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NUEVA ÉPOCA NÚM. 161 JULIO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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El auto de Ramón era amarillo


Patricio Bidault
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 161| Julio 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Bidault, Patricio , "Exclusivo web. El auto de Ramón era amarillo" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Julio 2017, No. 161 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=832&art=18101&sec=Rese%C3%B1as > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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“90% preciso”, dice el autor de El asesino obediente en una entrevista para el canal de YouTube, BookTrib. La calidad del video es mala y hay que subir el volumen casi al máximo para distinguir lo que dice. Aunque su cara amable ocupa casi todo el cuadro, hay espacio suficiente para distinguir un par de detalles: la camisa de cuello blanca debajo de su suéter oscuro y, detrás de él, el requisito obligatorio de toda entrevista a una persona de letras: el librero repleto y un poco desordenado. “Hasta los nombres de las personas —continúa— y la ropa que usaban y los colores de los autos. El auto de Ramón en México era amarillo...”.

Ramón es Ramón Mercader, el afamado asesino de León Trotsky y protagonista de la novela mencionada, en la que se pretende hacer un estudio de personaje; interiorizar sobre qué significa descubrir la falsedad propagandística en una convicción ideológica vitalicia. Mercader es, sin duda, uno de los personajes más interesantes que han pisado tierras mexicanas, un proveedor de material suficiente para hartar al historiador y al novelista; al periodista y al psicólogo. Es una pena, entonces, que a John P. Davidson le preocupe más ser “90% preciso”.

Efectivamente, el auto de Ramón Mercader, mientras estuvo en México bajo la identidad de Jacques Monard y Frank Jacson, era amarillo. Un hecho constatado por los guardias y residentes en la década de los treinta de lo que hoy es el Museo Casa de León Trotsky en Coyoacán. El amable Jacques Monard, que se estacionaba todos los días y esperaba pacientemente a que su novia saliera de trabajar como secretaria para el revolucionario soviético, estaba convencido de que éste último era un monstruo al que había que eliminar sin importar el método; un hombre que quería borrar el comunismo de la faz de la Tierra; un traidor de todos los comunistas del mundo quien quería su total, y violenta, aniquilación. Dicha creencia que lo hizo soportar ese entrenamiento, años antes, aislado en una cabaña en la tundra rusa, supervisado por los agentes de la policía secreta soviética, donde era conocido simplemente como el “soldado 13”, y donde lo convirtieron en un espía asesino dedicado a obedecer órdenes sin cuestionarlas.

 

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En un esfuerzo por escribir un thriller fácil de leer, Davidson simplifica los hechos y los personajes, lo que resulta en un Ramón Mercader imposiblemente ingenuo. El Mercader de Davidson es reclutado en el frente de la Guerra Civil española y participa en los planes de la GPU —la policía secreta soviética— en Europa, Estados Unidos y México, mismos que le ponen un piolet en la mano en 1940. Pero este Mercader comete todos estos actos porque es constantemente engañado —por la propaganda estalinista, por Caridad del Río, su madre; por Nahum Eitington, su mentor— y hasta se enamora de Sylvia Ageloff, aquella joven judía a la que esperaba en su auto amarillo afuera de la casa de Coyoacán y a la que el verdadero Mercader engañó con una identidad falsa por más de dos años.

Increíble que Davidson haya logrado unos personajes tan acartonados cuando aquellos involucrados en el episodio trotskista mexicano son tan interesantes; cuasishakespereanos: Caridad del Río era alcohólica y adicta a la heroína. Tras convertirse en una agente de la GPU, se especula que cometió todo tipo de actos terroristas, como el envenenamiento de los comensales del restaurante donde trabajaba para manifestar su odio a la burguesía. Hasta el día de hoy no se conoce el número de atentados planeados por Nahum Eitington, agente de la policía secreta soviética hasta que fue encarcelado por esa misma institución cuando cayera de la gracia de Stalin. El mismo León Trotsky: uno de los fundadores del Estado soviético y cabeza del Ejército Rojo, perseguido por la propaganda del Estado de su propia creación y rechazado por los mismos soviéticos a los que había llevado la Revolución y para los que solía ser un héroe. Inclusive Sylvia Ageloff: la joven culta, estudiosa de la política mundial cegada por el enamoramiento y la devoción que le costó la complicidad involuntaria en el asesinato de su admirado León Trotsky. Y, el vértice de todos ellos, Ramón Mercader.

Jerárquicamente, Mercader ocupaba una posición peculiar en la fábrica de propaganda estalinista: lo suficientemente abajo para creer en ella, y lo suficientemente arriba para percatarse de sus métodos y dudar de su veracidad. Quizá su convencimiento flaqueó hacia el final. Quizá se percató de las falsedades transmitidas por el gobierno soviético. Sin embargo, a pesar de eso, no dudó en cumplir su misión —había sido entrenado para no cuestionar órdenes— y, después, la condena de 20 años que se le impuso, durante la cual nunca desvió su coartada: se llamaba Jacques Monard y era un trotskista belga desilusionado, lo cual le valió la Orden de Stalin y un nombramiento como Héroe de la Unión Soviética tras su liberación en los sesenta.

Aunque se tratara de un personaje totalmente imaginario, el Ramón Mercader de Davidson ya sería un personaje simplista. Pero al echar mano de la Historia, El asesino obediente sufre doblemente. Su versión de Ramón Mercader, ingenuo y simple, le está pidiendo al lector que se olvide del personaje real —el soldado español de la Guerra Civil, el espía, el asesino que engañó a una plétora de personas con más de una identidad falsa— y lo considere un hombre inocente, sin iniciativa propia, víctima de la manipulación de Caridad Mercader y demás creyentes en la propaganda estalinista: “si Ramón no hubiera creído lo que su madre le había dicho”, cuenta el autor para el sitio de internet, La Saga, “no hubiera estado en prisión por veinte años, y su vida hubiera sido muy diferente; nunca hubiera asesinado a Trotsky”. “Me compadecí de él”, confiesa. “[Era] un inocente, más o menos”. El Ramón Mercader de El asesino obediente es ingenuo, entonces, porque su autor es ingenuo.

Davidson cuenta que la idea de escribir esta novela surgió de una visita al Museo Casa de León Trotsky poco después de los atentados del once de septiembre en Nueva York, cuando la administración de George W. Bush se estaba preparando para invadir Irak. A su manera de ver, los Estados Unidos estaban justificando un acto bélico por medio de una propaganda similar a la que Stalin usó contra Trotsky y que convenció a Ramón Mercader. Davidson se coloca a sí mismo en el lugar que ocupa su protagonista en su propia novela: son víctimas de la propaganda. Pero su intento es fallido, ya que su similitud con Mercader termina ahí, a menos que tenga pendiente una cita con la CIA. Quizá sea catártico para él, pero el lector se queda igual, con un puño lleno de descripciones ambientales del México de los treinta, y una descripción, por rigurosa que sea, no es un estudio de personaje. A fin de cuentas, lo único que terminamos sabiendo realmente de Ramón Mercader tras leer El asesino obediente es que tenía un auto amarillo.

 

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John P. Davidson, El asesino obediente. Ramón Mercader y la muerte de Trotsky, Plaza Janés, México, 2016, 373 pp.


   
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Patricio Bidault

Es estudiante de la Licenciatura en Letras Modernas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.


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