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NUEVA ÉPOCA NÚM. 161 JUNIO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Alberto Paredes: teoría y práctica literaria


J. Pablo Tobón
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 161| Junio 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Tobón, J. Pablo , "Exclusivo web. Alberto Paredes: teoría y práctica literaria" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Junio 2017, No. 161 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=832&art=18100&sec=Rese%C3%B1as > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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“¿Y si todo es lengua?”, sugiere Adolfo Castañón en su columna “A veces prosa” como título del libro Y todo es lengua. Diez preguntas literarias (Siglo XXI/UNAM-FFYL, 2016), de Alberto Paredes. A diferencia de la lectura de Castañón, que nos invita a la que ahora ejerzo, además de exponer intertextualidades varias —y muchos nombres—, ésta que presento no ha de centrarse en el análisis y descripción de la materialidad del libro, sino en la reflexión, puerta al diálogo entre lectores. Es producto de la visión del discípulo “preguntón”. Vuelvo, entonces, al discurso sobre el título, el nombre, cuestionamiento primigenio que, me parece, indica más que una condición. En efecto, Paredes comparte diez preguntas con el lector; pero todas ellas se reducen a una: la manifestación de la lengua, el mecanismo de ella. Los diez textos agrupan una sola contemplación: si todo es lengua, entonces, ¿no es preciso aprehenderla? El mundo es agua y tierra y aire, y todo ello es lengua, límite contenedor de múltiples combinaciones. En estos “tiempos del despojo y del olvido programado”, como dice Castañón (agregaría la visibilidad imperiosa), ¿cuál es nuestro papel como lectores iniciados, o en iniciación? Paredes contesta con un tajante ¡reconocer!, porque la lengua es un mecanismo de representación que sugiere presencia a entregar —según informa Corominas sobre el vocablo tradere— para responder-nos. ¿Y todo es lengua no equivale al cuestionamiento de todo cuanto se construye con ella?, ¿no es, acaso, de su conocimiento de donde surge el propio del hombre? Los textos de Paredes son hallazgo, y su generosa labor, la docencia, lo insta a también él sugerir expresando, representando. Ejerce la transmisión de lo hallado a cada vuelta de página, consecuencia inevitable de quien ha buscado la palabra precisa, la oración simple que va de lleno a la respuesta (lo entregado). Paredes retoma el hilo que tejieran en su tiempo los grandes catedráticos de nuestra Facultad de Filosofía y Letras. Increpa con justicia a quienes se preocupan por los contenidos temáticos de la literatura, aquello que cuenta, ¡no por la lengua!, palabra esta última que oculta el vocablo teoría. Devienen, entonces, las diez preguntas como ejercicios del reconocimiento de signos, y de todo cuanto con ellos se construye, apuntando. Al mismo tiempo, diez respuestas de la lengua son planteadas, en una: la literatura como sublimación de la lengua, que permite “hacer compatible lo incompatible”, como dijo Nicol. Sustituyamos, entonces: Y todo es teoría. Diez respuestas literarias.

 

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El mundo que nos rodea ha sido creado por la influencia de algunos hombres (¿es Carlyle quien dice que la historia la hacen unos cuantos nombres?) La mística judía, por ejemplo, que retoma Paredes en una de sus “respuestas” literarias, se ha preocupado por la comprensión de las letras que ocupan el nombre indecible de la fuerza creadora, ente divino a quien sólo se nombra a partir de sus emanaciones (o de la negación, según Maimónides), diez formas que significan la unidad y la nada. Aprehendiéndolas —mejor, encarnándolas— se puede acceder a lo que Aristóteles llamaría el empíreo. El mundo es lengua en acción. Empero, se encuentra oculto, también; sólo accedemos a él a través de la lengua. Somos, hombres, iniciados en su posesión; pero ciegos, y sordos. Son los límites de la lengua, sus bordes, contenedores de agua o fuego, los que determinan la forma del ser. Ocultas, entonces, en las formas de la letra de fuego, se hallaron las diez leyes de Dios, que sólo un hombre oyera. Diez leyes que sólo un hombre podía reconocer, descifrar. Y la voz se hizo letra, y ésta fue guardada por la memoria de quienes pudieron oír a aquel que transmitió. ¿Cómo ver y oír lo que no es presente? Sólo por medio de la lengua, que ordena el mundo a través de sus múltiples formas para poder ser dicho. Escucha y ve el hombre sólo una representación, algo que está en lugar de otra cosa que no es: el signo. Lo reproduce el lector, y acaso hay quien oye además de ver, para ver-se, intentando incansablemente expresar lo indecible, lo que apenas se sugiere, el líquido derramado, el fuego… Es todo ello el misterio del Verbo (¿podríamos, apóstatas, no equipararlo con el principio de la “conciencia” del hombre: la Lengua?) Es posible rebatir al “Hebraísmo y Grecia”: más allá de las “verdades” que han influido a occidente (nombres sin Lengua, Adán y Jesús; Sócrates; cfr. p. 198 y ss.), y las irónicas vueltas a la inexistencia de la letra universal, a la que Scholem dedicó su vida, no hay profundidad a la hora de abordar la δόξα de tan apasionante mundo de tropos místicos.

El ejercicio de Paredes, sugiero, no atañe únicamente al teórico o al académico. Este que nos presenta es el trabajo del amante, ocupado en defender la permanencia de la formalidad oculta, antes que exaltar el común visible superficial y gárrulo. Ese que parece ser el estado actual de nuestros estudios literarios, de nuestras instituciones de cultura, suministros de idolatría narcisista y ocio, ¡tanto signo en ocio! Atañe al amante, pues, lo amado, que es la lengua en sugestión: ¿para qué sirve la métrica?, ¿qué es un género?... ¡¿qué literatura?! Las respuestas, lector, no son una verdad: simple y llanamente son observación. Paredes ejecuta la partitura en el instrumento de su pluma, de su voz. Nos incita a escuchar. Pero antes de permitirnos la ejecución, nos instruye. La observación es, en este sentido, medular, y, sin embargo, nada significa sin la posibilidad de reproducción de lo observado, ahora dicho. Por lo tanto, es necesario ir al origen de aquello que se ama, a las entrañas del signo en función: la teoría práctica. Este es el fundamento del libro, el análisis teórico, fundamental y técnico. Porque la lengua es teoría, arbitrariedad que organiza signos. La literatura se construye con ellos; en el ejercicio de infinito poder soberano de su autor —la palabra, con Gorgias—, es, o no, en la medida mayúscula, o minúscula (si ello es posible), en que sublima. En la determinación lógica de sus componentes, intrínseco a la lengua, no ocurre el artificio, sino en el uso de la retórica y poética. La literatura es, pues, una teoría en praxis, principio y fin de la fuerza creadora del sujeto, quien transmite. El reconocimiento de sus límites formales revela el acceso al contenido, y esto es lo que ejercita Paredes, pues lee la expresión artística en su lugar preciso: el artificio. Sin él, aquella es, simplemente, palabra vacía.


   
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J. Pablo Tobón

Egresado de la licenciatura en Letras Hispánicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.


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