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NUEVA ÉPOCA NÚM. 161 JULIO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Los misterios de la neurociencia de la música


Pablo Espinosa
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 161| Julio 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Espinosa, Pablo , "Los misterios de la neurociencia de la música" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Julio 2017, No. 161 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=832&art=18095&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Tenemos una pequeña arpa en el oído. Unos receptores sensoriales llamados células ciliares que recogen los sonidos del mundo y los entregan a las neuronas. Así llegan al cerebro. El arpa en nuestro oído es un espejo y ese espejo reproduce todos los sonidos del mundo.

Tenemos un arpa en el oído y se espejea, vibra con el cosmos. Leonard Bernstein denominó a ese proceso “la prefiguración del universo”. Vibramos. El ritmo, el elemento que nació con el homo sapiens, es la fuente más notoria de nuestra manera de vibrar.

El Oxford Companion to Music define el ritmo como el rostro de la música que afronta el tiempo. El ritmo está asociado al tic tac del corazón. La oleada de sangre llega a miles de millones de nuestras células y como una ola que lame la arena, las roza apenas y se aleja. Esa imagen, la de las olas lamiendo la arena, se remonta al nacimiento del choreia, ese misterio que en la antigua Grecia mezclaba danza, música, canto y poesía, para purificar las almas.

En su libro Catarsis, Andrzej Szczeklik retoma esa imagen de las olas besando las arenas griegas para hacernos sentir que nuestros órganos y las células que las forman se mecen sin cesar al compás de la marea, ora creciente, ora vaciante. Esa marea de sangre, dice el doctor Szczeklik, enlaza costas lejanas con el hilo del entendimiento.

Catarsis.

La neurociencia de la música ha expandido el territorio de la cura, sin perder el encanto de la magia, nacida de la choreia, Grecia antigua.

Robert Sapolsky, autor del espléndido libro Why Zebras Don’t Get Ulcers, pone así el acento: la ciencia no está para curarnos del misterio, sino para reinventarlo y revigorizarlo.

Los mejores hallazgos recientes en la neurociencia de la música han ocurrido en la intersección entre la psicología y la neurología, y la perspectiva adecuada es la neurociencia de la cognición.

Es así como los estudios más avanzados se entrelazan con otras disciplinas del saber para encontrar el sentido de la música y el funcionamiento del cerebro para proporcionarnos placer. Y acrecentarlo. De esa manera, la neurociencia recupera la magia original. Por ejemplo, al confirmar que los conjuros que se utilizaban para deshacer los hechizos y remediar las enfermedades tienen una forma poética llena de aliteraciones y asonancias.

 

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© Wikicommons

 

Y eso nos conduce a Novalis, quien decía: toda enfermedad es un problema musical, toda curación es una solución musical. Valida de las herramientas otrora disímbolas, la musicoterapia cobra dimensiones colosales y de maneras tan sencillas como poner en los oídos del enfermo de Alzheimer unos audífonos con un iPod. El enfermo, previa consulta del suministrador de la medicina a sus familiares, escucha las canciones que lo hicieron muy feliz en su infancia, su adolescencia, su juventud.

En el filme de Michael Rossato-Bennett, Alive Inside: A Story of Music and Memory, vemos a personas sumidas en el mutismo, aislamiento y postración en hospitales. Como por arte de magia, esos ancianos empiezan a enderezar su cuerpo, dejan de babear, su mirada ya no está perdida en los confines de sus laberintos, dejan de lado la silla de ruedas y ¡se ponen a bailar! Sonríen, siguen bailando. Recuperan el habla. Y la memoria. El responsable de tales prodigios es uno de esos locos sublimes, Dan Cohen, fundador de la Asociación Música y Memoria, a quien vemos manejar su auto de hospital en hospital, ser rechazado; insiste, vuelve a fallar, insiste, logra reunir pequeños fondos para comprar iPods mini, habla con los familiares de los enfermos, encuentra la música que los hizo felices algún día y literalmente los revive.

Se supone —mejor: se suponía— que las neuronas muertas, así como las células necrosadas, no reviven. Y, sin embargo, se levantan y bailan.


   
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Pablo Espinosa

Nació en Córdoba, Veracruz, en 1956. Periodista cultural. Fue subjefe de prensa del INBA (1980-1982). Colaboró en El Fígaro, Cineguía, entre otras publicaciones. Ha sido reportero de las secciones culturales...


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