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NUEVA ÉPOCA NÚM. 118 DICIEMBRE 2013 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Un rayo de luz, una pistola cargada


C.M. Mayo
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 118| Diciembre 2013| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Mayo, C.M. , "Un rayo de luz, una pistola cargada" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Diciembre 2013, No. 118 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=85&art=2439&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Traducción de Agustín Cadena

Además de La sucesión presidencial en 1910, Francisco I. Madero escribió un Manual espírita que, publicado con el pseudónimo Bhima, buscaba ser una divulgación introductoria de su pensamiento. En este extracto de su obra Odisea metafísica hacia la Revolución Mexicana. El libro secreto de Francisco I. Madero, de próxima aparición, la escritora estadounidense C. M. Mayo rastrea el camino espiritista del líder revolucionario.

DOS LIBROS

Cuando hablamos de un “libro exitoso”, generalmente nos referimos a uno publicado por una editorial de renombre, que está en la mesa de novedades de las librerías y le produce cubetadas de dinero de regalías a su autor. En otras palabras, hablamos de él como una mercancía o, si queremos sonar tantito más sofisticados, una mercancía híbrida / obra de arte / obra académica. Digo “nosotros” porque estoy escribiendo y supongo que ustedes están leyendo esto en un tiempo y un lugar donde los libros ya no están prohibidos por el gobierno, los autores ya no son casualmente encarcelados... o algo peor. Adormecidos por un chorro interminable de novelas de acción y romance pensadas para el cine, olvidamos que, como lo expresara Ray Bradbury, “un libro es una pistola cargada”.

Francisco I. Madero escribió su Manual espírita para que fuera un rayo de luz, para sanar a México y al mundo con sus consoladores conceptos sobre la naturaleza y el sentido de la vida. Sin embargo, es un libro que descansa en las espaldas del primero que escribió, y éste sí de veras era una pistola cargada: La sucesión presidencial en 1910, publicado en el invierno de 1909, cuando don Porfirio Díaz, el dictador que se había robado la presidencia con un golpe de Estado, gobernando México intermitentemente a lo largo de más de treinta años, estaba por celebrar su cumpleaños número ochenta y, puesto que lo llamaban “el hombre necesario” de México, se preparaba para tomarse su octavo periodo presidencial.

Madero no tenía interés en el concepto capitalista del libro exitoso; él quería que La sucesión presidencial en 1910 llegara a las manos de la gente tan rápido como fuera posible y, para eso, no necesitaba librerías; necesitaba burlar a la policía de don Porfirio. Él mismo pagó la edición (un primer tiraje de tres mil ejemplares y luego más) y, como comenta en una carta:

[L]a primera precaución que tomé fue de repartir 800 ejemplares entre los miembros de la prensa y los intelectuales de la República, así es que cuando el Gobierno tuvo la noticia de la circulación de éste, ya no había remedio...

Emprendedor, audaz y hábil debe de haber sido, pero, como nos encontramos a la distancia de su futuro, no podemos ver a Francisco I. Madero sin ver también su muerte. Desde esa lóbrega noche del 22 de febrero de 1913, la sombra del crimen se cierne sobre su presidencia de apenas quince meses; sobre sus campañas, tanto la política como la militar; sobre la escritura de La sucesión presidencial en 1910 y del Manual espírita, que es lo que nos interesa más aquí.

Ay, una pistola cargada puede escupir fuego en direcciones inesperadas.

Y luego, también, están ahí las pistolas reales.

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Grabado de Francisco I. Madero
©Hemeroteca Nacional


PANDEMÓNIUM

La mayor parte de mis días los paso sola en mi escritorio, lejos del ajetreo político de México. Pero en los siete años que pasé escribiendo mi novela, y esto significa no sólo leyendo e investigando en archivos, sino también en mi imaginación, como una espeleóloga que explorara las grietas y recovecos de los puntos de vista de varios personajes —incluyendo al emperador de México—, llegué a comprender, con mayor profundidad de lo que hubiera creído posible, los enigmas y las sorprendentemente dolorosas realidades del poder político. A pesar del título que una pueda tener, cuán poco de eso conoce a veces: el golfo que separa la realidad de la percepción, la importancia crucial de controlar la percepción. Por otra parte, en ciertas circunstancias, cuánto de eso puede una ver nada más con tronar un dedo: cantidades espantosas, que dan vértigo. La actitud enloquecida, de pastor alemán, de aquellos que buscan el favor de una (Dios mío, ¿de dónde salió esta gente?); la ingenuidad a veces peligrosa de la familia de una, de sus amigos y subordinados; los enemigos, algunos personas decentes que luchan por una bandera distinta, pero otros con la ética de un mapache rabioso. Los que la idolatran a una, los paranoicos, los chismosos, los fastidiosos. Luego están los periodistas, como un ejército de duendes: amigables, odiosos, cooperativos, honestos, expertos, ineptos. Una abre el periódico estrujándose el corazón. Por último, crucialmente, he empezado a entender la necesidad, el privilegio, la despiadada jaula y la posible trampa mortal de tener que ir a todas partes, siempre, con una escolta de guardaespaldas armados.

