para abastecer de agua a Buenos Aires. He aquí cómo Tomás Eloy Martínez escribe acerca del agua tal y como entra en el edificio de ese servicio público, citadino:

 

El agua rosada del río iba transfigurándose en su paso de un canal a otro, desprendiéndose en las esclusas de las orinas, los sémenes, los chismes de la ciudad y el frenesí de los pájaros, purificándose de su pasado de agua salvaje, de sus venenos de vida, y regresando a la transparencia de su origen hasta enclaustrarse en aquellos tanques atravesados por serpentinas y vigas, pero despierta, aun en el recuerdo, siempre despierta, porque era la única, el agua, que sabía orientarse en los entresijos de aquel laberinto.

 

El Palacio de Aguas Corrientes aparece aquí como un laberinto y cualquier visitante al edificio experimenta esa misma sensación de un dédalo intrincado y, además, mixto: junto a las filigranas del estilo finisecular (el paso del siglo XIX al siglo XX), la rudeza de las pesadas máquinas y las tuberías, la utilización industrial de los inventos más eficientes (tanques, vigas, serpentinas) para domeñar la naturaleza y ponerla al servicio de la comunidad humana y de su máxima expresión colectiva: la ciudad, la ciudad moderna, cuyo espejo son las dos urbes europeas del comercio y la industria: Londres, París.

Sería una insensatez tratar de suplantar aquí la prosa, llena de brío y de aciertos continuos, lancinantes, de Tomás Eloy Martínez; tampoco vale la pena llenar de citas todo esto. Lo mejor es recomendar al lector ir directamente a la novela El cantor de tango, conocerla en su integridad y aislar para la relectura —como hice yo con la descripción del Palacio de Aguas Corrientes— las partes más hermosas, interesantes, evocadoras; los párrafos en donde puede uno encontrar todo eso tan buscado y encontrado quizá sin querer.

A pesar de contenerme para no citar a Tomás Eloy Martínez, lo volveré a hacer un poco más adelante, para presentar la arquitectura entreverada con el canto. Me parece esencial redondear la noticia acerca del Palacio de Aguas Corrientes con la escena más hermosa imaginable.

 

LA MATERIA FECUNDANTE Y LOS POEMAS

Algo hay aquí, en ese pasaje de Tomás Eloy Martínez acerca del agua en El cantor de tango, del poema “Nocturno de la noche”, de José Revueltas, relacionado por mí, en el curso de mis lecturas, con ciertos versos de Muerte sin fin: el semen subterráneo, la materia fecundante en plena circulación bajo el “vientre de la ciudad”, bullente, irradiante, multiforme. Y en cuanto pongo esta palabra me viene a la memoria el poema “Hermana agua” de Amado Nervo y debo detenerme para no saturar estos renglones de referencias literarias, específicamente poéticas.

 

LA VOZ DE JULIO MARTEL

En la novela de Tomás Eloy Martínez, lo dije líneas arriba, hay una “escena conmovedora, sublime”. El cantor de tango, Julio Martel, inválido, deshecho, llega al Palacio de las Aguas Corrientes y lo recorre ávidamente en compañía de su amiga Alcira Villar; ambos, fascinados por esos extraños ámbitos, esas presencias, las máquinas, los inmensos espacios interiores, el misterio del agua.

Alcira y Julio recorren el Palacio. Recargado en uno de los barandales, sobre el patio donde están instalados los inmensos tanques de agua, Julio se transfigura y en su rostro aparece “una expresión atónita que reflejaba a la vez beatitud y salvajismo, como si el palacio lo hubiera hechizado”. En ese momento comienza la escena imborrable:

 

Le oí cantar entonces una canción de otro mundo —me contó Alcira—, con una voz que parecía contener miles de otras voces dolientes. Debía de ser un tango anterior al diluvio de Noé, porque lo expresaba con un lenguaje aún menos comprensible que el de sus obras de repertorio; eran más bien chispas fonéticas, sonidos al voleo en los que se podían discernir sentimientos como la pena, el abandono, el lamento por la felicidad perdida, la añoranza del hogar, a los que sólo la voz de Martel les daba algún sentido. ¿Qué quieren decir brenai, ayaúú, panísola, porque era más o menos eso lo que cantaba? Sentí que sobre aquella música caía no un solo pasado sino todos los que la ciudad había conocido desde los tiempos más remotos, cuando era sólo un pajonal inútil.

 

LAS CONFERENCIAS ONÍRICAS

Ahora, las confidencias, y peor todavía: las confidencias oníricas. Mi interés por la arquitectura tiene varios veneros pero uno destaca entre todos: en algunos sueños recorro las calles de una ciudad fantástica; solamente por la fuerza de la costumbre y de los nombres se trata de la Ciudad de México, o así lo entiendo mientras camino en medio de construcciones delirantes pero estrictas —quiero creer, de buen diseño arquitectónico—. En realidad (es decir: en esos sueños), esa ciudad no es en absoluto la de México: es otra ciudad, a la cual debo llamar “Ciudad de México Soñada o Alternativa”. Debería poder ponerle un nombre, pero no puedo; únicamente podría bautizarla mientras sueño con ella: en la vigilia darle un nombre sería un acto de alta traición. Luego está la admiración por varios arquitectos. Y debo añadir las conversaciones en las cuales oigo, arrobado, cómo mi amigo arquitecto me explica el sentido de algunos de sus trabajos, las ideas vivas en la raíz de su imaginación, los problemas y las vías para su solución, las visiones de la materia en trance de transformarse en calles, casas, museos, represas, palacios del agua.

 

Tomás Eloy Martínez nació en 1934 en Tucumán, en la Argentina profunda; murió en 2010 en Buenos Aires. u


   
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David Huerta

Nació en la Ciudad de México el 8 de octubre de 1949. Poeta, ensayista y traductor. Estudió Filosofía, Letras Inglesas y Españolas en la FFyL de la UNAM. Ha sido redactor y editor de la Enciclopedia de...


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