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NUEVA ÉPOCA NÚM. 161 JUNIO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Ian McEwan: voz y venganza desde el vientre


Rodrigo Jalal
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 161| Junio 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Jalal, Rodrigo , "Exclusivo web. Ian McEwan: voz y venganza desde el vientre" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Junio 2017, No. 161 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=832&art=18103&sec=Rese%C3%B1as > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Quien recuerde Hamlet podrá reconocer la trama: el rey es asesinado por su hermano, con la complicidad de la reina, para quedarse con el reino. A pesar de que Shakespeare le añadió tantas dimensiones a su obra para convertirla en una de las historias más reconocidas e inimitables, la trama es lo bastante sencilla para prestarse a toda clase de interpretaciones. A través de distintos medios y con variados grados de imaginación, encontramos Hamlets japoneses, Hamlets de negocios, Hamlets universitarios, Hamlets leones.

El escritor inglés Ian McEwan ha tomado esa trama y le ha dado un giro fresco y divertido. Su última novela, Cáscara de nuez, es discutiblemente su mejor desde Chesil Beach de hace casi una década, y retoma algunos de sus temas favoritos como las relaciones complejas y engañosas entre hombres y mujeres, la corrupción de la inocencia, la repentina vuelta hacia el horror que puede dar la vida cotidiana. El mayor logro de Cáscara de nuez, sin embargo, es que lleva prácticamente toda la trama in utero.

El protagonista y narrador es un feto de escasos ocho meses que percibe el mundo a través de las paredes uterinas y el esqueleto de su madre. Así se entera de que ella, Trudy, tiene un amante, Claude (desde luego, las alusiones shakesperianas no paran ahí), y que juntos conspiran con “intenciones letales”. Su padre, John, es el personaje patético: es un poeta fracasado y editor menor; no inspira más que odio, asco, y aburrimiento en su esposa a pesar de sus intentos poéticos y vergonzosos por reconciliar su matrimonio. Cuando el narrador escucha que Claude es hermano de John, y que su tío pretende matar a su padre para quedarse con una propiedad valuada en varios millones de libras, el feto consciente empieza a soliloquiar sobre sus pretensiones de venganza. Es así que nace (o no) un Hamlet moderno.

 

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La trama, una vez más, es sencilla. No hay un misterio en torno al crimen, pues desde el inicio se conoce el quién y el por qué. El cómo es ideado por Claude, el antagonista perverso y engreído sin sentido del arte. Las razones de Claude y Trudy no se exploran a fondo: la rivalidad fraternal y el fastidio conyugal se dan por hechos desde el comienzo. McEwan prefiere dedicar su don para el detalle narrativo a los métodos de sus personajes-asesinos. Y por supuesto que estos no son especialmente elaborados —pues la novela no es un thriller de crimen— pero ciertamente son inesperados y cómicos: un licuado energético mezclado con líquido anticongelante; guantes con puntas desgastadas; la planeación criminal por una pareja de amantes que claramente no saben lo que hacen. No tiene la elegancia de unas gotas de veneno en el oído, pero provoca la misma sed de venganza que en el príncipe de Dinamarca.

No obstante lo ingeniosa e inesperada que es la historia, es con la voz del héroe fetal que McEwan realmente se luce como uno de los mejores autores ingleses de su generación. El protagonista no es sumiso como su padre ni despiadado como su madre. Más que ser hijo de ellos, es claramente la creación de McEwan, y a través de su voz intrauterina el autor traerá a luz argumentos sociales, políticos, y filosóficos, que el personaje alega conocer por los podcasts y las noticias que su madre escucha. Además de estar al tanto de la situación global, el bien cultivado feto es un amante del vino francés, admirador de la poesía de Keats, defensor de los derechos de los niños, elocuente juez de carácter, y perspicaz crítico de la vida contemporánea. Desde la frase con la que abre la novela, todo su discurso es citable: “Así que aquí estoy, cabeza abajo dentro de una mujer”. Claro que no sería posible apreciar la exquisita prosa de McEwan si no por el trabajo de su traductor desde hace quince años, Jaime Zulaika, quien nuevamente nos ofrece una ventana al tan idiosincrásico wit inglés.

El problema con la novela radica en que para poder disfrutar realmente todas las ocurrencias del narrador es preciso olvidarse de que éste no es más que un feto a unos días de salir del vientre de su madre. Si el lector logra mantener suspendida su incredulidad durante las más de 150 páginas del libro, sin duda acabará con la satisfacción de una historia original y bien contada. Pero en momentos puede ser difícil ignorar que es un feto quien narra la historia. En diversas ocasiones el inverosímil y desconfiable narrador explica cómo es que ha llegado a tal o cual conocimiento: los juegos de luces, el tono y dirección de una voz, las palabras que pronuncian los adultos sin sospechar que hay algo (¿alguien?) que los escucha. Pero también hay demasiadas instancias en las que el feto no explica lo que sabe, lo cual hace que muchas de sus justificaciones parezcan forzadas.

Y más allá del feto-narrador-protagonista los personajes son poco memorables. Es cierto que Claude es antipático por pedante; Trudy es antipática por cínica; John es antipático por miserable. Pero sus descripciones no bastan para infundirlos de una vida y una libertad que, irónicamente, sólo tiene el personaje confinado a “una cáscara de nuez”. ¿Por qué Trudy odia tanto a su esposo? ¿Por qué John no se interesa o preocupa por su futuro hijo? ¿En qué momento Claude sedujo a su cuñada? ¿O fue al revés? Hay preguntas cuyas respuestas podrían ayudar a otorgar un poco más de identidad a los personajes secundarios. Y no es que parezca que McEwan se haya olvidado de ellos. Más bien parece que el enfoque creativo fue dirigido al punto de vista de un narrador inconcebible.

Aun con las fallas de sus personajes y la inverosimilitud de su narrador, Cáscara de nuez sobresale por su esfuerzo imaginativo y sobre todo por el estilo literario de su autor. Es una novela cuya premisa es inolvidable; muchas de sus frases terminarán subrayadas por su elegancia, profundidad, o mero efecto cómico; su trama es una imaginación audaz y original de una historia atemporal; y su autor es un genio con el lenguaje. Como lo ha hecho en muchas de sus novelas anteriores —El jardín de cemento, Ámsterdam, La ley del menor, entre otras— McEwan aprovecha su talento narrativo para enfocar algunos temas delicados del mundo actual. Que estos los cuente un feto de ocho meses con una conciencia lúcida y una verbosidad prodigiosa no los vuelve menos relevantes, pero sí más entretenidos.

 

Ian McEwan, Cáscara de nuez, traducción de Jaime Zulaika. Anagrama, Madrid, 2017, 177 pp.


   
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Rodrigo Jalal

Estudiante de la licenciatura en Letras Inglesas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.


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