Justo cuando acababa de darle forma al primer borrador de mi novela, el presidente Felipe Calderón nombró a mi esposo para su gabinete y, aunque en otro siglo y con muy diferente forma de gobierno, comprendí que lo que tan meticulosamente había imaginado sobre la naturaleza del poder, a un nivel personal era precisamente cierto.

Desde luego, la Secretaría de Hacienda y Crédito Público es una cosa insignificante comparada con la Presidencia de la República. Y, comparada con lo que es en este momento en que escribo, la presidencia de México en los albores de la Revolución de 1910, sin importar quién presumiera de ocuparla, era una institución tambaleante.

Con sólo 38 años de edad, Francisco Madero saltó a la presidencia con tal velocidad que no tuvo oportunidad de sopesar la naturaleza de ese poder. No había aprendido a distinguir consistentemente, ya no digamos a elaborar una taxonomía y una nómina de todos esos pastores alemanes de altos vuelos, mapaches rabiosos y duendes, ni tampoco de los buenos servidores públicos y oficiales militares, ni de los hombres honestos ni de los amigos auténticos. Leemos su historia hoy en día, más de un siglo después de que su cuerpo descendiera a la tierra, y es obvio: de todas sus numerosas decisiones —muchas de genio, de sabiduría o de valor, algunas cuestionables, otras muy pobres— la que tomó el 17 de febrero de 1913 fue la que probaría ser mortal. El presidente Madero le negó su confianza a la persona que verdaderamente lo quería, la que —tal vez más que ninguna otra— había hecho posible su ascenso al poder y estaba tratando desesperadamente de salvar su gobierno. En lugar de confiar en él, el presidente Madero confió en el general Victoriano Huerta.

Me refiero al hermano de Madero, a Gustavo, poco más de un año menor que él, con quien había pasado casi todos los días de su infancia y con quien estuvo en Maryland, en París y en Berkeley. Gustavo era más alto y tenía la cara más redonda; tenía el cabello castaño claro y se lo peinaba de copete hacia arriba y hacia atrás, y usaba unos lentes de lechuza. Su ojo izquierdo, a causa de un accidente infantil con una pelota, era de vidrio, pero nunca fue un obstáculo. Era un chico peleonero, bravucón (si hemos de creerle al director jesuita de su escuela de Saltillo). A poco de haber cumplido los treinta años, se casó con una prima y tuvo varios hijos. Gustavo se volvió un viajero incesante, inversionista en fábricas textiles, empresas mineras, salinas, algodón, guayule, ranchos y vagones de ferrocarril: el nieto ejemplar de don Evaristo. A temprana edad, compartiendo sus ideales políticos aunque no su ardiente espiritismo, al parecer,  Gustavo le ayudó a su hermano mayor con su Club Democrático “Benito Juárez”. Cuando leyó La sucesión presidencial en 1910, Gustavo ayudó a distribuirlo y, a fin de preparar la campaña presidencial de su hermano, empezó a formar clubs. Gustavo donó dinero, recaudó dinero y después —luego del encarcelamiento de Francisco durante las elecciones presidenciales de 1910, su fuga y el estallido de la Revolución el 20 de noviembre de 1910— se convirtió en el representante de la Revolución, su agente financiero y su proveedor de armas. Para entonces ya sus viajes lo llevaban hasta Nueva York, Washington, San Antonio y El Paso, desde donde ayudó a cruzar la frontera —en ocasiones distintas y finalmente con miras a la decisiva batalla de Juárez— a su hermano, Pancho Villa, Venustiano Carranza, Abraham González, Pascual Orozco, el poeta espiritista costarricense Rogelio Fernández Güell, Giuseppe Garibaldi II, el agente alemán Félix Sommerfeld, un gran número de ametralladores gringos, patriotas mexicanos y el resto de esa muchedumbre variopinta que era su ejército.


   
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C.M. Mayo

Es el pseudónimo de la escritora norteamericana Catherine Mansell. Es autora de la novela El último príncipe del Imperio Mexicano (en inglés: The Last Prince of the Mexican Empire) y de Como gente que...


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